DE HOMBRES Y TOREROS

POR ZABALA DE LA SERNA

El gesto de hombría de Sebastián Castella, pletórico de ambición y sitio, con el muslo abierto, en pie sobre la arena de Algeciras para dar muerte al toro, se admiró con un clamor general. Un reguero de sangre pintó una delgada línea roja hasta la enfermería.

José María Manzanares borró con el empaque de su muleta la pista de hematíes, provocó otro clamor distinto y desorejó al sexto. Pero no quiso salir a hombros, porque Castella soñaba entonces una gloria de cloroformo y bisturí. Su gesto de torero engrandecía también el toreo.

Dos horas después, en una sofocante habitación de hospital, Sebastián Castella hablaba con sus apoderados y unos amigos, tranquilo, cableado de sueros y antibióticos. La puerta se abrió y entró Josemari Manzanares antes de partir hacia otra incierta y lejana plaza. Fueron pocas las palabras y cariñosos los gestos. Manzanares se despidió en breve. «Éste es un buen tío», dijo Castella a su marcha.

Simplemente quería contarles esta historia. De hombres y de toreros.

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