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Sólo para Villamelones: Ponce estuvo en Ponce


Por Manuel Naredo.

La del pasado domingo, tercera corrida de la llamada “temporada grande” en la Plaza México, es digna de análisis por variadas, y acaso algunas no del todo positivas, razones. El caso es que se trató de un festejo donde pudieron verse detalles que bien sirven para la reflexión y la discusión taurina. Una corrida de la que nadie salió aburrido.

Una reflexión inicial debe referirse, creo, a la cantidad de espectadores que hasta el embudo de Insurgentes llegaron, pues si bien se trató de una buena entrada, el coso más grande del mundo no se llenó, pese al anuncio del esperado regreso de un maestro en Tauromaquia como es el valenciano Enrique Ponce, que adicionalmente al atractivo del cartel, había establecido que donaría sus honorarios a los afectados por los sismos que sacudieron a nuestro país hace casi tres meses. Es decir, que un torero de las dimensiones artísticas y la atracción mediática de Ponce no alcanzó a llenar la plaza, cosa que tiene que poner a pensar a los empresarios de la México.

Luego el tema del ganado. Dos ganaderías, una de las cuales substituía a los toros de otra previamente anunciada, sin que hubiese información alguna sobre los motivos para ello. Dos ganaderías que presentaron animales de características muy distintas en cuanto a comportamiento y presencia, pues todo lo que Barralva brindó en formas físicas, a Teófilo Gómez le faltó en presentación, al grado de que alguno de sus bureles recibió, de entrada, el abucheo popular. En compensación habría que decir también que los del hierro del recordado torero sanjuanense fueron más manejables y brindaron las únicas opciones de triunfo de la tarde.

Ponce estuvo en Ponce. O quizá habría que precisar que Ponce estuvo en una buena versión de ese Ponce artista y dominador que le puede a casi todos los toros. Gracias a ello logró una buena faena con el de Teófilo que le toco en suerte y luego armó la escandalera con otro de la misma dehesa que regaló luego de una petición mayoritaria del respetable con ese propósito. Dio la vuelta en uno y recibió dos orejas del de regalo, pese a que la estocada que le suministró fue a todas luces defectuosa de colocación.

Compartir cartel con Enrique Ponce no supone pasear por la tarde sin sudores, y si se le agrega a esta presión natural la de haber estado francamente mal en la anterior oportunidad, imagínese el compromiso que tuvo que afrontar un Joselito Adame que, de entrada, volvió a empezar con el pie izquierdo al pretender negarse a recibir, a invitación del de Chiva, una ovación desde el tercio, recién concluido el paseíllo. El de Aguascalientes intentó congraciarse, a fuerza de buena voluntad y actitud, con la ruda afición de La México, pero ni el cubrir los tres tercios, ni el ejecutar la suerte suprema citando con un sombrero, lo libró del desdén mayoritario y los prestos pitos de sus detractores. Me da la impresión de que a Adame le ganaron las ganas de recuperar credibilidad en una sola tarde, perdiendo las dimensiones de dónde estaba parado, y acusando una falta de madurez que necesariamente se debe de tener al ser figura del toreo.

Caso contrario el de Octavio García, El Payo, quien llegó a su compromiso del pasado domingo en La México muy dispuesto, muy sereno y muy en lo suyo, con la madurez de quien sabe que su carrera debe estar fincada en la seriedad y la paciencia, ajena a las ocurrencias y a los arrebatos. Toreó espléndidamente a su segundo enemigo, luciéndose primero con el capote y trazando muletazos de una calidad inobjetable después, y aunque no estuvo del todo bien con el estoque, le alcanzó para cortar una oreja, premio irrelevante si consideramos que lo que en realidad hizo el Payo en la catedral del toreo mexicano fue dar un golpe de autoridad sobre la mesa y decir, con hechos, que para hablar de figuras del toreo mexicano habría que empezar a voltear a Querétaro.

Publicado en Diario de Querétaro 

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