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¿La Fiesta en Paz? Orígenes de una desviación

El Juli frente al tercer astado de su lote de la ganadería de Teófilo Gómez.

Después de lo acontecido el domingo pasado con el encierro de Teófilo Gómez, conviene recordar estas reflexiónes del Maestro Leonardo Páez en donde nos explica el desplazamiento de las bases éticas del toreo hacia la pretensión estética frente a un toro carente de nervio, justo como fueron los toros de la divisa queretana que saltaron al ruedo durante el festejo inaugural de la Temporada Grande 2017-2018.

Por Leonardo Paéz.

Quedó muy claro. La tradición taurina de México, con 490 años y exponentes internacionales de primer nivel a lo largo del siglo XX,  fue reducida a las expresiones de los diestros frente a un toro artista mexicano, ese que más que pelear sabe pasar dócil, suave y repetidor ante el torero, volviendo absolutamente prescindible la suerte de varas y convirtiéndose en dúctil cómplice del toreo bonito, no en el otro protagonista de un encuentro sacrificial menos disparejo.

Resulta gravísimo este desplazamiento de las bases éticas del toreo a la pretensión estética frente a un toro carente de nervio, de temperamento y de elocuente transmisión de peligro, el otro aspecto preocupante, ignorado por el coro de extasiados –empresas, ganaderos, toreros, crítica, autoridades y público– es la suerte que correrá la oferta del espectáculo taurino en México una vez que regresen a nuevamente a su país los diestros-marcas referenciales del nuevo chou tauromáquico.

Un espectáculo sin más emoción que el posturismo ante la toreabilidad comodona, la exaltación de la forma y disminución del fondo, con una acometividad predecible y colaboradora, no amenazante.

Las decadencias tampoco se improvisan.

Hace 24 años, en Guadalajara, Jalisco, a feliz iniciativa de la Asociación Nacional de Criadores de Toros de Lidia, presidida entonces por el ganadero Jorge de Haro, se llevó a cabo del 21 al 24 de octubre de 1993 el Primer Congreso Mundial de Ganaderos de Lidia, con la participación de todos los países taurinos, excepto Venezuela y Francia.

Entre las ponencias llamó la atención la del ganadero español Juan Pedro Domecq Solís (1942-2011), a la sazón presidente de la Unión de Criadores de Toros de Lidia, titulada El toro de lidia en su evolución, del toro de ayer al toro de hoy, por lo insólito de sus consideraciones y lo forzado de sus disyuntivas, desarrolladas desde la década de los 80.

Estableció conceptos como toro fiero y toro artista, afirmando que “el primero representa el concepto torista de la fiesta o la derivación de concepto de lucha. Con él se pretende que sea difícil el dominar al toro y que éste aporte de manera fundamental emoción en la lucha… toreo que podrán hacer los distintos toreros. pero que siempre tendrá una menor composición artística de la que puede hacerse con el toro artista… el toro fiero se defiende más y es más difícil de someter, porque le faltan algunos de los componentes necesarios para hacer que el toreo se transforme casi en una danza, en una verdadera expresión artística y estética”.

Juan Pedro Domecq definía al toro artista por tres cualidades fundamentales: fijeza, ritmo y entrega, y añadía: Necesita estar fijo ante su enemigo (sic) porque el torero tiene que abandonarse en su arte (sic) para poder dominarlo (sic); necesita tener ritmo porque el toreo se ha transformado en danza (sic); necesita tener entrega porque sin la arrancada entregada es imposible (sic) la quietud y la propia entrega del torero.

Ignacio García Villaseñor, ganadero del hierro mexicano de San Marcos, en esa ocasión tuvo el valor civil de advertir: Ahora se ha vuelto una fiesta de toreros, pero habrá que pugnar porque vuelva a ser de toros. Trabajamos muchos años para poder llevar a las plazas una corrida de toros digna para que malos taurinos y malos toreros la echen por la borda. No nos refugiemos en el toro artista para disfrazar la mansedumbre y diluir la casta. 

Los más ya se refugiaron.

Publicado en La Jornada.

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¿La Fiesta en Paz? Hoy comienza la temporada “grande”

El Juli inaugura la temporada “grande” 2017-2018.
  • Algo sobre Miguel
  • Negro Muñoz, advertencia desoída
  • Hoy comienza la temporada grande

Por Leonardo Páez.

Molesta, me llamó una amiga aficionada para reclamar que no hubiera escrito una sola línea con motivo del fallecimiento del matador.  

“Es que en la siguiente columna se atravesó El Pana con el documental de Rodrigo Lebrija, que aún se exhibía en algunas salas”, respondí. Pues hazlo en la siguiente, que no se murió un cualquiera, sino un artista de los ruedos, se revolvió encastada antes de colgar.

A mi entender, Miguel enfrentó tres serios obstáculos que empañarían su privilegiada naturalidad como muletero: la displicencia de estilista consumado –torero de toros a su estilo, a modo, de pocas o nulas exigencias–; la eficaz sobre administración a cargo de su apoderado y sobrino José Manuel Espinosa, quien fuera nieto de Zenaido, el portentoso subalterno de Fermín, que junto con su hermano Juan integraron la modélica mancuerna del llamado Maestro de maestros y, por último, haber sido hijo de éste. Fue como pretender que un descendiente de Picasso saliera pintor o uno de Buñuel cineasta y superara a su progenitor.

No obstante, la tauromaquia de Miguel levantó enormes expectativas a partir de la inolvidable tarde del 11 de marzo de 1979 en la plaza México, a tan sólo 15 meses de su alternativa, frente al complicado Arte Puro, de la ganadería de Torrecilla, al que sometió a base de decisión, quietud y mando, estructurando en los medios una faena que parecía imposible. Cómo habrá sido de emocionante ese trasteo que a pesar de haber pinchado, el público demandó la oreja, que fue concedida. Esa faena referencial, de muy altos vuelos toreros, acabó perjudicando la trayectoria de Miguel, que en los siguientes 25 años se instalaría en la comodidad, convencido de que estilismo mata entrega.

En la memoria quedaron algunas faenas de excepcional tersura, en las que lo mismo deletreaba el pase natural que ligaba cadenciosos derechazos, aunque con un defecto mayúsculo: su descompuesta manera de rematar las tandas, al grado de inspirarme el calificativo de escuadrado de pecho, con la consiguiente contrariedad de su apoderado. En la México, a Perlito, de Santiago, Miguel lo toreó no con lentitud, sino con eternidad, perpetuando la suerte fundamental del toreo a un ritmo inconcebible, sin retorcimientos, con intenso sentimiento, mientras la gente ya no gritaba ole, sino que parada de sus asientos emitía alaridos por lo que apenas podía soportar. Pero fueron excepciones. Servida, señora.

José El Negro Muñoz, personaje donde los haya, me decía hace años: El toreo es un algo sublime que la naturaleza legó al hombre para que jugara con el toro a la vida y a la muerte. De ahí que a quien no le guste la poesía difícilmente le pueden gustar los toros; no encaja en la vida y se pierde de profundizar y gozar de ese algo maravilloso y dramático que ninguna otra manifestación artística puede tener ni otorgar como vivencia. La vida es magia, lo que pasa es que nosotros somos unos pendejos. Siempre habrá un toro bravo, de lo que ya no estoy muy seguro es que haya un torero que lo busque y sepa torearlo. Mientras sigan manejando la fiesta manos torpes, el virus seguirá propagándose, sin poder romper un ambiente de mentiras y elogios mutuos. ¿Es que ya nadie se acuerda cómo le hicieron los grandes toreros de la historia? Con toros, hombre, con toros.

A propósito, hoy comienza la temporada 2017-18 en la plaza México, con un mano a mano sacado de la manga a cargo de El Juli y Joselito Adame ante reses de Teófilo Gómez. Bueno.

Publicado en La Jornada 

¿La Fiesta en Paz? El brujo de Apizaco, documental conmovedor y bien intencionado que queda a deber

Por Leonardo Páez.

Además de las exigencias de la lidia, el sistema taurino impone energías tremendas a los profesionales de los ruedos y tanto a figuras del sistema como a toreros marginados empuja lo mismo a las adicciones más atroces que a una extraña armonía interior. A cuantos se visten de luces les resulta imposible sustraerse a ese mundo de verdades y mentiras, explotación y encumbramientos, vanidad y frustración, dramas en serio y fraudes en serie.

El interesante documental El brujo de Apizaco, del realizador mexicano Rodrigo Lebrija, continúa exhibiéndose en proyecciones aisladas en algunas salas de Ciudad de México, en esa torpe distribución que, gracias al coloniaje cultural gringo que toleramos, privilegia la basura del país vecino sobre propuestas fílmicas diferentes, tanto nacionales como internacionales.

Tras ocho años de agotador peregrinaje y más de 100 horas de material filmado, Lebrija entrega un documento de 90 minutos de duración sobre algunas facetas de la vida de Rodolfo Rodríguez El Pana –Apizaco, Tlaxcala, 2 de febrero de 1952-Guadalajara, Jalisco, 2 de junio de 2016–, poseedor de una imaginativa tauromaquia racial, dominador de los tres tercios, triunfador en la plaza México y en innumerables cosos del país y, no obstante, víctima de un sistema taurino que lo marginó, para comodidad de algunos y daño irreversible al espectáculo de toros en nuestro país.

Rica en escenas y diálogos, la película de Lebrija se inicia con una secuencia de astas despuntadas –quitar el diamante o extremo agudo del cuerno– o impune manipulación del toro, tergiversación de la esencia del toreo y falta de seriedad en toda tauromaquia, no obstante que infinidad de heridas graves son causadas por pitones mutilados. En seguida, una sucesión de aparatosas cornadas en la plaza de Madrid, como contraste del respeto por la dignidad animal del toro y su buena crianza. “A la fiesta de México le falta seriedad, y El Pana fue un torero muy serio”, señaló Lebrija en la presentación.

Si bien el documental se centra en aspectos de la increíble lucha de Rodolfo con su alcoholismo, del que a la postre saldría airoso –¿qué fue primero?, ¿el bebedor o el diestro marginado y decidor?–, e incluye filmaciones originales de los espectaculares y elocuentes comienzos de Rodolfo hechas por uno de sus seguidores, o toreo de salón en un centro de rehabilitación, Lebrija evita cuestionar, en voz de El Pana o de sus entrevistados, un sistema taurino tan absurdo como sospechoso de sus criterios empresariales: de espaldas al toro y a la afición, sin rigor de resultados financieros y artísticos ni intención de recuperar el interés por la fiesta brava en México, sino repitiendo a coletas amigos demasiado vistos y poco dispuestos a competir, al tiempo que continúa relegando a toreros capaces de apasionar al gran público.

Lebrija seguramente cuenta con material de sobra para una segunda parte de El brujo… en la que exhiba en toda su crudeza las limitaciones, reincidencias y vicios no sólo de esos héroes extemporáneos y desmotivados que son el grueso de los toreros, sino las de un intocable, autorregulado e incorregible sistema taurino corrompido por la miope visión de quienes suponen que su poder es más grande que el trance ético entre un toro bravo en puntas y un torero dispuesto a decir su misterio, no sólo a torear bonito.

De otra manera, tan esforzado cineasta sólo engrosará las filas de los comunicadores taurinamente correctos.

¿La Fiesta en Paz? Resonancias toreras de un emotivo festival con diestros en el retiro

Raúl Ponce de León, ahora ganadero de San Miguel del Milagro, en su incopiable versión de la vizcaína. Foto Ángel Sainos.

Por Leonardo Páez.

No alcanzan a imaginar –de suyo son poco imaginativos los metidos a taurinos– lo sencillo que es convertir las lanzas en cañas, a críticos negativos en positivos y a los aficionados huidizos en asiduos a las plazas. 

Si ya les resulta imposible recuperar para el espectáculo al toro mexicano con edad y trapío, entonces sigan echando el novillón engordado, como hasta ahora, pero por lo menos acuérdense de buscar, encontrar y promover, en serio, a toreros nacionales con sello y personalidad, diferentes, no clonados, capaces de generar partidarismos, de sentir y hacer sentir a un público cada vez más aburrido dentro y fuera de los cosos.

Consideraba lo anterior mientras asombro y emoción rebasaron mi escepticismo taurino para confirmarme que la magia negra de la lidia tiene cabida cada vez que un corazón sabe volcarse delante de un astado, trátese de una vaca de tienta, un eral (dos años de edad), un novillo (tres) o un toro (cuatro cumplidos), no sólo con sentimiento, sino con expresión suficiente para tocar las telillas del corazón y reflejar aquello que casi no se puede soportar.

Quedan contados toreros que lo sacan a uno de la casa para ir a verlos a la plaza, así que cuando me enteré del Festival Romanticismo y Arte, en la bellísima plaza Jorge El RancheroAguilar, no dudé en ir a Tlaxcala el pasado sábado para ver a los diestros en retiro Miguel Villanueva, Raúl Ponce de León, Rafael Gil Rafaelillo, Jorge Ávila, Mario del Olmo y José Rubén Arroyo, con erales del hierro de San Miguel del Milagro, del ahora ganadero Raúl Ponce de León e hijos. No fue en balde el desalmado safari.

Miguel Villanueva recibió al abreplaza con suaves verónicas y chicuelinas para alcanzar con la muleta momentos de enorme intensidad torera, no sólo por cadenciosos, sino por ensimismados y estéticos, con ambas manos. Tras el abaniqueo y un recorte de ensueño, se volcó en certera estocada, recibió merecida oreja y el agradecimiento unánime del público, que también aplaudió al astado en el arrastre.

Ponce de León tuvo un berrendo aparejado al que lanceó con el sentimiento de la casa, realizó un bellísimo quite por vizcaínas, especie de tapatía inmóvil, creación del mexicano Arturo Álvarez El Vizcaíno. Débil al último tercio llegó el eral, y fue entonces que afloró el rotundo concepto de la tauromaquia ponciana, consiguiendo Raúl sentido naturales a base de colocación y mando. Luego de dos pinchazos recorrió el anillo con el carisma que lo caracteriza.

Las reses más alegres y nobles correspondieron a Rafaelillo y a Jorge Ávila. El primero, por retraso o protagonismo, partió plaza en solitario al doblar el primero de la tarde, y ante un claro y repetidor castaño estructuró un trasteo pinturero coronado con una estocada en lo alto que le valió las dos orejas. Ávila, frente al otro becerro bravo y con recorrido, ejecutó una faena sobria que incluyó muletazos por alto y dio vuelta, mientras los despojos de la res eran ovacionados.

Faltaban dos de los toreros mexicanos con más sello de los últimos años y que, para variar, el sistema taurino no quiso aprovechar. Mario del Olmo recibió al quinto con soberbias verónicas más una larga, y con gracia y soltura consiguió muletazos por ambos lados. Dejó una entera y cortó oreja. Y José Rubén Arroyo, en traje negro de calle, nomás abrirse de capa conectó con el tendido. El becerro vino a menos, dejó media estocada y dio vuelta entre aplausos. Un joven banderillero, Diego Macías, escuchó ovaciones toda la tarde por su forma de parear. 

¿Qué le pasó a esta fiesta?

Publicado en La Jornada 

¿La Fiesta en Paz? Pobre Plaza México, tan cerca del dinero y tan lejos del toro

El Juli en la Plaza México.
  • Documental sobre El Pana
  • TV taurina pensante

Por Leonardo Páez.

El problema de México, taurino o no, es que hace décadas se embarcó en un modelo económico que beneficia a algunos y perjudica a los más, al someterse a las políticas convenencieras de Washington, poner todos los huevos en esa canasta y esperar a que ahora le den una patada por sus limitaciones como negociador.

En materia de toros las cosas no podían ser diferentes, y por lo menos desde hace 25 años, con los empresarios más ricos en la historia de la tauromaquia, aunque no los más advertidos, la Monumental Plaza México ve cómo pasa el tiempo sin que la opaca inversión de esos poderosos promotores se traduzca en resultados visibles en pro de la fiesta.

La nueva empresa, luego de un año de ensayo y error, adelantó siete desalmados carteles para la próxima temporada 1917-18, los cuales poseen las mismas características de hace un cuarto de siglo: marginación del toro, veteranos importados, manos a mano de la manga, toritos de la ilusión para los que figuran y de donde caiga para los de aquí, sin valoración ni estímulo a su desempeño en la temporada anterior, y seis caballitos seis. Agua y ajo, pues.

Diecinueve de noviembre, Julián López El Juli en ocioso mano a mano con Joselito Adame y toros de Teófilo Gómez, no de Piedras Negras. Domingo 26, rejoneador Pablo Hermoso de Mendoza –¿al fin irá por delante?–, Cayetano, Arturo Saldívar y Leo Valadez, que confirma, toros para rejones por designar y Jaral de Peñas para los de a pie. El día 3 de diciembre, el rejoneador Jorge Hernández Gárate, Enrique Ponce, Joselito Adame, y Octavio García El Payo,con fieras de Teófilo Gómez, Julio Delgado y El Vergel.

El 10, Sebastián Castella, Sergio Flores, Ginés Marín y Luis David Adame con toros de Xajay. El 17, tercer rejoneador: Andy Cartagena, Fermín Rivera y Juan Pablo Sánchez, con toros de Rancho Seco y Torreón de Cañas.

Pero hay novedades: el 25 de diciembre torean Fabián Barba, Antonio Romero y Gerardo Adame, toros de Rancho Seco, y el primero de enero otros tres rejoneadores: Emiliano Gamero, Luis Pimentel y Sebastián Torre, más los Forcados Mazatlecos mano a mano con los Portugueses de Alcochete y toros de San Marcos. Renovarse o morir, y la nueva empresa ya decidió. Ojalá nos logren impresionar todavía más en la segunda y tercera parte de la temporada grande, o lo que se le parezca.

Se estrena en la Ciudad de México el documental El Brujo de Apizaco, del cineasta mexicano Rodrigo Lebrija, sobre la increíble existencia del matador Rodolfo Rodríguez El Pana, el primero de noviembre, a las 18 horas, en el Cine Tonalá; a partir del día 3, en la Cineteca Nacional; el 4 y 5, en la Casa del Lago, a las 15 horas; el 4, 7 y 10, en Film Club Café, a las 20:30, 16 y 18 horas, respectivamente, y en el Foro Tláhuac el 9, a las 16 horas. Hay otras salas y fechas por confirmar.

En medio de la plaga de seudocomunicadores taurinos, que en su falso positivismo prefieren llevar la fiesta en paz a tocar con el pétalo de un señalamiento o una crítica a los alegres dueños del pandero, destaca, por su apuesta en favor de la inteligencia y la reflexión honesta y plural, el programa televisivo Taurinísimo, conducido por Luis Eduardo Maya, muy probablemente el mejor cronista taurino en la actualidad, y Miriam Cardona, aguda periodista que no se anda con eufemismos.

Taurinísimo se transmite en vivo los viernes a las 19 horas por www.radiotv.mx y a partir de las 21 horas en YouTube @Taurinisimos. Véalo, se sorprenderá del contraste con el resto.

Publicado en La Jornada

Lunes de @Taurinisimos 131 – Carteles La México, Temporada Grande 2017-2018. Con Julio Téllez y Leonardo Páez (@fiespaz)

Programa @Taurinisimos de @RadioTVMx del lunes 23 de Octubre de 2017. Conduce Luis Eduardo Maya Lora @CaballoNegroII.

Hoy con Julio Téllez y Leonardo Páez @FiesPaz.

Análisis Temporada Grande, 2017-2018. Presentación de Carteles y Derecho de Apartado.

Recuerdo José Rodríguez “Joselillo” LXX Aniversario luctuoso.

Alejandro Talavante y Roca Rey en Zaragoza.

La próxima emisión de #Taurinísimo será el próximo viernes 27 de Octubre de 2017 a las 7 pm (Mex) a través de http://www.radiotv.mx

#EsperamosSuOpinión.

Twitter: @Taurinisimos.

Mail: taurinisimos@gmail.com

FB/Taurinísimo

¿La Fiesta en Paz? Egos, en lugar de truenos 

Cuando no se quiere cambiar, de nada vale que la empresa tenga otro nombre si sigue destinando toritos de la ilusión para los que figuran. Foto Archivo La Jornada.
  • Entre bobos anda la beneficencia
  • Pesos sí, euros no

Por Leonardo Páez.

Hay un viejo dicho que la historia olvida con temeraria frecuencia: El que ríe al último ríe mejor, es decir, que si alguien le juega chueco a otro o se pasa de listo en repetidas ocasiones o abusa hasta el hartazgo, más tarde o más temprano el agraviado se las cobrará con creces.

Ya son más de dos décadas del conmovedor idilio entre el candoroso público de la plaza México, el seductor maestro valenciano Enrique Ponce y dos alcahuetas principales: la empresa y las autoridades en turno, más un conmovedor coro de cupidos. Como suele ocurrir, otros pretendientes toman nota.

Uno de los aspirantes más ofendidos es el diestro de Galapagar, José Tomás (42 años de edad), quien desde su alternativa en esta misma plaza, en diciembre de 1995, inició una pésima relación con la anterior empresa, embelesada con Ponce a partir de su confirmación, en diciembre de 1992.

Pero los embelesos nublan la cabeza y entorpecen la razón, sobre todo si el seductor es mal asesorado, por lo que el valenciano, pudiendo haberse hecho un auténtico ídolo de la afición mexicana, se conformó con mangonear en la plaza México, imponer ganado, fechas, alternantes y vetar toreros.

La lógica del neofeudalismo taurino implantado hace décadas, reflejo del neoliberalismo de sucesivos gobiernos –más mercado y menos Estado–, es aplastante: impongo a mis amigos, que me dirán a quién contrato y a quién hago a un lado, aunque interese al gran público, como fue el caso de Tomás.

El daño se multiplicó, ya que la arbitraria dupla empresa de la México-Ponce se extendió a otras ciudades y ferias del país, reduciendo edad y presencia en las reses, competencia entre los toreros y la oferta de un espectáculo apasionante, al someterse a los propósitos del gurú taurino de Valencia.

José Tomás, entre tanto, se consagraba definitivamente en España como el nuevo torero taquillero, después de Manuel Benítez El Cordobés, siendo sistemáticamente eludido o relegado por Ponce, tanto allá como aquí, donde la empresa no tenía inconveniente en anunciarlo sin que estuviese firmado.

El candoroso público de la plaza México, desacostumbrado a reclamar, sería engañado repetidas temporadas al anunciarse la reaparición de José Tomás que, entre sus pretensiones y las maniobras y abusos de Ponce, reaparecería sin fortuna, ante una mansada de Xajay, hasta el 29 de noviembre de 2009.

Sorprende entonces que, con estos antecedentes, hispanópatas y mexhincados hayan hecho tanto ruido porque Tomás le cobra a Ponce tantos abusos y zancadillas, al negarse a alternar con éste en la rumbosa cuanto tardía corrida en la Plaza México a beneficio de los damnificados de los recientes sismos.

Unas cuantas preguntas: los malagradecidos taurinos europeos, que tanto dinero han ganado en México, ¿por qué no correspondieron organizando, en España y Francia, con sus figuras y público, festivales y corridas benéficas, recabar euros y enviarlos a México para las tareas de reconstrucción?

¿Prefieren lucirse aquí, y dárselas de generosos ante escogidos toritos de la ilusión, mientras le sacan más pesos a los enlutados mexicanos? La reventa para el devoto festejo del 12 de diciembre, ¿alcanzará los escandalosos niveles del último y malogrado mano a mano de José Tomás en la México?

La nueva empresa, como su antecesora, reincide en la costumbre de ofrecer más de lo mismo, con una modalidad: hartos caballitos para acompañar a Ponce, Castella o El Juli, frente a Teófilos, Xajay, Julio Delgado o Rancho Seco. Al igual que en política, jugar a cambiar para que nada cambie.

Publicado en La Jornada.

¿La Fiesta en Paz? Cataluña o la centenaria sordera de un centralismo sin imaginación

Por Leonardo Páez.

Muchos pensaban que los políticos ineptos y los funcionarios impresentables eran privativos de la sufrida Latinoamérica, pero con el reciente sainetazo entre la comunidad autónoma de Cataluña (32 mil kilómetros cuadrados, siete y medio millones de habitantes y 20 por ciento del producto interno bruto del país) y el gobierno español con sede en Madrid, la necedad mutua y el diálogo de sordos adquiere rango de globalizonzos.

La añeja insensibilidad de la oxidada corona española y luego sus leales gobiernos democráticos postfranquistas no data de hace algunas décadas, sino de siglos, casi cinco para ser precisos. En 1526 se dieron en la Ciudad de México los antecedentes de la actual corrida de toros y en 1529 fueron instituidas de manera oficial, cobrando auge desde el siglo XVI, cuando Juan Gutiérrez Altamirano, primo de Hernán Cortés, trajo reses bravas de Navarra a su Hacienda de Atenco, en el actual municipio de Tenango del Valle, estado de México, que a la fecha ostenta el honroso título de la ganadería de lidia más antigua del mundo y cuna del primer ídolo mexicano de los ruedos, Ponciano Díaz.

Pero en 300 años de férreo coloniaje en el continente inventado, como observó Edmundo O’Gorman, “A América no la descubrieron, la encubrieron. Sus culturas, su organización social, sus criterios políticos, sus mitos, sus símbolos, sus religiones…” al decir de Germán Arciniegas, a sucesivos monarcas les dio exactamente lo mismo que su fiesta de toros arraigara o no en los vastos territorios conquistados, desaprovechando las inmensas posibilidades de una industria agropecuario-taurina, cultural e identitaria. Sobraban el oro y la plata, no la sensibilidad.

A partir del siglo XX, ya sin colonias que explotar, los taurinos peninsulares descubrieron la mina de oro que representaba ir en invierno a hacer la América, es decir, a torear a buen precio, con más comodidad que en España, alternantes modestos en general y ante públicos menos exigentes. De nuevo, la falta de empatía y de visión taurina de la antigua metrópoli impidió darle a la tauromaquia en los países americanos la importancia que sus posibilidades expresivas y de espectáculo demandaban, descuidando la crianza de reses de lidia y la capacitación de públicos y aspirantes a toreros que, convertidos en figuras competitivas, enorgullecieran al paisanaje. Prefirieron asociarse con la burguesía criolla de tres o cuatro países, sin valorar el potencial taurino de sus respectivos pueblos.
Con la Cataluña taurina se repitió la misma actitud de insensibilidad y soberbia, pues el éxito alcanzado por el empresario Pedro Balañá Espinós en la posguerra civil, tanto en la Plaza Monumental (20 mil localidades) como en el coso de Las Arenas (15 mil), ambas en Barcelona, fue mirado con recelo y envidia por el resto de los sectores, incluido Madrid.

Como suele ocurrir, a los sucesores de Balañá no les interesó conservar el brillo taurino alcanzado y desacreditaron lo acreditado, cediendo las plazas a concesionarios mediocres. Las Arenas, luego de 34 años ociosa, fue convertida en centro comercial, mientras las monumentales de Barcelona y Tarragona contemplaban impotentes, en 2010, la prohibición de las corridas lograda por separatistas disfrazados de animalistas. Transcurridos seis años, el Tribunal Constitucional anuló la ley catalana que prohibía las corridas de toros, pero el apoyo del centro a la fiesta en Cataluña fue demasiado tarde.

Publicado en La Jornada