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La estremecedora fragilidad del ser

Por Quino Petit.

Mientras contemplaba la imponente cabeza de toro del personalísimo bazar de Eduardo Arroyo que exhibía hace algunos años el madrileño Círculo de Bellas Artes, sobrevolaron mi memoria unas declaraciones de este pintor que tuve la fortuna de recoger hace ocho años cuando elaboraba un perfil sobre Morante de la Puebla para El País Semanal. “Lo que me gusta de Morante es su fragilidad. Un torero no tiene que ser un atleta. La dificultad convierte al torero en algo sublime”.

Arroyo llegó a esta conclusión tras varios minutos de charla en los que, ante su manifiesta pasión pugilística (además de por el toreo con enjundia), traté de disuadirle sobre si Morante, acaso el último exponente de la magia en los ruedos, podría representar una suerte de Cassius Clay de la lidia.

Arroyo tardó poco en responder: “Más bien se me asemejaría a un Sugar Ray Robinson, al que tuve la suerte de ver ya viejo en París cuando hacía su última tournée. Sobrecogía verlo evolucionar en el ring.

Tiene razón Arroyo cuando habla de la dificultad del torero en el camino hacia lo sublime. Acaso se trata de la misma estremecedora fragilidad del ser que convertía en turbador espectáculo presenciar a Paula, Romero, y Antoñete durante sus últimos días en el ruedo.

Vestidos de torear, luciendo barrigas prominentes y el rostro acartonado cuales Sugar Ray Robinson subiendo al ring en su última tournée, estos tres hombres dejaron la impronta del toreo añejo, sabio e inevitablemente asentado que llega en el otoño de la vida. Por qué quisieron seguir toreando en público (probablemente en privado nunca se deja de torear) a edades en las que otros no son capaces de abrocharse los zapatos es algo que solo ellos saben. ¿Pasión, narcisismo, dinero, simple locura?

Quizá fuera esa denodada atracción por la muerte de la que hablaba Norman Mailer: “Lo mismo vale para el santo, el torero y el amante. El denominador común de todos ellos es su ardiente conciencia del presente, exactamente esa conciencia incandescente que las posibilidades ínsitas de la muerte han abierto para ellos. Una profunda desesperación late en la condición que permite permanecer en la vida tan solo abrazando la muerte, pero su recompensa es el conocimiento de que lo que acontece en cada instante del electrizante presente es bueno o malo para ellos, bueno o malo para su causa, su amor, su acción, su necesidad”.

Poco importan las razones. Lo que importa es lo que dejaron escrito en el ocaso de su existencia torera. Paula fue en sus últimos días de matador un hombre sin rodillas, y por extensión sin piernas. Un torero gitano que embrujaba la música callada que José Bergamín supo escuchar en sus lances. Cerca de los cincuenta años, con tres decenios de alternativa, Paula paró los relojes de Las Ventas la tarde del 28 de septiembre de 1987, momento que recoge la fotografía de Marisa Flórez en el encabezamiento de esta entrada. Y siguió y siguió como un Keith Richards reticente a bajar del escenario. Para el recuerdo queda la tarde del 5 de junio de 1997 en Aranjuez. Ya sin piernas y casi sin cuerpo, Paula recitó con el capote su sentimiento, inspiración y locura. Él mismo intentaba explicar con su intrincado verbo su concepción del arte: “Cuando la inspiración no llega, técnicamente estoy perdío”.

Antoñete, que estás en los cielos, también toreó siendo un viejo recio y altivo. Todo su parco verbo se convertía en literatura cuando sorteaba a las bestias con un simple trozo de tela en las manos. Antoñete desgranando naturales el 24 de junio de 1998, con 66 años y su mechón blanco reluciente, es simplemente un monumento a lo imposible, el milagro del toreo por encima incluso de la capacidad de respirar, prácticamente anulada por el fumeque como puede observarse hacia el final de este vídeo:

Si la imaginación propiciaba entonces soñar con carteles de toros, el cierre de una terna idílica lo rubricaba sin duda Curro Romero. Antoñete, Romero y Paula dibujaron juntos, de hecho, grandes páginas de la historia de la tauromaquia reciente en las postrimerías del siglo XX. Tan solo verles juntos hacer el paseíllo en Antequera en Agosto de 1999 representaba un desafío como pocos al paso del tiempo. Antoñete tenía entonces 67 años; Romero, 66; y Paula, 59.

Lo de Romero viejo, Faraón de Camas, fue simplemente Arte y Majestad, que cantaba Camarón. “¿Hasta cuándo seguirá Curro?”, se preguntaba el respetable entre la incredulidad y el cachondeo. Y Curro solo callaba, toreando como los ángeles cuando le venía en gana. Curro desastroso y celestial, merecedor de la gloria y la bronca a partes iguales, contradictorio como la vida. Nunca tuvo miedo de tener miedo. “No me gusta la mediocridad, afortunadamente para mí”, se excusaba el Faraón tras el bombardeo de almohadillas y broncas de mil pares de bemoles que seguían a cada uno de sus sonados petardos.

Curro, Paula y Antoñete, como tantos otros, llegaron a estremecer al público vestidos de torear dibujando formas imposibles, barriga hacia fuera, el paso torpe, pero el toreo profundo, viejo, imperfecto, natural, sabio, entonando una trágica melodía que recordaba a la de aquel demacrado Chet Baker dando tumbos por los escenarios de Europa y susurrando a la cámara de Bruce Weber la mejor manera de dejarse llevar. Como tantos otros mitos, Baker llegó a viejo contra todo pronóstico y sopló la trompeta hasta el final afrontando todo tipo de dificultades (como aprender de nuevo a embocar el instrumento tras perder la dentadura en una trifulca con un camello) que convertían su mera presencia en el escenario en un acto de belleza suprema. Romero, Paula y Antoñete también torearon hasta que la vergüenza torera o quién sabe si una luz racional les hizo decir basta para orfandad de los sedientos de la suerte cargada con naturalidad y empaque.

Los tres diestros se cortaron la coleta con el cambio de siglo. Pero hasta entonces, narraron en el ruedo sus propias leyendas a quien quisiera escucharlas. Dijeron lo mismo que los demás, pero de forma diferente. Más diferente aún si cabe cuando fueron viejos. ¿Veremos torear también a esas edades a los Morante, Tomás y Manzanares de hoy? De todos ellos quizá sea Morante quien, como apunta Eduardo Arroyo, con más intensidad transmite hoy esa fragilidad del ser que encauza la creación hacia lo sublime. Su compleja personalidad y su estudiada estética ya le hacen parecer hoy en la arena un torero viejo, de otro tiempo. Un día tuve la oportunidad de preguntarle qué significaba el duende para él.

Respondió con voz baja en la dehesa Lo Alvaro, propiedad del difunto ganadero Juan Pedro Domecq, durante una desapacible tarde de aguacero. “Me gusta cómo hablaba García Lorca del duende y del arte. El arte es pinturero, y el duende sale más de la tierra. No voy a decir que yo lo tenga, pero se tiene o no se tiene. A veces sale. Y a veces no”.

Publicado en El País

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Curro Romero: «El toreo está muy encorsetado y es un arte que debe ser libre»

El torero de Camas hace balance – J.M.Serrano.

El Faraón de Camas rememora los mejores momentos de su carrera y analiza la situación actual de la Fiesta.

Por Lorena Muñoz.

Ha pasado medio siglo desde aquel 13 de junio de 1968 en el que Curro Romero se encerró con seis toros en la Maestranza. Fue su segunda Puerta del Príncipe y un nuevo hito en su carrera. Dos años antes había protagonizado la mayor gesta taurina que se recuerda. El 19 de mayo de 1966 cortó ocho orejas a la corrida de Urquijo, el día de la Ascensión, a beneficio de la Cruz Roja. Una marca que todavía no ha sido superada. Aquel día nació el currismo.

Nos recibe en su casa, con la misma amabilidad y sencillez de siempre. Es un privilegio hablar de toros con un mito del toreo. Antes de entrar en materia, hay tiempo para preguntarle por el Real Betis Balompié y por el tenista Rafael Nadal, dos pasiones de las que se confiesa fiel seguidor. Vamos a hablar de toros y de un festejo que se celebró hace cinco décadas

¿Tiene vivos los recuerdos?

«Es sorprendente, el tiempo es tremendo, parece que está parado pero uno va andando, pasan los años y no es fácil recordar muchas cosas después de cincuenta años. Sí tengo más presente el día de Urquijo porque me encontré muy bien y muy dispuesto. Siempre digo que en el toreo y en el toro hay que tener mucha suerte y ese día yo la tuve», sostiene.

Aquel día nació el currismo pero asegura que «enganchó» a los buenos aficionados mucho antes.

«Había una tertulia en «el Sport», donde se juntaban muchos ganaderos, aficionados y profesionales. Se hablaba mucho de mi debut de novillero en el año 1957. Después de varios años de matador, decían que no había estado como aquel día. Ahí empecé a darme a conocer entre los aficionados de Sevilla».

Las tertulias de entonces eran lo que alimentaba la llama. «El boca a boca era más auténtico, antes se hablaba mucho de toros, se discutía y eso desapareció», lamenta Curro, que se sorprende de que todavía siga siendo un ejemplo para muchos, de que siga siendo el torero de Sevilla, incluso para quienes no lo han visto torear. «No lo termino de encajar, me pongo como loco porque vienen chavales muy jóvenes que me piden hacerse fotografías conmigo y autógrafos para sus padres y abuelos. Se entiende que ellos les han hablado de mí. Me lo piden con ganas y se ponen muy contentos. Eso no es normal».

No ha sido un torero de números pero ahí están sus siete puertas grandes en Madrid y cinco en Sevilla, más las que no quiso salir a pesar de cortar los trofeos. Lo revive con cariño.

«Pienso muchas veces porque casi no me lo creo. Cuando me embestía un toro, yo me daba y me sentía», asegura. De aquella tarde del 13 de junio de 1968 recuerda el conjunto, el cariño del público. La salida a hombros por la Puerta del Príncipe. El primer toro saltó al callejón. Curro, lo ha borrado de su memoria. «No me acuerdo, son cosas que no me llaman mucho la atención», asegura con una sonrisa.

Tampoco recuerda demasiado las orejas, pero sí que se las daban con entrega. «He tenido fortuna de que fuera en Sevilla y en Madrid. Y he tenido la suerte de nacer con esas cualidades que me hacían transmitir y conectar con el público rápido. Para mí era maravilloso, no hay que estar ahí machando. Rápidamente cuando embestía un toro se volcaban conmigo».

En ese aspecto ha cambiado mucho el toreo. «Hoy el toro tiene menos movilidad y los toreros tardan más en ligar. Como no acaban de calentar a la gente, de uno en uno es más difícil. Ellos siguen y se hacen hasta pesados. El toro embiste menos por su casta y sus hechuras y se viene abajo todo lo que se ha hecho al principio».

Y qué decir del toreo de capote. «Las verónicas al segundo, que tomó un puyazo arrancándose de largo, levantaron un clamor de admiraciones y promovieron acordes musicales», escribe en su crónica don Fabricio II. ¿Por qué hoy es tan difícil ver torear bien con el capote? «Es como si no le dieran interés a torear con el capote, que yo creo que es una de las cosas más bonitas que hay cuando se torea bien. Sobre todo cuando viene un toro de salida y lo templas y lo vas reduciendo si te embiste. El interés con la muleta es más que con el capote, desisten… ¡Ellos sabrán, yo no lo sé!».

Ahora las orejas se cortan con la muleta y es lo que cuenta aunque el Faraón de Camas tiene su propia visión. «Cuando se torea con el capote la gente ha salido toreando por la calle». ¿Se podría cortar un trofeo solo con el toreo de capa? «El toreo está muy encorsetado, hay un Reglamento y creo que está mal. El toreo, como arte, es libre, debe ser más libre. Si un toro te embiste y puedes pegarle 30 ó 40 lances o diez o doce medias verónicas y quieres entrar a matar, ¿por qué no lo vas a hacer? Siempre lo he pensado. Una vez se lo dije a Miquel Barceló y me dijo que lo hiciera, pero le dije que me podían penalizar para no torear dos años en la provincia. Eso es más peligroso que una multa», bromea, ya que no duda de que el toreo es un arte. «Sin duda, y un arte grandioso. Cuando se hace el toreo como se requiere y como se merece un toro bravo y con clase, hay que acariciarlo, estar medido con él. La cantidad no tiene nada que ver con la calidad».

La crónica de Manuel Olmedo -con el pseudónimo de don Fabricio II- termina diciendo de «Curro Romero, artista que posee entre sus singulares dotes un gran poder de sugestión». El torero es consciente de la fidelidad de sus partidarios. «En mi época nos seguían mucho. Había una afición de una grandeza extraordinaria, de saber esperar y gozaban mucho. Ahora ha desaparecido el aficionado bueno».

«Curro ha conseguido su propósito de rehabilitarse ante la afición sevillana (…) ha vuelto a otorgarle su confianza jubilosamente», comenzaba la crónica del 13 de junio de 1968. «Sevilla ha sabido esperar a los toreros siempre. A mí me han pegado muchas broncas pero han ido al día siguiente a verme. Me dijeron que era el torero que más irritaba a los públicos de España y yo me preguntaba si no era peor aburrirlos», argumenta.

Era una figura del toreo indiscutible.

¿Era antes más fácil que ahora?

«Hay un toro muy grande, lo han sacado de tipo y hay menos probabilidades de triunfo. Los empresarios románticos han desaparecido y no todo es el dinero, el cuidar a la afición y darle los carteles que se merecen, si no se lo dan, se ve la bajada de gente en las plazas. Tiene mucho peligro porque el que se va no vuelve».

¿Qué ocurre con los que empiezan?

«Ya se ha acabado el padrino famoso que se gastaba el dinero para recuperarlo en el futuro. No se dan novilladas, cada vez menos y cuesta mucho trabajo, tomar la alternativa sin tener el oficio bien aprendido, cuando no se tiene la técnica, el triunfo está siempre más lejos».

Si echa la vista atrás, ¿volvería a ser torero?

«Yo siempre, aunque a lo mejor con estos toros… no sé yo».

Para Curro Romero, «con la altura que tienen y los cuellos tan cortos, se paran y se acaba todo pronto. No se puede torear tan cerca alrededor de los pitones. Las distancias son muy importantes». Hablamos de tres conceptos fundamentales en el toreo: la distancia, la medida y el temple.

¿Sigue soñando con torear?

«No, las cosas llegan y pasan y no hay que ser iluso. Pero sí que me acuerdo algunas veces, ¿no me voy a acordar? Sí, pero corto rápido porque a lo mejor me pongo a llorar», sonríe.

Publicado en ABC

Que te crees tú eso, Curro…

Por Luis Carlos Peris.

Que te crees tú eso le contestó el apoderado al torero cuando éste le dijo que lo mejor de retirarse es que podría ir por la calle sin que nadie le parase.

Y acertó el apoderado, que era aquel maño culto que fue Manolo Cisneros, ya que a Curro Romero no dejan de reconocerle lo que significó, significa y significará en el toreo.

Cuando parecía que el cúmulo de reconocimientos no podía agrandarse, la Universidad de Sevilla ha decidido entregarle hoy el Premio a la Cultura en su quinta edición.

Medalla de Oro de las Bellas Artes, académico, hijo predilecto de Andalucía y adoptivo de Sevilla, Curro sigue cosechando a diario lo que sembró en su larga carrera creando arte ante un toro.

Diecisiete años retirado y apenas puede andar por las calles de esta Sevilla que lo prohijó hace sesenta años, que ya se lo aventuró Cisneros para acertar de pleno.

Que te crees tú eso, Curro

Publicado en El Diario de Sevilla

Opinión: Curro

Por Rafael Valencia.

Consideramos que se trata de una buena noticia para todos los que compartimos nuestro ámbito cultural, que me atrevo a ampliar más allá de territorio hispánico. El V Premio de Cultura que la Universidad de Sevilla ha concedido a don Francisco (Curro) Romero.

No se trata de la única institución o persona que trabaja por el mundo de los toros bravos. Tenemos otros ejemplos señalados en la ciudad: la misma Universidad mencionada, la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, la Fundación de Estudios Taurinos o personas como Ramón Valencia, el responsable de la Empresa Pagés. Pero en Curro Romero concurren circunstancias y méritos que van más allá del toreo y que lo trascienden de modo notable.

Sería imposible resumir la labor realizada por Curro Romero como matador de toros. He podido seguirlo durante más de medio siglo. Todavía quedan en mi memoria las faenas, todavía en blanco y negro, por la televisión de mi pueblo extremeño. O en otro, ya en directo, también de la misma zona, cuando participó en un festejo que conmemoraba los setenta y cinco años del colegio donde cursaba estudios de secundaria. O ya, en su espacio natural, en la Maestranza, cuando volví definitivamente a Sevilla, con la Giralda al fondo, en una Corrida de la Prensa, con mi desaparecido hermano Isidro. Luego, en bastantes ocasiones, en el mismo lugar, desde diferentes perspectivas. Cada una distinta, pero con la magia del arte del torero. Por eso agradecerle su presencia en el paisaje vital, cultural, del que me siento parte. De darnos un elemento más para una definición más completa como personas o como ciudadanos.

Pero añádasele, más allá de lo taurino, otro dato que creemos relevante: el de la autenticidad. Más allá del mero parámetro de visibilidad predominante en el mundo en que vivimos, el que hemos construido entre todos, gratifica tener como referente una persona que no recarga la suerte, que no exagera ni intenta disimular lo que no es. Recuerdo, hace algunos años, un homenaje que le dieron en San Juan del Puerto, su pueblo natal, a uno de los mejores comunicadores de Andalucía y que tuvimos la suerte de seguirlo al lado del maestro. El acto giró en gran medida en torno a Curro Romero sin que éste hiciera nada por ser el centro. Escenas similares las hemos visto en ocasiones posteriores, con motivo de diversos actos de todo tipo.

En definitiva, la figura de Curro muestra un valor firme de nuestra cultura, de nuestra herencia cultural o de nuestra forma actual de vida. Un compañero de los toros, ecologista convencido, de cabeza bien amueblada y criterio firme, me indicaba como no tenemos que contestar cuando ciertos movimientos consideran que el mundo de las reses bravas es un objeto del siglo XIX, como fecha moderna. Lo mismo el libro o la expresión oral, el saber comunicarse puede ser entendido hoy como un dato del pasado en la era digital. Y estamos seguros que algunas desviaciones de la inteligencia artificial son realmente artificiales, pero posiblemente no inteligentes. El libro, el saber hablar y expresarse mantiene su valor desde la Academia de Atenas hasta nuestros días. Por más que accedamos a ellos en formato digital o nos comuniquemos vía satélite en una aldea global y no en el ámbito del foro romano o italicense. Lo mismo puede ocurrir con el hecho de sentirse elemento de una cultura, de una colectividad, y no una especie de autistas sociales limitados al monosílabo en la comunicación con sus semejantes.

El premio otorgado a Curro Romero no necesita justificación. Otros como la Medalla de Andalucía o la de Oro a las Bellas Artes ya lo han reconocido como valor de nuestra cultura o en el terreno artístico del que el toreo forma parte. El que ahora se le otorga creemos que es un rasgo de esperanza en la definición de nuestro mundo y su futuro. Y por eso nos llega a todos. El toro bravo forma parte de nuestro entorno ecológico, preocupación de cualquier ciudadano, y actuamos como tales en la medida de nuestras posibilidades y de la época en que vivimos. El resto de los valores que aporta Curro con su personalidad enriquece lo que somos. Por eso, gracias, en el convencimiento de que ser currista y aficionado a los toros es un rasgo positivo y acorde con nuestra civilización. En árabe, que no tiene el término usted, usan como alternativa el de tu presencia. Maestro: ¡va por usted!. Por su presencia.

Publicado en El Día de Córdoba

Sevilla: Historia taurina del Domingo de Resurrección

Historia taurina del Domingo de Pascua.

Resurrección en Sevilla. Convertida en una de las citas más lujosas de la temporada, la corrida del Domingo de Resurrección no siempre fue el acontecimiento glamuroso que hoy conocemos. Esta es su historia…

Por ÁLVARO R. DEL MORAL.

El brillo de la corrida del Domingo de Resurrección no siempre fue tan rutilante. Un vistazo al último siglo del hoy lujoso festejo pascual revela distintas épocas y orientaciones hasta que la cita se convierte en el meeting glamuroso que hoy conocemos. Para ello, tuvo mucho que ver la definitiva forja de lo que hoy entendemos por currismo, perfectamente enhebrada con la visión de Diodoro Canorea, que transformó un festejo de circunstancias en un escaparate de lujo.

La Edad de Oro del toreo dejó su impronta el Domingo de Resurrección. Marcaremos el inicio en 1913, primer año completo de matador de Joselito y temporada de la alternativa de Belmonte. Pero es El Gallo, mano a mano con Bombita, el que actúa en Pascua. Juan Belmonte se asoma al cartel en 1914 y repite en 1916, mano a mano con Joselito. Volverían a actuar juntos de nuevo en 1920 para despachar ocho toros de González Nandín en unión de Ignacio Sánchez Mejías y Chicuelo. Mes y medio más tarde –fue un 4 de abril– se cerraba toda una época del toreo con la muerte de José en Talavera de la Reina…

La caída del coloso nos adentra en la Edad de Plata. Chicuelo actúa como único espada en 1921. El diestro de la Alameda de Hércules es habitual en estos años junto a toreros como Varelito, Marcial Lalanda, Litri, Algabeño, Posada, el Niño de la Palma… Ese tono medio se mantiene en la década siguiente aunque hay que anotar –además de alguna novillada– el rabo que corta Pepe Bienvenida en 1939 alternando con Cagancho y el infortunado Pascual Márquez, que tiene revolucionado el cotarro en esos años

Los primeros cuarenta son los años de Manolete que, aunque se prodiga en la plaza de la Maestranza, no aparece en los carteles pascuales –tampoco Pepe Luis– que mantienen el pulso gracias a toreros como Pepe Bienvenida o el propio Pascual Márquez, que otorgan la alternativa a José Ignacio Sánchez Mejías el Domingo de Resurrección de 1941. En el terreno anecdótico podemos reseñar la corrida de 1944: El Estudiante y Mario Cabré caen heridos y dejan a Cagancho, el gitano de los ojos verdes, con cuatro toros para él solito. Podemos anotar a toreros como Manuel Martín Vázquez, Gallito, El Calesero, Albaicín, la alternativa de El Yoni… la década no da para más.

Se llora a Manolete, caído en Linares en 1947, y llegan los 50. Pero el lujo de hoy sigue quedando muy lejos. Ángel Peralta comienza a asomarse a unos carteles en los que se puede destacar la presencia de toreros como el viejo Chicuelo, Gitanillo de Triana, Rafael Ortega, Cagancho, Cayetano Ordóñez, Antonio BienvenidaGregorio Sánchez, que cae herido, toma la alternativa en 1956 y un juvenil Antonio Ordóñez se anuncia junto a Manolo Vázquez en 1958 para darle la alternativa a Rafaelito Chicuelo. El mismo tándem repite en el 59 para doctorar a Mondeño.

La década prodigiosa, los felices 60 de la Edad de Platino del toreo, no se refleja en la programación del Domingo de Resurrección. Es frecuente la presencia de los hermanos Peralta a caballo para abrir un cartel en el que desfilan toreros de segunda fila. José Julio, Dámaso Gómez, Corpas, Limeño, Oliva, Zurito o Palmeño, entre otros, marcan el tono discreto de esta década. Ni rastro de Camino, Puerta, El Viti, Ordóñez, El Cordobés…

Curro Romero se anuncia por primera vez en Resurrección en 1969. Lo volvería a a hacer cuatro años más en ese período pero la corrida es aún un festejo de circunstancias en el que no aparecen las figuras del momento. En esos años podemos recordar los nombres de Pepe Limeño, Barea, Riverita, Rafael Torres, Palmeño, Marismeño, José Antonio Campuzano, Currillo… No faltan las alternativas. Son las de Marcelino en 1971, la de Antonio Alfonso Martín en el 78 y la de Pepe Luis Vargas, que llega en 1979. En 1980, con Ostos, Ángel Teruel y Manolo Cortés se eleva el tono y se da cierre a una época.

Pero es, definitivamente, la reaparición de Manolo Vázquez la que abre un nuevo tiempo que no se puede entender sin la presencia, prácticamente ininterrumpida, de Curro Romero en perfecta simbiosis con Diodoro Canorea. Los dos viejos amigos terminan de dar carácter al festejo pascual pero la fecha de partida es 1981: Manolo Vázquez le da la alternativa a su sobrino Pepe Luis en presencia de Romero, que alterna con Paula y Manzanares al año siguiente, el de los Mundiales de Fútbol. En 1983 reaparece el nombre de Manolo Vázquez, que se retiraría triunfalmente en otoño alternando con Antoñete. Su compañero en Resurrección fue Curro. Y el tercero, otro toricantano, Juan Mora.

Paquirri se anuncia en Resurrección por única vez en 1984. Algunos meses más tarde pasaría a la inmortalidad en Pozoblanco. Curro y Galloso completan la terna. Pero es que Curro no se apea ya del cartel hasta 1992 aunque ese año –el de las desmesuras de la Expo– sí se anunció en el lujoso festejo del Lunes de Pascua.

El camero alterna con Paula en 1985 para darle la alternativa a Lucio Sandín. En 1986 aparecen Rafael de Paula y Espartaco, que en esa misma feria forjaría su propio despegue hacia la cima del toreo con el célebre toro Facultades de Manolo González. El camero precede a José Antonio Campuzano y Pepe Luis Vázquez en 1987. Ese bajón argumental se recupera en el 88, con Paula y Espartaco de nuevo en un cartel en el que también será fijo hasta 1995, año de la lesión que le apartó del toreo. Curro y Espartaco alternan con Joselito en el 89. En el 90 le dan la alternativa a Julio Aparicio y en el 91, a Martín Pareja Obregón. En el 92 ceden la fecha a Ortega Cano, César Rincón y el propio Aparicio para retomar su sitio natural en 1993, fecha de la alternativa de Manuel Díaz El Cordobés, que hizo el paseíllo embutido en capote de paseo con el escudo de la Legión. Finito debuta en Pascua junto al equipo habitual en el 94 y en el 95, lo hace Pedrito de Portugal, que vive sus mejores años.

En el 96 hay un nuevo cambio de rumbo. Emilio Muñoz, Rivera Ordóñez, Enrique Ponce, Joselito y hasta José Tomás –que actúa en 1999– serán los nuevos compañeros del camero, que vuelve a alternar con Espartaco en 1999, año de su reaparición. En el 2000 cumpliría su último Domingo de Resurrección acartelado con Ponce y Morante, que debutaba en una fecha que, a partir de ese momento variará por completo su argumento.

La primera década del siglo XXI, en cualquier caso, consagra al Domingo de Resurrección como acontecimiento de la temporada. En 2001 –con el rey Juan Carlos en el Palco– se abre la Puerta del Príncipe para sacar a hombros a José Tomás. En 2002 reapareció Paco Ojeda y el resto es historia reciente.

Publicado en El Correo Web

Valores del Toreo por Antonio Burgos

Curro y Rafael. Maestros de los ruedos y de la vida.

Para Andrés Amorós.

Salíamos de almorzar en un restaurante de Sevilla, cuando un muchacho muy bien trajeado, de las mejores maneras posibles se acercó a Curro Romero y con todo respeto le dijo: Maestro: me llamo Gonzalo Caballero, soy novillero, aún no he debutado aquí en Sevilla, y lo que más ilusión me haría es que usted quisiera hacerse una foto conmigo. ¿Me da su permiso para que mi novia nos tome una foto con el teléfono? 

El Faraón se prestó gustoso a la foto, en la que el novillero se puso como en un segundo plano, dando su sitio al maestro. Pero aquella misma tarde, metros más allá de donde Caballero había hecho honor a su apellido y pedido tan ceremoniosamente la foto a quien es Historia del Toreo, nos cruzamos con algo tan terrible como unos excursionistas de la tercera edad procedentes de algún pueblo de la España profunda, que al punto reconocieron al torero. Y empezó el manoseo:¡Ven, Carmela, corre, que está aquí Currito y nos vamos a echar todos una foto con él! Ni permiso, ni de usted, ni nada. A pelo de mala educación. La que se está apoderando de España. En la que, por eso, cada vez me sorprenden más las maneras y modos no sólo de los toreros, sino especialmente de los alumnos de las Escuelas de Tauromaquia. 

En esta España donde a los maestros se les habla de tú en una enseñanza degradada, los alumnos de esas escuelas son un prodigio de educación, de urbanidad, de respeto. Siempre con el usted por delante, con el “maestro” como tratamiento de veneración a los que han sido o son en el oficio que quieren aprender. 

¿Un resto de la España gremial? 

Pues sí: ya no hay aprendices que valoren a sus maestros…más que en las Escuelas de Tauromaquia.Como un argumento más, y no menor, en defensa de la amenazada y denostada Fiesta Nacional yo diría que el Toreo es un conservatorio de valores que se han perdido en nuestra sociedad: el culto por las buenas formas, el respeto, el deseo de excelencia. Y un compañerismo entendido hasta el borde de la muerte, con renuncia a uno mismo. Impresiona el valor de los toreros, pero más cómo conservan sus valores morales y estéticos. 

Lo vi la otra tarde en Illescas. Ya retirado, volvía al toreo por una sola tarde quien fue “El Niño de Pepe Luis”, en quien Sevilla tuvo puestas todas sus complacencias y esperanzas: José Luis Vázquez Silva. Morante y Manzanares lo acompañaban en el cartel que encabezaba. Entusiasmó Pepe Luis con la resurrección de la Gracia marca de la casa de su inolvidable padre, pero no cortó oreja. Mientras que Morante y Manzanares, con sus triunfos, tuvieron todas las necesarias para salir por la puerta grande. 

¿Y qué ocurrió al final del festejo illescano? 

Que si hubiera sido en el competitivo mundo de los ejecutivos y con su código de valores de triunfar aunque haya que cortar cien cabezas, Morante y Manzanares hubieran salido por la puerta grande, como se ganaron con sus peludas, y Pepe Luis, en solitario, en el caballito de San Fernando, un ratito a pie atravesando el ruedo y otro andando al salir por la puerta de cuadrillas, más solo que la una. No pasó tal. Funcionó el Conservatorio de Valores que es el toreo, y Morante y Manzanares renunciaron a salir a hombros para no dejar que Pepe Luis que se fuera en solitario andando del ruedo. Grandeza se llama la palabra. Grandeza perdida, que hallas en el Toreo. Y que no es nueva. 

Una tarde, en Jerez, Curro Romero cortó dos orejas de ensueño y Rafael de Paula armó tal mitin que hasta, enrabietado, se arrancó la castañeta como quien se corta la coleta. Curro no quiso salir a hombros por la puerta grande. Al final, se acerco a Paula y le dijo: “Rafael, si a ti no te importa, yo no voy a salir a hombros para poder acompañarte a ti a pie en la salida, que sé las fatiguitas negras que estás pasando.” 

Óle el Conservatorio de Valores del Toreo.

Publicado en ABC.

Rafael de Paula: “España no sería España sin las corridas de toros. Y punto.”

La sede central de Caja Rural, en la Plaza de la Magdalena, ha acogido este martes a dos maestros del Toreo de la talla de Curro Romero y Rafael de Paula, quienes con su presencia han dado lustre a la presentación del libro ‘Torerías y diabluras’, cuarta obra deJesús Soto de Paula, hijo del torero jerezano.

De S y S.

El acto, al que han asistido entre otros el consejero de Economía y Conocimiento de la Junta de Andalucía, Antonio Ramírez de Arellano, o el diestro Juan Antonio Ruiz ‘Espartaco’, ha sido conducido por el periodista de ABC Alberto García Reyes, quien comenzó dando lectura al prólogo del libro, escrito por el propio Curro Romero. 

Después y tras el amplio discurso del autor de la obra, tomaron la palabra los dos veteranos toreros, primero Paula con su genialidad de costumbre -empezó diciendo que “si Obama fuera español, yo votaría a Obama- y para finalizar Curro Romero, quien tuvo sinceras palabras de agradecimiento hacia el hijo escritos de su compañero.

Paula señaló la diferencia entre «la literatura y la crítica taurina», y citó a Ortega y Gasset para arrancar una sonora ovación. «España no sería España sin las corridas de toros. Y punto. Las corridas son un acontecimiento, eso de espectáculo es una cosa chabacana. El toreo es gloria, así que Dios bendiga al toreo», dijo.

“¿Tú quieres seguir hablando?”, le preguntó Romero. “Con tu permiso, Curro”, le dijo Rafael. “Nada, tú remata”, sentenció el Faraón de Camas para que pudiera mostrar su alegría porque “Curro haya hecho un prólogo hermoso y salido del corazón en el que ha echado el alma, porque me consta el afecto y el cariño que le tiene a mi hijo, y viceversa”.

Así lo confirmó el maestro para abrochar la faena. Y como siempre, se mostró agradecido. “Gracias, Jesús, por el espacio que me dedicas como torero en el libro. Me hago cargo de lo que has sufrido para decir estos lances de lamento sufridores, amorosos y acariciadores”.

El maestro de Camas tiró de memoria: “Me acordaré mientras viva de cuando toreaba con tu padre y de pequeño te metías en mi habitación. Eres un hombre muy bueno y te lo mereces”, sentenció. 

La vuelta al ruedo del acto fue con el eco de Jerez en el cante de Agujetas.

Con información de ABC.ES y EFE.

El apoderado de Curro

Por Antonio Burgos.
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COMO me gusta ir siempre a contraflecha, cuando todo el mundo habla del empoderamiento yo voy a escribir hoy del apoderamiento. De un apoderamiento de arte.

De un apoderado insólito. Verán: el 3 es un número mágico en el toreo. En los festejos actúan tres diestros; cada uno lleva en su cuadrilla tres banderilleros; la lidia tiene tres tercios; se ponen tres pares de banderillas; suenan tres avisos para echar a un toro al corral.

Pues hubo una vez en Sevilla una de estas triadas capitolinas del toreo, de las que surgió un mito legendario. Coincidieron un empresario único, altruista, incluso aficionado a perder el dinero con tal de cumplir sueños de carteles. Se llamaba Diodoro Canorea.

Encontró la horma de su zapatilla torera en un diestro de arte, un sueño de Sevilla hecho breve capote y dominadora muleta planchada en una figura erguida, como de bronce. Se llamaba (y se sigue llamando, y por muchos años) Curro Romero. Quien, a su vez, halló las dimensiones exactas de su breve capotillo en un apoderado excepcional, atípico, que no tenía al dinero, sino arte.

Se llamaba Manuel Cisneros este apoderado aragonés, taurino de paladar, que mandó en el Toreo cuanto se podía y un poquito más. Si a esa triada capitolina de Canorea, Romero y Cisneros le sumamos Sevilla, tendremos la mágica razón de la creación de un mito, una filosofía, una estética, cual el currismo.

Nos ha dejado Cisneros y de aquella triada ya sólo queda Curro… y Sevilla. En la soledad de los héroes y los mitos, Romero ha sentido como pocos la muerte de su Manuel Cisneros.

Era Cisneros un aragonés serio y recto donde los hubiera, que había querido ser torero. El único que podía estar junto a Curro. El que le encontró su sitio exacto, después de haber sido el Faraón poderdante de tantos taurinos que nunca llegaron a comprender su arte. Lector fecundo, muy entendido en pintura, Cisneros conocía como pocos las miserias y grandezas del Toreo.

Y le tenía un respeto impresionante a esta Sevilla en la que, como legacía de Balañá sobre Canorea, ejerció de sacerdote en las nupcias civiles entre la simbología de la ciudad y el mito del Faraón.

Era una insólita excepción de señorío en un mundo de chuflones como es el planeta de los toros. Lo veías y Cisneros parecía un catedrático de instituto de alguna ciudad de su Aragón más que el clásico apoderado al uso de puro, guayabera, jipijapa, tumbaga, comilona, querindonga y poca vergüenza.

Buen conversador, tolerante, Cisneros era de la respetable estirpe de los españoles que crecieron en familias republicanas. Sufrió la amargura de la derrota de muchas ilusiones tras el Desfile de la Victoria.

Y permaneció por libre fiel a esas ideas, defraudado como muchos españoles por la esperanza en la izquierda tras la recuperación de la democracia. Harto de coles como muchos rojos por el plan antiguo, como lo era también el republicano Canorea.

En los 80, Cisneros llegó a mandar en el Toreo más que nadie; yo creo que más que Camará en los 40. Pero en silencio, cuando Barcelona era Barcelona y Balañá era Balañá. Como a Balañá las que le interesaban eran las salas de cine, dejó sus plazas en manos de Cisneros.

Que, apunten, llegó a llevar la contratación de toreros y compra de toros de Barcelona, Palma de Mallorca, Barbastro, Huesca, Calatayud, Medina del Campo, Almagro, Manzanares, Guadalajara, Linares, Jerez, El Puerto y Huelva, además de una especie de comisariado vigilante sobre la empresa Pagés en Sevilla, ante la asfixia económica de Canorea.

Y aunque tuviera Cisneros todas estas bazas del toreo en su mano, con su modestia, nunca desafió a nadie como su cardenal colombroño: «Estos son mis poderes». Cuando su poder mágico supremo fue la acuñación y perpetuación, con Canorea, de Curro Romero como mito de Sevilla.

Fuente: Periodista Digital