¿La Fiesta en Paz? Tíos Lolos, entre la demagogia y las falsas prioridades

Por Leonardo Páez.

Un aficionado correcto, de esos que identifican compostura con postura, observaba lo innecesario de palabras malsonantes a nuestros legisladores para señalarles desvíos u omisiones, a lo que le respondí que la clase política mexicana, por lo menos desde el pésimo ejemplo de un persuasivo gurú sexenal, no ve ni oye lo que ocurre en el país al que pretende gobernar, por lo que recordarles que ya es ofensiva su costumbre de hacerse pendejos solos –independientemente de legislatura y partido al que pertenezcan– antes que término malsonante puede considerarse la última llamada para que a su demagógica brújula le pongan imán y empiecen a conectar la lengua con el cerebro.

El agravio inicial de estos incansables asambleístas y congresistas dedicados a defender el medio ambiente y a los animales, incluso a aquellos que desde siempre colaboran con el ser humano en el trabajo, el esparcimiento o el combate entre sí o con el hombre, reside en lo grotesco de sus prioridades y sus torpes afirmaciones al sostener que la corrida de toros induce a los menores de edad a la violencia, cuando está científicamente comprobado que es la desatención de los padres la que deja en el niño huellas indelebles de resentimiento y agresión hacia éstos o a sus semejantes.

Si compasivos representantes de intereses inconfesables –de 500 diputados federales de la actual legislatura sólo 96 han presentado su declaración patrimonial, fiscal y de intereses, es decir, apenas 19.2 por ciento– no son capaces de elaborar leyes que frenen la demencial violencia televisiva en los hogares ni la desalmada agresión acústica en los lugares públicos, ¿con qué cara pretenden la defaunación del toro de lidia y del gallo de combate, su eliminación deliberada para que ya no sean maltratados?

El trasfondo del problema, antes que la corrupción, las complicidades y las alianzas cínicas, es la fobia generalizada a la verdad, tanto de las instituciones como de las personas, incluso las directamente afectadas, que amenaza falsas zonas de confort individuales y colectivas hasta convertir engaño y autoengaño en rasgos distintivos, lo que nos pone en permanente desventaja ante la realidad y ante los demás, en justas deportivas, en negociaciones y en propuestas de toda índole. La invocada transparencia se nos volvió otra forma de pueril autocomplacencia.

Los verdes dicen que aprueban, modifican, logran, reforman, proponen, protegen, fortalecen, impulsan y garantizan –excepto la sobrevivencia de casi 5 mil animalessalvados de los circos y la consiguiente pérdida de empleos–, pero a la hora de la hora contaminación ambiental, deforestación, falta de sistemas de reciclaje de basura, cambio climático, disminución de la capa de ozono, extinción de especies, caos vial, desorden urbano, anarquía inmobiliaria, transporte público desastroso, desperdicio e inminente escasez de agua y una inseguridad colectiva en vergonzoso aumento, continúan agravándose mientras sus preocupaciones legislativas se antitaurinizan, en la mejor tradición del tíololismo.

Junto con sus bien pagados compañeritos del resto de los partidos políticos y su nodriza tricolor, estos ecologistas de opereta confunden la gimnasia con la magnesia, y con tal de seguir en el presupuesto presuponen que alteraciones irreversibles al sistema como los daños ambientales por la contaminación atmosférica, son menos violentos y dañinos para los menores que la añeja función taurina. No, pos sí.

Publicado en La Jornada.

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