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Que te crees tú eso, Curro…

Por Luis Carlos Peris.

Que te crees tú eso le contestó el apoderado al torero cuando éste le dijo que lo mejor de retirarse es que podría ir por la calle sin que nadie le parase.

Y acertó el apoderado, que era aquel maño culto que fue Manolo Cisneros, ya que a Curro Romero no dejan de reconocerle lo que significó, significa y significará en el toreo.

Cuando parecía que el cúmulo de reconocimientos no podía agrandarse, la Universidad de Sevilla ha decidido entregarle hoy el Premio a la Cultura en su quinta edición.

Medalla de Oro de las Bellas Artes, académico, hijo predilecto de Andalucía y adoptivo de Sevilla, Curro sigue cosechando a diario lo que sembró en su larga carrera creando arte ante un toro.

Diecisiete años retirado y apenas puede andar por las calles de esta Sevilla que lo prohijó hace sesenta años, que ya se lo aventuró Cisneros para acertar de pleno.

Que te crees tú eso, Curro

Publicado en El Diario de Sevilla

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Opinión: Curro

Por Rafael Valencia.

Consideramos que se trata de una buena noticia para todos los que compartimos nuestro ámbito cultural, que me atrevo a ampliar más allá de territorio hispánico. El V Premio de Cultura que la Universidad de Sevilla ha concedido a don Francisco (Curro) Romero.

No se trata de la única institución o persona que trabaja por el mundo de los toros bravos. Tenemos otros ejemplos señalados en la ciudad: la misma Universidad mencionada, la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, la Fundación de Estudios Taurinos o personas como Ramón Valencia, el responsable de la Empresa Pagés. Pero en Curro Romero concurren circunstancias y méritos que van más allá del toreo y que lo trascienden de modo notable.

Sería imposible resumir la labor realizada por Curro Romero como matador de toros. He podido seguirlo durante más de medio siglo. Todavía quedan en mi memoria las faenas, todavía en blanco y negro, por la televisión de mi pueblo extremeño. O en otro, ya en directo, también de la misma zona, cuando participó en un festejo que conmemoraba los setenta y cinco años del colegio donde cursaba estudios de secundaria. O ya, en su espacio natural, en la Maestranza, cuando volví definitivamente a Sevilla, con la Giralda al fondo, en una Corrida de la Prensa, con mi desaparecido hermano Isidro. Luego, en bastantes ocasiones, en el mismo lugar, desde diferentes perspectivas. Cada una distinta, pero con la magia del arte del torero. Por eso agradecerle su presencia en el paisaje vital, cultural, del que me siento parte. De darnos un elemento más para una definición más completa como personas o como ciudadanos.

Pero añádasele, más allá de lo taurino, otro dato que creemos relevante: el de la autenticidad. Más allá del mero parámetro de visibilidad predominante en el mundo en que vivimos, el que hemos construido entre todos, gratifica tener como referente una persona que no recarga la suerte, que no exagera ni intenta disimular lo que no es. Recuerdo, hace algunos años, un homenaje que le dieron en San Juan del Puerto, su pueblo natal, a uno de los mejores comunicadores de Andalucía y que tuvimos la suerte de seguirlo al lado del maestro. El acto giró en gran medida en torno a Curro Romero sin que éste hiciera nada por ser el centro. Escenas similares las hemos visto en ocasiones posteriores, con motivo de diversos actos de todo tipo.

En definitiva, la figura de Curro muestra un valor firme de nuestra cultura, de nuestra herencia cultural o de nuestra forma actual de vida. Un compañero de los toros, ecologista convencido, de cabeza bien amueblada y criterio firme, me indicaba como no tenemos que contestar cuando ciertos movimientos consideran que el mundo de las reses bravas es un objeto del siglo XIX, como fecha moderna. Lo mismo el libro o la expresión oral, el saber comunicarse puede ser entendido hoy como un dato del pasado en la era digital. Y estamos seguros que algunas desviaciones de la inteligencia artificial son realmente artificiales, pero posiblemente no inteligentes. El libro, el saber hablar y expresarse mantiene su valor desde la Academia de Atenas hasta nuestros días. Por más que accedamos a ellos en formato digital o nos comuniquemos vía satélite en una aldea global y no en el ámbito del foro romano o italicense. Lo mismo puede ocurrir con el hecho de sentirse elemento de una cultura, de una colectividad, y no una especie de autistas sociales limitados al monosílabo en la comunicación con sus semejantes.

El premio otorgado a Curro Romero no necesita justificación. Otros como la Medalla de Andalucía o la de Oro a las Bellas Artes ya lo han reconocido como valor de nuestra cultura o en el terreno artístico del que el toreo forma parte. El que ahora se le otorga creemos que es un rasgo de esperanza en la definición de nuestro mundo y su futuro. Y por eso nos llega a todos. El toro bravo forma parte de nuestro entorno ecológico, preocupación de cualquier ciudadano, y actuamos como tales en la medida de nuestras posibilidades y de la época en que vivimos. El resto de los valores que aporta Curro con su personalidad enriquece lo que somos. Por eso, gracias, en el convencimiento de que ser currista y aficionado a los toros es un rasgo positivo y acorde con nuestra civilización. En árabe, que no tiene el término usted, usan como alternativa el de tu presencia. Maestro: ¡va por usted!. Por su presencia.

Publicado en El Día de Córdoba

Sevilla: Historia taurina del Domingo de Resurrección

Historia taurina del Domingo de Pascua.

Resurrección en Sevilla. Convertida en una de las citas más lujosas de la temporada, la corrida del Domingo de Resurrección no siempre fue el acontecimiento glamuroso que hoy conocemos. Esta es su historia…

Por ÁLVARO R. DEL MORAL.

El brillo de la corrida del Domingo de Resurrección no siempre fue tan rutilante. Un vistazo al último siglo del hoy lujoso festejo pascual revela distintas épocas y orientaciones hasta que la cita se convierte en el meeting glamuroso que hoy conocemos. Para ello, tuvo mucho que ver la definitiva forja de lo que hoy entendemos por currismo, perfectamente enhebrada con la visión de Diodoro Canorea, que transformó un festejo de circunstancias en un escaparate de lujo.

La Edad de Oro del toreo dejó su impronta el Domingo de Resurrección. Marcaremos el inicio en 1913, primer año completo de matador de Joselito y temporada de la alternativa de Belmonte. Pero es El Gallo, mano a mano con Bombita, el que actúa en Pascua. Juan Belmonte se asoma al cartel en 1914 y repite en 1916, mano a mano con Joselito. Volverían a actuar juntos de nuevo en 1920 para despachar ocho toros de González Nandín en unión de Ignacio Sánchez Mejías y Chicuelo. Mes y medio más tarde –fue un 4 de abril– se cerraba toda una época del toreo con la muerte de José en Talavera de la Reina…

La caída del coloso nos adentra en la Edad de Plata. Chicuelo actúa como único espada en 1921. El diestro de la Alameda de Hércules es habitual en estos años junto a toreros como Varelito, Marcial Lalanda, Litri, Algabeño, Posada, el Niño de la Palma… Ese tono medio se mantiene en la década siguiente aunque hay que anotar –además de alguna novillada– el rabo que corta Pepe Bienvenida en 1939 alternando con Cagancho y el infortunado Pascual Márquez, que tiene revolucionado el cotarro en esos años

Los primeros cuarenta son los años de Manolete que, aunque se prodiga en la plaza de la Maestranza, no aparece en los carteles pascuales –tampoco Pepe Luis– que mantienen el pulso gracias a toreros como Pepe Bienvenida o el propio Pascual Márquez, que otorgan la alternativa a José Ignacio Sánchez Mejías el Domingo de Resurrección de 1941. En el terreno anecdótico podemos reseñar la corrida de 1944: El Estudiante y Mario Cabré caen heridos y dejan a Cagancho, el gitano de los ojos verdes, con cuatro toros para él solito. Podemos anotar a toreros como Manuel Martín Vázquez, Gallito, El Calesero, Albaicín, la alternativa de El Yoni… la década no da para más.

Se llora a Manolete, caído en Linares en 1947, y llegan los 50. Pero el lujo de hoy sigue quedando muy lejos. Ángel Peralta comienza a asomarse a unos carteles en los que se puede destacar la presencia de toreros como el viejo Chicuelo, Gitanillo de Triana, Rafael Ortega, Cagancho, Cayetano Ordóñez, Antonio BienvenidaGregorio Sánchez, que cae herido, toma la alternativa en 1956 y un juvenil Antonio Ordóñez se anuncia junto a Manolo Vázquez en 1958 para darle la alternativa a Rafaelito Chicuelo. El mismo tándem repite en el 59 para doctorar a Mondeño.

La década prodigiosa, los felices 60 de la Edad de Platino del toreo, no se refleja en la programación del Domingo de Resurrección. Es frecuente la presencia de los hermanos Peralta a caballo para abrir un cartel en el que desfilan toreros de segunda fila. José Julio, Dámaso Gómez, Corpas, Limeño, Oliva, Zurito o Palmeño, entre otros, marcan el tono discreto de esta década. Ni rastro de Camino, Puerta, El Viti, Ordóñez, El Cordobés…

Curro Romero se anuncia por primera vez en Resurrección en 1969. Lo volvería a a hacer cuatro años más en ese período pero la corrida es aún un festejo de circunstancias en el que no aparecen las figuras del momento. En esos años podemos recordar los nombres de Pepe Limeño, Barea, Riverita, Rafael Torres, Palmeño, Marismeño, José Antonio Campuzano, Currillo… No faltan las alternativas. Son las de Marcelino en 1971, la de Antonio Alfonso Martín en el 78 y la de Pepe Luis Vargas, que llega en 1979. En 1980, con Ostos, Ángel Teruel y Manolo Cortés se eleva el tono y se da cierre a una época.

Pero es, definitivamente, la reaparición de Manolo Vázquez la que abre un nuevo tiempo que no se puede entender sin la presencia, prácticamente ininterrumpida, de Curro Romero en perfecta simbiosis con Diodoro Canorea. Los dos viejos amigos terminan de dar carácter al festejo pascual pero la fecha de partida es 1981: Manolo Vázquez le da la alternativa a su sobrino Pepe Luis en presencia de Romero, que alterna con Paula y Manzanares al año siguiente, el de los Mundiales de Fútbol. En 1983 reaparece el nombre de Manolo Vázquez, que se retiraría triunfalmente en otoño alternando con Antoñete. Su compañero en Resurrección fue Curro. Y el tercero, otro toricantano, Juan Mora.

Paquirri se anuncia en Resurrección por única vez en 1984. Algunos meses más tarde pasaría a la inmortalidad en Pozoblanco. Curro y Galloso completan la terna. Pero es que Curro no se apea ya del cartel hasta 1992 aunque ese año –el de las desmesuras de la Expo– sí se anunció en el lujoso festejo del Lunes de Pascua.

El camero alterna con Paula en 1985 para darle la alternativa a Lucio Sandín. En 1986 aparecen Rafael de Paula y Espartaco, que en esa misma feria forjaría su propio despegue hacia la cima del toreo con el célebre toro Facultades de Manolo González. El camero precede a José Antonio Campuzano y Pepe Luis Vázquez en 1987. Ese bajón argumental se recupera en el 88, con Paula y Espartaco de nuevo en un cartel en el que también será fijo hasta 1995, año de la lesión que le apartó del toreo. Curro y Espartaco alternan con Joselito en el 89. En el 90 le dan la alternativa a Julio Aparicio y en el 91, a Martín Pareja Obregón. En el 92 ceden la fecha a Ortega Cano, César Rincón y el propio Aparicio para retomar su sitio natural en 1993, fecha de la alternativa de Manuel Díaz El Cordobés, que hizo el paseíllo embutido en capote de paseo con el escudo de la Legión. Finito debuta en Pascua junto al equipo habitual en el 94 y en el 95, lo hace Pedrito de Portugal, que vive sus mejores años.

En el 96 hay un nuevo cambio de rumbo. Emilio Muñoz, Rivera Ordóñez, Enrique Ponce, Joselito y hasta José Tomás –que actúa en 1999– serán los nuevos compañeros del camero, que vuelve a alternar con Espartaco en 1999, año de su reaparición. En el 2000 cumpliría su último Domingo de Resurrección acartelado con Ponce y Morante, que debutaba en una fecha que, a partir de ese momento variará por completo su argumento.

La primera década del siglo XXI, en cualquier caso, consagra al Domingo de Resurrección como acontecimiento de la temporada. En 2001 –con el rey Juan Carlos en el Palco– se abre la Puerta del Príncipe para sacar a hombros a José Tomás. En 2002 reapareció Paco Ojeda y el resto es historia reciente.

Publicado en El Correo Web

Valores del Toreo por Antonio Burgos

Curro y Rafael. Maestros de los ruedos y de la vida.

Para Andrés Amorós.

Salíamos de almorzar en un restaurante de Sevilla, cuando un muchacho muy bien trajeado, de las mejores maneras posibles se acercó a Curro Romero y con todo respeto le dijo: Maestro: me llamo Gonzalo Caballero, soy novillero, aún no he debutado aquí en Sevilla, y lo que más ilusión me haría es que usted quisiera hacerse una foto conmigo. ¿Me da su permiso para que mi novia nos tome una foto con el teléfono? 

El Faraón se prestó gustoso a la foto, en la que el novillero se puso como en un segundo plano, dando su sitio al maestro. Pero aquella misma tarde, metros más allá de donde Caballero había hecho honor a su apellido y pedido tan ceremoniosamente la foto a quien es Historia del Toreo, nos cruzamos con algo tan terrible como unos excursionistas de la tercera edad procedentes de algún pueblo de la España profunda, que al punto reconocieron al torero. Y empezó el manoseo:¡Ven, Carmela, corre, que está aquí Currito y nos vamos a echar todos una foto con él! Ni permiso, ni de usted, ni nada. A pelo de mala educación. La que se está apoderando de España. En la que, por eso, cada vez me sorprenden más las maneras y modos no sólo de los toreros, sino especialmente de los alumnos de las Escuelas de Tauromaquia. 

En esta España donde a los maestros se les habla de tú en una enseñanza degradada, los alumnos de esas escuelas son un prodigio de educación, de urbanidad, de respeto. Siempre con el usted por delante, con el “maestro” como tratamiento de veneración a los que han sido o son en el oficio que quieren aprender. 

¿Un resto de la España gremial? 

Pues sí: ya no hay aprendices que valoren a sus maestros…más que en las Escuelas de Tauromaquia.Como un argumento más, y no menor, en defensa de la amenazada y denostada Fiesta Nacional yo diría que el Toreo es un conservatorio de valores que se han perdido en nuestra sociedad: el culto por las buenas formas, el respeto, el deseo de excelencia. Y un compañerismo entendido hasta el borde de la muerte, con renuncia a uno mismo. Impresiona el valor de los toreros, pero más cómo conservan sus valores morales y estéticos. 

Lo vi la otra tarde en Illescas. Ya retirado, volvía al toreo por una sola tarde quien fue “El Niño de Pepe Luis”, en quien Sevilla tuvo puestas todas sus complacencias y esperanzas: José Luis Vázquez Silva. Morante y Manzanares lo acompañaban en el cartel que encabezaba. Entusiasmó Pepe Luis con la resurrección de la Gracia marca de la casa de su inolvidable padre, pero no cortó oreja. Mientras que Morante y Manzanares, con sus triunfos, tuvieron todas las necesarias para salir por la puerta grande. 

¿Y qué ocurrió al final del festejo illescano? 

Que si hubiera sido en el competitivo mundo de los ejecutivos y con su código de valores de triunfar aunque haya que cortar cien cabezas, Morante y Manzanares hubieran salido por la puerta grande, como se ganaron con sus peludas, y Pepe Luis, en solitario, en el caballito de San Fernando, un ratito a pie atravesando el ruedo y otro andando al salir por la puerta de cuadrillas, más solo que la una. No pasó tal. Funcionó el Conservatorio de Valores que es el toreo, y Morante y Manzanares renunciaron a salir a hombros para no dejar que Pepe Luis que se fuera en solitario andando del ruedo. Grandeza se llama la palabra. Grandeza perdida, que hallas en el Toreo. Y que no es nueva. 

Una tarde, en Jerez, Curro Romero cortó dos orejas de ensueño y Rafael de Paula armó tal mitin que hasta, enrabietado, se arrancó la castañeta como quien se corta la coleta. Curro no quiso salir a hombros por la puerta grande. Al final, se acerco a Paula y le dijo: “Rafael, si a ti no te importa, yo no voy a salir a hombros para poder acompañarte a ti a pie en la salida, que sé las fatiguitas negras que estás pasando.” 

Óle el Conservatorio de Valores del Toreo.

Publicado en ABC.

Rafael de Paula: “España no sería España sin las corridas de toros. Y punto.”

La sede central de Caja Rural, en la Plaza de la Magdalena, ha acogido este martes a dos maestros del Toreo de la talla de Curro Romero y Rafael de Paula, quienes con su presencia han dado lustre a la presentación del libro ‘Torerías y diabluras’, cuarta obra deJesús Soto de Paula, hijo del torero jerezano.

De S y S.

El acto, al que han asistido entre otros el consejero de Economía y Conocimiento de la Junta de Andalucía, Antonio Ramírez de Arellano, o el diestro Juan Antonio Ruiz ‘Espartaco’, ha sido conducido por el periodista de ABC Alberto García Reyes, quien comenzó dando lectura al prólogo del libro, escrito por el propio Curro Romero. 

Después y tras el amplio discurso del autor de la obra, tomaron la palabra los dos veteranos toreros, primero Paula con su genialidad de costumbre -empezó diciendo que “si Obama fuera español, yo votaría a Obama- y para finalizar Curro Romero, quien tuvo sinceras palabras de agradecimiento hacia el hijo escritos de su compañero.

Paula señaló la diferencia entre «la literatura y la crítica taurina», y citó a Ortega y Gasset para arrancar una sonora ovación. «España no sería España sin las corridas de toros. Y punto. Las corridas son un acontecimiento, eso de espectáculo es una cosa chabacana. El toreo es gloria, así que Dios bendiga al toreo», dijo.

“¿Tú quieres seguir hablando?”, le preguntó Romero. “Con tu permiso, Curro”, le dijo Rafael. “Nada, tú remata”, sentenció el Faraón de Camas para que pudiera mostrar su alegría porque “Curro haya hecho un prólogo hermoso y salido del corazón en el que ha echado el alma, porque me consta el afecto y el cariño que le tiene a mi hijo, y viceversa”.

Así lo confirmó el maestro para abrochar la faena. Y como siempre, se mostró agradecido. “Gracias, Jesús, por el espacio que me dedicas como torero en el libro. Me hago cargo de lo que has sufrido para decir estos lances de lamento sufridores, amorosos y acariciadores”.

El maestro de Camas tiró de memoria: “Me acordaré mientras viva de cuando toreaba con tu padre y de pequeño te metías en mi habitación. Eres un hombre muy bueno y te lo mereces”, sentenció. 

La vuelta al ruedo del acto fue con el eco de Jerez en el cante de Agujetas.

Con información de ABC.ES y EFE.

El apoderado de Curro

Por Antonio Burgos.
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COMO me gusta ir siempre a contraflecha, cuando todo el mundo habla del empoderamiento yo voy a escribir hoy del apoderamiento. De un apoderamiento de arte.

De un apoderado insólito. Verán: el 3 es un número mágico en el toreo. En los festejos actúan tres diestros; cada uno lleva en su cuadrilla tres banderilleros; la lidia tiene tres tercios; se ponen tres pares de banderillas; suenan tres avisos para echar a un toro al corral.

Pues hubo una vez en Sevilla una de estas triadas capitolinas del toreo, de las que surgió un mito legendario. Coincidieron un empresario único, altruista, incluso aficionado a perder el dinero con tal de cumplir sueños de carteles. Se llamaba Diodoro Canorea.

Encontró la horma de su zapatilla torera en un diestro de arte, un sueño de Sevilla hecho breve capote y dominadora muleta planchada en una figura erguida, como de bronce. Se llamaba (y se sigue llamando, y por muchos años) Curro Romero. Quien, a su vez, halló las dimensiones exactas de su breve capotillo en un apoderado excepcional, atípico, que no tenía al dinero, sino arte.

Se llamaba Manuel Cisneros este apoderado aragonés, taurino de paladar, que mandó en el Toreo cuanto se podía y un poquito más. Si a esa triada capitolina de Canorea, Romero y Cisneros le sumamos Sevilla, tendremos la mágica razón de la creación de un mito, una filosofía, una estética, cual el currismo.

Nos ha dejado Cisneros y de aquella triada ya sólo queda Curro… y Sevilla. En la soledad de los héroes y los mitos, Romero ha sentido como pocos la muerte de su Manuel Cisneros.

Era Cisneros un aragonés serio y recto donde los hubiera, que había querido ser torero. El único que podía estar junto a Curro. El que le encontró su sitio exacto, después de haber sido el Faraón poderdante de tantos taurinos que nunca llegaron a comprender su arte. Lector fecundo, muy entendido en pintura, Cisneros conocía como pocos las miserias y grandezas del Toreo.

Y le tenía un respeto impresionante a esta Sevilla en la que, como legacía de Balañá sobre Canorea, ejerció de sacerdote en las nupcias civiles entre la simbología de la ciudad y el mito del Faraón.

Era una insólita excepción de señorío en un mundo de chuflones como es el planeta de los toros. Lo veías y Cisneros parecía un catedrático de instituto de alguna ciudad de su Aragón más que el clásico apoderado al uso de puro, guayabera, jipijapa, tumbaga, comilona, querindonga y poca vergüenza.

Buen conversador, tolerante, Cisneros era de la respetable estirpe de los españoles que crecieron en familias republicanas. Sufrió la amargura de la derrota de muchas ilusiones tras el Desfile de la Victoria.

Y permaneció por libre fiel a esas ideas, defraudado como muchos españoles por la esperanza en la izquierda tras la recuperación de la democracia. Harto de coles como muchos rojos por el plan antiguo, como lo era también el republicano Canorea.

En los 80, Cisneros llegó a mandar en el Toreo más que nadie; yo creo que más que Camará en los 40. Pero en silencio, cuando Barcelona era Barcelona y Balañá era Balañá. Como a Balañá las que le interesaban eran las salas de cine, dejó sus plazas en manos de Cisneros.

Que, apunten, llegó a llevar la contratación de toreros y compra de toros de Barcelona, Palma de Mallorca, Barbastro, Huesca, Calatayud, Medina del Campo, Almagro, Manzanares, Guadalajara, Linares, Jerez, El Puerto y Huelva, además de una especie de comisariado vigilante sobre la empresa Pagés en Sevilla, ante la asfixia económica de Canorea.

Y aunque tuviera Cisneros todas estas bazas del toreo en su mano, con su modestia, nunca desafió a nadie como su cardenal colombroño: «Estos son mis poderes». Cuando su poder mágico supremo fue la acuñación y perpetuación, con Canorea, de Curro Romero como mito de Sevilla.

Fuente: Periodista Digital

Curro, es la vida.

Curro Romero.
 

Por Fausto Romero-Miura Giménez.

El domingo, a las cuatro y veintiocho minutos de la tarde, mientras hablaba por teléfono con Fausto, mi nieto, oí una voz que no era la suya, más adulta y grave, que decía “¿Fausto?” Esa voz, personalísima, me sonó a sueño pero ¡no podía ser, era imposible que fuese la soñada! Pregunté: “¿quién es?” Y la voz, amable, sonriente y sabedora de la incredulidad que había de producirme, dijo: “Soy Curro”. 

¡Curro Romero, el ídolo de mi vida, la pasión que aún me abraza ! Y hablamos mucho y recordamos y reímos. Y me explicó que habían coincidido en el mismo restaurante y que Fausto, mi nieto, con la complicidad de Carmen, su mujer apiadada, le hicieron comprender lo feliz que me haría oírlo. 

Y el Maestro – ¡con qué señorío tan sencillo puede hacerse feliz a un niño y a un viejo seguidor!- me habló.


¿Lo haría Ronaldo, Messi o cualquiera de estos divitos?¿Penélope y Bardem, o su madre, ceja incluida? 


Curro, sigue siendo el Mito eterno, querido, cálido y tímido, con el señorío y la caballerosidad humilde de quien, en la vida civil, es Excelentísimo señor, Hijo Predilecto de Andalucía, Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, Académico de la Real Academia de Bellas Artes de Sevilla. Y, en la Torería, el dios, El Faraón.
El Toreo es grandeza. Y se es torero siempre y para siempre, dentro y fuera de la Plaza. Lo definió, como nadie, Fernando Cepeda, cuya madre, doña Leonor, una señora literalmente excepcional, me contaba que sólo iba a La Maestranza cuando toreaba Curro

Soy currista desde la primera vez que lo sentí torear -porque yo, en lo toros, no veo: siento; no soy espectador, sino sentidor-  en Almería, el 28 de agosto de 1959, la tarde de mi bautizo en una religión mágica que él me hizo profesar con creciente devoción, fidelidad y entusiasmo: el currismo, reconocido judicialmente, en sentencia del T.S.J.A. de 22 de enero de 1999: “sentimiento arraigado y profundo como el que más, creador de una ilusión permanente, de una esperanza incondicional y de una forma de entender la vida”  ¡De qué poca gente habrán dicho los jueces que su personalidad imprime carácter! 

¡Qué bendita locura, que, desde entonces, no me ha abandonado! El mismo Curro ha podido comprobarlo en alguna de las escasas conversaciones -es afable y cordial, pero poco hablador en palabras; habla con su toreo, que sigue vivo en nuestra memoria- que hemos tenido, como una a solas, en el Hotel Torreluz, cuando aparecí en su habitación, en la que estaba solo, cargado con mis avíos: dos grandes cuadros de López Canito con él de protagonista; varios tauromaquias y biografías; su disco de villancicos con Antoñete y Gitanillo de Triana, y varias fotografías en las que estamos juntos… con un intervalo de cuarenta años. Se sorprendió ante tanta devoción mía y, más, cuando entendió que yo le decía que sentirlo torear era como dar a luz. Carlitos -más bien Carlote- Núñez me llamó para contarme que Amós Serra, un amigo de los tres, le había contado que al Torero le pareció una comparación hermosa: que su toreo era como alumbrar una vida. De verdad, lo es. Y, seguro, si él entendió eso, es que eso era lo que yo quería decirle… Y otro día, en Aguadulce,  me ofrecí a hacerle de toro para que no se retirase sin haber toreado, aunque fuese de salón, un Miura… 

Se cumplen hoy 57 años, 3 meses y 13 días desde que lo sentí  por primera vez, y la pasión no hace sino crecer: como Machado decía “de toda la memoria, sólo vale / el don preclaro de evocar los sueños”, sustituyo sueños por recuerdos y re-vivo en presente, ahora, cada uno de los momentos mágicos que Curro Romero me hizo vivir entonces. ¡Y fueron tantos! La tarde, en 1967, en que se negó a matar un toro en Madrid, pasó la noche detenido en la temible Dirección General de Seguridad de entonces -en la que se coló el periodista Julián García Candau vestido de camarero- y al día siguiente salió a hombres con Diego Puerta y Paco Camino; los célebres siete toros con el vestido de terciopelo rojo que me costaron acabar la carrera de Derecho en octubre, pues coincidía la corrida con el último examen, en mayo: mis padres -también curristas- no sólo lo entendieron, sino que me animaron; la apoteosis de Granada; las tardes triunfales y sangrientas de Almería, incluida pañoleta roja perdida en la enfermería… y hallada… y escondida. Y es que tiene un record en nuestra hermosísima Plaza: el delirio de nueve orejas y un rabo… y siete tardes de bronca, en las que decía, porque sabía de nuestra locura/devoción: “no me duele que me tiren almohadillas, porque no tiran a darme”. Y más: la apoteosis de Antequera, cuando cruzó el ruedo ganándole terreno al toro en cada una de sus verónicas arrebatadas; su último Festival en La Algaba… horas antes de anunciar esa noche su retirada, sin alharacas y por sorpresa, y no como El Guerra quien, cuando le preguntaron “Maestro, ¿va a sentir nostalgia o pena cuando se retire?”,  respondió: “¿Pena yo? Eso, ustedes” 

Curro se retiró con su discreta modestia pero nos dejó con la pena de que habló Guerrita. Claro que, a los sesenta y seis años, y cuarenta y uno de Arte, tenía todo el derecho a pensar en él. Mi desconsuelo sólo podría consolarlo el pasado, recordándolo –a él solo en el cráter dorado del volcán escenario de la fiesta lúcica, de tantas luces; la fiesta coral de toro, torero y público- creando mariposas rojigualdas de percal en forma de verónica, y sus naturales tan naturales -“yo invito al toro a pasar, pero si no quiere, no le voy a insistir, sería una indelicadeza”,  decía- esculturas etéreas e irrepetibles que duraban, en la realidad, apenas décimas de segundo pero en la memoria de mi sentimiento toda mi vida.

Porque el currismo es devoción. Tanta que he seguido a su sobrino nieto, José Ruiz Muñoz, guiado también por Gonzalito,  la persona a quien más envidio en España, pues durante treinta y dos años fue el Mozo de Espadas, confesor y consejero de Curro, con quien establecí una relación muy cordial y quien, por cierto, no me desmintió que aquella noche de Feria comprase todas las hamburguesas a Uranga para que el Torero, que toreaba al día siguiente, pudiese descansar, cuando la Feria se celebraba en el Parque, al que afachaba el Gran Hotel. Y, ya de despedida, me cantó este fandango: “¡Romero! / y en el camino un Romero / que más allá tiene un camino / con l’ aroma del romero / se está alegrando el camino / de camino y de Romero”. 

¡Quién me iba a decir que, en el otoño de mi vida, mi nieto y mi Mito iban a alargar ese camino feliz!

Nada de Curro me es ajeno. Es un referente y modelo de vida. Curro, es la vida.


 Fuente La Voz de Almeria

Los ‘urquijos’ del día de la Ascensión

Los ‘urquijos’ del día de la Ascensión

La leyenda del currismo se cimentó el 19 de mayo de 1966, hoy hace medio siglo.

Por Alvaro R. del Moral para elcorreoweb.es

Sevilla, 1966: «Lo más trascendental de este año aconteció la tarde del 19 de mayo», escribía el recordado periodista sevillano Filiberto Mira en su recurrente Cien años de toreo en Sevilla. «Fue en este día cuando nació el mito, comenzó la leyenda y se dilató la exageración hasta superar todo lo imaginable», evocaba el veterano informador añadiendo que aquel Jueves de la Ascensión «se alumbró cuanto de hipérbole tiene el currismo». José Carlos Arévalo y José Antonio del Moral hablan de «desquite inenarrable» apuntando a los discretos resultados de su paso por la Feria de Abril de aquel año pero… ¿qué sucedió aquella tarde de mayo de hace medio siglo exacto?

Las cosas no le habían rodado a Curro Romero en la Feria. Había resultado triunfador otro camero, el gran Paco Camino, que no prodigó demasiado su magisterio en la plaza de su tierra. Pero, ojo, 1966 también fue el año de la famosa faena de El Viti al toro de Samuel Flores y hasta de la presentación como novillero y matador –en mayo y octubre– de un jovencísimo Paquirri que abrió su primera Puerta del Príncipe. Pero el futuro Faraón, que había tomado la alternativa siete años antes en la plaza de Valencia, pasó con más pena que gloria por los festejos de farolillos. Curro había contratado tres tardes en el ciclo: el 16 de abril con Ostos y El Cordobés para estoquear un encierro de Benítez Cubero; el 20, con Victoriano Valencia y El Viti para despachar los samueles y, finalmente, de nuevo con Jaime Ostos y su vecino Paco Camino con toros de Alipio Pérez Tabernero. El camero pasó en blanco por las tres y en la tercera tarde, aciaga, se produjo aquel célebre grito de un aficionado del tendido: «¡Curro, ya llegará el verano!». Había que hacer algo.

En esas circunstancias se forja la organización de la corrida con una fecha que entonces era festiva –el jueves de la Ascensión– y un destino muy concreto: la Cruz Roja Española. Cuenta Antonio Petit que la idea de afrontar ese reto fue de José Ignacio Sánchez Mejías, hijo del recordado diestro y apoderado del camero que sabía bien lo que se jugaba. Se trataba de poner el ansiado no hay billetes fuera del abono y restañar los platos que se habían roto en la Feria. Diodoro Canorea, que se apuntaba a un bombardeo, sumó su entusiasmo a la idea y el acuerdo final se cerró en 600.000 pesetas de entonces -3.600 euros de hoy- no sabemos si con la condición de dejar las taquillas sin un solo papel.

La valiosa hemeroteca de El Correo de Andalucía rescata la crónica de Delavega, veteranísimo crítico titular del decano de la prensa sevillana en aquella década prodigiosa. Con el epígrafe habitual de Torerías, Delavega describe el acontecimiento bajo el titular de La tarde inolvidable de Curro Romero: «Escríbase esta fecha con letras de oro en los anales de la plaza de la Real Maestranza de Sevilla. Curro Romero ha matado él solo seis toros. Seis toros de seis estocadas. Un curso completo de arte del toreo. Ocho orejas cortadas. La Puerta del Príncipe que se abre de par en par para que por ella salga el TORERO, así con mayúsculas».

A Curro le bastaron una hora y tres cuartos -la duración habitual de las corridas de entonces- para salir a hombros por el Paseo de Colón y llegar al hotel con el traje destrozado por los aficionados. «Ha toreado con el capote en los seis toros; le ha hecho faena de muleta a los seis; siempre a dos dedos de los pitones; siempre rebosando arte en lo que hacía…». Delavega narra faenas de muleta «en las que el toreo en redondo encontraba la más maravillosa explicación que pueda darse, y los pases ayudados por alto eran arcos de triunfos bajo los que pasaba el toro noble…”.El veterano cronista va más allá y habla de un toreo «que huele a retama, a tomillo, a romero… porque para escribir lo que hizo Curro ayer no tenemos que recurrir a la cursilería del frasquito de esencia ni se puede escribir de rosas, de claveles o de nardos».

Tampoco hay que olvidar que el milagro currista fue posible gracias a la colaboración de un encierro de Carlos Urquijo -la actual ganadería de la familia Murube– que envió a los corrales de la Maestranza seis excelentes ejemplares desde la mítica finca de Juan Gómez, en los campos de Los Palacios. Delavega alude a una corrida «superior, preciosa de lámina, alegre en la embestida» y, finalmente, traza un paralelismo con la festividad de la Ascensión: «Ese día Curro ascendió a la cima del arte del toreo; de ahí no habrá quien lo mueva». Había nacido una religión.

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