Gloria y Torería – Fermín Rivera, Cum Laude.

Desplante de Fermín Rivera ante “Juan Pirulero” de Torrecilla, torería hasta en el descaro.

Veinte años separan hoy la tremenda escena bajo la lluvia cuando la Plaza México en grises tonos recibió, igualmente de gris vestido, a Curro Rivera para pasear las cenizas de su padre, el Maestro potosino Fermín Rivera, uno de los toreros más clásicos y figura máxima de la Edad de Plata del Toreo en México. Forjado dentro de la “Época de Oro” del Toreo en nuestro país, Rivera es muestra de dignidad y categoría toreras. En sentido homenaje al Maestro potosino quedan aquí las siguientes líneas.

Para mi Abuelo, Don Dionisio Monreal Alanís, riverista indeclinable.

Por: Luis Eduardo Maya Lora – De SOL Y SOMBRA.

Son varios los casos a los que el tiempo distrae importancia e incluso amenaza con desviar su valor del legado taurino. Fermín Rivera tendría que ser referente en la historia taurina mexicana.

Sí, el torero que toreó quince tardes como novillero en México en el año treinta y cuatro, el de la “Leyenda de los Clavelitos”, el creador de la riverina y protagonista del recuento de un sinfín de estadísticas que todo aficionado conoce.

Pero, a veinte años de su desaparición física, estudiar a Rivera implica algo más.

Porque Fermín Rivera Malabhear es algo más que el nombre de una Plaza, el cuñado de un gran torero como Martín Agüero o el padre de una gran figura como Curro Rivera o, en su caso, el ganadero de “La Alianza”.

De entrada, se trata de uno de los casos en que la “story”, que no la “history” –anticipo disculpas por el anglicismo- ha enmarcado en la “segunda fila” de la Época de Oro e incluso algunos llegan a afirmar que Rivera contó “solo hasta el final”, en su última y gloriosa etapa.

Importante es precisar que su línea torera, más que su “vertiente”, como Alberto Balderas, procede casi en directo de la línea gaonista – lagartijista, claro- que consiste en dominar la mayoría de las suertes a partir del ejercicio taurómaco del buen hacer.

Pero a diferencia del “Torero de México” Fermín Rivera no adopta a la letra las formas y el empaque gaonista, era demasiado joven para calcar lo que entonces pareció tener a Alberto Balderas como la gran esperanza de continuación del gaonismo, misma que el vocero del ala radical de dicho partido taurino, Carlos Quirós “Monosabio”, se encargó de derrumbar con el calificativo de “gaonita” que en parte provocó en Balderas “cambiar” el estilo y triunfar en plena  meca del gaonismo, “El Toreo”.

En ese entorno, para el año treinta y cuatro, aparece Rivera en México cuando sus quince novilladas culminan con la triunfal alternativa de manos de “Armillita” a final de ese año, el ocho de Diciembre.

El toro fue de Rancho Seco, de nombre “Parlero”.

De novillero, da la impresión de ser un torero que, sin encontrarse ayuno de expresión, muestra orientación hacia el toreo de poder.

En ese mismo periodo y hasta el año treinta y ocho, debutan en “El Toreo” otros tres nombres que serían muy importantes durante la edad de Plata: Alfonso Ramírez “El Calesero”, Silverio Pérez y Carlos Arruza mismos que se encontrarían con Rivera después.

Los grandes ases de la baraja taurina mexicana en el año treinta y nueve, “Armillita”, Jesús Solórzano, Alberto Balderas, Lorenzo Garza y “El Soldado” se encuentran en medio del cisma en la cima con el Pacto de San Martín Texmelucan. Los ganaderos de Tlaxcala aliados quedaron con los tres primeros, los Llaguno con los últimos dos.

Fermín Rivera quedó unido a estos últimos.

La única noticia feliz de la bicameral Temporada 39-40 en México para el bando zacatecano, fue la Oreja de Oro que conquistó Rivera tras triunfar con un san mateo de nombre “Vinatero”, en una faena en la que estrena el molinete a dos manos -o chicuelina con la muleta, que llaman chabacanamente algunos- desde entonces, riverina.

Le cortó el rabo.

El futuro Maestro Fermín termina, no obstante, en el bando derrotado y enemistado por cosas del destino con “la mano visible” de Maximino Ávila Camacho, el “Amigo de la Afición”.

El maximato taurino toma a Rivera en difícil posición. Imponderables del camino, son los casi cinco años en el exilio. A diferencia, Silverio Pérez contó inmediatamente tras la partida de Balderas con su gran Temporada de cuarenta y uno.

No olvidemos, “El Faraón” quedó ubicado dentro del grupo tlaxcalteca promovente del Pacto de San Martín. Y claro está, su dramático derechazo, principalmente, su hondura capotera -sublimada en la chicuelina y la verónica a pies juntos-, el muletazo contrario por bajo, su sitio y su ritmo, que solo se pudieron ver cortados por “Zapatero” de La Punta, construyeron un torero clave. Silverio fue puntal aun siendo un torero que necesariamente duraría menos tiempo.

Cosa de estilo.

Rivera no apareció sino hasta ya pasados los tiempos de “La Concordia”.

Es decir, hasta la 45-46, luego de confirmar en Madrid, es cuando vuelve Fermín a El Toreo de La Condesa obteniendo un tremendo triunfo, salida a hombros incluida, de una corrida de Xajay le reencuentra con la Afición y con el sitio que le ya le parecía aguardar años antes.

Pero, la verdad sea dicha, las confrontaciones manoletistas con Silverio primero, con “Armillita” y Garza después, consumen la atención del público en el culmen de la “Época de Oro”.

Agreguemos, claro, el impacto tremendo que para la Afición taurina implicó arrear en Mayo de cuarenta y seis la bandera de “El Toreo” y entenderemos que el reflector no estaba cerca de San Luis Potosí.

Pasada la mudanza de la Condesa a Mixcoac, para cuarenta y siete, triunfador en la Plaza México, Fermín Rivera comienza a hacer notar dos cosas en su toreo, la afortunada evasión de la copia tancredista que prosigue al paso de “Manolete” en México y el inicio de la decantación hacía un toreo natural mucho más acompasado en cintura y muñecas que el mostrado a su regreso de España dos años antes.

Firme y recio pero menos expresivo, en ese punto el toreo de Fermín Rivera es reflejo de los años de exilio en Francia y Portugal, de verle constantemente la cara al toro europeo y limar con sus muñecas su tradicional aspereza.

Dejando de lado, por lo ya apuntado, a Velázquez y Rodríguez, aún sin el cascabel de “Calesero” o Procuna, sin la frágil hondura del crepúsculo de Silverio Pérez o el atleticismo y poderío absoluto de Carlos Arruza, llegado a La México, el concepto de reciedumbre en Rivera torna en reservada pero personal su expresión torera: sobriedad en las formas y ayuno en la concesión al tendido.

Si nos damos cuenta, Fermín Rivera elige el camino más difícil, el que deslumbra menos al tendido y el que implica mayor dificultad de convencer al entendido, el clasicismo.

No es sencillo entender el triunfo de Rivera en su tercera etapa, la de cuarenta y siete a cincuenta y uno, con dos enormes faenas en la capital y en medio del nuevo público taurino que llegó a La México y que, a diferencia del aficionado condeso, lo mismo asistía a los toros que a cualquier otro espectáculo.

Por ello la faena al primer “Clavelito” de Torrecilla en cincuenta y uno, es un punto de inflexión entre los toreros mexicanos ya nombrados y el arribo de las nuevas formas dosantinas e, incluso, el impacto de la naciente sobre dimensión capetillista.

A Rivera le bastó siempre la buena colocación de la muleta en el cite, el buen trato con el capote -prueba de ello es su compás y su temple en el quite, principalmente la gaonera- y la diligencia en los lances de recibo, siempre sabios, para convencer al público nuevo y al ya entonces aficionado en madurez forjado en La Condesa.

Un aparte merece su estocada previo a pasar a su toreo de muleta.

Pancho Flores retrata el cite previo la estocada recibiendo al primer “Clavelito” en La México, se trata de uno de los momentos estelares de la Tauromaquia. Instantes después, a pies cerrados, nuestro homenajeado aguanta la humillada acometida y sepulta triunfalmente el acero en la suerte natural y bajo “La Porra”.

La prístina, primigenia, forma de matar los toros en Rivera adquiere el sentido casi inmutable de la vigencia absoluta de lo clásico, cuando el ejercicio de torear busca una nueva forma, más cuando aun el toro mantenía su raza, Rivera entendió el toreo como una summa de la técnica y la inteligencia, la personalidad, en resultado de una seca y austera, pero no por ello menos valiosa creación.

Probablemente sea Fermín Rivera uno de los toreros que ha sublimado al impasibilidad del aguante en tan díficil suerte. Además no dejemos de olvidar que esa estocada, la de ´51, fue, repetimos, en la suerte natural en colofón extraordinario a un faenón de superior nota.

Quizá una de las mejores diez faenas en la historia de la Plaza México.

A Fermín Rivera no le falta tampoco, como a los toreros buenos, el paso por el cine mexicano e incluso extranjero que da muestras, en parte, del ambiente y la posición social de los toreros antes y durante la mitad del Siglo pasado que ya hemos abordado. Anécdota quizá, pero refleja la categoría del torero y el sitio que el toreo, como arte, ocupaban en medio del ambiente del México de los cincuentas.

Sin embargo queda por recorrer un tramo todavía mayor.

Para el año cincuenta y cuatro, tres temporadas después del primer “Clavelito” del rabo a “Clavelillo” – el segundo “Clavelito”– y de su forzado retiro, Rivera reaparece en Cuatro Caminos vestido, majestuoso, de pizarra y oro.

Y en los medios de la Plaza, con la muleta sobre zurda, ante un toro inicialmente tardo, consigue estremecer los cimientos históricos del “Nuevo Toreo” en una faena impresionante por sus andares y tiempos entre tanda y tanda. Tomemos nota de lo que después serán los tiempos entre tandas, psicodelia incluida, en Curro.

Esta faena, la del toro de Coaxamalucan, es una muestra espléndida de largueza en el trazo, de estructura en su composición y sobre todo, el dictado de una palabra taurinamente pulcra, toda hecha, en un palmo de terreno, con el envite encendido y con el aguante pasmoso del embarque de sus muletazos.

Doble rabo registra Rivera en Naucalpan para con ello ser uno de los cuatro toreros que, por rarísimo acaso, cortaron los máximos trofeos tanto en la Condesa, en Mixcoac y en Cuatro Caminos.

Los otros tres son: Silverio, Carlos Arruza y Luis Procuna.

Con ello, que no dejaría de ser una mera estadística, lo que trasciende es que Fermín Rivera consigue triunfar en etapas muy distintas del toro de lidia en México.

Esa multidimensión que implican los tiempos previos y posteriores al Pacto de San Martín, después al restablecimiento del convenio y la llegada del toro de los cincuentas que mantiene la prontitud y la bravura pero que requiere torearle con mayor compás y temple, muestra que el potosino es uno de los que mejor han conocido y entendido al toro de lidia mexicano.

Muestra de ello es que al hacerse ganadero buscó sangre de  Zacatepec y Cerralvo, sementales de La Laguna y de Cabrera, y que al final inclinara después por la rama Torrecilla, la de parte de su propia leyenda.

Hay momentos en la tauromaquia del Maestro potosino en que advertimos que la suerte al natural se inclina a cargar hacía delante, rompiendo la muñeca izquierda al final, otros en que alivia con muleta retrasada y se da a ligar el toreo en redondo, una vez el toro ha arrancado.

Lo deslumbrante en Rivera es que el aspecto técnico, al aguante, suficientemente presente, jamás estridente, de sus muletazos se unen la mejora hacía el toreo en redondo que parte de la muleta presentada en horizontal a los ojos del toro, es decir, cuadrada para tirar de él con largueza y la muñeca rota. Famosa es la foto de su natural, con la pierna de la salida adelante, en el último tiempo de la suerte, el toro entregado y la muñeca en su máxima extensión.

Cosas que después Curro Rivera llevaría a lo impensable y en ello bien influye la reclusión fundacional de Curro en La Alianza cuando ésta y él se formaban.

Quizá por todo esto, por esa inquebrantable pasión por la depuración de formas, Fermín Rivera y Emilio Ortuño “Jumillano” dos estilos, mucha atención, no de masas, retacaron en doble mano a mano la Plaza México, la segunda histórica nocturna.

De tan magnífico hecho cuatro rabos “tan solo” han quedado.

La México, y nuestro país en lo general, refleja en tales entradas que su concepción era más taurina.

Se trata el doble mano a mano de Rivera y Jumillano de dos de las páginas más grandiosas en la historia de la Monumental. La segunda fue de ocho toros y el triunfo vino con las casi cincuenta mil almas volcadas con dos toreros aun cuando los toros titulares no funcionaron, todo esto implicaba un gusto especial por un toreo difícil de apreciar para la masa.

Hablar de su despedida en cincuenta y siete, aquel 18 de febrero, en esa misma Plaza, con esas gaoneras irrenunciablemente clásicas a compás abierto y pleno de ritmo, cristalinamente, como lo fueron desde Gaona, aquella anochecida cuando brinda a su padre que estaba en el segundo tendido y que termina en volandas hasta el centro de la Ciudad de México es vislumbrar la luz de la torería y el orfeón la afición.

Fermín Rivera es un ejercicio, insistimos de suma, de durabilidad, de casi dialéctica en el toreo mexicano que muy posiblemente derive en Curro, su hijo, varios años después.

Por ello seguir la idea de Tomás Kemp que indica que “El papá de “Curro” tardó más de diez años en hacerse figura y “Curro” lo hizo en menos de tres años teniendo como rivales a Manolo Martínez y Eloy Cavazos” resulta quedarse en la historieta y dejar a lado la torería, su historia y su contexto.

El tiempo, modo y lugar de Fermín y Curro son razones lo suficientemente distantes e insuficientes en definitividad como para tomar como válido el argumento que muestra, por diferencia formativa, las razones por las cuales Curro fue más figura que Fermín. Pero necesariamente, la respuesta no puede desprenderse solo del contexto, es decir, la circunstancia de cada uno.

Quizá la diferencia, regreso, no es la vertiente, o sea el rumbo, sino el origen.

Porque probablemente, solo Dios sabrá, si una figura del toreo que después se llamó Curro Rivera realmente se ideó en la cabeza de Fermín o una gran figura, diferente por rotundidad y estilo, surgió en el alma de Francisco Rivera Agüero.

Y queda saber, lo anotamos como pendiente, la impresión del nuevo Fermín Rivera, matador de toros.

Tremenda impronta, inmenso compromiso.

En todo caso, hoy, a veinte años de su partida, vaya pues para el Maestro de San Miguelito nuestro brindis.

Con cariño, respeto y total admiración.

Twitter: @CaballoNegroII.

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Como todo comienza igualmente acaba. “Armillita”, padrino de alternativa, retira el añadido a Fermín Rivera en su histórica despedida en la Plaza México.
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Un comentario en “Gloria y Torería – Fermín Rivera, Cum Laude.”

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