
Por Xavier Toscano G. de Quevedo.
El tiempo se está agotando, faltan ya muy pocos días para que concluya un año más la temporada de toros en España, y con ello dé inicio el arribo de un número importante de toreros españoles y franceses que harán el viaje a nuestra “América Taurina” para tomar parte en los carteles de diferentes cosos en los que sus administradores programarán sus festejos aprovechando su estadía. Como ha sido lo habitual desde la segunda mitad del siglo XIX, vendrán las principales figuras del toreo, conducidas por el valenciano Enrique Ponce, y además otros toreros de menor jerarquía que buscarán acomodo —acudiendo a la ayuda de amistades— en alguna plaza, o un festejo en donde puedan colocarse.
Hasta aquí está bien, esto históricamente es normal, ya que es importante para las empresas anunciarlos en sus carteles para ver si consiguen que el público asista en mayor número a los festejos, ya que es lamentable —pero así es nuestra realidad— que con la elaboración de carteles únicamente con toreros nacionales, las plazas de nuestro país, invariablemente, se muestran casi vacías. Y es que con las desastrosas administraciones que hemos tenido en las últimas tres décadas —y que tienen secuestrada a nuestra fiesta— son ya muy pocos los aficionados que asisten con agrado a las plazas, y escasísimo el público eventual en los tendidos; los primeros por cansancio y aburrimiento por tantas décadas de burlas y mentiras que las que han hundido a nuestro Espectáculo Taurino, y el público eventual, porque no ha encontrado en la “fiestecita” actual un motivo de agrado y emoción que los convenza.
¿Qué ha ocasionado esta crisis? ¿Por qué es imposible ver los cosos de nuestro país con una asistencia más o menos decorosa? Los llenos ya son únicamente sueños y fantasías, que forman parte de un pasado glorioso en el que los empresarios cuidaban la fiesta y respetaban a los aficionados, y aquí no hay milagros. Entonces; ¡Reflexionemos un poco, aquí no existe nada que esté oculto! En nuestro Espectáculo Taurino los toreros extranjeros cuando vienen a nuestro país “para hacer la América” —ancestral frasecita chocante, pero cierta— y al igual que los toreros de nuestro país, llegan exigiendo y demandando un animal cada día más dúctil y que embista con “suavidad” —es decir mansos y descastados— que se adecuen a su toreo, y a las ¡Modernas formas de su interpretación! y obviamente que eliminado por completo la “¿Incomodidad que conlleva la edad y presencia del auténtico toro?”, para así intentar conseguir las faenas que tanto ¡“Agradan”! al público, que tristemente por tantos años en los que se les ha venido engañando, ya se olvidaron —craso error e infame horror— que en esta fiesta, primero y ante todo es su majestad el toro bravo, y después es el torero.
Lo más controvertido y que crea confusión, se vive cuando en alguno de los ruedos de nuestro país, brinca a la arena uno de estos animales —que no un auténtico toro— dóciles, manejables, sumisos y le toca la suerte de llegar a manos de un torero artista, con duende, esos que saben dibujar cada suerte del toreo, porque seguramente la faena será magistral, impecable y el público que ese día asistió a la plaza quedara ronco de tanto gritar, y no dudamos que posiblemente la faena fue llena de plasticidad en todo lo realizado. Bien, ¿y?, qué acaso no faltaría lo más importante, lo que ha hecho vivir y vibrar a nuestra mágica fiesta por siglos. ¡La Emoción! esa impresión de riesgo, peligro y arrojo de aquello que estamos presenciando y que sabemos que únicamente lo puede lograr un torero —Sí— pero que es admirado y aplaudible únicamente cuando enfrenta a un toro con edad, presencia, casta y bravura, ya que ésta es la esencia incuestionable de nuestra fiesta, y es lo único que ha mantenido por siglos y podrá seguir manteniendo vivo a nuestro Espectáculo Taurino.
Establezcámonos asimismo, que podrán verse muchas tardes con —¡Grandes faenas!— con toritos que van y vienen, animalitos justos de casta y bravura, de mínima fuerza que da lástima ver cómo continuamente ruedan por la arena, y que además —es esta la mayor tragedia— acuden a la hermosa y fundamental suerte de varas a recibir un puyazo imaginario, un piquetito de nada, porque su irrisoria y menguada bravura, su invalidez y falta de fuerza no se los permite, saliéndose rebrincados y tirando de coces, signo inequívoco de su eminente descastamiento y carencia de bravura, para finalmente llegar al tercio final envistiendo con dificultades y sosería a la muleta de los toreros, que si poseen un bien aprendido oficio, lograrán una faena más o menos atractiva, y finalmente el animal será llevado al rastro por las mulillas, con más pena que gloria ante la indiferencia del público, porque su criador busco en él, proveerle de mínima casta y bravura para con ello, sentirse muy ufano y orgulloso de complacer y haber quedado bien con los toreros.
Hoy el Espectáculo Taurino por culpa de la petulancia e insolencia de este grupo de ¿Ganaderos? está carente de emoción, a sus astados le han restado preocupantemente su casta y bravura, y no se les permite llegar a su verdadera edad de toros, se les ¡Fabrica! en una nefasta manipulación, plagada de mañas y artificios para una —¿Supuesta?— factibilidad de los toreros, que en una inmensa mayoría, no tienen aprendido el oficio de lidiar reses bravas, y que seguramente jamás lo conseguirán.
La temporada termina en España e inicia en nuestro país, pero es una realidad incuestionable que nuestra fiesta se encuentra en crisis, vendrán los toreros españoles para “hacer su América” o con el compromiso de no cometer sus timos. Y pensar que todo esto lo ha provocado la irresponsabilidad e insolencia de empresas, actuantes, apoderados y un grupo de ganaderos.
Así que: ¡Ya basta! Hasta cuándo entenderán los actuales empresarios que es hora de terminar con las concesiones de los caprichitos de las figuras, ya que la única forma de volver a la verdad, es únicamente con la presencia en los ruedos de su majestad; el Toro Bravo.
Publicado: http://opinion.informador.com.mx/Columnas/2015/10/14/esta-por-terminar/


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