La turba del tendido siete ajusticia a Morante de la Puebla en Las Ventas.

Por Rubén Amón.

Morante regresó a Las Ventas y se encontró con que algunos aficionados habían acudido a cobrarle los gastos del entierro. Hace un año se cortó la coleta en esta misma plaza, en una ceremonia tan conmovedora como solemne. Su resurrección posterior ha sido recibida por los vigilantes de la ortodoxia como una estafa funeraria. Especialmente por los ultras del tendido siete, que confundieron la tarde de la Hispanidad con una comisión de investigación. El acusado había incumplido la promesa de retirarse. Y convenía recordárselo, aunque para hacerlo hubiera que interrumpir el toreo.

La hostilidad se manifestó desde la aparición del maestro y terminó adquiriendo la condición de un programa. Se le reprochaba la colocación ante el toro cuando buscaba la distancia propicia, se celebraban los enganchones como si el toro hubiera ejecutado una sentencia y se aguardaba cualquier imperfección con el entusiasmo del fiscal que acaba de encontrar una prueba. La paradoja resultaba especialmente amarga. Quienes habían pagado una entrada para ver a Morante parecían mucho más interesados en impedir que los demás pudieran verlo. El tendido siete preservaba su prestigio de tribunal supremo sacrificando precisamente aquello que dice defender.

El conflicto alcanzó su expresión más descarnada en el cuarto, Rosito, de Núñez del Cuvillo. Morante se encontró un toro al que pudo arrancarle tres series de una pureza asombrosa. Las más hondas llegaron por el pitón izquierdo, en naturales que parecían ensanchar el tiempo de la embestida hasta suspenderlo. Toreó con una lentitud desgarradora, abandonado sobre la cintura, dándole al muletazo la profundidad de una confesión. Hubo instantes en que Las Ventas tembló de emoción y hasta el ruido de los censores parecía empequeñecerse ante la dimensión de lo que ocurría en la arena.

La faena exigía una forma de entrega que trascendía la discusión sobre los terrenos, aunque los guardianes del reglamento tuvieran preparado el silbato. Morante toreaba con el toro y contra su propio pasado, convertido en una deuda que algunos aficionados se habían propuesto cobrar con intereses. Falló con la espada y el triunfo se le escapó por los aceros, que siguen siendo una jurisdicción bastante menos sentimental que la del arte. Nadie tiene obligación de perdonarle una mala estocada. Bastante más difícil resulta comprender la obstinación de quienes se negaron a emocionarse cuando tenían motivos para hacerlo.

La conmemoración nacional había transformado entretanto Las Ventas en una sucursal pintoresca de la campaña electoral. A la presencia de Ayuso y Almeida se sumó la de Núñez Feijóo, que encontró un hueco en su caravana para completar el cartel institucional. Sonó el himno de Ceuta, una excentricidad musical que podría haberse quedado en homenaje simpático, y hasta las rayas del ruedo aparecieron pintadas de blanco y negro en alusión a la bandera de la ciudad autónoma. El patriotismo ornamental acabó interviniendo en la propia geometría de la lidia. La fiesta dispone de símbolos suficientes como para no necesitar que le retoquen las líneas a la plaza.

Uno de ellos es el aroma de ultramar, la tauromaquia del “otro lado” que nos trajo Héctor Gutiérrez con sus muñecas de cristal. El mexicano consumó ante el segundo de Garcigrande una faena de exquisita sensibilidad, aunque la destemplanza de Las Ventas no parecía propicia para apreciar semejantes delicadezas. Gutiérrez se recreó en una cadencia de antigua inspiración, demorando las embestidas en los vuelos de la muleta, acariciando la bravura con un temple que tenía algo de caricia y de confidencia. Aportaron mucha hermosura los muletazos por el pitón izquierdo. Y es verdad que pudo echarse en falta mayor ajuste, pero no acostumbramos a disfrutar de una tauromaquia tan primorosa ni “distinta”. Va a ser verdad que el temple es un secreto mexicano, sin menoscabo del criterio con que lo expuso Aarón Palacio en su confirmación de alternativa.

No parecieron acordarse de aquella empresa los aficionados radicales del siete, pero se debieron de ir bastante contentos este 12 de octubre. Acudieron a sabotear a Morante y hasta puede que lo consiguieran.

Morante regresó a Las Ventas y se encontró con que algunos aficionados habían acudido a cobrarle los gastos del entierro. Hace un año se cortó la coleta en esta misma plaza, en una ceremonia tan conmovedora como solemne. Su resurrección posterior ha sido recibida por los vigilantes de la ortodoxia como una estafa funeraria. Especialmente por los ultras del tendido siete, que confundieron la tarde de la Hispanidad con una comisión de investigación. El acusado había incumplido la promesa de retirarse. Y convenía recordárselo, aunque para hacerlo hubiera que interrumpir el toreo.

Publicado en El Confidencial


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