Por Rubén Amón. Ronda.
El silencio de Ronda no era abandono ni olvido, sino una pausa sagrada. La plaza cerró sus puertas en mayo de 2024, cuando la prudencia obligó a frenar el tiempo sobre la piedra bicentenaria fundada en 1785. El reloj de la Maestranza prefirió detenerse antes que arriesgar la vida de miles de almas sentadas sobre la memoria. La noticia podría haberse despachado con la frialdad de un expediente de obras o la simple burocracia de un informe técnico, pero el coso no permaneció cerrado por un capricho ornamental ni por una reforma estética.
Resulta que la Real Maestranza de Caballería dejó de disponer de la certeza técnica indispensable para llenar sus tendidos. El coso fue auscultado con una precisión astronómica desconocida hasta la fecha. Acelerómetros, ultrasonidos, escáneres tridimensionales y finísimos modelos informáticos descubrieron la fatiga secreta en una arquitectura que durante generaciones había confiado su estabilidad únicamente a la piedra, la madera noble y la buena suerte.
No se diagnosticó una ruina inminente ni un derrumbe vertiginoso. Surgió apenas una duda, pero en el rigor de la arquitectura esa ligera vacilación basta para clausurar una plaza cuando deben cobijarse multitudes bajo sus arcos. La secuencia meteorológica de los últimos años tampoco ofreció tregua. La sequía, el calor extremo del verano andaluz y un invierno posterior de lluvias abundantes castigaron una fábrica infinitamente sensible a los movimientos del terreno. La corrida Goyesca se suspendió en esa primavera incierta de 2024. El año posterior transcurrió en una calma chicha, sin toros ni clarines, porque la Maestranza escogió la impopular y sabia prudencia de perder otra feria antes que resolver a la prisa un edificio venerable que jamás admitiría chapuzas. Ronda se quedó de pronto sin Ronda en uno de los fines de semana más ceremoniosos y profundos de toda Andalucía.
El arquitecto Ricardo Aroca recibió la responsabilidad del problema no como una mera restauración, sino como una delicada operación de equilibrio en el abismo. La plaza debía adquirir una firmeza indestructible sin adquirir jamás un aspecto nuevo ni perder el sabor añejo de su pátina. El proyecto reforzó el tendido alto mediante una inteligente estructura de acero, concebida para sujetar con solidez los empujes de la cubierta y trabar con mejor fortuna los arcos, las columnas y los anillos de mampostería. Cada tramo del anillo exigía una solución propia y única.
La geometría del coso, tan deslumbrante y hermosa para la mirada del visitante, resultaba verdaderamente endiablada para el cálculo de los ingenieros. De este modo tan paciente fueron diseñados de manera individual ciento treinta y seis elementos estructurales. Antes de esa instalación hubo que asegurar viejas columnas, retirar refuerzos anteriores que habían quedado obsoletos, revisar la piedra sillar y avanzar casi pieza a pieza en una penumbra cuidadosa. Once meses de obras intensas han devuelto finalmente al público unos tendidos que en su momento parecían condenados a una espera mucho más trágica y dilatada.
La intervención tuvo además un vigilante de absoluta excepción. El maestro Rafael Moneo presidió el comité de expertos independientes y visitó minuciosamente los trabajos junto a Aroca. Su elogio final fue deliberadamente sobrio y poco espectacular. La plaza, afirmó Moneo, no notará ningún cambio visible a la vista y la solución adoptada podrá darle vida renovada durante centenares de años. Es casi imposible formular de mejor manera el éxito rotundo de una restauración patrimonial. Ronda vuelve a abrir sus puertas de par en par y parece exactamente la misma de siempre. Debajo de esa apariencia cotidiana trabaja ahora una arquitectura enteramente nueva e invisible que desafía la gravedad.
Esta esperada reapertura coincide con una precisión lírica que habría complacido enormemente al propio Antonio Ordóñez en el setenta y cinco aniversario de su alternativa inmortal. El fin de semana de la fiesta no se agota en un único acontecimiento, sino que despliega su esplendor en dos actos principales. Por la mañana, el coso maestrante abre la jornada con la tradicional corrida de rejones que devuelve la emoción del arte a caballo a un ruedo sagrado.
Al caer la tarde, la sexagésima séptima corrida Goyesca congrega a Morante de la Puebla junto a José María Manzanares y Juan Ortega para lidiar toros del hierro de Garcigrande. Ronda pertenece a la biografía taurina de Morante desde mucho antes de su apoteosis contemporánea y desde bastante antes de que resultara cómodo o elegante declararse seguidor de su tauromaquia.
Fue el propio Antonio Ordóñez quien abrió esa puerta bendita en aquel ya lejano mil novecientos noventa y siete. Morante acababa de tomar la alternativa y el viejo maestro decidió anunciarlo en la Goyesca sustituyendo a su propio nieto Francisco Rivera. Aquella controvertida decisión irritó profundamente a una parte de la prensa y de la afición local. Se reprochó al patriarca haber cambiado una figura consolidada por un muchacho joven sin rango suficiente y se deslizó la sospecha de un mezquino ahorro económico. Morante llegó a la cita con tal premura que ni siquiera disponía de un traje goyesco propio. Espartaco le prestó un vestido de urgencia y hubo que remendarlo a prisa para acomodarlo a su figura.
Aquel torero imberbe entró en la historia de Ronda vestido con ropa ajena y bajo una agria discusión. Ordóñez no necesitó esperar al veredicto de la tarde. Contestó a los críticos con una sentencia impecable diciendo que la historia le daría la razón porque Morante debutaba en septiembre, pero volvería muchas veces más. El tiempo le otorgó toda la razón. Ronda acabó convirtiéndose en el templo natural del torero sevillano hasta la mítica encerrona de seis toros en el año dos mil trece. Morante no es rondeño por geografía, pero su toreo bebe de una fuente superior donde la gracia de La Puebla se une a la severidad de la sierra.
La peripecia alcanza una ironía perfecta en el presente. Francisco Rivera, el nieto desplazado de aquella Goyesca, ejerce hoy como empresario de la plaza y ha contratado a Morante para encabezar esta reapertura histórica. El círculo se cierra así con una precisión geométrica. Ronda regresatras reforzar sus columnas en secreto mientras Morante vuelve a la plaza que primero dudó de su nombre y terminó consagrándolo como un mito viviente para la eternidad
Publicado en El Confidencial





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