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¿La Fiesta en Paz? Novena salida a hombros de un transformado Arturo Macías

Arturo Macias. Foto Plaza México.

Por Leonardo Páez.

Comentó un aficionado en Twitter: “Por una parte me da gusto que hoy termine la temporada de la Plaza México… se acaban los domingos de ser la burla de la tauromaquia y de darle argumentos a los antis”. Pues sí, con todo y empresarios postrados, analistas positivos y publicronistas mexhincados.

Con oootra muy pobre entrada –hace un cuarto de siglo a los promotores en turno les tiene sin cuidado la asistencia y resistencia del público–, se llevó cabo la decimoquinta y última corrida de la temporada como grande 2017-18 en la Plaza México.

Agotada la imaginación de la nuevaempresa con los manos a mano juleros, teniendo como base de cartel al ventajista pero premiado Julián López El Juli, en ambas tardes ante fieras de Teófilo Gómez, no se le ocurrió mejor combinación para atraer al público que oootro cartel cuadrado, con dos toreros que merecían ir con los que figuran y un rejoneador de alternante, no como inicio de la función, costumbre violentada por la hermositis aguda de los años recientes y de la que pronto se lamentarán.

Hicieron el paseíllo los matadores hidrocálidos de a pie Arturo Macías (35 años de edad, 12 de matador, 34 tardes el año pasado y una éste) y Leo Valadez (22 años, sólo cuatro meses de alternativa tras brillante temporada novilleril en España, ocho corridas en 17 y tres este año), así como el rejoneador alicantino Andy Cartagena (37 años, 20 de alternativa y 49 corridas en los recientes 13 meses).

El caballero enfrentó dos bravos y nobles toros de Reyes Huerta, recibiendo el primero arrastre lento, y el segundo, de excepcional, alegre, constante, noble y emotiva embestida, el honor del indulto, algo sin precedente en la historia del maltratado coso. ¿Por qué la empresa no trajo en la temporada una corrida de este hierro? Es que sus altezas Ponce y El Juli prefieren teofilitos. En estos y otros casos, al igual que su antecesora la nuevaempresa paga pero no manda.

Gracias a su capacidad de evolucionar, a su carácter, a desoír cobas y asesores y a su vocación inquebrantable, Arturo Macías consiguió su novena salida en volandas del hoy semivacío coso.

Fue una auténtica revelación este renovado, castigado y hasta hace poco mal administrado diestro. La comprobación de esa insospechada estatura torera comenzó con su primero, un castaño largo, hondo y muy bien armado, un toro mexicano pues, no su aproximación, con las exigencias que plantea la edad y que tomó una vara. Incierto, sin humillar y con media embestida llegó el toro a la muleta de Macías, quien a fuerza de colocación, distancia, quietud y mando logró transformar el dudoso estilo de la res en emotivo colaborador de una inteligente y estructurada faena derechista siempre bien rematada. Por derecho dejó una estocada entera en lo alto y coronó así una de las mejores faenas de la temporada, paseando la oreja.

Pero Macías quería más y con su segundo demostró que con él no procede este ninguneo a los buenos toreros mexicanos. Imaginativo y variado con el capote, fue trompicado sin consecuencias en una gaonera por un astado que recargó en el puyazo. Fijó la embestida con suaves doblones y, maduro y seguro, supo estructurar frente a otro toro exigente, no un chivo bobalicón, una bella e inteligente faena, en la que destacaron tandas de naturales que parecían imposibles. Recreándose en la suerte dejó una estocada algo trasera, descabelló al primer golpe y se llevó otra oreja de primer mundo, no de apoteosis mitotera. Lo demás fue lo de menos.

Publicado en La Jornada.

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¿La Fiesta en Paz? Juladas del Juli y de sus contlapaches reales

Por verles la cara a los taurinos latinoamericanos toreando novillos por toros, el maestrito Julián López El Juli recibió en España la Medalla de Oro al Mérito de las Bellas Artes. Foto Portal De Sol y Sombra.

– Más del intencionado subdesarrollo taurino de México.

Por Leonardo Páez.

En el subdesarrollo o desarrollo discreto e inequitativo en lo económico, político, social y cultural de un país, el sentido común se vuelve ciencia, y con relación a países más desarrollados se les repite que son menores de edad incapaces de alcanzarlos, incluida la fiesta de los toros.

Así, en lugar de objetivos concretos se multiplican leyes y decretos; en vez de avanzar medio se camina; ante la necesidad de modificar situaciones se analizan sistemas, de preferencia con especialistas por televisión; a la ciudadanía se le pide sacrificios y paciencia cuando ya la hicieron resignada; al aumento de dependencia se le llama apertura globalizadora; los complejos de inferioridad presumen de falso refinamiento, y el respeto por lo propio se califica de nocivo nacionalismo a evitar por órdenes del pensamiento único y su pobre idea de cultura.

El microcosmos cultural denominado tauromaquia, entendido como el encuentro sacrificial, lo más equilibrado posible, entre un individuo y un animal, ambos con nombre y apellido, es particularmente sensible a los rumbos que toma el sistema social donde está inmerso, por lo que en el subdesarrollo los problemas y actitudes señalados suelen agudizarse, incluso con dependencia total de figuras extranjeras, como ocurre en los países taurinos sudamericanos.

Mientras México mantuvo rumbo y sentido de soberanía, su tradición taurina, iniciada en la tercera década del siglo XVI, mostró una sana evolución con características que se fueron haciendo propias en lo que a ganado de lidia, interpretación y creación de suertes se refiere, lo que se tradujo en un tiempo peculiar, tanto en la embestida de las reses como en el sometimiento y aprovechamiento de ésta, dando lugar a una versión mexicana de la tauromaquia con rasgos específicos y sin menoscabo de la bravura.

Con el sometimiento gradual de gobiernos y élites al neoliberalismo y la globalización asimétrica, la sustitución de productividad por importaciones se volvió práctica generalizada. En manos de esas élites con arraigados complejos de inferioridad y tan multimillonarias como frívolas, el respeto por el toro, la lidia, el público y los resultados transparentes, devinieron caricatura de heroísmo, función para idiotas y terapia ocupacional de potentados sin imaginación, renuentes además a ser asesorados por conocedores con experiencia, sensibilidad y visión, no por mozos de figurines.

Alcahueteada por críticos mexhincados,oportunistas y sin respeto por la inteligencia, por gremios taurinos de pena ajena y por una autoridá decorativa, la dichosa élite ha visto pasar más de un cuarto de siglo haciendo el ridículo, al contrastar los espectaculares éxitos del resto de sus empresas con los mediocres resultados de su promoción taurina, la falta de toreros nacionales taquilleros y las dudosas hazañas a cargo de ventajistas ases importados en ese lapso, mediante la componenda de toro chico y billete grande.

A la repetida falacia de que la fiesta de acá necesita figurines extranjeros que sistemáticamente imponen el toro joven y bobo aunque ya no sean garantía de negocio, allá prosiguen las complicidades, al grado de que el maestrito atracador Julián López El Juli recibió el martes 6 de febrero la Medalla de Oro al Mérito de las Bellas Artes, de manos de su augusta majestad el rey Felipe VI.

Ahora bien, aquí esa medalla es de Cobre al Mérito del Cinismo por la Reconquista Taurina de México. Ai la llevan, colonizados promotores.

Plaza México: Veloz oreja de Sebastián Castella en otra kilométrica y tediosa tarde

Jeronimo. Foto Plaza México.

Por Leonardo Páez.

A los ganaderos mexicanos de bravo les pasa como a los políticos y funcionarios, poco o nada les lucen sus esfuerzos y afanes de servicio. El problema de fondo parece tener un origen similar: la pasividad tanto de la ciudadanía como del público aficionado, incapaces de exigir resultados acordes con lo prometido o anunciado. ¿Qué recibe la gente en la plaza por lo que paga? ¿Qué recibe la gente por sus impuestos?

Muy difícil entonces la tienen quienes hablan de una fiesta brava sin bravura y quienes hablan de democracia sin logros. Causas se pueden invocar muchas; los pobres o nulos resultados son evidentes.

Para la decimocuarta corrida de la temporada grande en la Plaza México y segunda del 72 aniversario de la inauguración del coso, la nueva empresa diseñó otro cartel desalmado con cuatro toreros y ocho toros, ahora de Jaral de Peñas, encaste español Domecq, muy bien presentados y mejor armados, prevaleciendo el pelaje castaño. Reses cuya presencia hacía abrigar esperanzas de que contribuyeran no a la diversión, sino a la emoción que entraña el encuentro entre inteligencia y bravura. Pero no hay inteligencia torera que luzca ante la mansedumbre, la sosería y la debilidad, como ocurrió con los ocho ejemplares lidiados ayer.

Partieron plaza Jerónimo (40 años de edad, 18 de alternativa y 15 corridas toreadas en los pasados 13 meses), el franco-español Sebastián Castella (34, 17 y la friolera de 72 tardes en ese lapso, al que la nueva empresa le firmó un contrato por 30 corridas), Joselito Adame (28, 10 años de matador y 46 festejos) y el joven peruano Andrés Roca Rey (21, dos años de matador y 71 corridas toreadas entre ambos continentes). La plaza registró una mejor entrada que el día anterior con el predecible mano a mano entre El Juli y Sergio Flores; había interés por volver a ver la emotiva tauromaquia de Jerónimo, la entrega de Roca Rey y el oficio cartesiano de Castella y el mayor de los Adame.

Pero poco o nada pudo ver la gente, ya que los toreros se toparon con reses cuyas condiciones, en el mejor de los casos, exigían una lidia menos convencional, que derechazos y naturales; faenas breves de aliño, de doblones y muletazos de pitón a pitón, precisos y elegantes, de preparación de esas embestidas renuentes y bruscas para la suerte suprema, lo que hubiera reducido el tedioso festejo a la mitad de su duración, que fue de tres horas y media, como si las intensidades pudieran dar para tanto.

Por cierto, de los 18 toros que salieron por toriles en ambos festejos de conmemoración, no más de cuatro recargaron en el peto-muralla, mientras el resto recibía su respectivo pujal o puyazo fugaz en forma de ojal. O la puya que se usa en esta plaza es demasiado grande o la bravura de las reses adquiridas es demasiado poca, por lo cual los dueños del pandero deberían sentarse a revisar si tiene caso este remedo de la otrora emocionante suerte de varas.

Jerónimo está renovado, en actitud y aptitud, y su juego de brazos con el capote es privilegio de unos cuantos. Con su primero, rajado y geniudo, logró meterlo en meritorios muletazos en tablas, intercalando detalles y adornos de buen gusto. Dejó una estocada en lo alto y en una plaza más seria habría dado la vuelta al ruedo. En el mismo tenor anduvo con su segundo, de juego más deslucido aún.

Sebastián Castella supo aprovechar al mejorcito del encierro y desplegó los recursos que da tamaño rodaje, cobró una estocada caída y trasera que no fue obstáculo para que el juez Jesús Morales, presto, soltara la oreja. Su segundo se rompió el pitón desde la cepa, fuera por el encontronazo en el caballo o porque ya lo traía sentido. El sustituto permitió un buen par a Gustavo Campos.

José Adame corrió con la misma suerte que sus compañeros, pero con una desventaja más: su falta de sello, por lo cual sus faenas resultaron doblemente aburridas. Y Roca Rey, triunfador en todas las plazas excepto en la Plaza México, donde no le ha salido un toro bravo, estuvo como suele estar: entregado, quieto y siempre cerca, sin mayores resultados.

Habrá que leer el libro sobre Iván Fandiño escrito por su apoderado Néstor García, donde exhibe las marrullerías, ventajas y vetos del mandoncito Juli y de otros como él.

Publicado en La Jornada

¿Quién regula el espectáculo taurino en la capital? Nueva bofetada de la empresa al público con tercera mansada de Teófilo Gómez

Mala entrada y es que la gente ya no se traga el cuento del Juli y sus teofilitos.

  • Triunfo desesperado de El Juli y Sergio Flores con dos toros… de regalo.
  • Desalmada primera corrida del 72 aniversario de la Plaza México con entrada a mitad del aforo.
  • Priísta mano a mano, sin competencia real, sacado de la manga, valió lo que se le unta al queso.

Por Leonaedo Páez.

¿Quién manda aquí en la fiesta de los toros? ¿Quién regula el espectáculo taurino en la capital? ¿Quién decide los carteles más importantes? ¿Quién está por encima de la autoridad, actores y críticos? ¿Quién exigelas corridas cómodas en la Plaza México? ¿Qué instituciones protegen a la fiesta de toros y defienden al público taurino de este país?

Las anteriores fueron algunas de las muchas preguntas que me hizo una joven cronista de provincia, quien suplicó no poner su nombre, pues de inmediato sería separada de su periódico, a merced del democrático neofascismo del régimen, en la de-salmada primera corrida del 72 aniversario de la Plaza México, realizada ayer.

A ninguna o casi a ninguna de sus preguntas atiné a contestar con objetividad, ya que el atroz aburrimiento que provocó la inexcusable inclusión –por tercera ocasión en la temporada como grande– de la descastada ganadería de Teófilo Gómez, en conocedores, villamelones, turistas, asistentes ocasionales, peñas aldeanas pero entusiastas, autoridades sosas como el ganado –¿hay de otras?– y abnegadas madres que en cada toro llevaban a sus niños al baño, me distrajo de las eventuales hazañas realizadas en otro mano a mano de la nueva empresa. Aguántate como yo, lector.

En priísta mano a mano, es decir, sin competencia real, de la primera corrida de aniversario, partieron plaza el madrileño Julián López El Juli (ya 35 años de edad, 19 de alternativa, por lo menos 44 corridas toreadas el año pasado y cinco este año), y el amigable diestro de Apizaco, Sergio Flores (25 años, cinco de matador, 36 tardes en 2017 y tres este año), para lidiar, es un decir, oootra predecible mansada de la prestigiada ganadería queretana de Teófilo Gómez, favorita, por su bobería, de los pegapases importados. Y es que, ¿sabe usted?, así acabó esto de jugarse la vida frente a la bravura.

Para que haya rivalidad entre toreros primero tiene que haber diferencia entre chascarrillos y sentencias (Guillermo Sureda), graves y leves (José Alameda), lúgubres y lúdicos (Guillermo H. Cantú) y casta y contrastes (el tal Páez), lo que brilló por su ausencia en oootro mano a mano de la manga a cargo de la nueva empresa que, en lugar de combinar toreros consagrados con otros dispuestos a desbancarlos, decidió, por oscuras imposiciones, anunciar a toreros de notables similitudes ante oootro desfile de bueyes de arado a la altura de su rivalidad.

No aburriré al franciscano lector con un barrunto de crónica, pues lo realizado por los enjundiosos coletas ante el descastado encierro valió lo que se le unta al queso, gracias al nefasto criterio de la tauromafia.

Ante una entrada que llegó a la mitad del aforo y cuando el festejo se despeñaba –es la moda– por el tedio y la indignación, El Juli alzó anunció que regalaba un toro, ahora de la amigable dehesa de Bernaldo de Quirós, que contrastó con los bueyes de Teófilo y permitió a Julián eléctricas zapopinas –en España rebautizadas como lopecinas por aquello del amigable plagio–, sacar al tercio a Christian Sánchez por traseropar, dejar minitandas por ambos lados, provocar tímidos grititos de ¡torero! y sepultar defectuoso julipié –volar y clavar saliéndose de la suerte–, para recibir, faltaba más, ¡dos orejas! del aturdido juez Jorge Ramos.

Mejor estuvo Sergio Flores ante oootro de regalo de Santa María de Xalpa, con trapío y comportamiento de toro, al que hizo un emotivo quite por chicuelinas, tafalleras, cordobina y revolera, más derechazos, trompicón, bernadinas, entera trasera y oootras dos orejas. La apoteosis, pues.

Publicado en La Jornada

¿La Fiesta en Paz? Sobra dinero, faltan taurinismo, sensibilidad y respeto

El Juli en su pasada actuación en la feria de León. Foto @NTR Toros Twitter.

Por Leonardo Páez.

Como en el resto de las actividades, el dinero desplazó a la ley y se apoderó de la realidad nacional, ah y global, para consuelo de los globalizonzos, sólo que en su prepotencia cómpralo-todo se olvidó de pensar en algo más que en hacer su voluntad, y supone que haciéndola resuelve los problemas que el dinero sin imaginación crea. En los toros y en lo demás.

Un cuarto de siglo, por lo menos, llevan ya poderosos caballeros mexicanos –con operadores de bajo perfil, autorregulados, irresponsables, ineptos y oscuros propósitos– apropiados de la tradición taurina del país, de sus gremios, de sus ferias, de sus principales plazas, de la llamada crítica especializada y, faltaba más, de las autoridades responsables de cumplir y hacer cumplir el reglamento, a ciencia y paciencia de casi todos los taurinos.

Casi, porque el desinformado y deformado público capitalino ya empezó a ver la diferencia abismal entre lo que paga y lo que recibe de la Monumental Plaza México, a merced de las empresas más adineradas de la historia –siempre hay que repetirlo–, cuya imaginación y sensibilidad taurinas han sido inversamente proporcionales a sus fortunas en miles de millones de dólares. Díganme cómo actúa la élite empresarial de su país y les diré qué tan desarrollado está, escuché decir al maestro Giovanni Sartori en memorable conferencia.

Ahora bien, a esta pasividad taurina de la afición mexicana ante las acciones tan reiteradas como torpes y abusivas de la tauromafia internacional, hay que añadir la oportunista indignación de los críticos que ahora sí notaron la falta de bravura del encierro de Fernando de la Mora lidiado el domingo pasado, hierro favorito desde los alegres tiempos de Eloy Cavazos hasta el extraviado presente de Ginés Marín, triunfador de Las Ventas el año pasado y por ello merecedor de una mansada al gusto del convincente y convenenciero asesor de la nueva empresa, el diestro sevillano en retiro Antonio Barrera.

No, don Belisario, digo, don Alberto, éxito, reconocimientos y medallas no sustituyen un nacionalismo perceptivo y un impulso eficaz. Su trayectoria empresarial no está a discusión; sus criterios, consejeros y operadores taurinos, sí. Invertir desde hace tres años en la fiesta de toros de España es su decisión, pero hacerlo en momentos en que la fiesta de toros de México acusa una alarmante falta de profesionalismo en sus promotores, una incontrolada pérdida de posicionamiento y una oferta de espectáculo tan mediocre como la de la empresa anterior refleja, por lo menos, la urgente necesidad de un cambio de equipo o… de giro.

A riesgo de aburrirlo se lo repito, pues lo rodean demasiados jilgueros e intérpretes convenencieros de la realidad taurina del país: si como manejan la fiesta de toros TauroPlaza México y Espectáculos Taurinos de México manejaran el resto de sus empresas, éstas en seis meses quebrarían, y si como conduce sus negocios exitosos condujera el taurino, habría una muy diferente oferta de toros y toreros y su liderazgo empresarial tendría sentido.

Marginar a magníficos coletas españoles para seguir importando a los mismos consentidos de la empresa predecesora, acatar las ventajosas imposiciones de éstos en materia de ganado, persistir en el ninguneo a diestros mexicanos, continuar improvisando figuras-cuña y empeñarse en una gestión sin rigor de resultados financieros ni artísticos, evidencia estrechez de miras, mezquindad de propósitos y falta de respeto, no sólo a la fiesta y al público sino a la inteligencia.

Plaza México: Toreo desazón, no de salón, a cargo de Sánchez, Saldívar y Marín

Juan Pablo Sánchez. Foto Plaza México.

Por Leonardo Páez.

Más de 250 ganaderías de bravo hay en el país, sin embargo, la nueva empresa de la Plaza México no logra presentar carteles medianamente atractivos siquiera en lo que a toros se refiere. ¿Quién fue el antitaurino que decidió no traer esta temporada un encierro de la triunfadora dehesa de Piedras Negras? ¿Qué concepto de bravura manejan? ¿A qué pelmazo se le ocurre imponer estos encierros? ¿Así quieren que el público asista? De no creerse este pobre concepto de espec-táculo a cargo de la empresa más adinerada en la historia del toreo.

Por eso ayer, en la duodécima corrida de la temporada en la Plaza México se registró otra muy pobre entrada, precisamente por lo poco contrastado del cartel, con dos diestros mexicanos de sobrada trayectoria para alternar cada uno con una figura consolidada, no con un joven importado desconocido. Si a ello se añade la casi nula publicidad del festejo y lo predecible del ganado de De la Mora…

Hicieron el paseíllo Juan Pablo Sánchez (25 años, siete de alternativa y 27 corridas en 2017), Arturo Saldívar (28 años, siete de matador, 24 tardes en 2017 y cuatro en 2018) y el español Ginés Marín (20 años, un año ocho meses de doctorado, 49 corridas en 2017 y triunfador de la Feria de San Isidro el año pasado) con cinco toros de Fernando de la Mora y uno de Xajay, al ser rechazado uno impresentable del de por sí terciado hierro titular.

Cuando la gélida tarde se despeñaba por la agreste barranca del tedio –diría alguien inspirado– salió en quinto lugar el de Xajay, Luna nueva, con 530 kilos. Un toro bien armado, de pelaje cárdeno claro, armonioso de hechuras y comportamiento exigente que contrastó con los sosos, anovillados y pasadores de Fernando de la Mora. Le correspondió a Arturo Saldívar, que a punto estuvo de ser prendido al realizar una comprometida larga cambiada en tablas.

El toro empujó en un puyazo certero de Héctor Delgado –la bravura se pica sola– y embistió con fuerza en un preciso par de Diego Martínez, que saludó en el tercio, pero todo esto no pareció verlo Saldívar, que en lugar de doblarse para someter y fijar al astado en la muleta, se plantó para torear por derechazos mecánicos, como si de otro pasador se tratara. Hubo colocación, escaso mando y menos estructuración. Cobró una estocada entera y lo que debió ser una faena de fuste se quedó en trasteo de trámite, sin la entrega requerida, pues la torería no repara en la concurrencia exigua, sino en el duelo de compromisos.

El cierra plaza, escurrido de carnes, fue otro burel pitado de salida, por lo que el juez Enrique Braun ordenó la devolución de lo que previamente había aprobado, añadiendo otra perla al collar de contradicciones a que nos tiene acostumbrados la autoridá. Hondo y silleto o pandeado del lomo, fue el sustituto del hierro de Montecristo, que recargó en una vara trasera. Empezó a llover y a soplar el viento, Ginés Marín resbaló en la cara y fue trompicado varias veces sin consecuencias, no así uno de sus asistentes de civil, que fue sacado del burladero y recibió una cornada. Cuando sonó el tercer aviso dobló por fin el toro tras recibir incontables golpes de descabello.

Ah, y Juan Pablo Sánchez desplegó su temple ante dos mesas con cuernos en minitandas tan insípidas como los enemigos. Alguien se propuso superar la acumulación de pifias de la empresa anterior y lo está logrando.

Publicado en La Jornada

¿La Fiesta en Paz? Continúan los toros de la ilusión

  • Canas toreras
  • Llamada de Amado El Loco Ramírez

Por Leonardo Páez.

Hace unos días tuve oportunidad de saludar –y de aprenderles– a toreros y taurinos en el retiro, amigos entre ellos y amigos de una fiesta que reflejó un país menos sometido; cuando la torería española aún mostraba respeto por la fiesta, el toro y los públicos, y cuando la bravura no era confundida con la docilidad repetidora.

Convocados por el fino matador de toros triunfador en plazas españolas, incluidas Madrid, Barcelona, San Sebastián y Valencia y, para variar, desaprovechado por las extraviadas empresas de acá, Óscar Realme (Saltillo, Coahuila, 8 de agosto de 1935), compartimos un suculento desayuno en su domicilio con un cartel de verdadero lujo, pues se trató de novilleros de acusada personalidad y sólida técnica que obtuvieron sonoros triunfos en la Monumental Plaza México ante llenos que rebasaban el numerado, no las lamentables entradas de ahora con figurines importados, y cuando ese coso fue escenario de oportunidades, no sucesión de experimentos sin pies ni cabeza.

Ahí hablaron de toros y de todo Jorge Rosas El Tacuba, que cimbrara los cosos de el Toreo de Cuatro Caminos, hoy convertido en oootro desalmado centro comercial, y de Insurgentes, que para allá va; Manolo Navarrete, de acusada personalidad y desde hace décadas prestigiado catedrático de la Facultad de Química de la UNAM, hermano del también novillero, magnífico pintor y dibujante Antonio, y de Rodolfo, que apoderó a Fernando López El Torero de Canela; Curro Munguía, que triunfara en los inicios de Manolo Martínez y posteriormente exitoso financiero, y Lorenzo López, Rancherista de hueso colorado, primo de otro novillero destacado, Ramón López, y asistente devoto a la México, el matador Realme y el tal Páez.

Se concluyó que a la irracionalidad de la época actual, con su galopante falta de ética y de profesionalismo y su desbocada tergiversación de valores, los taurinos del mundo no habían sabido responder con la profunda racionalidad que conlleva la tauromaquia: un toro con edad, trapío y sus astas íntegras, y un torero con la capacidad de enfrentarlo con un estilo y una estética propias, no clonado como los de la posmodernidad. Y que a tamaña omisión había que agregar la falta de políticas comunicacionales y de difusión de la fiesta por multimillonarios promotores ante la creciente competencia de espectáculos de masas y la apabullante influencia gringa en todos los ámbitos.

Como si hubiera escuchado, antier telefoneó el matador Amado Ramírez El Loco, quien de novillero llenara de emoción y locuras la plaza México, al lado del inolvidable y pundonoroso maestro Joselito Huerta, para decirme: “Le quitaron pasión a la fiesta y emoción al toro porque le restaron bravura y porque ya no quedan toreros emotivos con personalidad propia. Por eso tenemos que hablar de una evolución equivocada y de una modernización errónea, casi antitaurina. Ya no se vende el toro bravo porque no hay toreros que les puedan. El resultado es la monotonía y la falta de emoción por más muletazos que aguanten a cargo de pegapases. A eso añádele manos a mano cojos, disparejos. ¿Por qué esta temporada no volvió la ganadería de Piedras Negras, ahora para los que se dicen figuras? Por cierto, al novillo Leñador, de ese hierro, le corté el rabo en la plaza México”.

Confirma lo anterior otro cartel redondo o con tres diestros de similar nivel: los mexicanos Juan Pablo Sánchez y Arturo Saldívar, así como el español Ginés Marín, quien repite gracias a su anodina actuación del 10 de diciembre pasado, ahora con toros de la ilusión de Fernando de la Mora.

Publicado en La Jornada

Plaza México: Encierro con trapío de La Joya; dos faenas malogradas con la espada y 2 toros de regalo

Andrés Roca Rey sufrió una fea voltereta con el octavo de la tarde – Efe.

Por Leonardo Páez.

La nueva empresa de la Plaza México, al igual que su predecesora, no logra equilibrar carteles, de manera que sólo ofrece redondos –tres que figuran– y cuadrados –tres modestos–, pero lo que se llama combinaciones rematadas –uno que figura, uno en vías de serlo y un novel que les apriete ante un encierro exigente– no se le dan. Por ello hubo menos de un cuarto de entrada.

En la undécima corrida hicieron el paseíllo Diego Silveti (32 años, 11 de alternativa y 26 corridas en los últimos 12 meses), el peruano Andrés Roca Rey –mejor manos a mano chocarreros que alternar con este león de los ruedos– (21 años, dos de matador y 67 corridas toreadas en diversos países) y Luis David Adame, otro consentido de la empresa, que compareció por tercera ocasión en el serial (19 años, un año cuatro meses de doctorado y 39 festejos en 12 meses) para lidiar un encierro muy bien presentado de la ganadería de La Joya, del que destacaron tres ejemplares, primero, segundo y sexto, si bien los dos primeros recibieron un pujal o puyazo fugaz en forma de ojal, y sólo último recargó en el peto.

Diego Silveti tiene dos serios problemas: el primero, su buena suerte en los sorteos, que no se traduce en triunfos, y el segundo, su añeja inexpresividad con la muleta, que no conecta al tendido, por lo menos de la Plaza México.

Al abreplaza, claro, suave y repetidor, le hizo un quite por gaoneras en los medios, le dio varias minitandas –tres muletazos y el remate– por el derecho, un solo natural, bernadinas y una entera defectuosa.

Con su segundo, claro, soso y débil, ejecutó saltilleras sobre pies, más derechazos despersonalizados sin lograr decir, naturales anodinos, manoletinas y una entera desprendida. Y con el de regalo de Xajay, tardo y deslucido, siguió por el mismo tenor.

Hemos insistido en que a Andrés Roca Rey le falta callejón y administración. Ayer no debió venir en este cartel y, ya que lo hizo, debió haber salido en hombros, pero su inexcusable deficiencia con la espada se lo impidió. A diferencia de Silveti, el peruano pone la emotividad que le falta al toro; sin embargo, tras una faena de muletazos largos, aguantando y mandando, dejó media caída y varios descabellos hasta escuchar un aviso.

Su segundo, que recargó en un puyazo en todo lo alto de David Vázquez, recuperando por fin el sentido de tan gallarda suerte, llegó a la muleta defendiéndose. Dejó dos medias estocadas defectuosas.

Y con el de regalo, claro pero tardo, también de La Joya, lució en un quite por gaoneras, caleserina y revolera, se echó al toro encima en un cambiado por la espalda y consiguió, siempre quieto y ajustado, emocionantes muletazos pero volvió a fallar con la espada.

Luis David Adame tomó en cuenta que venir por tercera vez en la temporada lo obligaba a triunfar a toda costa. Luego de un trasteo aseado a su primero, más en maestrito que arrebatado, con su segundo, que empujó en una vara, consiguió el anhelado triunfo, no sin antes ser fuertemente trompicado al intentar la efectista suerte del pase cambiado por la espalda.

Repuesto del porrazo, logró tandas de derechazos con sentimiento y tras ajustadas bernadinas dejó una entera a toro parado y un certero descabello, lo que le valió una oreja. Lo dicho, armar carteles también se volvió ciencia.

Publicado en La Jornada