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Un ‘quejío’ milagroso

La bella y frágil verónica de Rafael de Paula. JESÚS.

Por Gonzalo I. Bienvenida.

El lance de los elegidos, de aquellos que sublimaron el toreo con el capote y dejaron huella en la arena del toreo, entre hitos y mitos, es el hilo conductor de esta serie

Como un quejío apareció Rafael de Paula en el toreo. Un grito desgarrado y sentido que marcó una forma de entender la vida. Una irrupción histórica que se vivía en menor escala la tarde que Paula toreaba. Sus muñecas dieron vida al capote del que surgía entonces un vuelo sedoso que templaba la potencia animal. Reducir la embestida a través de la belleza. Invitar a entregarse al toro a través de la entrega artística del torero.

Dicen que Paula fue un torero de pellizco. Rafael de Paula (Jerez de la Frontera, 1940), con sus luces y sus sombras, fue un torero de culto. Su carrera estuvo plagada de altibajos, pero también de contenido artístico. Los aficionados encontraron en Paula el refugio de un toreo único. Una lesión en las rodillas que arrastró toda su vida desde 1978 le impidió desarrollar todo su potencial como torero.

Alumbrado en el barrio de Santiago de Jerez, siendo un niño Rafael sintió la llamada del toreo. Los que le vieron crecer cuentan que con un capote en la mano se transformaba. Su timidez desaparecía cuando soñaba con ser torero. La metamorfosis del artista. Su descubridor fue Bernardo Muñoz Carnicerito de Málaga, quien años más tarde se convertiría en su suegro.

Cuenta la leyenda que Juan Belmonte se quedó tan impresionado al verle torear en una ocasión en casa de Fermín Bohórquez que de cuando en cuando mandaba a su chófer a Jerez para que trajeran a su finca Gómez Cardeña al “niño del barrio de Santiago”. Aquellas vivencias en casa de Belmonte aportaron tanto a Paula que los tres santos que comandaron su capilla a lo largo de su vida fueron: Juan Belmonte, Cagancho y Antonio Ordóñez.

Rafael de Paula reivindicó vestido de luces que el toreo va mucho más allá de dominar a un toro. El jerezano fue capaz de transmitir con su capote y su muleta los sentimientos más profundos de su intimidad. Su desgarrada sensibilidad encontró en el toreo el camino más sincero para expresarse.

Con su inigualable pureza y su particular forma de concebir el toreo, es difícil comprender que tras lograr éxitos como novillero tardase seis años en presentarse como matador de toros en Sevilla y 14 en confirmar la alternativa en Madrid. En 1960 se doctoró en Ronda, el lugar donde se había enfundado su primer traje de luces tres años atrás. Aquellas temporadas primeras de matador se basaron en sus plazas del rincón como lo fueron la de El Puerto de Santa María, Sanlúcar de Barrameda o Jerez de la Frontera, entre otras.

Gitano por los cuatro costaos. Un auténtico ídolo para los gitanos. Aquellos años en el rincón desarrolló su tauromaquia sin limitaciones físicas. Un apogeo artístico que le llevó a torear dos corridas como único espada: una en El Puerto y otra en Jerez. La explosión de sentimientos en esas tardes le granjeó una inmensa cuadrilla de partidarios. Todos los gitanos se identificaron con su forma de entender el arte, de interpretarlo. Rafael de Paula ha sido el máximo exponente del arte calé, incluso por encima de los grandes flamencos. Su carácter introvertido no le llevó a ser un asiduo de las fiestas flamencas pero sabía que los artistas más grandes le seguían.

En una entrevista dijo el propio Rafael de Paula: “No soy un gitano normal. No toco las palmas, ni canto, ni tampoco bailo, pero siempre me sentí muy artista frente a los toros”. Cuando viajaba se relajaba escuchando música clásica. Es más partidario de Mairena que de Caracol. Se emociona todavía con la Paquera de Jerez.

Su trayectoria tuvo un punto de inflexión en el año 1974. Un quite por verónicas frente a toriles enloqueció a la exigente afición de Las Ventas. Un quite desgarrador del gitano que con 34 años confirmó aquella tarde su alternativa. Una reivindicación arrebatada de su personalidad, de todo el sentimiento contenido en aquel rincón del sur durante 14 años.

José Bergamín escribió La música callada del toreo tras su actuación en la plaza de Vistalegre de Madrid. Puede que aquella fuese la obra más completa de Rafael de Paula. La tarde que le convirtió en mito.

El impacto fue tan grande que al año siguiente tenía firmadas 40 corridas de toros. Sucedieron entonces dos temporadas esplendorosas frenadas en seco por la fatídica lesión de rodillas en Bayona en 1978. Las operaciones sin éxito, las continuas fatigas ante los toros y los cada vez más habituales escándalos personales y profesionales precipitaron un largo declive.

Aun así, sólo Rafael de Paula era capaz de llegar al alma de la afición con su verónica. Cada lance se tornaba un milagro por su fragilidad. Tenía dificultades para irse de la cara del toro, lo que le provocaba una tremenda inseguridad y por lo que padecía un auténtico calvario a la hora de entrar a matar. Aun así hubo obras imborrables, con la honda huella de su dolor, de su autenticidad. Como aquel quite en Aranjuez, la magnífica faena al sobrero de Martínez Benavides en Madrid o tantas faenas en Jerez, así como cientos de detalles a golpe de sentimiento.

Rafael de Paula ha sido un torero responsable pese a lo que muchos pudieran pensar. Ordenado, metódico en sus entrenamientos, cuidadoso con sus trastos. Sufría tremendamente después de las corridas al analizar lo que había hecho y al pensar en lo que podría haber hecho con mejores facultades físicas. Se retiró en el año 2000. El toreo está huérfano de un sentimiento insustituible.

Publicado en El Mundo

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La estremecedora fragilidad del ser

Por Quino Petit.

Mientras contemplaba la imponente cabeza de toro del personalísimo bazar de Eduardo Arroyo que exhibía hace algunos años el madrileño Círculo de Bellas Artes, sobrevolaron mi memoria unas declaraciones de este pintor que tuve la fortuna de recoger hace ocho años cuando elaboraba un perfil sobre Morante de la Puebla para El País Semanal. “Lo que me gusta de Morante es su fragilidad. Un torero no tiene que ser un atleta. La dificultad convierte al torero en algo sublime”.

Arroyo llegó a esta conclusión tras varios minutos de charla en los que, ante su manifiesta pasión pugilística (además de por el toreo con enjundia), traté de disuadirle sobre si Morante, acaso el último exponente de la magia en los ruedos, podría representar una suerte de Cassius Clay de la lidia.

Arroyo tardó poco en responder: “Más bien se me asemejaría a un Sugar Ray Robinson, al que tuve la suerte de ver ya viejo en París cuando hacía su última tournée. Sobrecogía verlo evolucionar en el ring.

Tiene razón Arroyo cuando habla de la dificultad del torero en el camino hacia lo sublime. Acaso se trata de la misma estremecedora fragilidad del ser que convertía en turbador espectáculo presenciar a Paula, Romero, y Antoñete durante sus últimos días en el ruedo.

Vestidos de torear, luciendo barrigas prominentes y el rostro acartonado cuales Sugar Ray Robinson subiendo al ring en su última tournée, estos tres hombres dejaron la impronta del toreo añejo, sabio e inevitablemente asentado que llega en el otoño de la vida. Por qué quisieron seguir toreando en público (probablemente en privado nunca se deja de torear) a edades en las que otros no son capaces de abrocharse los zapatos es algo que solo ellos saben. ¿Pasión, narcisismo, dinero, simple locura?

Quizá fuera esa denodada atracción por la muerte de la que hablaba Norman Mailer: “Lo mismo vale para el santo, el torero y el amante. El denominador común de todos ellos es su ardiente conciencia del presente, exactamente esa conciencia incandescente que las posibilidades ínsitas de la muerte han abierto para ellos. Una profunda desesperación late en la condición que permite permanecer en la vida tan solo abrazando la muerte, pero su recompensa es el conocimiento de que lo que acontece en cada instante del electrizante presente es bueno o malo para ellos, bueno o malo para su causa, su amor, su acción, su necesidad”.

Poco importan las razones. Lo que importa es lo que dejaron escrito en el ocaso de su existencia torera. Paula fue en sus últimos días de matador un hombre sin rodillas, y por extensión sin piernas. Un torero gitano que embrujaba la música callada que José Bergamín supo escuchar en sus lances. Cerca de los cincuenta años, con tres decenios de alternativa, Paula paró los relojes de Las Ventas la tarde del 28 de septiembre de 1987, momento que recoge la fotografía de Marisa Flórez en el encabezamiento de esta entrada. Y siguió y siguió como un Keith Richards reticente a bajar del escenario. Para el recuerdo queda la tarde del 5 de junio de 1997 en Aranjuez. Ya sin piernas y casi sin cuerpo, Paula recitó con el capote su sentimiento, inspiración y locura. Él mismo intentaba explicar con su intrincado verbo su concepción del arte: “Cuando la inspiración no llega, técnicamente estoy perdío”.

Antoñete, que estás en los cielos, también toreó siendo un viejo recio y altivo. Todo su parco verbo se convertía en literatura cuando sorteaba a las bestias con un simple trozo de tela en las manos. Antoñete desgranando naturales el 24 de junio de 1998, con 66 años y su mechón blanco reluciente, es simplemente un monumento a lo imposible, el milagro del toreo por encima incluso de la capacidad de respirar, prácticamente anulada por el fumeque como puede observarse hacia el final de este vídeo:

Si la imaginación propiciaba entonces soñar con carteles de toros, el cierre de una terna idílica lo rubricaba sin duda Curro Romero. Antoñete, Romero y Paula dibujaron juntos, de hecho, grandes páginas de la historia de la tauromaquia reciente en las postrimerías del siglo XX. Tan solo verles juntos hacer el paseíllo en Antequera en Agosto de 1999 representaba un desafío como pocos al paso del tiempo. Antoñete tenía entonces 67 años; Romero, 66; y Paula, 59.

Lo de Romero viejo, Faraón de Camas, fue simplemente Arte y Majestad, que cantaba Camarón. “¿Hasta cuándo seguirá Curro?”, se preguntaba el respetable entre la incredulidad y el cachondeo. Y Curro solo callaba, toreando como los ángeles cuando le venía en gana. Curro desastroso y celestial, merecedor de la gloria y la bronca a partes iguales, contradictorio como la vida. Nunca tuvo miedo de tener miedo. “No me gusta la mediocridad, afortunadamente para mí”, se excusaba el Faraón tras el bombardeo de almohadillas y broncas de mil pares de bemoles que seguían a cada uno de sus sonados petardos.

Curro, Paula y Antoñete, como tantos otros, llegaron a estremecer al público vestidos de torear dibujando formas imposibles, barriga hacia fuera, el paso torpe, pero el toreo profundo, viejo, imperfecto, natural, sabio, entonando una trágica melodía que recordaba a la de aquel demacrado Chet Baker dando tumbos por los escenarios de Europa y susurrando a la cámara de Bruce Weber la mejor manera de dejarse llevar. Como tantos otros mitos, Baker llegó a viejo contra todo pronóstico y sopló la trompeta hasta el final afrontando todo tipo de dificultades (como aprender de nuevo a embocar el instrumento tras perder la dentadura en una trifulca con un camello) que convertían su mera presencia en el escenario en un acto de belleza suprema. Romero, Paula y Antoñete también torearon hasta que la vergüenza torera o quién sabe si una luz racional les hizo decir basta para orfandad de los sedientos de la suerte cargada con naturalidad y empaque.

Los tres diestros se cortaron la coleta con el cambio de siglo. Pero hasta entonces, narraron en el ruedo sus propias leyendas a quien quisiera escucharlas. Dijeron lo mismo que los demás, pero de forma diferente. Más diferente aún si cabe cuando fueron viejos. ¿Veremos torear también a esas edades a los Morante, Tomás y Manzanares de hoy? De todos ellos quizá sea Morante quien, como apunta Eduardo Arroyo, con más intensidad transmite hoy esa fragilidad del ser que encauza la creación hacia lo sublime. Su compleja personalidad y su estudiada estética ya le hacen parecer hoy en la arena un torero viejo, de otro tiempo. Un día tuve la oportunidad de preguntarle qué significaba el duende para él.

Respondió con voz baja en la dehesa Lo Alvaro, propiedad del difunto ganadero Juan Pedro Domecq, durante una desapacible tarde de aguacero. “Me gusta cómo hablaba García Lorca del duende y del arte. El arte es pinturero, y el duende sale más de la tierra. No voy a decir que yo lo tenga, pero se tiene o no se tiene. A veces sale. Y a veces no”.

Publicado en El País

Dos hazañas taurinas de Rafael de Paula

Las cosechó en la plaza de Jerez, en 1964 y en 1979 cuando cortó las dos orejas y el rabo al toro ‘Sedoso’ del Marqués de Domecq y cuando mató seis toros en solitario, cortando siete orejas y fue llevado a hombros de sus partidarios hasta los pies de la Patrona, la Virgen de la Merced.

EL pasado 17 de mayo, se cumplieron treinta y nueve años de la gran faena que el diestro Rafael de Paula, hiciera al toro ‘Sedoso‘, de la ganadería del Marqués de Domecq, en la plaza de toros de Jerez, en el año 1979, cortándole las dos orejas y el rabo. Esa tarde, Rafael torearía con los ases sevillanos Curro Romero y Emilio Muñoz. Como recuerdo de su sensacional actuación, se colocó en la plaza una placa de bronce conmemorativa de dicha colosal faena.

Pero mayor hazaña aún, sería la que Paula realizó trece años antes, el 28 de junio de 1964 – se cumplen ahora 46 años – toreando Rafael como único espada, una gran corrida de seis toros de la ganadería de Salvador Guardiola, en la que cortó siete orejas en total. Dos orejas, en el segundo, y una en cada uno de los toros restantes.

Esta no sería la única encerrona de Paula con seis toros, ya que, a lo largo de su carrera taurina, mataría siete corridas, en solitario, haciéndolo dos veces en Jerez y otras dos en Sevilla, lidiando las restantes en plazas como las de Madrid y El Puerto.

Es curioso lo que ha sucedido con este torero de leyenda. Que se recuerdan sus muchos fracasos, pero no sus mayores triunfos, como aquel quite que hizo a un toro, en la plaza de Madrid, del que tanto tiempo se estuvo hablando, como algo grandioso. Cuando Rafael de Paula era joven, sus seguidores se contaban por legiones. Pero muchos de esos seguidores los fue perdiendo en sus últimos tiempos, incluso mucho antes de que el 15 de febrero de 2002 el Rey le concediera la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, cosa que algunos aficionados todavía ignoran, porque se acuerdan más del gesto de impotencia que le llevó a arrancarse la coleta y tirarla en la plaza de Jerez.

Pero volvamos al inolvidable triunfo que obtuvo al matar seis toros en solitario. El día de las siete orejas en la encerrona de 1964, Rafael de Paula que contaba entonces 24 años- nació el 11 de febrero de 1940 -, fue sacado a hombros de sus partidarios, siendo llevado así hasta el santuario de la Virgen de la Merced, donde se cantó una salve popular a la Patrona. Para los que no estuvieron allí, les recordaremos algunos otros datos de este histórico acontecimiento taurino en la carrera profesional de Rafael de Paula. “Un bravo gesto de un torero genial”, como decían los carteles. Era la reaparición de Paula, tras haber culminado su servicio militar.

El sobresaliente de espadas fue el jerezano ‘Rafaeli‘. El primer toro y el último los brindó al público; el segundo al veterinario Aurelio Agüera y el tercer toro de la suelta a un grupo de 50 invidentes de la ONCE que quisieron ir a ‘verlo’, demostrando así que a Rafael de Paula hasta los ciegos podían ‘verle’ ejecutar aquel toreo de maravilla que el gitano de Santiago tenía. Caso único éste, en la historia del toreo, que un grupo de cincuenta ciegos hayan acudido juntos a una plaza de toros a ver a un determinado diestro. Y como último dato de esta corrida que causó el delirio de los aficionados, digamos que aquel día, el Paula lució un precioso y poco visto terno de color naranja y oro.

No obstante, y pese a ese grandísimo triunfo, esa temporada Rafael sólo llegó a torear en diez corridas. La cara y la cruz, el sol y la sombra, la mala sombra, diríamos mejor, del gran torero de Jerez; al que pese a sus grandes triunfos seguían sin lloverle los contratos, para torear en otras plazas. Pero, con el tiempo, los contratos también le llegarían, pues supo ganárselos a pulso y luchando, siempre, siempre, contra la artrosis de sus rodillas, enfermedad que pese a diez operaciones, acabó por vencerle y retirarlo forzosamente del toreo; pasando a entrar, desde entonces, en la historia de los grandes toreros de leyenda

Publicado en El Diario de Jerez

Rafael de Paula describe la geometría del toreo Por Joaquín Vidal


Entrevista con el polémico artista gitano publicada en el diario El País el 28 de noviembre de 1981.

Más que sentado, medio tumbado en el tresillo, el codo en el respaldo, cruzadas las piernas y, algo vuelto, apenas te mira porque la mirada la tiene en una nube donde se celan complicadas ideas sobre su peculiar filosofía del toreo. A veces bosteza este Rafael de Paula que va hecho un pincel, en traje príncipe de Gales y corbata italiana a rayas, que se curva ostentosa antes de desaparecer por el chaleco, y entre párrafos, interminables y tartamudeados a conciencia, le entra como una hartura o como un vacío existencial. Por eso te sorprendes cuando, de repente, por una pregunta sin intención (o a lo mejor la llevaba, quién sabe), se incorpora, se crispa, bulle entre los almohadones, bracea y escenifica toda una geometría del toreo.

El toro de ilusión pasa por aquí y por allí. Pasa, mejor, y vuelve, y se va a la cadera, y de la cadera derecha a la izquierda, y la palma de la mano lo guía, y tú piensas que si fuera así, caramba, dónde estaría el señor Soto -en los carteles, Rafael de Paula-; nunca más abajo de la gloria. Sólo falta que el público ruja y estalle en palmas de son, aunque seguramente en la nube del artista ese público existe también y está rugiendo y ha estallado en palmas de son. Cuando despierta son las tantas. Se nos han hecho las tantas hablando de toros. La pregunta sin intención (o a lo mejor la llevaba, quién sabe) había sido: dicen de usted que codillea. Y respondió: 

« ¿Qué, que yo codilleo? Tiene gracia. ¿Que codilleo? Es gracioso eso. Codilleo, codilleo, ¿y qué es codillear? Pero vamos a ver: ¿qué es torear? Si yo codilleara, me cogerían los toros. Al toro, mire, se le presenta la muleta así y se le llama aquí y se le lleva allá. Yo podría llevarlo lejos, porque sé mandar, tengo recursos y además brazo y estatura para dejarlo en la otra parte de la plaza, ¿me entiende? Pero eso no es torear. Al toro hay que llevarlo detrás de la cadera. El toreo no es en línea recta, sino en circunferencia. Circunferencia es el ruedo y circunferencia es el recorrido del toro tal como yo lo entiendo. Y bueno, a lo mejor doblo el brazo para hacerlo, ¿qué quiere que le diga? Lo encuentro tan irrelevante que apenas merece comentario».

Apenas merece comentario, pero estuvo un cuarto de hora explicándolo, en la teoría y en la práctica, con su geometría, que le obligó a rebullir por medio sofá. Y ya que estábamos, le pregunté por qué coge la muleta como si fuera una garrota. Y también encajó la acusación: «No siempre, ¿eh?, no siempre cojo el estoquillador de la muleta como si fuera… ¿una garrota dice?, tiene gracia. Recuerdo que en la crónica que me hizo de una corrida en Sevilla lo decía, y tenía usted razón, pues ese día, en efecto, agarré el engaño como si fuera un palo. Pero pocas veces más lo he hecho. Lo que pasa es que yo presento la muleta de frente, la sujeto con los dedos de la mano para abajo y, al doblar éstos, puede parecer que la agarro de mala manera. No; la muleta, plana, de frente, para el cite». Y cita.

Luego, cuando embarca, observas con asombro que esa mano vuelve la palma para arriba, como si imaginara que trae en ella al toro, y luego lo despide detrás de la cadera. ¡Detrás de la cadera siempre, en pura interpretación circunferencial de la suerte! Pero de lo que se trataba con la entrevista era de entender el toreo de Rafael de Paula, el por qué de un arte cicatero que, cuando aparece, se muestra sublime, y a esas alturas ya lo tenías comprendido -o, al menos, lo esencial- y apenas hacía falta continuar la entrevista, pues el objetivo estaba cumplido. Pero, nada más que por enredar, le había expuesto delicadamente otra cuestión: Da la sensación, torero, que a veces no se acopla con los toros porque, empeñado en crear arte, olvida la técnica, o acaso no está muy puesto en ella.

Y aquí Rafael de Paula -Rafael Soto en el mundo- niega de plano: «Sin técnica no se puede torear. La técnica, como el valor (¡ay, señor, qué mención tan inquietante en el artista gitano) son indispensables para hacer el toreo. Tienes que conocer el toro, el manejo de los engaños y las suertes. Y luego has de tener el valor suficiente para ejecutarlas. A partir de aquí vendrá la inspiración. Otra cosa es que yo quiera crear siempre arte. Es algo impalpable, muy difícil de explicar. Te sientes ajeno a todo, instrumentas los pases con musicalidad y poesía, pones el alma por encima de la inteligencia».

«En realidad es que yo coloco el arte por encima de la técnica, en efecto, lo cual no quiere decir que me olvide de ésta. Le pondré un ejemplo: el pintor tiene una técnica, que plasma mediante la utilización de pinceles. Pero, de repente, le viene un soplo de inspiración, rechaza los pinceles, moja el dedo pulgar en el color, garabatea en el lienzo; el que lo está mirando dirá que se ha vuelto loco, pero cuando acabe le habrá resultado una creación artística. Lo mismo sucede en el toreo, que sobre técnica debe tener embrujo y poesía, pues sin ellas sería una cosa más».

Hay una acotación marginal del propio artista, que es la siguiente: 

«Lo cual no quiere decir que carezcan de mérito los gladiadores del toreo; pero me entiende, ¿verdad?». 

¿Qué es el miedo, Paula? 

«Es una preocupación grande que te embarga. Tengo miedo antes del paseíllo y creo que a todos los toreros nos pasa lo mismo. Es miedo físico, pero es sobre todo miedo a lo desconocido, donde se mezclan todas las imprevisiones que van aparejadas al toro, al público y al propio estado de ánimo, porque no siempre sale uno igual al ruedo. En las vísperas de corrida frecuentemente lo paso mal, me encuentro desasosegado y apenas puedo dormir. Pero tengo comprobado que cuando duermo bien y las horas antes del festejo me noto relajado, me suelen salir las cosas bien delante del toro».

¿Es usted supersticioso? 

«No diría yo que no; lo normal. Por ejemplo, cuando veo a un jorobado, es una cosa que me satisface. Digo: “¡Hombre, un jorobado, qué alegría!”. Y si veo a uno con mal de ojo, me pongo malo. Un sombrero encima de la cama, tampoco lo soporto». 

¿Y eso por qué, hombre? 

«Es una cosa fea, ¡puaf!, un sombrero encima de la cama. Los sombreros deben estar en la cabeza o en la percha».

El caso es que a Rafael de Paula, tan arrellanado en el sofá, como si nada ocurriera, la procesión le va por dentro. Apenas quiere hablar de ello, pero la realidad es que tiene una rodilla seriamente lesionada y posiblemente se tendrá que operar. 

Uno de sus íntimos amigos nos decía que es auténticamente un inválido; de ahí que parezca que no puede con los toros: «Su temporada», añadía, «ha sido un auténtico martirio. 

El día que toreó mano a mano con Antoñete en Madrid salió medio drogado, a fuerza de calmantes. Su inferioridad física, que no ha trascendido al público, es muy preocupante, y la operación será inevitable».

«Algo de eso hay», nos dice el torero cuando le preguntamos, pero no quiere seguir por ahí. Prefiere hablar de toros y de toreo. De cómo ha evolucionado desde que tomó la alternativa en 1968, por ejemplo. Sí, es consciente de que la lánguida carrera profesional que seguía dio un giro radical únicamente por un quite: el que hizo en Las Ventas la tarde de su confirmación de alternativa. 

«Y lo curioso es», explica, «que entonces yo no toreaba bien con el capote, tenía muchos defectos; debió de ser por esa carga de embrujo que surgió de repente, lo que hablábamos antes de que el arte está por encima de la técnica. Y además ocurrió en Madrid, la plaza que da y quita, lo cual fue mi suerte».

¿Su peor tarde? 

Y contesta: «Demasiadas». ¿La mejor? «Quizá en Vista Alegre, pero la buena está por venir». ¿Las broncas? «Una cosa amarga». Pero ya estará acostumbrado -y confesamos que nuestro comentario no deja de ser mordaz- «Pues no estoy acostumbrado», responde con gesto muy severo. 

«Yo salgo todas las tardes a hacer el toreo, y cuando no lo consigo, sufro una enorme decepción y un gran disgusto, que en algunos casos me han durado muchos días. Además, cuando eres veterano se te acrecienta el sentido de la responsabilidad, siempre intentas perfeccionarte, quisieras estar bien cada tarde. Esto no es un juego y no puede tomarse a la ligera». Broncas, «demasiadas». 

Pero las redime el arte. Rafael de Paula es ese torero geómetra y creador, que con sólo dos lances hechos de embrujo y poesía puede llevar toda una plaza hasta la locura. Y hay pocos así, naturalmente.

Valores del Toreo por Antonio Burgos

Curro y Rafael. Maestros de los ruedos y de la vida.

Para Andrés Amorós.

Salíamos de almorzar en un restaurante de Sevilla, cuando un muchacho muy bien trajeado, de las mejores maneras posibles se acercó a Curro Romero y con todo respeto le dijo: Maestro: me llamo Gonzalo Caballero, soy novillero, aún no he debutado aquí en Sevilla, y lo que más ilusión me haría es que usted quisiera hacerse una foto conmigo. ¿Me da su permiso para que mi novia nos tome una foto con el teléfono? 

El Faraón se prestó gustoso a la foto, en la que el novillero se puso como en un segundo plano, dando su sitio al maestro. Pero aquella misma tarde, metros más allá de donde Caballero había hecho honor a su apellido y pedido tan ceremoniosamente la foto a quien es Historia del Toreo, nos cruzamos con algo tan terrible como unos excursionistas de la tercera edad procedentes de algún pueblo de la España profunda, que al punto reconocieron al torero. Y empezó el manoseo:¡Ven, Carmela, corre, que está aquí Currito y nos vamos a echar todos una foto con él! Ni permiso, ni de usted, ni nada. A pelo de mala educación. La que se está apoderando de España. En la que, por eso, cada vez me sorprenden más las maneras y modos no sólo de los toreros, sino especialmente de los alumnos de las Escuelas de Tauromaquia. 

En esta España donde a los maestros se les habla de tú en una enseñanza degradada, los alumnos de esas escuelas son un prodigio de educación, de urbanidad, de respeto. Siempre con el usted por delante, con el “maestro” como tratamiento de veneración a los que han sido o son en el oficio que quieren aprender. 

¿Un resto de la España gremial? 

Pues sí: ya no hay aprendices que valoren a sus maestros…más que en las Escuelas de Tauromaquia.Como un argumento más, y no menor, en defensa de la amenazada y denostada Fiesta Nacional yo diría que el Toreo es un conservatorio de valores que se han perdido en nuestra sociedad: el culto por las buenas formas, el respeto, el deseo de excelencia. Y un compañerismo entendido hasta el borde de la muerte, con renuncia a uno mismo. Impresiona el valor de los toreros, pero más cómo conservan sus valores morales y estéticos. 

Lo vi la otra tarde en Illescas. Ya retirado, volvía al toreo por una sola tarde quien fue “El Niño de Pepe Luis”, en quien Sevilla tuvo puestas todas sus complacencias y esperanzas: José Luis Vázquez Silva. Morante y Manzanares lo acompañaban en el cartel que encabezaba. Entusiasmó Pepe Luis con la resurrección de la Gracia marca de la casa de su inolvidable padre, pero no cortó oreja. Mientras que Morante y Manzanares, con sus triunfos, tuvieron todas las necesarias para salir por la puerta grande. 

¿Y qué ocurrió al final del festejo illescano? 

Que si hubiera sido en el competitivo mundo de los ejecutivos y con su código de valores de triunfar aunque haya que cortar cien cabezas, Morante y Manzanares hubieran salido por la puerta grande, como se ganaron con sus peludas, y Pepe Luis, en solitario, en el caballito de San Fernando, un ratito a pie atravesando el ruedo y otro andando al salir por la puerta de cuadrillas, más solo que la una. No pasó tal. Funcionó el Conservatorio de Valores que es el toreo, y Morante y Manzanares renunciaron a salir a hombros para no dejar que Pepe Luis que se fuera en solitario andando del ruedo. Grandeza se llama la palabra. Grandeza perdida, que hallas en el Toreo. Y que no es nueva. 

Una tarde, en Jerez, Curro Romero cortó dos orejas de ensueño y Rafael de Paula armó tal mitin que hasta, enrabietado, se arrancó la castañeta como quien se corta la coleta. Curro no quiso salir a hombros por la puerta grande. Al final, se acerco a Paula y le dijo: “Rafael, si a ti no te importa, yo no voy a salir a hombros para poder acompañarte a ti a pie en la salida, que sé las fatiguitas negras que estás pasando.” 

Óle el Conservatorio de Valores del Toreo.

Publicado en ABC.

Pepe Luis

Por Ignacio Ruiz Quintano – Abc.

Pepe Luis Vázquez reaparecio, sólo por un día en Illescas. Lo hizo con Morante de la Puebla, que el jueves recibió el Premio Taurino ABC y habló como torea, es decir, con gracia, una cosa que produce el “existencialismo” andaluz, muy superior en refinamiento y depuración a la angustia del “existencialismo” francés.

La gracia –decía el Séneca es un aviso con que Dios nos dice que una cosa está ya en su punto.

Más que de arte, Pepe Luis y Morante son toreros de gracia. De arte, según Paula, han sido Cagancho, Curro “y mi menda lerenda”:

Lo otro es gracia torera.

En la cena de ABC, a Pepe Luis un amigo le pidió para esta tarde, no una faena, sino un detalle, un kikirikí, un cambio de mano…, que en esta situación de hambruna se halla la afición, ayuna de lo que es toreo y ahíta de lo que lo parece.

Lo moderno –vino a decir Morante me aburre tremendamente.

Y allí estaba Simón Casas, que ha hecho unos carteles de San Isidro que apetecen como unas oposiciones al Catastro. Y don José Escolar, fuera de Madrid por “castoso”, así que, para ver toros, habrá que ir, con los suyos, en julio a Pamplona, igual que para ver gracia torera hay que ir hoy a Illescas. 

Con Morante, que gasta melena de león (¡el león en invierno!), un pelazo como el que le esquilaron a Eugenio Noel en Sevilla. 

Y con Pepe Luis, el hijo de Pepe Luis, alternativado en el Madrid del 40, con Lalanda y Rafael Ortega Gallito en el ruedo, y en un tendido, Heinrich Himmler, que se desmayó en la “bárbara” suerte de varas, “expresión democrática española”, debida, según Gecé, a la Revolución francesa, que derribó al Caballero (rejoneador) de su Caballo y lo entregó, hecho un penco, al antiguo lacayo (picador): el picador de toros venció en Bailén a Napoleón, que se vengó de esa derrota elevando al piquero a caballero, etcétera.

La unión inseparable –que ve Morante mirando al Rey– entre la máxima, máxima… y nosotros, el pueblo, que salimos de abajito.


Rafael de Paula: “España no sería España sin las corridas de toros. Y punto.”

La sede central de Caja Rural, en la Plaza de la Magdalena, ha acogido este martes a dos maestros del Toreo de la talla de Curro Romero y Rafael de Paula, quienes con su presencia han dado lustre a la presentación del libro ‘Torerías y diabluras’, cuarta obra deJesús Soto de Paula, hijo del torero jerezano.

De S y S.

El acto, al que han asistido entre otros el consejero de Economía y Conocimiento de la Junta de Andalucía, Antonio Ramírez de Arellano, o el diestro Juan Antonio Ruiz ‘Espartaco’, ha sido conducido por el periodista de ABC Alberto García Reyes, quien comenzó dando lectura al prólogo del libro, escrito por el propio Curro Romero. 

Después y tras el amplio discurso del autor de la obra, tomaron la palabra los dos veteranos toreros, primero Paula con su genialidad de costumbre -empezó diciendo que “si Obama fuera español, yo votaría a Obama- y para finalizar Curro Romero, quien tuvo sinceras palabras de agradecimiento hacia el hijo escritos de su compañero.

Paula señaló la diferencia entre «la literatura y la crítica taurina», y citó a Ortega y Gasset para arrancar una sonora ovación. «España no sería España sin las corridas de toros. Y punto. Las corridas son un acontecimiento, eso de espectáculo es una cosa chabacana. El toreo es gloria, así que Dios bendiga al toreo», dijo.

“¿Tú quieres seguir hablando?”, le preguntó Romero. “Con tu permiso, Curro”, le dijo Rafael. “Nada, tú remata”, sentenció el Faraón de Camas para que pudiera mostrar su alegría porque “Curro haya hecho un prólogo hermoso y salido del corazón en el que ha echado el alma, porque me consta el afecto y el cariño que le tiene a mi hijo, y viceversa”.

Así lo confirmó el maestro para abrochar la faena. Y como siempre, se mostró agradecido. “Gracias, Jesús, por el espacio que me dedicas como torero en el libro. Me hago cargo de lo que has sufrido para decir estos lances de lamento sufridores, amorosos y acariciadores”.

El maestro de Camas tiró de memoria: “Me acordaré mientras viva de cuando toreaba con tu padre y de pequeño te metías en mi habitación. Eres un hombre muy bueno y te lo mereces”, sentenció. 

La vuelta al ruedo del acto fue con el eco de Jerez en el cante de Agujetas.

Con información de ABC.ES y EFE.

Rafael de Paula, en sí mismo

Nunca he sido aficionado a los toros (¿para qué?), pero fui aficionado al toreo de Rafael de Paula, supongo que porque este gitano de la ciudad de los gitanos representaba una anomalía mágica dentro del toreo: alguien capaz de convertir una tarde de toros en un espectáculo de indecisión y dramatismo, de misterio y desgarro, de frustración o de gloria. Siempre fue Rafael de Paula un torero imprevisible… incluso para Rafael de Paula. Una moneda lanzada al aire. Y había veces en que incluso la moneda desaparecía en el aire: nada. Porque el Paula podía ser una presencia invisible, espectro de sí mismo, perdido allá en sí mismo o de sí mismo, entre miles de espectadores vociferantes que se tomaban la molestia de abroncar a un espectro.

Hoy, el Paula es un torero retirado, motivo de fabulaciones y leyendas. En realidad, era ya leyenda cuando estaba en activo, y la plaza parecía una unánime respiración contenida cuando el jerezano se abría de capa, expectante la afición ante los designios de esos duendes que vienen a ser la metáfora de la posibilidad de lo casi imposible. A veces, esos duendes veleidosos disponían que algún que otro toro se fuese vivo al corral, pero, en el fondo, ¿quién puede tomarse en serio a esos toreros que son capaces de matar todos sus toros? La magia también debe fallar. Y son los toreros irregulares los que conceden credibilidad al toreo, que no puede aspirar a convertirse en una ciencia exacta, en un guión fijo, en una expectativa previsible: a veces hay que tocar la gloria con las manos y a veces hay que morder el polvo. El problema es que el polvo puede morderlo todo el mundo, pero la gloria pueden tocarla muy pocos. La verdadera gloria: la de lograr convertir un espectáculo canallesco y atroz en una ceremonia estremecedora. El Paula era de ésos, cuando lo era.

Decía Oscar Wilde que el público es un ente asombrosamente tolerante, capaz de perdonar todo, salvo el genio. A Rafael de Paula no le perdonaron el suyo. O mejor dicho: el público no parecía comprender que su genialidad tenía una cara y una cruz, y que ambas formaban parte de una esencia única. Sólo el genio tiene derecho a no serlo. Sólo el genio puede ser la sombra patética de sí mismo sin dejar de ser quien es, porque esa sombra patética es también protagonista principal de la trama.

En mayo de 2000 era feria en Jerez de la Frontera y el Paula compartía cartel con Curro Romero y Finito de Córdoba. Rafael se dejó vivos sus dos toros y se arrancó la coleta. Había debutado con picadores en aquella plaza en 1958. Se fue del toreo del mismo modo en que estuvo durante más de cuarenta años en el toreo: de un modo improvisado y trágico, desgarrado y pasional, con esa dignidad en carne viva de los perdedores. Se fue de los toros en medio de un arrebato, porque su vida profesional no fue otra cosa que eso: un arrebato milagroso, la extraña religión estética de un hombre aterrado del poder de los dioses y de los duendes, tanto de los malos como de los benéficos. Se fue porque se puede luchar contra los toros, pero no contra el tiempo, aunque él consiguió del tiempo una prórroga no menos inexplicable que temeraria.

Con sus rodillas rotas en pedazos, Rafael de Paula se puso durante décadas delante de los toros con la sola defensa de su anómala sabiduría, de su instinto oscuro, de sus muñecas lentas y barrocas. ¿Esos célebres miedos de Rafael de Paula? No es más valiente quien menos miedo tiene, sino aquél que, aun estando muerto de miedo, lleva a cabo faenas de valiente. Con sus piernas de trapo, con sus rodillas convertidas en una chatarrería gracias a la cirugía experimental de los años setenta, el Paula fue el torero más portentoso, más imprevisible, más excéntrico, más desvalido y más hondo de cuantos ha visto uno, y tardará mucho en nacer -si es que nace- alguien que lleve el oficio de torear adonde él lo llevó: al territorio de la pura especulación artística, al ámbito irreal de los arquetipos, al grado de la ensoñación inexplicable.

Una tarde de feria, un torero de 60 años fue vencido por el tiempo. Tenía que matar dos toros, pero comprendió que lo más lógico sería que uno de esos dos toros lo matara a él.

Rafael de Paula estaba al margen del toreo a fuerza de estar en el núcleo mismo del toreo: lo suyo era otra cosa. No rompió ningún molde: se limitó a crear un molde nuevo. Hasta que el molde se rompió por sí solo, claro está. Y el mundo sigue.

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Felipe Benítez Reyes es poeta y narrador, ganador del último Premio Nadal con la obra Mercado de espejismos.

Publicado en El País