Por Paco Novelty.
Mediado agosto, el mes más taurino del año, donde se dice que el que no se viste de luces no es torero, el calendario ofrece una nutrida gama de festejos en Ferias de postín: Gijón, Vitoria, Málaga… y una abundante colección de eventos en las fiestas de los pueblos, con vaquillas, encierros y novilladas en plazas portátiles.
A primera vista el panorama parece alentador, pero desde una mirada crítica, los toros están anticipando su propia decadencia desde hace muchos años, porque cada vez hay menos espectáculos con cargo a los ayuntamientos y menos jóvenes en las plazas. Y es que los toros que a veces, las menos, son un acontecimiento apasionante, están sometidos a tantas presiones y controversias, que a estas alturas declararse aficionado en las redes sociales, supone recibir una interminable catarata de improperios donde los más suaves te tacharán de nazi y los más agrestes piden directamente tu lidia y arrastre, con el recado de que sufras en cuerpo propio los tratos que recibe el toro en la lidia.
Estos píos deseos de los antitaurinos existen desde hace 500 años, pero las nuevas redes, dominadas y amplificadas por la gente más joven han extendido estas consignas y su influencia está dejando reducido el estrecho espacio de los aficionados a los toros a un ghetto proscrito, maldito y cargado de tintas retrógradas, carcas y anacrónicas, tal es la capacidad de simplificación y radicalidad de muchos de sus detractores.
Parece que en recientes encuestas realizadas con fundamento, sólo el 26 por ciento de la población española se declara aficionada a los toros y entre los menores de treinta años más del 80 por ciento son partidarios de su desaparición, por considerarlo un espectáculo cruel, que ha cosechado entre otras las maldiciones de la UNESCO, que está por la abolición de las corridas.
La Gaceta – Salamanca.





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