CONVERSACIÓN CON XAVIER VALLS.

 

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Por Ignacio Ruiz Quintano.

El arte consiste sólo en tocar cada vez mejor
el instrumento que se ha elegido.
Thomas Bernhard

“Extraordinaria corrida de novillos verificada hoy martes 1º. de enero de 1901. Inauguración del siglo en la Plaza de Toros de Madrid. En el cuarto toro, hará su experimento el célebre sugestionador de toros don Tancredo López, considerado, por su temeridad y arrojo, como el rey del valor, el cual lo ejecutará en la forma siguiente: antes de abrir la puerta de los toriles se colocará en el centro del redondel, sobre un pedestal de medio metro de altura, Don Tancredo, vestido imitando la estatua de Pepeíllo, y, previo aviso del citado sugestionador, se soltará el cuarto toro, de cinco años cumplidos, de la acreditada ganadería de Miura…”

Decía Bergamín que el siglo XX, que empezaba para los franceses con la torre Eiffel, para los españoles empezó con Don Tancredo. “Bien, o se hace precisión, o se hace pintura, o se calla uno”. Su amigo Xavier Valls (Barcelona, 1923), con quien tanto quería, deshace las disyunciones haciendo las tres cosas.

Yo creo que el nuestro fue (sic) un siglo interesantísimo. Significó un cambio total. Y los cambios no vienen nunca con un principio de siglo, con el calendario. Para mí, el XIX se termina después de la guerra del 14. Cuando uno se pasea por Francia y ve por todos los pueblos las listas de muertos de aquella guerra… ¡Qué absurdidad! Los pequeños militares que querían ascender, y entonces mandaban a los muchachos a tomar una loma. Ahora que se ha muerto Kubrick, ¡qué gran película la suya! Senderos de gloria, se titula. Curiosamente, estuvo prohibida en Francia hasta la llegada de los socialistas. Una gran película. El ataque, la loma, los militares

(Bergamín: “Los dos son arbitrarios y gratuitos: la torre Eiffel, no tiene nada que decirnos. Nuestro hombre estatua o estatuido nos lo dice todo, como un filósofo”).

Yo conocí a Bergamín cuando él llegó a París exiliado. Vivía a una cuadra de mi casa. Y entonces nos veíamos casi cada día. Iba mucho a cenar a casa. A conversar. A estar con amigos. Después, cuando él se instaló en Madrid, yo venía algunas veces para verlo. Siempre nos entendimos muy bien. Él estaba solo, y siempre nos entendimos muy bien. Era intelectualmente muy brillante y, al mismo tiempo, sin ninguna pretensión. Y muy mordaz.

(“Tenía –don Tancredo– la particularidad, tan española en el sentido humano más aristocrático, o más griego, de ganar su vida ociosamente”).

Sí, también conocí a don ·Eugenio d’Ors, aunque al final de su vida. Conocía su obra. Me interesaba mucho aquel hombre que se distanciaba de muchos intelectuales de su época por su fineza. Él luchó contra esta cosa vulgar, campechana, de los españoles. Naturalmente, tuvo posiciones políticas que no fueron nunca de mi agrado, pero era un hombre muy inteligente, y de él hay que quedarse con lo positivo. Tiene unos escritos… ¡tan extraordinarios! Yo también soy muy estilista, desgraciadamente.

(“Al subirse al pedestal, un cubo de madera pintado de blanco, Don Tancredo es el estoicismo elevado al cubo; es un Séneca elevado al cubo; es el senequismo español elevado al cubo”).

 –Llevo cincuenta años en París y, profesionalmente, , la batalla figuración/abstracción fue el momento más duro para mí. De pronto, el que hacía una cosa con figuración era tratado como un pompier, un desgraciado, y uno veía que sus amigos se pasaban a la abstracción. Pero yo nunca tuve nada contra la pintura abstracta. Siempre he admirado más la pintura opuesta a la mía, y creo que la buena abstracción fue una gran lección, al menos para mí, de depuración para la figuración.

(“Pascal fue la verdadera figura representativa del tancredismo en Francia. Su miedo no era únicamente miedo del toro; era anterior a él; porque empezaba por ser miedo a caerse del pedestal”).

  –Aquel momento de la abstracción, aunque fuera tan radical, me hizo ver que se podía hacer una figuración, pero con una lección de no poner cosas porque sí, de hacer una abstracción dentro de la figuración, porque lo importante de los cuadros es que tengan un duende. Claro, es más fácil estar contento con un cuadro abstracto que con uno figurativo, porque cuando el figurativo sale mal… se ve todo. Yo estuve más próximo a los pintores que pintaban abstracción que  los figurativos, que eran pura anécdota, nada que ver con lo que es pintura.

(“San Agustín se ríe del tancredismo, porque San Agustín, como es natural, está siempre de parte del toro. Pero del toro bravo; porque no lo está por compasión, sino por simpatía”).

Personalmente, nunca me sentí capaz de pasarme a la abstracción. Tuve necesidad de agarrarme a una cosa que tuviera atmósfera, pero con un soporte de una realidad percibida. El pintor no sabe explicar lo que pinta. En fin, pasé unos momentos difíciles, pero tuve la suerte de que tanto Giacometti como Luis Fernández, amigos míos, me dijeron siempre: No mires lo que hagan los otros, no te pases a la moda, haz lo que puedas, lo que sientas…” Hay que ser un poco terco y avanzar sin miedo. Tuve la voluntad de hacer lo mío, depurándolo cada vez más… Ahora, hay que decir que hubo unos momentos en que algunos de esos artistas figurativos estuvimos un poco en cuarentena. A las relaciones personales no se trasladaba la batalla, no. También hay que decir que mi figuración no era una de estas figuraciones que se ven en tantas galerías, del bodegón porque sí, el paisaje… Lo más difícil para mí fue que, para los que les gustaba mucho la pintura realista, yo pasaba por no ser realista.

(“Tancredismo puro: el del monasterio de El Escorial. Como Don Tancredo quería sugestionar, hipnotizar al toro por la inmovilidad, por el silencio (…), El Escorial lo que quiere, también por la inmovilidad, por el silencio, es sugestionar, hipnotizar a Dios”).

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