A las cinco de la tarde

«Lo demás era muerte y solo muerte a las cinco de la tarde…» Lorca escribió y plasmó el dolor de la muerte de un torero, la sangre, la sábana blanca… El toro solo corazón arriba… Y en estos días muchos españoles escriben en las redes sociales su reacción ante el desgraciado fallecimiento de un joven torero: hay bandos, los taurinos y los antitaurinos y más, a ver quien es más bruto, más salvaje.

Seguro que el toro daría lecciones siendo animal no racional como es. ¿Cómo puede alguien alegrarse de la muerte de un joven torero? ¿Cómo puede alguien añadir al dolor de la familia estas barbaridades? Quién me lea dirá «ah claro», que como me gustan los toros… Pues no, no me gustan, no. No estoy de acuerdo con esta fiesta, creo que acabará, que la evolución se impondrá. Pero al leer las barbaridades que leo, ya lo dudo… ya dudo de que estemos evolucionando.

María Eugenia Oller. Valencia.

Las sucias cloacas del odio

  • JAVIER VILLÁN

Ha muerto un torero aún en agraz, pero de infinitas posibilidades. Su posible futuro es lo de menos. Lo de más es que la muerte de Víctor Barrio ha removido lo más abyecto del hombre, el odio contra la Fiesta, las cloacas por las que discurre los más turbio del ser humano. Los que han vertido tal cúmulo de salvajadas contra el muerto, su esposa y sus padres, son asesinos en potencia; asesinos potenciales no de toros y de la innumerable fauna de la que nos alimentamos, sino de hombres, de mujeres, de la inocencia de niños que educan.

Me niego a llamarlos antitaurinos. Quienes combaten desde la inteligencia y la sensibilidad la Fiesta, tienen sus razones que no comparto, pero que escucho. Estos animales no merecen ser llamados antitaurinos, sino salvajes simplemente. No se puede amar a un animal, el toro, cuando se odia tanto a un hombre y “a toda su parentela”. Lo que un tal Belenguer, maestroescuela, una tal Laura García, un tal Hassel, rapero creo, y un tal Petirrojo no sé qué, nada tiene que ver con las legítimas opiniones de ecologistas, europeístas y animalistas; son animaladas de juzgado de guardia.

El año pasado, en su novela Mágica ceremonia, Francisco López Barrios alertaba sobre estos posibles desmanes más que dialécticos, puramente agresivos. Y lo pusieron a parir. Le llovieron bofetadas desde ambas trincheras: profecía cumplida.

La Fiesta de los toros es un patrimonio histórico, pese a quien pese; es un arte en el que el artista se juega la vida. A veces la pierde, para regocijo de unos cuantos bárbaros. La cornada es una posibilidad asumida como parte del contrato. Y la muerte también. La muerte es un hecho obsceno por sí misma, pero jugarse la vida al albur de un lance, va más allá de toda consideración filosófica.

También a un minero puede explosionarle un barreno y un albañil caerse del andamio y matarse; cierto y por menos dinero. Pero nadie lo celebra ni baila sobre su cadáver. ¿De dónde tanto rencor? Nadie me convencerá de que es el amor al toro. Es el odio al torero; el odio a la humanidad entera.

Publicado en EL MUNDO

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