4º de Temporada «Nuevo Progreso» de Guadalajara; Lujo, grandeza y drama…

Morante por Monste Ruiz Varea
Morante por Monste Ruiz Varea.

Por Francisco Baruqui

Guadalajara, Jal.- Cuando se presenta la fiesta con toda la integridad, con todo el autenticismo, con toda realeza, la esencia y el fondo de la expresión  incomparable de crear arte frente al peligro, cobra el especial y singular relieve con dos condiciones que dan fundamento que son el lujo y la grandeza y…

Y cuando en esa creación interviene la parte que cobra el riesgo al hacer el toro presa al torero llegando la cornada, ése fondo y ésa esencia dan la realidad del misterio que enmarca la incertidumbre de qué es lo que puede pasar.

Tarde espléndida, azulada, clara, sin brizna de viento y una entrada muy destacable de tres cuartos de aforo, con un público que sabe paladear lo que vale disfrutando del arte inconmensurable de un artista de excepción como lo es José Antonio Morante, venido de la tierra andaluza de la Puebla, que es el exponente non de la artística creación que embruja al aficionado haciéndole batir las palmas puesto de pie.

Escribo de grandeza también al conformar, para un mano a mano que para muchos no tenía razón toda vez que no hay una rivalidad existente entre los alternantes, una corrida lujosa con toros de diferentes hierros y divisas, que denotaron selección por los criadores, al enviar astados serios, bien armados, astifinos todos, con la imponencia y la importancia, la romana adecuada, para un festejo de polendas en plaza de primera categoría.

Se corrieron ejemplares de Campo Real dos, —claros pero tan justitos de casta como de fuerzas—, de Xajay —astado muy fijo, con son y repetitivo que estuvo por encima de su matador—, de Teófilo Gómez —auténtico toro bravo de magníficas hechuras, de gran fijeza, clase y nobleza, empleándose, rebozándose, con viaje y ritmo, destacable cadencia, merecedor de arrastre lento tras de una muerte espectacular en el centro mismo del ruedo con la espada dentro—, de Los Encinos —mansurrón con bobaliconería—, de Barralva —muy en tipo de su encaste español de Atanasio, imponentemente emotivo, ¡cómo atacó en el caballo..! creciéndose, yendo a más enrazado, con brío y muy demandante que se impuso con mucha seriedad—, y un sobrero de regalo de Bernaldo de Quirós, con tanto cuajo y volumen como mansedumbre, doblando contrario, barbeando tablas, que si se hubiesen abierto habría tomado camino a la ganadería.

Todos, insisto y repito, con la presentación de lujo para un lujoso coso que es el de Guadalajara…

Yo defino el toreo de Morante como el de mayor expresividad, cimentado en un cabal valor, y en la proyección estética excepcional, en la que el movimiento cadencioso, rítmico, armonioso del juego de brazos, bajas las manos, abierto el compás, cargando la suerte como cargarse se debe, encelando, mandando, templando con el capote de seda, da al lance fundamental que es la verónica, el derroche de inspiración que impacta para el corear los ¡Oooleeés..! de estruendo, hilvanando hasta seis y siete lances, cerrando con la media del más puro corte belmontino.  Y la chicuelina…

La chicuelina sedeña, con el leve giro embarrándose de toro en los costados, parando el tiempo llegando a la explosión del remate cumbre con el volcán de aplausos para el artista.

Su muleta es de prodigio, porque para torear con el ritmo con el que lo hace Morante, es menester entender la condición del toro para ponerse en el sitio muy de frente provocando la embestida, cruzándose al pitón contrario y, clavadas las zapatillas, encajados los riñones, pulsando el acometer, con mando y temple, mucho temple, romper al morito con sus muñecas elásticas y el quiebro leve de cintura, muy reunido, acompañando, embraguetado, sintiendo al astado y sintiéndose él en la concepción de su arte, hilvanando series de muletazos ayudados por abajo con la derecha y naturales con la izquierda, deletreando los tiempos, marcando la mínima reposición para quedar colocado para el siguiente, rematando con auténticos de pecho, vaciando, pasándose los pitones por la chorrera de la blusa para sacarlos por la hombrera contraria.

Toreo de aroma, ése que huele a tomillo y a romero, que provoca sentir mariposas en el estómago poniéndonos de pie para el estruendo de la ovación.  ¡Cuánto lujo..!  ¡Cuánta grandeza..!  ¡Cuánta torería..!  ¡Cuánta expresión..!  Empero…

Empero, gran contraste de cómo torea a cómo mata.  No atiende mucho el igualar y cuadrar a la res, ni poner la cabeza a nivel cuando está descolgado para, irse desde perfilarse saliéndose del camino del embroque, pinchar repetidas veces perdiendo las orejas, —solo cortó una al tercero—, que bien merecidas las tenía toreando como toreó…

Válgame escribir esto, que Morante…  Que Morante es el toreo…

Por cuanto a Diego Silveti, hay que verle como un valor de posibilidades, en la etapa de un bisoño matador de toros que está en la búsqueda de su expresión, pletórico de determinación y valentía, de entrega, deseos y tesón.

Con el xajeño de gran fijeza que fuerte empujó en la puya quedando bien picado, Diego se dio en una faena de más a menos con momentos destacables sí, pero sin la cadencia que merecía el son del burel, faltando más asentamiento y no caer en el toreo distanciado con la derecha y la zurda, terminando con “sanjuaneras”, —en evocación del siempre bien recordado amigo que fue el Berrendito Luis Procuna—, para fallar con el acero pinchando y recibiendo silencio.

Con el de Los Encinos, —soberbiamente corrido a una mano como ya no se ve por ése magnífico subalterno que es Fermín Quiróz llevándolo de un tercio contrario al otro burladero sin dar un solo capotazo—, evocó al Maestro “Armillita” con un quite por “saltilleras” que se le coreó, iniciando con pases estatuarios por alto barriendo los lomos, en un trasteo poco trascendente dada la lidia bobalicona de la mansa res, terminando de pinchazo y entera.

Con el espectacular de Barralva, —mi enhorabuena al ganadero Don Luis Álvarez Bilbao, por estar, con su encaste español, devolviendo la emoción tan perdida—, Silveti se dio con determinación ante un toro muy demandante, de lidia por demás interesante. Se llevó tremenda voltereta para terminar de pinchazo y estocada de efectos.

Con el de obsequio, el hondo como manso toro de Bernaldo de Quirós, empeño, mucho empeño puso Diego buscando lucir a como diese lugar intentando sacar agua de una roca.  Empitonado espeluznantemente y colgado en dos ocasiones, se llevó una cornada en la pantorrilla y un palizón de órdago que espero, confío y deseo no tenga mayor repercusión.

Diego empieza y mucho hay por recorrer, cosa será de enmendar errores y tirar pa álante.

Correo electrónico: francisco@baruqui.com

Via: http://www.elinformador.com.mx

1 comentario »

  1. Se conjuntaron el arte de Morante, al que ya se le extrañaba en Guadalajara, con el valor y entrega de un Diego Silveti que en su carrera va en ascenso. Si a eso le agregamos el ingrediente principal que es el toro serio, creo que lo que faltó fué la certeza a la hora de matar para una tarde redonda y memorable.

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