El Morante más goyesco ‘se amotina’ en Aranjuez.

Morante ha preferido exponerse, y exponerse significa también pagar el precio de tardes ingratas.

Por Diego Sánchez de la Cruz.

Hay un punto en el que el éxito deja de ser una ventaja y empieza a convertirse en una servidumbre. Morante de la Puebla parece haber alcanzado ese territorio. Se le exige ya no solamente torear bien, ni siquiera torear como únicamente él sabe hacerlo, sino justificar en cada tarde la extraordinaria dimensión que ha adquirido su figura. Pero si el listón sube es precisamente porque estamos ante el torero más importante que ha conocido la Fiesta en mucho tiempo, quizá el único capaz hoy de alterar por sí solo la temperatura de la temporada con una sola faena. Y esa condición, lejos de inducirle a refugiarse en una agenda selectiva, le ha llevado a asumir justamente lo contrario: anunciarse mucho, hacerlo en plazas grandes y pequeñas y aceptar el desgaste inevitable de quien decide ponerse una y otra vez delante del juicio del público.

Resulta incluso paradójico. Durante años se ha reprochado a las figuras del toreo que administrasen sus carreras, que compareciesen con cuentagotas allí donde más hacía falta, que faltasen en determinados cosos o que no ayudasen a sostener carteles y ferias. Ahora que Morante ha decidido tirar del carro, siempre anunciado con toreros jóvenes y emergentes a cuya popularidad está contribuyendo sobremanera por mera asociación, resulta que surge la censura inversa: que torea demasiado, que debería reservarse, que su presencia perderá valor si no se limita a las grandes solemnidades… Se dibuja incluso la imagen de un hombre «secuestrado» por su apoderado y casi forzado a vestirse de luces en contra de su voluntad. 

Pero la grandeza de esta temporada reside precisamente en lo contrario. Morante ha preferido exponerse. Y exponerse significa también pagar el precio de tardes ingratas, los toros imposibles y las críticas injustas de quienes tienen el cuchillo afilado desde antes incluso del paseíllo. Ha asumido una responsabilidad que solamente puede cargar sobre sus hombres aquel que sabe que es el más grande del escalafón.

Así, veinticuatro horas después de hacer el paseíllo en la recuperada Goyesca de Ronda, el maestro volvió a vestirse de luces en Aranjuez para devolver categoría a la Corrida del Motín, fecha que durante años había ido perdiendo relieve en los estertores del calendario estival. Carlos Zúñiga, quizá el empresario del año, ha ido reconstruyendo la fecha y el cartel de este domingo —Morante, Juan Ortega y Pablo Aguado con Núñez del Cuvillo— era difícilmente mejorable en términos artísticos. El coso rozó el lleno y lució tan bello como la pasada primavera, por San Fernando. 

El fenómeno, además, trasciende ya los grandes templos. Hace apenas una semana, La Tercera de San Sebastián de los Reyes se llenó para una corrida cuyo principal reclamo era nuevamente Morante. Hoy, Aranjuez volvió a confirmar el patrón. Y hablamos, no lo olvidemos, del hombre en torno al cual gira buena parte de la expectación de la próxima Feria de Otoño de Madrid, donde se especula con la posibilidad de que toda la plaza acabe abonada al ciclo. Veintitres mil almas, oigan. Y es que así es la apabullante dimensión de la geografía del morantismo, con una ruta vital que se extiende desde Las Ventas hasta los cosos periféricos y que constituye probablemente el mejor termómetro de la dimensión que ha alcanzado el torero.

En Aranjuez, el primero de Núñez del Cuvillo fue noble, con calidad, pero muy medido de fuerzas. Morante entendió enseguida que no era faena para violentar al animal, sino para acompañarlo. Lo recibió con verónicas de gran expresión y, ya con la muleta, construyó la labor sobre la diestra con ese empaque que convierte en importantes muletazos que en otras manos serían apenas correctos. Al natural dejó también pasajes de notable cadencia, concediendo al toro el tiempo que necesitaba entre embroque y embroque.

Una estocada aseguró la primera oreja de la tarde -pero fue en el cuarto cuando la corrida adquirió otra temperatura. El burel tenía nobleza, aunque se quedaba corto y exigía más capacidad que inspiración. Morante lo fue haciendo, convenciendo y metiendo progresivamente en la muleta hasta que aparecieron varios naturales que justificaron por sí solos la tarde: hondos, lentos, arrastrados por abajo y rematados detrás de la cadera. Hubo también molinetes, afarolados y desplantes en las cercanías, pero el núcleo de la obra estuvo en ese toreo al natural de una lentitud casi suspendida. Esta vez la espada cayó entera y arriba. Dos orejas y Puerta Grande. El Moranye más goyesco se «amotinó» en Aranjuez.

Juan Ortega llegaba también con el crédito artístico reforzado tras su completa actuación la tarde anterior en Ronda, pero Aranjuez tenía reservado para él el lote menos agradecido. Al segundo lo toreó con enorme variedad de capa, dejando verónicas y medias de mucho gusto. El toro llegó ya muy gastado al último tercio, pero Ortega exprimió lo que quedaba de él, especialmente por el pitón izquierdo, dejando la impresión de que había bastante más torero que toro. Fue ovacionado. El quinto, jabonero, resultó bastante más incómodo. Ortega no rehuyó el compromiso y estuvo firme y serio, aunque sin posibilidad real de construir una obra de vuelo largo. Otra ovación del respetable que se quedó con ganas de más.

Pablo Aguado paseó una oreja del tercero, un animal cuya manifiesta flojedad provocó protestas. El sevillano trató de sostenerlo siempre a media altura y dejó ese repertorio suyo de naturalidad y compostura en los remates, antes de cobrar una excelente estocada que terminó de inclinar la petición. El sexto fue probablemente el toro con mayores posibilidades del encierro. Aguado abrió boca con un quite por chicuelinas utilizando el capote blanco con el que había realizado el paseíllo, una imagen de gran sabor goyesco. Iván García elevó después el tono con un excelente tercio de banderillas y el sevillano trenzó después con la muleta varios pasajes de mucha torería: trincherazos, cambios de mano y muletazos asentados, siempre con ese aire suyo aparentemente desprovisto de esfuerzo. La espada terminó impidiéndole acompañar a Morante por la Puerta Grande.

La corrida de Núñez del Cuvillo fue noble en conjunto y demasiado justa de raza y fuerzas para que la tarde adquiriese una dimensión aún mayor. Pero Aranjuez había recuperado lustre y Morante volvió a darle una razón para conservarlo. Porque quizá esa sea ya la verdadera medida de su temporada. No solamente lo que hace cuando aparece el toro, sino lo que sucede alrededor cuando aparece su nombre. Un día Ronda. Al siguiente Aranjuez. Y dentro de unas semanas, Madrid. 

Morante está tirando del carro y marcando la diferencia. Un maestro en plenitud que ha vuelto a poner la tauromaquia en el centro de la vida social y cultural de nuestro país. Y que así siga siendo. 

Publicado en The Objective


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