Por Francisco Baruqui.
Yo defino el toreo de Morante como el de mayor expresividad, cimentado en un cabal valor, y en la proyección estética excepcional. Su muleta es de prodigio, porque para torear con el ritmo con el que lo hace Morante, es menester entender la condición del toro para ponerse en el sitio muy de frente provocando la embestida, cruzándose al pitón contrario y, clavadas las zapatillas, encajados los riñones, pulsando el acometer, con mando y temple, mucho temple, romper al morito con sus muñecas elásticas y el quiebro leve de cintura, muy reunido, acompañando, embraguetado, sintiendo al astado y sintiéndose él en la concepción de su arte, hilvanando series de muletazos ayudados por abajo con la derecha y naturales con la izquierda, deletreando los tiempos, marcando la mínima reposición para quedar colocado para el siguiente, rematando con auténticos de pecho, vaciando, pasándose los pitones por la chorrera de la blusa para sacarlos por la hombrera contraria.
Toreo de aroma, ése que huele a tomillo y a romero, que provoca sentir mariposas en el estómago poniéndonos de pie para el estruendo de la ovación. ¡Cuánto lujo..! ¡Cuánta grandeza..! ¡Cuánta torería..! ¡Cuánta expresión..!


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