
Por Rosario Pérez
La heroicidad de Sebastián Castella (Béziers, 1983) seguía ayer en boca de la afición. Nuestro asteroide del fútbol español, Íker Casillas —testigo directo desde un burladero—, admiraba cada vez más el pundonor del galáctico francés, con la cara interna del muslo derecho abierta a la altura de la ingle. Castella permaneció una sola noche ingresado en la clínica madrileña de La Fraternidad, pero al mediodía el cirujano dio el visto bueno a su empeño de ser trasladado a su domicilio de Sevilla: «Tengo molestias, pero estoy con calmantes. En casa estaré bien. Allí me revisará el doctor Ramón Vila hasta que me recupere».
—Con la sangre brotando, ¿cuál es la receta para permanecer delante de los pitones como el que se está tomando un café con el toro?
—Los toreros somos así.
—Disculpe que le contradiga, pero hay toreros que no hubiesen aguantado con esa cornada desde el primer toro al cuarto…
—Bueno, cada uno es un mundo y tiene una manera de ser, una ambición y un tope. Gracias a Dios, yo pude aguantar; lo he hecho más veces. Mi filosofía es que el toro cuando está herido en la plaza sigue peleando hasta que no lo matan o indultan; si aficionados y profesionales amamos tanto al toro bravo, al menos los toreros debemos hacer lo mismo que el toro: aguantar heridos. Cada cual que haga lo que quiera, pero mientras la herida no me impida torear, yo me quedo en el ruedo.
—Lección de ética. Toda una gesta.
—No lo hice como una gesta, me salió natural. No soy el único, aunque afortunadamente soy de los pocos que lo hacen. A mí me da orgullo.
—La cogida estremeció los corazones y, en cambio, usted no hizo ni un aspaviento. ¿Acaso no le dolía?
—Claro que me dolía, y el que diga lo contrario es un cuentista. Cuestión distinta es que unos tengan el techo del dolor más alto y otros más bajo. Lo que de verdad me duele es no saber si podré hacer el paseíllo en Madrid. Al menos una tarde más me gustaría, aunque fuese la tercera (el próximo jueves). El martes es imposible. Las cosas hay que hacerlas con lógica. Para hacer simplemente acto de presencia, no voy; si me visto de torero es porque estoy bien para entregarme como esta plaza se merece. Yo haré todo el esfuerzo posible, porque deseo cuajar un toro y sentir los oles.
—¿No le asustó pensar que todo el tiempo que pasaba en la arena corría en contra de su pierna?
—Me gusta marcar la diferencia de una manera u otra. Lo que tenía claro es que a la enfermería no iba a pasar, porque yo veía la sangre y sabía que llevaba cornada. Si el médico me veía, no podía salir a matar al cuarto.
—Pese a la herida, decía sentirse feliz. ¿Cómo se le explica eso al común de los mortales?
—A ver si se me entiende: las cornadas son parte de mi profesión y mi vida, que para eso soy torero. ¿Feliz? En parte, pues sí. El mundo entero está en crisis y hay detractores, dentro y fuera de la Fiesta, que dicen que falta emoción. El jueves se demostró lo contrario: había expectativa y respondimos todos. Hubo emoción y momentos grandes. Analizando el panorama, creo que fue una tarde importante y de las que siembran futuro.
—Desde el tendido daba la impresión de que Castella regalaba más de lo que los toros le ofrecían. ¿Les vio cualidades?
—A mi lote, ningunas. Hubo algunos con cualidades a los que les faltó algo para lo que es Madrid. Quieren un toro con chispa, transmisión y bravura. La corrida de Victoriano del Río, que es una gran ganadería, reunió cosas buenas y malas. No fue una gran corrida ni tampoco mala. Los toros también tienen sus días. Aquí dos y dos no son cuatro.
—¿Cómo sintió al público?
—Para mí estuvo perfecto, porque Madrid sabe ver las cosas con mucha sensibilidad. Es una plaza dura, que para eso es la más importante, pero también la más justa.
—Pegó un golpe rotundo en la arena y transmitió el mensaje de «¡ojo con Castella!, que hay torero para rato…»
—Llegué para dar ese mensaje, y lo di.
—La mayoría de las miradas apuntaban al duelo de los dos «G-10» y llegó el comando «solitario» y aprovechó su cartucho…
—Aquí todos somos toreros y hay que respetar las ideas de cada cual. Que cada uno haga lo que crea conveniente. Pero en la plaza no existen grupos: hay tres tíos que buscan la gloria y se juegan la vida para lograrla.
—Si en las quinielas sonaban Manzanares y Talavante, el protagonismo lo acaparó Castella.
—Así es el toreo… Y me alegro de ello: venía a por todas.



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