Deslumbrante Joaquín Vidal.

Joaquín Vidal, con capa y paraguas bajo la lluvia, en la plaza de toros de Las Ventas, en octubre de 1999. / CLAUDIO ÁLVAREZ
Joaquín Vidal, con capa y paraguas bajo la lluvia, en la plaza de toros de Las Ventas, en octubre de 1999. / CLAUDIO ÁLVAREZ

Por Antonio Lorca.

“Siempre he sido un elemento extraño y, cuando hacía novillos, en vez de irme al Retiro a ligar me iba a la biblioteca a leer el Cossío. Hace falta ser gilipollas”.

Así era Joaquín Vidal. Un periodista aficionado con un prodigioso sentido del humor.

Hace ya trece años que falleció -el 10 de abril de 2002-, y cuando llega la feria de San Isidro se le recuerda como lo que fue y será siempre: un renovador de la crítica taurina, un escritor deslumbrante, un crítico íntegro e independiente, un feroz defensor de la pureza de la fiesta, un periodista de los de verdad y una persona decente. Amante, también, del cigarro negro -‘Ducados, si puede ser’-, y del café solo -‘me tomaría otro, si es tan amable’-, un gran tímido, buen tertuliano, admirado por todos, y vituperado por unos pocos que vieron en su constante búsqueda de la verdad una amenaza para sus intereses.

Santanderino de 1935, fue el crítico taurino de este periódico desde su fundación hasta el 10 de abril de 2002, fecha en la que murió el periodista. Esa tarde, la plaza de la Maestranza, en plena feria de la primavera, guardó un minuto de silencio en memoria de quien durante años había sido testigo de las grandezas y miserias de la fiesta en coso de tanto abolengo. El domingo siguiente, unos aficionados depositaron unas flores en el asiento número 17 de la fila 6 del tendido 10 de la plaza de Las Ventas, desde donde Joaquín había sido observador fino e impenitente de la reciente historia de la tauromaquia.

Desde aquellas fechas, luce en la plaza madrileña un azulejo que rememora para siempre la huella de Joaquín: ‘Desde este tendido ejerció su magisterio el periodista Joaquín Vidal. La afición, agradecida’.

Su muerte produjo una fuerte conmoción en su legión de seguidores, exigentes aficionados a los toros, y amantes del lenguaje excelso, pues conjugaba en sus escritos una crítica mordaz contra la fiesta trasnochada y manipulada por taurinos sin escrúpulos, con la más bella descripción de un instante glorioso protagonizado por un toro bravo, un torero artista o un aspirante decidido a jugarse la vida; y todo ello, tamizado por una ironía asombrosa y un sorprendente conocimiento del lenguaje.

El archivo de EL PAÍS guarda los más de 5.000 artículos, crónicas y entrevistas que publicó Joaquín Vidal, muchos de los cuales permanecen vivos en la memoria de sus lectores por su grandeza y brillantez; a pesar de que, como es sabido, escribía sus comentarios sobre lo sucedido en Las Ventas en un lúgubre garaje cercano a la plaza, y la dictadura del reloj le obligaba a ausentarse de su delantera de palco en la Maestranza tras la muerte del quinto toro para que la crónica pudiera llegar al día siguiente a los kioskos.

Hace ya trece años que Joaquín dijo adiós a la vida, pero no a la fiesta. Su mensaje continúa vivo. Se sigue escribiendo de toros, y estas páginas son testigos de que la defensa de la tauromaquia auténtica, el toro íntegro, el torero heroico y artista y el aficionado sabio y exigente siguen siendo los puntos cardinales de una información que él convirtió en su compromiso.

Hace poco, las redes sociales se hicieron eco de un párrafo de una crónica suya sobre la feria de Valdemorillo que suena a testamento y evangelio: ‘Aquello de que a los toros hay que ir a divertirse es una falsedad. A los toros hay que ir dispuesto a sufrir; provisto de lupa para comprobar la casta y fortaleza de las reses, la integridad de sus astas, el discurrir de la lidia, el mérito de los lidiadores, la calidad de los lances… Y si algo de todo esto falta, el aficionado conspicuo lo exigirá con la vehemencia que sea del caso; y si se cumple cabalmente, lo celebrará gozoso, e, incluso, puede que entre en trance y crea que se le ha aparecido la Virgen’.

Así era Joaquín Vidal. Un periodista honesto. Un aficionado cabal. Un escritor grande. Un buen hombre. En definitiva, y en justicia, un maestro. Por eso, hoy, al cabo de los años, su figura sigue palpitante en la memoria.


Fuente:http://cultura.elpais.com/cultura/2015/05/08/actualidad/1431088392_116101.html

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