Recapitulando… El Diciembre de Manolo Mejía – Infumable Encierro para una Despedida.

Manolo Mejía en su retirada. Tras remover el añadido, atrás quedaban 30 años de torería.

Ante una mansada, de cabo a rabo, la terna enfrenta la afrenta de calentar un frío comienzo de Diciembre en la Monumental. Una afición distraída a lo largo de la tarde alcanza a despedir a un torero como Manolo Mejía quien ha merecido una mejor circunstancia en su postrera hora torera que ha salvado con dignidad. David Mora es víctima de su inexperiencia mientras Fabián Barba sufrir una inmerecida valoración de la asistencia.

Por: Luis Eduardo Maya LoraDe SOL Y SOMBRA.

Se ha ido Manolo Mejía. Se retira de la profesión por su propio pie tras cuarenta años de estar en torero, desde niño precoz hasta consumar maestría taurina.

Sin embargo, debemos señalar que en la despedida de Mejía no ha habido el derroche de formas acostumbrado (y requerido) para estas fechas. Tampoco el rigor de un público, por lo general, reservado con él. Tan solo queda la pálida sombra de las candilejas que acompañan su salida por el Túnel de Cuadrillas.

Que es al final la estela que trae consigo el encierro jugado.

Y es que Marco Garfias decepciona porque su corrida no ha sido en hechura la mejor, cosa que cuando un torero parte siempre se cuida, casi, al extremo. Echa el ganadero lo que tiene o puede y el encierro juega a la contra de la ocasión.

El único, con fondo aceptable es el primero.

Tiene la mala suerte de encontrar a David Mora en fase de reinicio físico y de oxidación taurina. Siempre dispuesto con el capote, apenas consigue algún lance estimable, remate bueno al saludar. El fondo, poco, del garfeño aflora lo mismo que su floja condición. Mora ataca la embestida del toro y él mismo se ataca de inicio. Ajusta la velocidad y, claro, mejora el toro en los derechazos.

Tras dos tandas estimables, una por cada lado, con la faena en el punto de ser o no, de manera inexplicable, David Mora tira de algo que de él no se espera, el efectismo y la vista al tendido en el muletazo clave de la siguiente tanda derechista en los medios. Sin razón alguna, cuando la vista del torero tendría que estar en su temple y en la embestida del toro, David equivoca y se acartona.

El toro con su fuerza física in diminuendo no deja de tomar el engaño y da la sensación de no ser entendido. Mora, deja ver su inexperiencia y su pena es esa estocada envainada, chalecazo infame en una confirmación donde lo más rescatable ha sido su brindis a Manolo Mejía en el sexto, donde el galafate garfeño pone las cosas imposibles.

Dura lección para el debutante madrileño. Que no la olvide.

Los turnos de la confirmación traen consigo dos toros cortos de bravura: noble el primero, violento el segundo. Por ello la salida del encendido tercero, a pesar de su fea y acapachada cabeza, además de brindar esperanza, representa toda una vuelta al pasado. Garfeñísima su pinta, castaño aldinegro, estrecho y largo, con edad indiscutible, da la sensación de emoción porque tiene su tranco alegría.

La Plaza México aprueba – no sin observaciones por la cornamenta- porque no queda de otra y porque Fabián Barba recibe en los medios y de rodillas, innecesariamente.

Sin dar tiempo a más. Barba se acelera en el recibo pero se templa en uno de los momentos grandes de la Temporada, quitazo – no es exageración-por gaoneras a pies juntos. Templado y sereno, vertical y torero remata el lance y La México se emociona.

El toro crece en banderillas y, emocionados los partidarios del encaste Garfias, esperan que este sea el de la reivindicación. Pero Fabián tiene otra idea e inicia, más de cara a la gente, menos hacia la condición del astado.

Y se va a los medios. No precisamente para ejercer oficio divino sino a jugarse el tipo, con el toro a su aire y arrancando de largo. Concebidos pases cambiados dejan la mesa para el toreo fundamental.

El castaño tiene un buen comienzo de tanda y de muletazo, Fabián se templa al comienzo e incluso luce con la derecha, a pesar de que el toro sigue a su aire y de pronto protesta al final. Se impone al principio Barba, viene una tanda de naturales con el torero en el donaire de su ritmo y la firmeza de su muleta cuadrada.

Aquí ha mandado el hidrocálido y para su remate hacía arriba, quizá de lo mejor de la tarde, la esperanza de que cuaje al castaño se dispara. Por ello, al momento en que el toro invade la salida de los muletazos, en que se frena y protesta, la decepción hace presa del tendido que no observa como el garfeño, en vez de haberse crecido, estorba a Barba porque se siente podido.

La asistencia reprueba a Fabián e implícitamente no aprueba el examen fundamental de cada aficionado: observar al toro. El castaño mintió y no hizo bueno lo que Javier Garfias indicaba que distinguía al toro bueno del que no lo es, sus finales altos y no solo sus aparentes comienzos.

Luego Barba equivoca el final al tirar de las cercanías al grado de ser empalado, la ilusión s diluye y solo queda vislumbrarle en torero y poderoso, valiente e inteligente con el galafate quinto, al que le eliminó por aguante y por mando la manía del hachazo por pitón izquierdo, del parón, pero no la sosería y la mansedumbre de la cara alta.

Gran y formidable estocada, alcanza a sacarla por atracarse de toro, por no soltar el gavilán de la espada y, claro, hay petición negada. Ojalá volviese pronto. Difícil cosa.

Hablamos antes del segundo, el de la solemne ceremonia de devolución de trastos, en la que por cierto hay que desmonterarse. En fin…

Con el ojo clínico intacto, con el deseo de estar muy bien, Manolo Mejía advierte su sentido desde salida. Se trata de un casi cinqueño que protesta de manera ejemplar por el lado izquierdo. Perfecta la manera de recoger, de echar las manos abajo y luego de guiar al toro, sin la brillantez del lucimiento pero con la suficiencia y la atingencia por delante de la eficacia.

Claro, cómo habría de haber banderillas si el garfeño requiere la brega y las manos abajo. Todo el segundo tercio es un pizarrón para Mejía, donde anota, donde aborda y dibuja posibles escenarios y elige el comienzo por bajo de la contraporra a los medios. Mantiene el garfeño el pitón izquierdo como peligroso, como complejo y amenazante. Mejía sostiene, a partir de valor y muleta puesta el poder y el mando.

Por ello el toro se ve engañado, cambiada su intención de tomar el bulto por la muleta, son tres y la salida al paso, inteligente y siempre en el sitio, más el remate que tiene incluso cadencia en un cambio de mano y los de pecho.

Con el paso al frente y la muleta en el sitio exacto, pese al cabezazo, Manolo muestra como progresivamente el defecto al tomar malamente el engaño se cambia ahora solo por la cara alta pero desdeñada de nuevo al paso y, más importante aun, con el temple del pase de la firma y el soberbio trincherazo, muy entendido el procedimiento.

Salvo al matar. Aquí Mejía se ha perdido. Por ello su importante primer faena queda solo en ovación. Conste aquí que muestra todo lo que su toreo ha sido. Inteligente.

Queda la hora postrera de todo un torero. En pleno Diciembre pone fin Manolo Mejía a casi treinta años de una alternativa que tomase en León un Enero.

El destino, el azar, madre del toreo, quiere que sea con el más serio de la desigual corrida garfeña. Y también, quizá, con el más manso. Que ya es decir.

Sale Manolo Mejía dispuesto y deseoso de cerrar dignamente su paso taurino. El garfeño protesta y vuelve el torero a tirar de los lances a pies juntos, avanza Mejía y despliega parte de su buena formación. Previo a ser picado el astado, se toca desde los medios con algo rumbo la Puerta de Caballos y salta al callejón en escena de manso despavorido.

Parece que el propio primer espada cubre a su padre y mozo de espadas, Pancho Mejía –célebre e histórico personaje- de un grave percance al cubrirle con su propio cuerpo. Decimos parece porque no apreciamos la escena desde nuestra posición. Lo que es a todas luces cierto y visto por la generalidad es que el garfeño cambia y a peor.

Brindis punto más que emotivo. Abraza La México a uno de los toreros abrigados en su regazo y le ovaciona cálidamente cuando el garfeño se raja, cuando tira la cara arriba y aun así, Mejía, jugándoselo, le hace pasar a pesar de todo. A regañadientes, pero inteligente siempre como en las lasernistas finales y el desdén.

Aun sin brillantez queda la dignidad. Fuerte petición aun sin el mejor espadazo ponen una oreja en paz y en sobriedad. Vueltas emotivas y dos palomas al vuelo. Ceremonia solemne con el retiro del ayudado. En melancolía de las candilejas que van muriendo lo mismo que el terno, en principio marino y que remata en azul noche.

Noche en la carrera de Manolo Mejía, el torero que jamás llevó un par hecho. Que albos pañuelos portaba su chaquetilla, que sabía estar de pie y tomar el capote en el tercio. Que con su partida deja lejanos pero hermosos recuerdos de nuestra infancia taurina. Pena que todo esto los toros no lo sepan.

Menos mal. A pesar de irse por su propio pie, Manolo Mejía podrá taurinamente vivir y afirmar que se es torero siempre, que el toreo se puede ir sin irse realmente. Porque aun en Diciembre dejar historia en el arte nos recuerda que arte es, aun en el último momento del último mes de la carrera torera, la eterna primavera.

Que para Manolo Mejía comienza el verano pero en el ruedo de la vida. Suerte siempre.

Twitter: @CaballoNegroII.

RESUMEN DEL FESTEJO.

Plaza México. Temporada Grande 2012-2013. Domingo, Diciembre 2 de 2012. Séptima de Derecho de Apartado. Un cuarto de plaza en tarde fría, viento molesto. Asistencia distraída.

6 Toros, 6 de Marco Garfias (Divisa Negro, rojo y naranja) Desiguales en presencia, chico el primero, desentona la cabeza del tercero. Muy serios segundo, cuarto y sexto aunque no bien construidos. Mansos en general, noble y flojo el primero. Con movilidad y buen comienzo el colorado tercero, se desfondó tras ser exigido por bajo. El cuarto saltó despavorido al callejón.

Manolo Mejía (Azul Marino y Oro) que se retiró del Toreo. Ovación y Oreja. Fabián Barba (Turquesa y oro) División y Palmas. David Mora (Palo de rosa y Oro) División y Silencio.

Al primer espada le fue desprendido el añadido por parte de su familia cerrando así una carrera de casi treinta años como matador de toros.


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