Ocho con Ocho – Los SanFermines por Luis Ramón Carazo.

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Las fiestas populares de Pamplona tienen origen en la época medieval como evento comercial y fiesta popular, tomando fechas de fiestas religiosas cristianas, entrelazadas con fechas festivas de orígenes anteriores, como la del paganismo vasco y latino. Como las ferias eran lugares de encuentro de mercaderes, ganaderos y aldeanos, eran también pretexto para echar relajo y comenzaron a organizarse corridas de toros como parte de la tradición.

Fueron pasando los siglos, sin grandes cambios en los sanfermines. El chupinazo, se trata del cohete que se lanza el día 6 de julio de cada año a las doce del mediodía desde el balcón del ayuntamiento de Pamplona para señalar el inicio de las fiestas de san Fermín o sanfermines. Congrega gran número de público y se retransmite en directo por televisión. Es el cohetazo más famoso del mundo. El origen de esta tradición se halla a principios del siglo XX.

Los encierros consisten en conducir a la manada de toros a lidiarse por la tarde con los cabestros a las ocho de la mañana (debido a los cambios de hora, antes se celebraban a las seis y hasta los años setenta a las siete) desde los corrales de Santo Domingo, donde han pasado la noche, hasta la plaza de toros.

El primer encierro de las fiestas es el del día 7 de julio y el último el del día 14. Me da gusto saber que una tradición tan añeja, puesta de moda a nivel mundial por los relatos de Hemingway escritor y periodista haya sido saboreada en toda su intensidad por Emilio Méndez titular de Suerte Matador corriendo unos minutos que resultan seguramente siglos, pero que le servirán para relatar a su hijo y a sus a muy largo plazo sus eventuales nietos de su atrevimiento navarro.

Los encierros de San Fermín tienen un origen medieval en la “entrada”: los pastores navarros traían a los toros de lidia desde las dehesas de La Ribera de Navarra hasta la plaza mayor, que servía de coso taurino al no existir una plaza de toros. La noche anterior a la corrida la pasaban acampados cerca de la ciudad, y al amanecer, entraban a la carrera arropados por los toros mansos (cabestros) y acompañados de personas que, a caballo o a pie, ayudaban con palos y gritos de ¡Toro, toro! A encerrarlos en los corrales. Ya en 1856 pasa a denominarse encierro (antes era entrada) y se corren por primera vez por la calle Estafeta, las crónicas que los primeros en desafiar las prohibiciones que impedían correr delante de los astados fueron los carniceros del Mercado de Santo Domingo, situado junto a la cuesta del mismo nombre.

Para Emilio y cualquiera que recorre con miles de personas la distancia entre el corral y la plaza debe ser inolvidable, de mi familia el hijo de mi hermano José Luis, Rodrigo Carazo Quiroz es el único de la familia que ya lo hizo, sobrevivió y hoy en día es un médico con ansias de convertirse en figura de una de las profesiones más nobles del mundo, pero no olvida que hace unos años vivió la vorágine de Pamplona y en especial recuerda la respiración de los toros y de multitud de personas en la espalda. Es un riesgo alto, no es juego, muchos han fallecido en el intento.

Antes de correr el encierro, los corredores piden ayuda a San Fermín mediante unos cánticos que se entonan en la cuesta de Santo Domingo (al inicio del recorrido) 5, 3 y 1 minuto antes del encierro; es decir, a las 07:55, 07:57 y 07:59. Desde el año 2009 los cánticos se interpretan tanto en castellano como en euskera.

El encierro se puede observar en los vallados de madera que se instalan a lo largo de las calles (aunque habrá que situarse en los lugares adecuados cerca de dos horas antes del comienzo), desde algún balcón privado a precios bastante caros, o bien en la propia plaza de toros, donde habrá que pagar un módico precio los días festivos y fines de semana, siendo el resto de días gratuita la entrada.

En la habitación 217 del hotel La Perla, Hemingway reseñó largos relatos acerca de lo que él consideraba la fiesta de fiestas: los sanfermines. El estallido interior de alegría que les producía a los participantes no dejaba de llamarle la atención. Hasta que él mismo quedó también atrapado. Aún hoy día son muchos los que se acercan a las fiestas siguiéndole y veneran su estatua cercana a la plaza de toros de quién fuera gran amigo del inolvidable Antonio Ordoñez con él que platiqué en 1998 sobre su amistad con el escritor y Orson Welles en su finca de Ronda. Un recuerdo a un inmenso torero y persona conmigo, afable y sencilla.

En los 850 metros ascendentes que separan la llamada cuesta de Santo Domingo de los corrales de la plaza de toros se percibe la tensión cuando a las ocho de la mañana los toros inician la carrera. Los mozos más fieles ya se han prevenido cantándole a una pequeña efigie totémica de San Fermín con sus pañuelos al viento en busca de su protección.

Con la llegada del atardecer, Pamplona despierta de nuevo. Es la corrida de toros la que marca este punto de alerta. Las peñas en los tendidos cantan y celebran una fiesta paralela a la del coso con canciones como El Rey, con merienda suculenta incluida entre el tercer y cuarto toro. Y acabada la corrida, salen en tropelía para invadir las calles con su música y su alegría.

Los relatos de las corridas los tiene puntuales en Suerte Matador, por mi parte espero el próximo año poder vivir una feria a la que siempre deseo asistir y no quedarme con las ganas de gozarla en vivo como ya lo ha hecho varias veces Emilio Méndez a quién le brindo lo escrito, por sus vivencias en la ciudad navarra y su arrojo.

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