Opinión: ¡Aficionados!… ¿o un novedoso público?

Plaza México

Por Xavier Toscano G. de Quevedo

Cuando en el transcurso de nuestra historia, en las ciudades y entre sus pobladores van surgiendo nuevas manifestaciones culturales, o creándose novedosos espectáculos, de igual forma brotan los adeptos y seguidores que encuentran en éstos una satisfacción o gozo personal que le inunda los sentidos. 
Debemos señalar como primera manifestación la música, desde la más prehistórica y rudimentaria que inició con los primeros pobladores de nuestro mundo, hasta llegar finalmente a los extraordinarios conciertos, interpretados por sorprendente orquesta sinfónica, óperas, zarzuelas, o multitudinarias presentaciones de grupos y cantantes populares. 

Al igual que la música, nombremos a la pintura, que con estupefacción nos muestra la grandeza del hombre de las cavernas, que supo plasmar en sus muros escenas de su vida cotidiana que hoy, miles de años después, contemplamos con asombro, y al igual que lo hacemos con los grandes genios de este exquisito arte, que han sido dueños de la inspiración y Don Divino, privilegio de muy pocos. La escultura, práctica milenaria que nos habla de la historia de las diferentes culturas. La danza, exposición propia de cada raza o pueblo. El cine, el teatro, la literatura y tantas pruebas más de arte que ha concebido la humanidad. Sin olvidarnos también de las actividades deportivas tan arraigadas y publicitadas en el gusto y favor popular del mundo de hoy.

Todas estas actividades siempre han encontrado a través de generaciones de hombres, quienes las disfrutan con más interés e intensidad convirtiendo en “aficionados” de determinado arte. Debido a ellos, es que se crean grandes y sorprendentes museos en los que se resguardan y preservan las piezas y vestigios de la historia, encontramos igualmente exposiciones pictóricas de los grandes maestros, o inmensas bibliotecas protegiendo el conocimiento y la sabiduría infinita, etc., y con ello de igual forma se van formando estudiosos, investigadores, coleccionistas privados de libros y obras de arte, y muchos adeptos más que adentrándose con un gusto especial por alguna de estas expresiones, le dedican con pasión parte de su vida; convirtiéndose en auténticos “aficionados”.

Nuestro extraordinario e irrepetible Espectáculo Taurino —tan lastimosa e injustamente cuestionado en esta época— forma también una parte importante de esas actividades que identifican a una parte importante de la sociedad de nuestro país, y que durante siglos ha permanecido en el agrado y la preferencia de muchos mexicanos. Más de cinco centurias de hermosa e inigualable historia en nuestro territorio; espectáculo que tiene sus orígenes en las raíces aristocráticas y de caballeros en España, y que llega a nuestro país de la mano de los conquistadores adaptándose y enraizándose rápidamente entre los pobladores de estas nuevas tierras. 

Al paso de los siglos la Fiesta ha ido evolucionando y sus cambios fueron tomando la dirección hacia el torero de a pie, y con ello las clases populares intervienen más activamente en el cambiante Espectáculo Taurino. Los toreros empiezan a surgir de la sociedad común, ya no son los caballeros de antes, pero la Fiesta continúa interesando a la nobleza, a los hombres de negocios y comerciantes, a los filósofos e intelectuales, a los poetas, escritores y artistas plásticos que encuentra en La Tauromaquia una inagotable fuente de inspiración, convirtiéndose en verdaderos “aficionados”, pero lo más evidente es que la Fiesta Brava encontró una relación muy peculiar que la convertiría en algo propio de los pueblos y las personas de las naciones en que se vive.

Justamente, y ante cualquier expresión artística, es natural que siempre tengan que existir diversos grupos de personas que forman parte de ese mundo. Así, en nuestra Fiesta se encuentran los “aficionados”, el público y eternamente los nefastos y engorrosos taurinos. Primero haremos mención de los “aficionados” —que muy pocos hay ya—, son ellos, las personas que aman y gozan sin ningún interés de por medio en la Fiesta, y que exigen con toda justicia y derecho que El Espectáculo Taurino sea auténtico, serio y verdadero, concediendo siempre su categoría y absoluta importancia al Toro Bravo —como eje central y único de espectáculo— y valoran siempre en su justa medida lo que ante él se haga, pero que jamás estarán dispuestos a solapar y mucho menos justificar los abusos y atrocidades de los deshonestos promotores y protagonistas de la fiesta.

El público, parte importantísima en el mundo de los toros, porque con su dinero colaboran y son el sostenimiento principal de los festejos, ya que para acceder a las plazas tienen que pasar por las taquillas —acción que nuca realizan los nefastos y vividores taurinos— siendo ésta la principal circunstancia que otorga a quien paga su boleto, el derecho a expresarse y manifestarse libremente. Pero tristemente, en las últimas décadas y más particularmente en los años que llevamos de este nuevo siglo, el público que asiste a las plazas para presenciar una corrida “¿de toros?” —difícil palabra de escribir en la actualidad— asiste sin importarles y mucho menos interiorizarse en lo que es la auténtica y verdadera Fiesta Brava, van a pasar el rato, sin que les afecten los abusos e ilegalidades que los promotores les ofrecen y los atropellos que en el ruedo realizan los actuales actores del espectáculo. Éste es el nuevo público que han buscado y requieren los insolentes organizadores de la mediocre, inadmisible e insustancial fiesta —así, con minúscula— de hoy.

Actualmente, el espectáculo taurino —una vez más, con minúsculas— se encuentra aterradoramente empequeñecido y deshecho en todas las plazas de nuestro país, por la irresponsabilidad y desfachatez de todos los que en ella intervienen, que absurda y cínicamente continúan renuentes a admitir que esta Fiesta es del toro. Por lo tanto, la única forma real y verdadera de fomentar una auténtica “Afición”, es dándole su lugar de privilegio al legítimo Toro Bravo —con verdadera edad, sin manipulaciones ni subterfugios— teniendo presente de no olvidarse jamás, y mucho menos pretender eludir, que este sorprendente y mágico mundo, vive y existe exclusivamente gracias a su Majestad: El Toro Bravo.  

Fuente: http://opinion.informador.com.mx/Columnas/2015/10/28/aficionados-o-un-novedoso-publico/

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