Julio Aparicio: «Mi abuelo lo intentó todo para quitarme la idea de ser torero»

La tercera generación de Aparicio debuta con picadores el 15 de agosto en El Burgo de Osma de la mano de la Casa Lozano con Fernando al frente de su carrera.

Por Patricia Navarro.

Lleva uno de los apellidos más ilustres de la tauromaquia, pero nunca sintió que le allanara el camino. Más bien al contrario. Julio Aparicio (23 años), nieto del maestro Julio Aparicio y sobrino del torero del mismo nombre, ha construido su vocación a contracorriente, entre el rechazo inicial de su familia, el peso de una dinastía irrepetible y el miedo permanente a no estar a la altura de un apellido que forma parte de la historia del toreo. El próximo 15 de agosto debutará con caballos en El Burgo de Osma. Lo hará después de proclamarse triunfador del Ciclo de Promoción de Sevilla y de iniciar una nueva etapa bajo el amparo de la Casa Lozano, con Fernando al frente de su carrera. Nos citamos con él en el campo, en Alcurrucén. Allí, entre el silencio de la dehesa y la mirada de los toros, descubrimos a un joven que habla antes de la soledad que del éxito, antes del compromiso que del valor y antes de cualquier triunfo, de la mujer que nunca dejó de creer en él: su madre. Porque hay apellidos que se heredan, pero el sitio en la historia hay que conquistarlo. Y Julio Aparicio está decidido a escribir la suya sin vivir a la sombra de nadie. Eso sí, con el anhelo obsesivo de dignificar un apellido que es leyenda en la Tauromaquia.

¿Recuerda el momento en el que decidió que quería ser torero?

Me sorprendió mucho porque no fue una decisión consciente. No fue decir: «Quiero ser torero». Yo terminé de estudiar Marketing y Publicidad. Mi abuelo y, sobre todo, mi madre siempre me insistieron en que estudiara. Cuando acabé la carrera hubo un tiempo en blanco y empecé a sentir que tenía que entrenar, que tenía que torear. No sé si fue por haberlo vivido siempre en casa, por haber crecido rodeado de ello, pero sentí que tenía que intentarlo.

¿Hasta ese momento había toreado alguna vez?

Me había criado en el campo, en la finca de mi abuelo. Veía mucho a mi tío, viajaba con él, iba a tentaderos… Alguna vez toreaba una becerra, pero nada que hiciera pensar que iba a ser torero. No entrenaba ni tenía esa formación desde pequeño.

¿Cómo reaccionó su familia cuando se lo dijo?

Mi madre se echó a llorar. Se enfadó muchísimo.

¿Por qué?

Porque ella ha vivido esto con su padre y con su hermano. Conoce la parte bonita, pero también la más dura. Ver a su hijo queriendo ponerse delante de un toro le hacía sufrir mucho. Me decía: «Si ya tienes una carrera, vas a encontrar trabajo. ¿Cómo te vas a jugar ahora la vida?». Pero yo le respondía que lo sentía así y que la vida solo se vive una vez.

¿Y cómo está siendo la experiencia hasta ahora?

Hemos pasado por muchas etapas. Aunque mi carrera es muy corta, hemos vivido momentos en los que nadie te miraba, nadie te ayudaba y eras el último de la fila. Ahora, gracias a Dios, estamos en una de las mejores casas y luchando por un sueño que ya no parece tan lejano.

Su madre lo pasó mal. ¿Y su abuelo?

Mi abuelo no quería saber nada. Ha sido la negación en persona. Nunca me ha ayudado. Al contrario, intentó por todos los medios quitarme la idea de ser torero.

¿De verdad?

Sí. Hubo una época en la que tanto mi abuelo como mi tío querían apartarme completamente de esto. Me dejaron divagar solo. Fue una lucha conmigo mismo y con todo el mundo. Cuando no tienes ayuda, tienes que buscarte la vida, y aquello me costó muchísimo.

¿Llegó a afectarle a nivel personal?

Muchísimo. Me dolía pensar que pertenecía a una de las familias más importantes de la tauromaquia y que ni mi abuelo ni mi tío me hablaban de toros. Sentí una soledad enorme y tardé mucho en aprender a canalizarla.

¿Esa situación sigue siendo la misma?

Mi abuelo sigue en esa postura. Tampoco le culpo porque ya es mayor y vive las cosas de otra manera. Mi tío cambió después de que saliera triunfador en Sevilla. Me echó una mano y, gracias a él, conocí al maestro Fernando Lozano. Hoy estoy aquí gracias a eso. Pero al principio fue muy duro.

¿Cómo se ha vivido la tauromaquia dentro de su casa?

Aunque pueda parecer lo contrario, tampoco crea que se ha vivido tanto. Sí es verdad que siempre se ha hablado de toros. Yo creo que la única conversación que mi abuelo y mi tío sabían mantener era sobre toreo. No hablaban de otra cosa. Pero, cuando decidí ser torero, ya ni siquiera hablábamos de toros.

El próximo 15 de agosto afronta una cita importante. ¿Cómo espera ese día?

Voy con mucha presión. Siempre he querido poner en valor el apellido que llevo. No me pesa llevarlo; lo que me pesa es no estar a la altura. Esa ha sido mi presión desde el principio, desde que empecé sin caballos o cuando fui a Sevilla. Siempre he tenido ese miedo a no dignificar el apellido Aparicio.

Al final, ese apellido también puede convertirse en una losa.

Siempre habrá quien compare y quien no. Yo procuro sentir el toreo a mi manera, crear mi propia personalidad y no parecerme a nadie. Pero sí es verdad que yo mismo me he impuesto la obligación de dignificar el apellido que llevo, aunque no me hayan involucrado en ser un Aparicio más yo les tengo una admiración enorme y no estar a la altura es lo que más temo.

Cuando piensa en el futuro, ¿qué quiere conseguir?

Lo primero, ser feliz. Siempre ha sido mi objetivo, sobre todo después de todas las dificultades que he vivido en esta corta carrera. Ahora que, gracias a Dios, luchamos por este sueño, procuro disfrutar. Si soy feliz fuera de la plaza y también dentro de ella, sé que todo acabará rodando.

¿Llega entonces a la casa Lozano de la mano de su tío Julio?

Sí, vino a esta casa para prepararse para el festival del 12 de octubre. El maestro Fernando Lozano supo que yo había salido triunfador en Sevilla y dijo que quería conocerme. Me encerró una vaca para verme. Yo era un chaval más, no estaba preparado ni mucho menos. Fue mi tío quien, después, se sentó a hablar con el maestro y le convenció para que me echara una mano. Siempre se lo agradeceré.

Es curioso, de alguna manera, vuelven a unirse dos casas históricas del toreo.

Siempre han estado relacionadas. Yo nunca habría imaginado que acabaría aquí. La faena del toro «Cañego» de mi tío la he visto mil veces. Pensar que ahora esta casa apuesta por mí es muy bonito. El maestro Fernando Lozano no solo me está apoderando. Está dedicando todo su esfuerzo a formar un torero, y eso tiene un valor enorme.

¿Cuál es el mejor consejo que le ha dado?

Muchos, pero quizá el más importante es que sea yo mismo. Él quiere que exprese el toreo como yo lo siento. Me exige técnica, capacidad y preparación delante del toro, pero nunca quiere que pierda mi personalidad.

¿De dónde sale el valor?

En gran parte del compromiso. Recuerdo que cuando empecé no era capaz ni de quedarme quieto delante de una becerra ni loco. Me costaba muchísimo. La primera vez que pongo delante fue en brazos de mi madre.

¿De tu madre?

Sí, es una bonita historia. Y mi madre, en qué hora… Y cuando iba a la finca de mi abuelo con siete u ocho años y ya más mayor con catorce o quince, que yo ahora veo a los chavales lo quietos que se quedan y yo no era capaz, no me quedaba quieto ni para dios, a pesar de que yo ya estaba empezando a querer ser torero, no lo veía y lo pasaba realmente mal. Hasta que un día Felipe, que es como mi padre, me dijo vende los trastos que esto no es para ti. Tenía yo 17 o 18 años y empezaba a hacer los primeros tentaderos. Salía llorando porque no lo veía por ningún lado, no me quedaba quieto y sufría muchísimo. La evolución en este tiempo es lo que da energía para tirar para adelante.

¿Quién le ha ayudado más?

Mi madre. La que me ha dado 50 euros cuando me ha faltado para gasolina para ir a hacer una tapia.

Un chaval con 23 años ahora estaría en otra dinámica. Esto le ha sacado de ella.

Me ha puesto en la otra punta.

¿Cómo se define?

Muy sensible. También tengo ese arrebato de más y ese cabreo de más, malo, que me intentan parar.

¿Creyente?

Mucho. De hecho, llevo muchos collares y me decían un día que tenía que quitarme, y yo le decía lo que tengo es que ponerme más. Hasta donde hemos llegado ha sido gracias a él.

¿Cómo se lleva con el miedo?

Nos hablamos mucho. Con los animales también, intento entenderme, ¡a veces me mandan callar!

¿Qué es el toro para usted?

La luz en el camino. Por el que paso el mayor miedo del mundo, el terror y por el que sueño pegarle quince muletazos desmayado casi cerrando los ojos.

Si tiene que elegir una plaza para esos quince muletazos.

Sevilla. Yo aparecí allí sin apenas saber coger una muleta, ahora medio sé. En el hotel yo decía, por la técnica yo no puedo ganar a nadie y había 18 leones que venían apretando, yo pensé me pongo, cierro los ojos y lo hago a mi manera y si fluye… Y si no pues vámonos a Madrid. Sevilla ha sido la plaza que supo ver ese sentimiento y yo he soñado con ella muchas veces, con pegar dos muletazos yo era feliz. Ser triunfador por mi manera de sentir, no por la faena perfecta, sino por lo imperfecto, pues le debo mucho.

Publicado en La Razón


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