El Repaso: La temporada, en Sevilla, se acabó.

El festival del pasado domingo puso punto y final a la campaña maestrante, marcada por el aura irresistible de Morante de la Puebla.

Por Álvaro Rodríguez del Moral.

Recuperamos el hilo de este repasito taurino semanal, interrumpido en las vísperas y la octava de la profusa parafernalia taurina que antecedió y sucedió a la Feria de San Miguel. Con el ciclo otoñal, por cierto, concluyó el abono. Con el festival de este domingo -mudado al día 4 para fortalecer la taquilla- se acabó la temporada, la primera de la era Garzón. Merecerá cumplido análisis en algunos, pocos días.

Ha sido el primero de los cinco años contratados por Lances de Futuro con la Real Maestranza de Caballería aunque no es demasiado arriesgado aventurar que el cuerpo nobiliario, si todo transcurre como se espera, no optará por ningún experimento aunque seguirá blindando cualquier contingencia con contratos de tiempo limitado que se puedan adaptar a las vicisitudes de unos tiempos que ya han mostrado su querencia a los cambios. No hace falta escarmentar en cabeza ajena.

En cualquier caso ya ha transcurrido casi un año desde aquel brevísimo comunicado emitido por la Real Maestranza al mediodía de un tibio 22 de noviembre que ponía fin a casi un siglo de compleja simbiosis con la empresa Pagés. Nada que no se haya contado hasta la saciedad: el matrimonio de conveniencia había quedado dinamitado a lomos de ese inoperante pleito -el de la gestión del IVA y el aprovechamiento turístico de la plaza- que ahora rebota, dicen, entre las estancias del Supremo.

Lo dicho: el tema merece un desarrollo más amplio pero cumplida esta temporada -marcada por la epifanía morantista, la reafirmación de Miranda y la revelación de Pablo Aguado- se pueden sacar algunas conclusiones. La poderosa inercia de la propia plaza de la Maestranza no ha cambiado en lo esencial pero sí han llegado nuevos modos, otros talantes y una política propia con los medios que, en muy poquitos días, serán muñidos por el señor Garzón para escuchar de su boca las fortalezas y las debilidades de una temporada que habría sido muy distinta sin la bendición de Morante.

“Aunque me voy no me voy…”

“Aunque me voy, no me voy, aunque me voy, no me ausento, y aunque me voy de presencia, me quedo de pensamiento…” El célebre fandango de Paco Isidro nos da pie para seguir hablando de Morante que comienza a dar pistas de su (lógico) agotamiento taurino, creativo, físico y mental en el confín de un lustro prodigioso -partido por el eclipse de 2024- que sentó al genio de La Puebla en el olimpo de los colosos del toreo.

Sí, Morante está cansado pero ha seguido sembrando obras. Después del mal trago de Sevilla -que algunos interpretaron como la batalla de Waterloo- se entretuvo en salir a hombros en Baeza antes de sembrar el clásico ruedo de Zafra de su propio aroma en la jornada dominical. Pero al diestro de La Puebla aún le quedan cuatro funciones en 2026, todas en plazas de primera.

Morante tiene que ir a Valencia, Madrid y Zaragoza aunque la cita venteña, de alguna manera, se antoja el finisterre de esta campaña en el que los prodigios han vuelto a ir aliados de la dureza. Dentro de una semana habrá pasado un año exacto de aquel gesto extremo que delataba un grito interior. 365 días después, de alguna manera, se repite un escenario parecido. “He hecho méritos para ganarme un descanso”, le dijo a Juan y Medio al día siguiente de la cita sevillana. Pues ya veremos cual es la decisión tomada…

Más cositas…

El caso es que a la temporada le queda un suspiro. El larguísimo y emocionante clarinazo que anunciaba la muerte del sexto novillo del festival del pasado domingo en la plaza de la Maestranza escenificaba nuestra propia vánitas taurina. Recuerda, hombre, que ha pasado una temporada más, pero también una menos… Sí, ha sido un año marcado por la reaparición de Morante, pródigo en otros acontecimientos… tenemos un otoño entero para evocarlo, resumirlo y analizarlo.

Pero habíamos empezado hablando del festival de la Estrella y Autismo-Sevilla. Logró el objetivo principal: llenar hasta la corcha los tendidos sevillanos. Hablamos de un beneficio que no debe bajar de los 150.000 euros que darán un buen impulso a las obras sociales de la cofradía de la Estrella y la asociación Autismo-Sevilla que impulsa Mercedes Molina.

Pero si hablamos en clave estrictamente taurina, hay que resaltar como merece la mejor versión de Alejandro Talavante -ése sí es el torero que nos gusta- y el bellísimo concertino de Pablo Aguado. A partir de ahí, el festejo dominical fue un auténtico resumen de esa apoteosis de tiempos muertos que se han convertido en el principal lastre del espectáculo contemporáneo. Desde la absurda demora en pisar la plaza -con los alguaciles convertidos en estatuas de sal- al mar de pausas incomprensibles, el festival rebasó el metraje insoportable de tres horas. Nadie parece dispuesto a ponerle el cascabel al gato.

Por cierto, el domingo se despedía de la presidencia de los festejos maestrantes Macarena de Pablo-Romero. Su estancia en el palco -catalizada por esos vaivenes políticos que quitan y ponen presidentes- ha sido breve pero su fin responde a una decisión estrictamente personal. Quedan en nómina dos usías: un veterano como Gabriel Fernández-Rey y otro que ya lo es también como José Luque Teruel, ligado a algunos de los acontecimientos más recordados en el coso sevillano en la última década. El pasado año había quedado en la orilla -la política, siempre la política- Fernando Fernández-Figueroa. De cuatro se pasó a tres y ahora serían sólo dos. ¿Hacen falta más? Desde esta atalaya opinamos que no por más que haya más de uno, y una, preconizándose para subirse a un palco convertido en objeto de deseo.

Publicado en El Diario de Sevilla


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