Antonio Montes: Las Cruces del Destino por “Roque Solares Tacubac”

Trece de enero, ciento cuatro años se cumplen de la cornada mortal que “Matacajas” de Tepeyahualco propinara a Antonio Montes en la antigua Plaza México de la Calzada de La Piedad, hoy Avenida Cuauhtémoc. Aniversario de la primera muerte por asta de toro registrada en la historia taurina de la capital en el Siglo XX. La primera de una figura del toreo. Aniversario también de la reseña que el eximio escritor taurino Don Carlos Cuesta Baquero, firmara como excepcional testigo del hecho e incluso como facultativo encargado de atender la fatídica herida del sevillano. En fecha tan señalada -también un día como hoy en 1980 en Colima murió el banderillero “Chato de Tampico”- De SOL Y SOMBRA trascribe las observaciones del Doctor Cuesta firmadas con su célebre anagrama en la Monografía Taurina de “Revista de Revistas” e incluidas también en el libro “Las Cornadas” de Solares y Rojas Palacios.

Por: “Roque Solares Tacubac” – REVISTA DE REVISTAS (1937)

Era el domingo 13 de enero de 1907.

Los aficionados estaban alborozados por la corrida que presenciarían, lidiando seis toros –tres de la ganadería española del Marqués de Saltillo y tres de la mexicana de Tepeyahualco, propiedad de don Manuel Fernández del Castillo y Mier-, los espadas: Antonio Fuentes, Antonio Montes y Ricardo Torres “”Bombita” Era el cartel máximo por la calidad y deseado con anhelo.

Las taquillas no fueron abiertas ya en la mañana del citado día, porque la víspera estaban agotadas las localidades, colocándose el cartelillo: “No hay boletos” A la Plaza de Toros México –ya vetusta, aunque remozada- iban formando “cola” quienes deseaban ver los toros que estaban en los corrales. Eran unos “buenos mozos” de cinco años, bien encornados y “finos” mostrando las características de sus castas. Descollaba uno, por lo cornalón, largo cuello y zancudo, o sea lo que nombraban “alto de agujas” Era un toro de “mala construcción” según dicen en su peculiar lenguaje los toreros.

Su pinta era “cárdeno entrepelado” y su nombre “Matacaja” sobre la piel del costillar derecho ostentaba el número 42, registro en el libro de tienta de la ganadería. Procedía de la simiente miureña que hubo en la vacada de Tepeyahualco, cuando fue propiedad de don José María González Pavón. Antonio Montes tenía la costumbre de ir la víspera de la corrida a la Plaza de Toros. Acudía con la finalidad de ver el encierro y formarse un juicio de él. Desde que vio a “Matacaja” se sintió alterado. Miró el número, 42, y dijo:

-No me gusta ni el número.

Durante el regreso al hotel el torero apenas y habló.

-¿En qué piensas, Antonio? – le preguntaron.

-En ese toro horrible, el número 42. Pensaba en el toro que lo mataría al día siguiente.

El domingo cuando “Blanquito” regresó del sorteo, Montes le preguntó por “Matajaca”

-¿“Matajaca”? Déjame ver… Sí, te tocó a ti.

Montes golpeó el brazo del sillón.

-Lo sabía- dijo.

“Matajaca” salió imponente al redondel. Fue corrido, no demostrando detalle excepcional y Montes se colocó para torear de capa, siendo cogido luego del segundo lance. El asta enganchó en los cordones de la pierna derecha de la taleguilla, en esos borlones que los toreros llaman “machos”

El diestro fue lanzado a lo alto, cayendo frente al toro, que intentó volver a cornarlo. No lo consiguió por hacer la embestida con el modo que los toreros dicen “sobrada” o sea desacertada por exceso de impetuosidad. Montes, derribado estaba entre las patas delanteras “Matajaca” hicieron el quite y el espada se incorporó. Había sufrido varetazos en la pierna y en el lado derecho del tronco del cuerpo. Intentaron que fuese a la enfermería, pero rechazó a los que tal pretendían. Anudó un pañuelo sobre la rotura de la taleguilla y continuó en la brega, sin mostrar dolencia, sin cojear. Estuvo diligente en los quites que hizo a los picadores.

Así fue la primera fase de la tragedia.

“Matajaca” al ser banderillado, mostró ya que era de inmenso peligro. Sin perder la bravura, tenía malicia que empleaba para “adelantar” o sea para intentar apoderarse del banderillero estirando el cuello, que ya dije que era bien largo. “Pescuezo de acordeón” dicen gráficamente los toreros. Esto hizo que las cuadrillas estuvieran cuidadosas, colocándose convenientemente cuando Montes comenzó la faena, estando el toro en el tercio del redondel, pero en la peligrosa proximidad de la puerta del toril. Allí dio el primer pase –ayudado, rematando por alto-, y otros cinco o seis de pitón a pitón, todos con la mano izquierda, yendo la muleta del asta derecha a la izquierda y viceversa. “Matajacas” a igualó, sesgado con las tablas –no enteramente “terciado”- y siempre cercano al toril. Parecía que el toro había reconocido esa “querencia”

Montes entró a herir de largo, según acostumbraba a hacerlo. El toro, alargando el cuello no le enganchó con el asta derecha, sino que lo “enfrontiló” e instintivamente, Montes, para salvarse giró volviendo la espalda. El estoque ya estaba hundido hasta la empuñadura. En los momentos de girar, el toro, que por unos instantes estuvo incierto por el dolor causado por la e estocada reaccionó tirando el derrote, asestando la cornada en la parte inferior de la región glútea izquierda del torero.

Llevándolo ensartado, prendido, el cornúpeta dio algunos pasos hacía del medio del redondel. Luego, ya agonizante inclinó la cabeza, dejando al lesionado torero sobre la arena. El diestro quiso levantarse, lográndolo con esfuerzo, pero inmediatamente se desplomó: un chorro de sangre empapaba la pierna de la taleguilla. Los monosabios tomaron en brazos al herido para llevarlos a la enfermería. El terror estaba impreso en el semblante de los concurrentes y también en el de los toreros. “Bombita” en su libro de memorias titulado “Intimidades y Arte de Torear de Ricardo Torres `Bombita´” dice: “Todos al mirar como fue la cogida y el chorro de sangre negra que salía de la herida comprendimos que era mortal“

En la enfermería Montes fue atendido diligentemente. Vieron los facultativos que la herida era de gran profundidad, interesando todas las partes exteriores, quitando un trozo de hueso del llamado saro y entrando en la cavidad ventral. La índole de de éste artículo no es la apropiada para entrar en detalles anatómicos, ni para hacer descripción de la operación quirúrgica que se practicó al lesionado espada. Los apasionamientos de algunos revisteros en contra del médico, jefe del servicio de enfermería, motivaron censuras muy acres y difamatorias; pero el tiempo ha venido a demostrar que fueron infundadas.

Mientras que en la enfermería los cirujanos hacían su humanitario deber, el público permanecía en un silencio casi completo, e impidió que la banda de música volviera a sonar. Los aplausos fueron muy discretos, como con sordina, y los obtuvo Fuentes que estuvo colosal, mostrando su elegancia a la vez que su maestría. “Bombita” no estuvo deficiente; pero lo opacó el diestro de “La Coronela” Fue una de sus grandes tardes, gemela de la que tuvo en Madrid cuando la tragedia de Manuel García “El Espartero” De la enfermería, Montes fue trasladado a su alojamiento en el Hotel Edison, situado en la primera de las Calles de Dolores. Allí estuvo tres días en lucha con la muerte; pero sin perder la inteligencia, conversando en algunos momentos y encargando que no informaran a su madre sobre la gravedad en que estaba por que la viejecita moriría de la angustia. Fuentes, “Bombita”, “Blanquito” todos los toreros, no se apartaron de su lado, teniendo para Montes solicitud fraternal.

El estado de Montes fue empeorando y por ello no se llevó a cabo una laparotomía que algunos médicos aconsejaron. Surgió la parálisis vesical y la alta temperatura. Sin embargo, el torero pareció sereno y resignado. Recibió la visita del sacerdote y al salir éste dijo:

-Ahora sí, estoy listo.

Dictó testamento a favor de su madre y dejó tres mil pesos para una guapa mujer norteamericana que vivía con él. Tampoco se olvidó de su cuadrilla. Sus últimas palabras fueron:

-Pobre de mi madre, cuando se entere…

Falleció el día 17, a las siete y media de la noche. Fueron tres angustiosos días de zozobra y martirio, igualmente para los toreros que para los cirujanos. El público también estaba anhelante. A todas horas, aún en las avanzadas de la noche, había personas en la sala del piso inferior del hotel, informándose y leyendo los boletines de los médicos; y afuera en las aceras, la muchedumbre se agrupaba, preguntando las últimas noticias a quienes salían del edificio. A los médicos les impedían subir a los carruajes si no habían explicado como seguía el herido. En los pórticos de los teatros y en el interior de los telones, había copia de los boletines, así como en las pantallas de los cinemas.

Cuando fue notificado el fallecimiento, se notó un silencio doloroso, interrumpido por exclamaciones compasivas. Era una pesadumbre general. Inyectado el cadáver con una solución conservadora, fue trasladado al Panteón Español, siendo el tránsito una imponente manifestación de duelo.

Allí quedó en el Depósito de Cadáveres y un descuido de los encargados de vigilar fue causa de un horripilante suceso. Uno de los cirios encendidos se reblandeció con el calor de la flama, se encorvó y alcanzó al forro exterior de seda del ataúd, que se inflamó. El fuego pasó al interior, encendiendo el abullonado y después la sábana que servía de mortaja. Aquella hornaza calcinó el cadáver destruyendo la cara, piel de la cabeza, un brazo y una pierna.

El calcinado cadáver fue llevado a Veracruz para embarcarlos con destino a Sevilla. Al transportarlo del muelle al barco ocurrió otra desgracia: se zafó de la grúa la caja que llevaba el féretro y cayó al mar. Sangre, fuego, agua: curioso fin de este hombre ejemplar.

“Roque Solares Tacubac”

Twitter: @CaballoNegroII

4 Comentarios »

  1. No se francamente que sea más asombroso… Si la hombría y dignidad de Montes. El terrible paralelismo de Fuentes. La demoniaca lidia de “Matajacas” o la impresionante reseña del Doctor Cuesta. Dolorosa, trágica y apabullante como la cera o la negra sangre del cuerpo roto del torero, la reseña de “Don Roque” nos recuerda que la muerte brinda la inmortalidad al Toreo… Loor a Carlos Cuesta. 104 años después de la Tragedia de la Piedad.

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