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Es lo que digo yo: Roca Rey ¿La próxima revolución?

Por Luis CuestaDe SOL y SOMBRA.

Andrés Roca Rey es punto y aparte. Uno de los últimos genios que está revolucionando nuevamente el toreo. Porque no solo hay qué fijarse en su quietud, en sus lances sin enmendar, sino también en el majestuoso esfuerzo del ánimo que tiene este torero, acompañado siempre de un valor inmenso.

En su segunda actuación en Las Ventas ha roto las leyes del espacio y del tiempo, dibujando espirales para llevar al toro donde el quería con su muleta y su cuerpo como escudo.

Que Roca Rey es un torero diferente no me cabe la menor duda. Que actualmente es el que más entusiasma a las masas está fuera de toda cuestión. No reconocerlo sería estar ciego.

La pregunta es: ¿Estamos ante un nuevo revolucionario del toreo?

Hay que recordar que los últimos revolucionarios basaron su legado en tres fundamentos: El riesgo, el dominio del toro, y la estética.

De los tres factores, en el del riesgo, Roca Rey cumple cabalmente con los fundamentos inpuestos por toreros como Belmonte y Ojeda, este quizás el último revolucionario, aunque algunos críticos dicen que en realidad el último fue Manuel Benítez “El Cordobés”.

En el aspecto estético, el toreo de Roca Rey esta transformándose en un concepto de arte superior, por momentos muy lento, y en ocasiones, muy en redondo, pero basado en el toreo más fundamental, rematado con pases de pecho instrumentados con mucha hondura.

Y en cuanto al dominio de los toros, es preciso señalar que en su novísimo toreo, es algo que tarde a tarde a ido mejorando, prueba de ello es que los toros ahora lo respetan más que en otras temporadas. Será interesante en un futuro verlo con otros encastes y toros mas exigentes, pero creo que todo llegará en su momento.

Hoy su faena al sexto toro tuvo dos partes: Una, de acuerdo con los cánones clásicos y la otra, de esa emocionante nueva tauromaquia que está anunciado una nueva revolución en el toreo.

Una revolución que, todavía algunos no quieren ver y que quizás cuando menos lo esperen, tocará muy pronto a las puertas de sus plazas.

Es lo que digo yo.

Twitter @LuisCuesta_

Foto: NTR Twitter

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Un Sublime Roca Rey: Así vio la prensa su actuación en Las Ventas…

Roca Rey, en un muletazo por la espalda al sexto de la tarde. Foto JULIÁN ROJAS.

José Antonio del Moral – De Toros en Libertad: Vivido lo visto ayer con la lidia y muerte del sexto toro de Victoriano del Río, en cualquier época de esta plaza de Las Ventas, tenida por la más importante y, desde luego, la más trascendental del mundo, Andrés Roca Rey, el peruano-español que ya es tan nuestro como limeño, será aún más grande figura del toreo de lo que ya venía siendo, independientemente del numero de orejas que le dieron, solamente una, señores, solamente una tras enloquecer a toda la plaza con una faena más que épica que convenció a todos los presentes salvo al indeclinable sector que la desdora y la emborrona, como también y esto sí que tiene bemoles, salvo al señor presidente del festejo que obedeció las ruidosas indicaciones de la gentuza que intentó y consiguió impedir que aquello no fuera premiado con las dos orejas del único animal que medio sirvió de la muy decadente y decaída corrida. Pero dado el ambiente triunfal que dominó el ambiente hasta grados pocas veces visto aquí, no importó nada que Roca Rey no pudiera salir a hombros por la Puerta Grande, últimamente y al parecer cerrada a cal y canto porque a no más 60 personas entre las más de 22.000 que abarrotaban la plaza no les pareció oportuno que lo consiguiera. Sin embargo, el parecer general fue que el aún jovencísimo diestro se había consagrado en Madrid definitivamente. No es de ahora el dislate. Madrid con las grandes figuras casi siempre fue injustísima. Podríamos traer ahora mismo a colación – argumentar, aducir razones y ejemplos, digo yo, de las muchas veces que aquí ha ocurrido lo mismo en todas las épocas.

Paso a relatar lo que yo mismo viví junto al gran Paquirri una tarde que terminó en injusta bronca de los ínclitos del tendido 7. Habíamos llegado al Hotel Goya, donde se vestía siempre el de Barbate, cuando sonó el teléfono que descolgó el propio gran torero. Era Luis Miguel Dominguín, tío político del años más tarde trágicamente desaparecido diestro y por tanto mitificado en la historia del toreo para siempre. Y esta fue la conversación entre ambos: “¡Enhorabuena, Paco ! Enhorabuena por qué, si esos malditos me han puesto a caldo”. “No deberías estar tan enfadado”, enfatizó riéndose Luis Miguel que siguió diciendo “lo mejor que te puede pasar en Madrid es que te abronquen aún habiendo estado bien. Es la señal que distingue aquí a todos los grandes del toreo”. Y Paquirri, repentinamente conformado con el sabio consejo de Luis Miguel, abandonó su agriado gesto y volvió a sonreír tan abiertamente como siempre lo hacía. De tal modo sucedió también ayer o debió suceder con Roca Rey.

Imagínense ustedes hasta donde podría llegar a poco que le respeten más los toros por lo dificilísimo que es torear al borde del abismo con tanta entrega y, por ende, tanta limpieza… y sin ninguna red. No nos alerta tanto todo esto para Roca Rey a quien salva su privilegiada inteligencia, su enorme capacidad de improvisar lo que conviene hacer técnicamente en cada caso, dadas las varias y repentinas acciones de los toros y, encima, lograrlo sobre la marcha. Puras y variadas las sorpresas que adornan casi todas sus actuaciones a poco o poquísimo que los toros se le presten.

¡Hoy me rindo del todo ante usía, don Andrés! Que vos sigáis así durante el mucho tiempo que le queda y que uno lo vea.

Luis Cuesta – De SOL y SOMBRA: Roca Rey es punto y aparte. Uno de los últimos genios que está revolucionando nuevamente el toreo. Porque no solo hay qué fijarse en su quietud, en sus lances sin enmendar, sino también en el majestuoso esfuerzo del ánimo que tiene este torero, acompañado siempre de un valor inmenso.

Hoy en Las Ventas ha roto las leyes del espacio y del tiempo, dibujando espirales para llevar al toro donde el quería con su muleta y su cuerpo como escudo.

Que Roca Rey es un torero diferente no me cabe la menor duda. Que actualmente es el que más entusiasma a las masas está fuera de toda cuestión. No reconocerlo sería estar ciego.

La pregunta es: ¿Estamos ante un nuevo revolucionario del toreo?

Hay que recordar que los últimos revolucionarios basaron su legado en tres fundamentos: El riesgo, el dominio del toro, y la estética.

De los tres factores, en el del riesgo, Roca cumple cabalmente con los fundamentos inpuestos por toreros como Belmonte y Ojeda, este el último revolucionario.

En cuanto a la estética, el toreo de Roca Rey esta consiguiendo asimilarlo con un concepto de arte superior.

Y en cuanto al dominio de los toros, es preciso señalar que en su novísimo toreo, es algo que tarde a tarde a ido mejorando, prueba de ello es que los toros ahora lo respetan más que en otras temporadas.

Su faena al sexto toro de esta tarde tuvo dos partes: Una, de acuerdo con los cánones clásicos y la otra, de esa emocionante nueva tauromaquia que está anunciado una nueva revolución en el toreo.

Una revolución, que todavía muchos no quieren ver y que quizás cuando menos lo esperen, tocará muy pronto a las puertas de sus plazas.

Antonio Lorca – El País: El joven Roca Rey se erigió en el salvador de la tarde, si es que la corrida tenía salvación posible. El torero lo intentó con todas sus fuerzas ante el sexto de la tarde, cuando los ánimos estaban decaídos y nadie esperaba una recuperación que parecía imposible.

Pero este peruano es un ciclón. Cuenta con la fortaleza y la ilusión como atributos de su juventud; pero es, además, valiente a carta cabal. Ha adquirido oficio y trató de torear como mandan las escrituras. Goza del fervor popular y se ha convertido en el ídolo indiscutible del nuevo público taurino.

Todo se le jalea, todo se le aplaude, pero es que hay que reconocerle el gran mérito de su faena de muleta al que cerraba plaza, el único que embistió en el tercio final.

Esperó al toro en la primera raya del tercio, atornilladas las zapatillas en la arena, y aguantó unos muy ceñidos estatuarios, que cerró con un largo pase de pecho, que produjeron el delirio en los tendidos.

No le acompañaba la fortaleza al animal y dobló las manos dos veces en la primera tanda con la derecha. Cuando todo parecía destinado a la desesperación, Roca Rey lo embarcó en el engaño y le robó redondos hondos y largos, en el sitio justo, en un palmo de terreno, y, por vez primera en toda la tarde, surgió la emoción.

Hubo después un natural excelente y un espectacular e inteligente arrimón posterior; tanto se acercó a los pitones del toro que este lo derribó y, una vez en la arena, le perdonó la cornada. Se tiró a matar de verdad y consiguió una estocada en lo alto que produjo derrame y una muerte fulminante del animal.

Paseó la oreja con todo merecimiento; por su entrega, su encomiable decisión y porque salvó una tarde que había caído por el precipicio del fiasco más absoluto.

Este es el toro de las figuras, el que acabará con la fiesta, el que crían unos cuantos para que jueguen con ellos quienes copan ya todas las ferias al margen de un fracaso en Madrid.

Menos mal que, cuando nadie lo esperaba, surgió Roca…

Zabala de la Serna – El Mundo: Roca Rey remontó a última hora la frustración y arrancó una oreja de ley del sexto con una faena volcánica.

La anchura de sienes del tercero escondía el genio eléctrico que tantas veces se confunde con la casta. Roca Rey lanceó con decisión y quietud. La cortina de agua generaba una imagen borrosa. La media verónica chispeó bajo el aguacero. A RR no le importó para explosionar la faena por cambiados terroríficos. Como las puntas de fuego. La apuesta por la emoción desatada por encima de la necesidad de horma. El calambre del toro enganchaba los derechazos. No era fácil la limpieza. La muleta empapada y la rabia del toro componían una ecuación de difícil resolución. Lo consiguió a base de bajar mucho la mano. Sólo que, cuando logró la conquista, la embestida aminoró el recorrido. Y multiplicó las miradas desafiantes. El torero limeño piso terrenos volcánicos. Ya con la deriva del toro reculando. Y vencido.

Sobre zancos parecía levantado el último. Tan largas sus patas. Un toro hecho cuesta arriba además. Dosificó Roca Rey el castigo y se clavó por saltilleras impertérritas. Del quite de Saltillo brotó una media verónica espléndida. Las zapatillas de plomo del peruano volvieron a hundirse en los estatuarios. Los cimientos temblaron con la espaldina sin espacios. Y con el pase de pecho de pitón a rabo. El poder de su toreo volteó la plaza. Tan atalonado. El toro respondía con fijeza. Sin excelencias. La excelencia brotaba de la estatua peruana. La quietud máxima. El trazo profundo y arrastrado también con la izquierda. Otro cambiado, una arrucina, la embestida por las espinillas. Un circular invertido interminable. Ardía Madrid. Un volcán. En un trance apretado, el toro lo derribó. La bestia quedó asustada ante el hombre tendido. Cuando se levantó, lo crujió de un espadazo monumental. Rodó la oreja de ley del toro que al menos no duró un suspiro. Don King Roca acudía al rescate de la frustración a última hora. El don del rey de piedra. El don de los grandes.

Andrés Amorós – ABC: El tercero tiene un nombre muy adecuado, es un «Navegante» encastado pero flojo. Bajo el chaparrón, Roca Rey, impávido y solemne, logra suscitar olés con el capote; brinda al público; la faena es desigual pero tiene mérito: lo mejor, los naturales; lo más emocionante, cómo aguanta un parón, con los pitones rozándole el muslo. Pero el toro acaba rajado, en tablas.

Al salir el sexto, la esperanza de ver a Roca Rey hace que la gente no haya huIdo, a pesar del miedo al catarrazo. Este último toro sale fuerte pero suelto; tardea, en el caballo; no humilla. Después del quite por saltilleras, el peruano hace la estatua cuatro veces y sorprende al público, sacándose al toro por la espalda. Aunque la res flaquea, se suceden los muletazos mandones, ligados. Cuando aguanta un parón, la Plaza es un clamor y se convierte en un manicomio, cuando se saca al toro con una arrucina. Está tan cerca que el animal lo empuja pero, en el suelo, no hace por él: «Con su valor, lo ha asustado», escucho. Y mata entrando muy derecho: la oreja es el premio justo, pedido por todos. En una tarde difícil, ha mostrado la responsabilidad y la seguridad en sí mismo que distingue a las figuras. Apostilla un vecino: «Como Cristiano, cuando tiró el penalti a la Juve». Escucho a un viejo aficionado: «Mi destino es morir de una pulmonía, en una Plaza de Toros». Pero añade: «Ha merecido la pena». La gente sale empapada pero feliz: se han emocionado viendo lo que esperaban, el fenómeno que es, ahora mismo, Andrés Roca Rey.

Carlos Ilián – Marca: Y así hasta el sexto toro, que se movió y se empleó con genio, lo mínimo imprescindible para que el peruano Roca Rey evitara pues el siniestro total y salvara su paso este año por Madrid. El torero sabía que teclas tocar para que funcionara la conexión con un público de su parte, no olvidemos que es un torero de moda. Y las modas pueden hasta con las exigencias de los sectores más exigentes, ayer acallados por el entusiasmo que despertaba Roca Rey con sus recursos para la galería, pero que resultan válidos en la cara del toro como alguna arrucina o algún pase cambiado.

En los derechazos, apenas se pueden rescatar media docena y los trallazos en el toreo al natural tuvo suficiente para dejar maduro al público y con un enorme volapié tumbar al toro sin puntilla y cortar una oreja.

Juan Diego Madueño – El Español:
A los días de acontecimiento hay que arroparlos hasta el último momento. Posiblemente alguien vaya a utilizar la odiosa fórmula de la decepción y la expectación. Una de las idioteces más insoportables que se pueden escuchar en los esquinazos después de los toros. Insoportable estaba también la tarde cuando salió el sexto. El misterio de si Roca iba a ser capaz de echarse la tarde a la espalda.

El último tenía buenas hechuras. Huía el toro de los capotes y el caballo. El quite fue tomado a mal, las saltilleras, y sobre todo la media, tan buena y cerrada.

La expectación envolvía a Roca en el silencio de la plaza, moteado por los berridos contra el ganadero, y se abrió el peruano en un inicio de vértigo sin mirar atrás. Olvidados los terrenos y las distancias y las querencias el toro giraba alrededor de la rotonda de Roca. La tanda por la derecha que crugió las gargantas llegó cuando se sujetó el toro, al que le costaba un mundo a pesar del buen estilo. Extraordinario otro natural. Roca remontaba la tarde sin artificios, con recursos y consciente del escenario. Un parón lo resolvió acortando las distancias; la arrucina salió limpia y milimétrica. Un traspiés volcó al torero en la cara y el victoriano lo perdonó, ya podido. Roca dio la dimensión exacta de desbordarse. Habrá que esperar un poco más. Lo reventó con la espada y la gente se olvidó de todo pidiendo la feliz oreja.

Patricia Navarro – La Razón: Se repobló la plaza para ver a Roca. Y se paró la lluvia. Quiso. Y quiso el peruano. Con el capote primero. Tan quieto que asusta. Y la muleta después. Estatuarios, más uno por la espalda, que es el que prende la llama, y la locura colectiva. Humilló el toro con esmero y repitió, aunque con ese punto de estar encogido, amedrentado. Por eso que se salvó Roca cuando estuvo a su merced. Roca se ajustó con el toro y cuando se le había acabado el gas tiró de largo del valor que tiene para pasarse los pitones del toro por donde la lógica dice no. Roca apretó en el esfuerzo y lo cierto es que un sector del público también le cuestionó. Estamos ya en la cara b del éxito.

Emilio Martínez – El Confidencial:
Llegó el sexto y a fuerza de no importarle el desangelado ambiente, condenado ya al empate, tiró del toro con tiento, con arte y con mucho temple, y caldeó en varias tandas ese lleno inexistente ya a esas alturas del partido en que todos, también el agua, firmábamos no soportar de nuevo otro aguacero… a cero. Y se plantó delante del toro y se lo pasó por todos lados, y hasta se cayó al suelo por exceso de entregado. Y toreó por la espalda, por delante… y por sus mismísimos huecos. Y cuando a todos el empate nos parecía lo serio, remató Roca Rey de impecable peruana metiéndole un gol a la lluvia en el tiempo de descuento. Impresionante torero que solo sabe de triunfo y que se volcó con la espada. Oreja casi ‘in extremis’ de un torero verdadero que pienso odia los empates, la mediocridad y desde luego los aguaceros.

Sixto Naranjo – COPE: Con la tarde ya en una cuesta abajo imparable, Roca Rey, que quitó por gaoneras, prologó su faena al sexto por estatuarios. Impávido el torero, sin rectificar ni un milímetro. Pero cuando comenzó el toreo fundamental, el toro siguió los parámetros de blandura de sus hermanos de camada. De ahí el mérito de Andrés al atornillarse sobre el ruedo e ir asentando al toro para después atacarlo por abajo. Respondió el toro y permitió varias tandas de profundo trazo a derechas. Al natural hubo un muletazo tremendo por la hondura aplicada. Luego, con el animal más parado, llegó un arrimón sincero con voltereta incluída que llevó definitivamente la pasión de los tendidos. La estocada fue letal y los pañuelos afloraron en los tendidos. La oreja cayó por mayoría.

Paco Aguado – TM Cuadernos de Tauromaquia: He aquí el hombre de moda: es joven y posee un valor descomunal, tiene carisma y llena las plazas. Además su fiebre de gloria no le resta capacidad de crecimiento: o sea, arrolla pero cada vez torea mejor. Su toreo fundamental es mandón y poderoso, a veces asombrosamente lento, y en ocasiones, muy en redondo, rematado detrás de la cadera. Para colmo ve faena en todos los terrenos y, aunque se arrima como un perro, lo hace con la cabeza muy despierta, de ahí que los toros no lo cojan tanto como sería previsible, teniendo en cuenta el sitio que pisa.

La descripción corresponde a Andrés Roca Rey, la inminente gran figura del toreo de los próximos años, y que esta tarde ha cortado una oreja en Madrid.

Ficha del Festejo:

Plaza de Toros Las Ventas de Madrid. Asistencia: 23.624 espectadores

Miguel Ángel Perera:
1º Silencio (1 aviso)
4º Silencio

Alejandro Talavante:
2º Silencio
5º Silencio

Roca Rey:
3º Silencio
6º Oreja

Toros de Victoriano del Río:

1º- Pitos
2º- Pitos
3º- Pitos
4º- Silencio
5º- Silencio
6º- Pitos

Twitter @Twittaurino

Bregando: Un cucharón de Cúchares

Por Jaime OAXACA.

Seguramente alguna vez habrá usted escuchado que a la lidia a caballo se le conoce como El arte de Marialva y que al toreo a pie se le dice El arte de Cúchares.

El pasado sábado 19 de mayo no fue un sábado cualquiera, se cumplieron exactamente 200 años del natalicio de Cúchares, Francisco Arjona Herrera, quien falleciera a los 50 años de edad en Cuba a consecuencia del vómito negro.

Tampoco fue un sábado común porque dos toreros mexicanos actuaban en Europa; uno, Joselito Adame en España y otro, Sergio Flores en Francia; dado el desinterés hacia los toreros mexicanos por las empresas de esos rumbos, que dos mexicanos figuren en carteles del viejo continente, tiene su gracia.

A Sergio no se le dieron las cosas como la afición mexicana hubiera querido, la población y el coso de Vic-Fezensac son pequeños, sin embargo sale el toro auténtico ahí se realiza la suerte de varas con una pureza como ya quisieran tenerla en la propia plaza de Las Ventas.

Cúchares nació en Madrid, desde muy joven se fue a Sevilla, donde taurinamente se hizo torero; él no inventa la muleta, ese trapo nace exclusivamente para llevar el toro a la suerte matar, es Cúchares a quien se le ocurre darle otro uso, empieza a adornarse, sin imaginar que años después lo realizado con el paño fuera lo más importante de una faena, al grado de ganarle la carrera en importancia a la suerte de varas.

El mayor de los Adame, por su parte, cortó una oreja en la capital hispana, acción nada sencilla.

El premio es histórico porque dos días antes su hermano Luis David había hecho lo mismo; dos hermanos mexicanos cortando oreja en la feria de San Isidro, no es algo simple.

Nadie, absolutamente nadie, suponía que Joselito pudiera logar algo con aquel segundo toro de Alcurrucén, un manso que no valía un cacahuate; todo mundo daba por hecho que a ese huidizo no le iba hacer faena, mucho menos que le iba a cortar un auricular.

La guadaña ya se estaba preparando para cobrársela a Adame y no en España, ni más ni menos que en México.

Mientras el de Aguas correteaba a “Rondeño”, ya pensaban en decirle que había dejado ir al primero de su lote, que en la corrida anterior, la del 10 de mayo, no logró nada, que había fracasado en esta feria de San Isidro, que se hubiera tirado a matar sin muleta igual que el año pasado para obtener otra oreja pueblerina.

Para sorpresa de propios y extraños, Joselito metió en la canasta al toro y al público; en la zona de toriles le cuajó pases que nadie creía que pudiera tener el castaño, los asistentes se interesaron en la faena, los olés sonaron, le metió la espada, la petición fue mayoritaria y el juez concedió la peluda.

Adame, como decía el compositor tamaulipeco Cuco Sánchez, no es monedita de oro pa’caerles bien a todos; los de la guadaña también se sorprendieron con la faena, tuvieron que cambiar el argumento: oreja benévola, oreja protestada, oreja pueblerina, no podía faltar que no es figura, que no llena las plazas, etcétera.

Polémico o no, el premio está registrado en la ficha taurina: la quinta en Madrid; pocos mexicanos pueden presumirlo.

Quizá, no lo sé a ciencia cierta, 2018 sea la primera vez que dos hermanos mexicanos participaron como matadores en una feria de San Isidro, que ambos hayan logrado cortar oreja es una hazaña para orgullecer al toreo mexicano.

Guste o no, los resultados ahí están, los Adame se sirvieron un cucharón de Cúchares.

Un torero de Lima a la cima

Por Rubén Amón.

El verdadero nombre de Andrés Roca Rey (Lima, 1996) es Andrés Roca Rey. No necesitaba apodo el ídolo peruano. Lo lleva de serie. Imprime carácter la aliteración de sus apellidos. Roca Rey. Y parecen más propicios incluso a la gloria de un boxeador que al repertorio de un torero. Roca Rey. O King Roca,como se le conoce coloquialmente a propósito de su dureza y de sus expectativas de tiranía. Ha empezado a ejercerla desde la arrogancia, desde la personalidad, desde el valor. Y se han agotado antes que ningún día sus tardes de San Isidro -toreó el viernes 18 y repite el 23-, tanto por lo que representa la inercia triunfal en 2018 (Valencia, Sevilla, Jerez) como por la nostalgia del trono vacante de José Tomás.

El Rey Roca no es un delfín ni un epígono del tomasismo. El carisma y el temple definen sin comparaciones la propia idiosincrasia, pero su tauromaquia de plomo y aplomo incorpora el dramatismo y hasta la psicosis del torero ausente. Cercanía. Estremecimiento. Cara de niño. Espada de caballero antiguo.

El tributo de sangre se identifica en los costurones de su cuerpo. Sus muslos e ingles se retuercen en cremalleras de sutura, pero no se le ha escapado la valentía. Identifican el compromiso del matador y la constancia de su desafío. Roca Rey se hunde en la arena, se atornilla, aunque la gallardía no lo convierte en un temerario, ni en un torero desesperado. La elegancia y la altivez con que se pavonea matizan la testosterona. Y su verticalidad de campanario limeño recuerda más al descaro de Luis Miguel que al ciprés funerario de Manolete.

No es un delfín ni un epígono del tomasismo. Su tauromaquia, de plomo y aplomo, incorpora el dramatismo y hasta la psicosis del torero ausente

Roca Rey es el mayor fenómeno taurino que ha precipitado América desde los tiempos de César Rincón en los noventa, aunque le diferencia del maestro colombiano su alcurnia y su estirpe. Rincón venía del hambre y del pueblo. Roca procede del bienestar. Una familia acomodada de la primera clase limeña que le ha proporcionado educación, centímetros (mide 1,83) y prestancia, hasta el extremo de que la abuela del torero fue Miss Universo en el certamen de Long Beach en 1957.
Se notan los genes de la estética en la imagen distinguida del matador, como tenían que notarse los antecedentes de la tauromaquia. Su abuelo fue empresario en Lima, su tío ejerció de rejoneador, y hasta su hermano Fernando alcanzó a graduarse como matador de toros.

El contexto familiar predispuso el trance del bautizo. Andrés Roca Rey tenía siete años cuando su padre, empresario del algodón, condescendió con que toreara una becerra en su cumpleaños. La experiencia “envenenó” al Andi, tal como lo llamaban entonces. Supuso una revelación a la que no podían objetarse límites. Ni de edad (debutó en público con 11 años) ni de geografía, toda vez que la repercusión del torerillo en las plazas de México y de Colombia acercó el sueño de probarse en España con el pretexto o el compromiso de estudiar.

Andrés Roca Rey tenía siete años cuando su padre, empresario del algodón, condescendió con que toreara una becerra en su cumpleaños

Lo hizo con 15 años en la senda invertida de los conquistadores. Y echó raíces en la Escuela de Tauromaquia de Badajoz, aunque el episodio más relevante de aquellos años de aprendizaje, de pueblos y de tentaderos, sobrevino cuando lo vio torear José Antonio Campuzano, figura de los años ochenta y mentor plenipotenciario de Roca Rey, hasta el punto de adoptarlo como a un hijo.

Compartieron los primeros triunfos del niño prodigio, su debut de novillero (Capiteux, Francia, 2014) y el contratiempo de una grave cornada en Villaseca de la Sagra, aunque las heridas en el muslo derecho no le impidieron doctorarse en la plaza de Nimes el 19 de septiembre de 2015.

La salida a hombros fue la premonición de una carrera tan relevante por los hitos conseguidos (la Puerta del Príncipe de Sevilla, la Puerta Grande de Madrid, el Escapulario de Lima) como por las conquistas pendientes. No se le adivina techo a Roca Rey. E impresiona la madurez que ha adquirido a los 22 años, conservando un aura providencial y hasta un peinado de monaguillo.

La ejemplaridad con que se desenvuelve emula la concentración del samurái. No se le conoce novia a Roca Rey. Se le conocen partidarios de alcurnia. Empezando por Mario Vargas Llosa, cuya presencia en las tardes del compatriota formaliza un rito de fidelidad, y redunda en la sangre azul del fenómenoperuano. Fenómeno quiere decir que Roca Rey se ha convertido en un ídolo en Latinoamérica. Se le percibe como una estrella de rock. Y lo agasajan las masas en las plazas de toros y en los aeropuertos, aunque la fama y el dinero -es una de las figuras más cotizadas del escalafón- no han corrompido su modestia. Le protege el rosario que se ciñe en el cuello y lo hacen sus lecturas.

Roca Rey es un torero sobrio e ilustrado. Le gusta Arturo Pérez-Reverte. Y maneja como un breviario la biografía de Mohamed Alí que escribió Richard Durham. No es sólo una cuestión de devoción, sino de ambición. El propio título de la obra, El más grande, tanto evoca sin pretenderlo el pasodoble de Marcial como implica un camino de perfección que identifica los apellidos de Roca Rey, ahora sí, con el espacio claustrofóbico del cuadrilátero.

Roca Rey pelea contra sí mismo sin descuidar el modelo adolescente que le ha acompañado en las paredes de su habitación en su exilio de Gerena (Sevilla). Y no es Juan Diego Flórez, el tenor peruano, ni Manos de Piedra Durán, el demoledor boxeador panameño, sino Julián López, El Juli. Niño prodigio como él, pero sobre todo hombre prodigio en el umbral de los 20 años de alternativa y rival en los ruedos por la hegemonía de la tauromaquia del siglo XXI.

Publicado en El País

Así vio la prensa la actuación de José Adame en Las Ventas de Madrid

Joselito Adame durante el duodécimo festejo de la Feria de San Isidro. Fernando Alvarado, EFE.

De Toros en Libertad – José Antonio del Moral: Joselito Adame se había hecho un lío con el mejor toro de la tarde, un Acurrucén de alta nota, y con el quinto un toro muy manso, se halló con el que embistió con más celo y más fijeza. Tardó en descubrirlo. Pero una vez resuelto el problema, el diestro mexicano gozó como no lo había hecho desde hace tiempo. A los de siempre no les gustó que de concedieran el trofeo. Pero a los demás que hicieron mayoría casi absoluta, sí. Por cierto, falta le hacía a Joselito que en esta temporada no andaba fino.

Joselito Adame llevaba una temporada desnortado. Uno no sabe a qué se debía porque, Joselito, lo que fue siempre es su gran capacidad. Muy por encima de su estilo. Últimamente, le han salido dos hermanos más altos, más guapos y más adornados por el arte que él. Y creo que eso le tiene – le tenía – desnortado. Oye, que debe ser muy duro que un hermano te moje la oreja. Ayer, aunque tardó, Joselito volvió a descubrir su gran capacidad. Tardó en hallarla, si, pero la halló.

Salmonetes ya no nos quedan – José Ramón Marqués: La verdad es que el pobre de don Jesús María Gómez Martín, Presidente del festejo de hoy, lleva dos días que no da una, el hombre. El otro día la lió con lo de expulsar de la Plaza a un toro que no acometía a los capotes como demostración de su supina mansedumbre, que es una de las condiciones de las reses con la que, a veces, tienen que apechugar los toreros. Y hoy se ha lucido con lo de darle a Joselito Adame la oreja (¿oreja u horeja?) tras un bajonazo de los transitivos, de los que pasan de la mente del toreador y se transfieren de él al toro por el sistema de agarrarlo en los blandos, provocando el desagradable vómito y, para más INRI, haciendo guardia, que para los que de esto no chanan significa que el extremo más alejado del mango de la espada asoma por algún lado de la anatomía del toro. Con esto el joven don Jesús María alcanza en tiempo récord a su compañero don Trinidad, que es el primero que tenemos registrado en la moda de dar oreja al espadazo que hace guardia. Con este bochorno de hoy, cada día uno, con esta orejilla devaluadísima de hoy, lo único que han han conseguido ha sido “poner en valor” como se dice ahora a la de ayer de Castella, meritísima a la vista de los inexistentes méritos de Adame, que obtiene su quinta oreja en Madrid; cinco orejas del río Lethes, que los romanos identificaron con el Sil, cuyas aguas producen el olvido.

Adame volvía a los madriles por segunda vez en la Feria del Isidro. A Óscar Bernal le tocó picar los dos toros de la tarde, al primero de tanda y al segundo estando de reserva. En el primero picó de pena, ganándose la censura del respetable, y en el segundo, un mansazo que le llegó huido del picador de tanda, agarró un puyazo en buen sitio en la puerta de cuadrillas y aguantó con entereza el arreón del manso que le llevó a él y a su cabalgadura hasta el burladero del 6. Adame inició su faena al segundo con una verbena compuesta de cinco del Celeste Imperio, tres del desprecio y uno por alto. Bonito inicio a más y, a partir de ahí faena a menos, nula de colocación y fuera de compromiso, por debajo de las condiciones del toro, que se va sin torear y marcha a esperar su juicio en el Valle de Josafat. Lo del quinto, el de la oreja, es ya como de cámara oculta. Adame se va al toro mandando al tendido la neta imagen de que de la cosa de los terrenos anda pez y de que allí hay alguien que va sin plan alguno, a ver qué pasa. Se pone a torear al manso ¡en los medios! Y el bicho en uno de cada dos se le trata de escapar a zonas de menos conflicto, viendo que aquello no progresa, se lo trae al tercio del 9 y allí, erre que erre el bicho que se quiere ir: el muletazo hacia tablas lo sigue, pero en el que da hacia los medios se le va. Adame sigue la inclinación de animal de nuevo hacia los medios con idéntico resultado que al principio y, de pronto, alguien le dice o él lo piensa que hay que llevarse al bicho hacia chiqueros. Ahí consigue al menos que no se le vaya el toro y allí vende su burra al facilón público de este sábado a base de dejar la pierna escondida, de citar desde la oreja del toro, de estar siempre por afuera y, si acaso, de aplicar cierta técnica no quitando la muleta de la cara para empalmar un cabezazo del toro con el siguiente; al producirse el empalme de los trapazos nace el ya clásico bramido de los que creen que lo está haciendo muy bien y con la degollina haciendo guardia le dan una oreja por una labor deslavazada que hace veinte años no habría sido ni para saludar desde el tercio. La verdad es que al hombre se le veía contento

De SOL y SOMBRA – Luis Cuesta: José Adame ha salvado una actuación que pudo ser desastrosa, si lo tradujéramos en términos futbolísticos, podríamos decir que en tiempos extras.

Ha estado bien con el malo, pero no ha estado a la altura del toro bueno. José Adame como Dr. Jekyll y Mr. Hyde nos ha enseñado las dos caras de su toreo, que consistieron en un toreo sin mucho selló con su primero ante un toro noble encastado que embestía con codicia, casi planeando en su muleta y un toreo con oficio y bullidor ante su segundo, con un manso perdido, pero muy noble y de temperamento muy similar a lo que suele matar en su país, al que finalmente, después de media faena de andar dandole vueltas, se atrevió a dejarle la muleta en la cara para encelarlo y conseguir ligarle unos muletazos rapidillos pero templados, que calentaron a un público entusiasta que le perdonó y le aplaudió todo, hasta una estocada entera pero algo caída.

Seguramente la oreja le supo a gloria al mayor de los Adame, pero no hay que olvidar que pudieron ser otras dos para su cuenta, si contamos el primero de su lote de Alcurrucén y otro toro de su pasada actuación.

Al final cortó una oreja, que sin duda le dará un poco de oxigeno, pero que sinceramente no tapará una actuación con muchos altibajos en el serial isidril.

La Vanguardia – Javier López: El mexicano Joselito Adame fue otro de los toreros en aprovechar las ya eternas rebajas que cierto público de Madrid mantiene por San Isidro, al cortar una oreja de muy poco peso a un manso, huidizo y deslucido toro de Alcurrucén, al que solamente robó dos tandas a derechas antes de matarlo de cualquier manera.

Porque la espada cayó muy baja, y provocó derrame al animal, que, como no podía ser de otra manera, cayó fulminado sobre el albero, algo que incomprensiblemente entusiasmó todavía más a una parroquia inmersa en una fiesta que ya se ha convertido en toda una “rave” taurina, y que no tiene pinta de finalizar hasta el próximo 10 de junio.

Y no se dan cuenta de que por el hecho de dar y regalar orejas no se mejora el espectáculo, todo lo contrario, lo adultera de tal manera que lo convierte en algo totalmente irreconocible, más todavía en una plaza donde la exigencia había sido, hasta ahora, santo y seña de una afición a la que cada vez le van comiendo más terreno esos otros espectadores más festivaleros y, por supuesto, menos entendidos.

Los mismos que vibraron de forma totalmente desmedida con la labor de Adame ante un quinto manso, huido y remiso a cualquier afrenta.

El mexicano parecía desesperarse, igual que el personal, que veía que se marchaba a casa sin nada que poder contar, de ahí que, tras dos tandas a derechas, en las que el de luces consiguió medio sujetar al manso, llegara la locura, con gente puesta en pie aplaudiendo como si Adame hubiera cuajado la faena de su vida. Y fueron dos tandas, dos, meritorias por sudadas, pero tampoco nada del otro mundo.

Ya está dicho que la espada se le fue un palmo abajo. Dio igual. Como también el aparatoso y desagradable derrame de sangre del animalito, según se desplomaba patas arriba sobre la arena. Los pañuelos no tardaron en aflorar, vistiendo los tendidos de blanco, y al usía (otra vez el mismo que le negó el triunfo a Fortes hace ocho días) no le quedó otra que asomar también el suyo.

Algo todavía más preocupante es que Adame paseó la oreja en una eterna y celebradísima vuelta al ruedo, olvidándose posiblemente del toro que se le había ido en su primer turno, el único con posibilidades del envío, aunque solo fuera por el pitón derecho.

El de Aguascaliente no se acopló en ningún momento con él. Demasiado acelerado y deslavazado, sin acabar de someter al animal por abajo, y haciendo un toreo de inercias, a media altura, sin mando y entre incontables enganchones. Pero así y todo, y tras otra estocada defectuosa, hubo algunos que ya en ese momento hasta se atrevieron a pedirle la oreja. Ver para creer.

Marca – Carlos Ilián: Pero además estos Lozano tienen suerte porque en la mansada se coló un quinto toro, igualmente manso pregonado, al que Joselito Adame se obstinó en torear en el tercio a pesar de que el toro pedía la querencia. En ese empeño de cuajar la faena en el terreno hostil para el toro el diestro mexicano tuvo la habilidad de taparle la salida, metido en el cuello fue ligando sin solución de continuidad hasta lograr derechazos que calentaron a la gente y con un bajonazo calentar la petición de oreja, que el palco concedió a pesar de las protestas.

Y ya no tuvo más historia la tarde porque el propio Adame, con un principio de faena torerísimo en su primero, fue decayendo en un trasteo anodino.

COPE – Sixto Naranjo: El lucero segundo, ancho de sienes y largo de viga, también manseó de lo lindo. Miguel Martín y Fernando Sánchez lo bordaron con las banderillas. Joselito Adame también lo bordó en el inicio de faena. Los estatuarios y los pases del desdén sacándose al toro al tercio tuvieron sabor. A derechas el toro tuvo emoción en sus humillados viajes. Entendió la distancia y la altura Adame, que templó y ligó por este pitón. Al natural no hubo igual entendimiento y la faena no recobró la intensidad hasta las manoletinas finales con las que el mexicano epilogó su labor. La estocada rinconera dio paso a una petición que no cuajó en mayoritaria.

Se protestó la presencia del zancudo y vareado quinto. Muy alejado del trapío de Madrid pese a los dos leños que coronaban su testa. No quiso caballo, se dolió en banderillas y salió suelto después de cada muletazo de Adame. Otro manso de tomo y lomo que peso aún más por la deriva de la tarde. Muy inteligente, el hidrocalido logró ligar los pases. La estocada, caída, y la muerte rápida y espectacular del toro elevó la obra al premio de la oreja que tuvo mayoría de pañuelos y que salvaba in extremis la feria de Adame. Las protestas por la concesión del trofeo acompañaron la vuelta al ruedo con el trofeo.

ABC – Andrés Amorós: He dejado para el final a Joselito Adame. El segundo se crece en el caballo, mete bien los riñones. Parean muy bien Miguel Martín y Fernando Sánchez. El toro repite, con suavidad y nobleza, se come la muleta, transmite emoción. El diestro comienza haciendo la estatua, muestra su oficio pero poco más, la faena va a peor.

En el quinto vivimos el momento más interesante de la tarde. Se le recibe con protestas, el toro se frena, mansea claramente, cocea en el caballo y las protestas aumentan. Un irónico vecino se pregunta: «¿Se devolverá otra vez a un toro sólo por manso?» Gracias a Dios, no se ha repetido. De hecho, el manso, yendo hacia chiqueros, embiste fuerte al picador de reserva. El toro está muy suelto y Adame comienza intentado hacer la faena habitual, con derechazos y naturales, en el lugar de siempre: como es lógico, el toro sigue yendo a su aire y no pasa nada. Mediada la faena, cambia de táctica y hace lo que debía haber hecho desde el comienzo: aceptar que el toro vaya a su querencia, sujetarlo por bajo, pelearse con él; es decir, lidiarlo. Para sorpresa de muchos, resulta, entonces, que el toro sí embiste, saca casta, transmite emoción. Mata bien y corta la oreja. Aunque algunos protesten el trofeo, la mayoría se ha emocionado como si hubiera visto algo insólito. Sin quitarle mérito al oficio y la decisión de Joselito, la realidad es que ha hecho lo que tantas veces ha supuesto un triunfo grande, en Las Ventas: Paco Camino, Capea, Roberto Domínguez, Fernando Lozano, Enrique Ponce, Roca Rey, bastantes más…

La Razón – Patricia Navarro: Jugó, con permiso de la palabra, con el factor sorpresa. Porque la tarde no iba. Y el toro tampoco. Hablamos del quinto, un toraco feo de hechuras y cornalón. De la corrida de Alcurrucén. Y del mexicano Joselito Adame. De un buen lleno madrileño en plena feria. Una feria que cada día respira distinto y que cada jornada Fortes vuelve a la cabeza, por aquella injusticia y otras que nos quedan con dudas. Manseó el toro con ganas, descaro incluso, como si no se avergonzara dentro de su condición de toro bravo porque, además, su encaste Nuñez se lo permite.

La tecla vino con el cambio de terrenos y dejándole al toro elegir, le correspondió el animal la generosidad descolgando algo la cara en el viaje, lo que en verdad ya había hecho en el capote y con repetición. Después de la seguridad que imprimió al trasteo, se fue detrás de la espada muy de verdad, con la misma verdad que el acero se fue abajo, caidita, eso sí de efecto fulminante. Se le pidió el trofeo. Y se le concedió. Con protestas en este caso. Y cuestionable el lugar exacto de la espada. Remendaba las grietas que había dejado en el segundo, que fue el toro con más nota del encierro.

Se desmonteraron con él Miguel Martín y Fernando Sánchez tras exponer al parear. Tuvo el toro movilidad y repetición y más entrega por el pitón diestro. Por ahí sostuvo Adame la mejora tanda, después del comienzo por estatuarios. Cuando cambió al pitón zurdo no le cogió la medida, tenía el animal menos cualidades, y tiró el mexicano por una faena de recursos, de circulares y manoletinas sin una estructura real que la mantuviera en pie.

Por el Pitón Derecho – Dario Juárez: Segundo paseíllo para Joselito Adame. En el retrovisor, la gran tarde de su hermano hace unos días y la sensación de que el devenir de lo que pudiera suceder fuera la cruz definitiva de Madrid.

Lamentable, como viene siendo habitual, fue la falta de seriedad de los tendidos al pedir la oreja del quinto tras una estocada notoriamente caída. Es cierto que el mayor de los hermanos acabó entendiendo lo que podía regalarle el animal, pues su condición fue huidiza, mansa a más no poder y sin ninguna emoción. Pero la entendió demasiado tarde. Mostró tesón para engañar al toro dejando la muleta en el hocico sin dejarlo pensar. Poco más.

Con el segundo, al que no le sobraron las fuerzas, estuvo muy apático. Quiso encauzar la embestida encastada que traía el pitón derecho con un toreo en profundidad que despedía hacia fuera. Todo ello tras un inicio de faena por estatuarios y remates por abajo muy toreros. Lo demás fue paja y pases mudos. Destacar en su haber el porte y la categoría de su cuadrilla de a pie, especialmente en la figura de un gran tercero como Fernando Sánchez.

Diario Crítico – Por Emilio Martínez: El festejo, con ciertos altibajos, rayaba lo mínimamente aceptable en cuanto a espectáculo en los dos primeros toros, que a pesar de su mansedumbre, iban y venían. Y que comparados con lo que saldría después eran de lujo. Pero a partir del tercero la escasa casta del encierro se vino abajo definitivamente y, claro, los tendidos aprovecharon una faena despegada y populachera de Joselito Adame en el quinto para divertirse y creer que aquello era el toreo. Y no.

El toro no se empleó en ninguno de lo tercios anteriores y llegó a la flámula desentendiéndose del engaño, máxime si Adame se empeñaba en torearlo en el platillo. Cuando el aburrimiento iba a alcanzar su grado máximo, el burel se fue, por decisión propia, a la querencia de chiqueros y allí, su matador, retorciéndose antiestéticamente hasta el infinito y aprovechando el viaje de su enemigo tendente a tablas, le endilgó varias series de redondos descargadísima la suerte que fueron jaleadísimos por un público en su mayoría más propio de Benidorm que de la cátedra.

Encima, Adame le pasaportó de un horrendo bajonazo y esa mayoría enloqueció creyendo que habían visto a Belmonte, a la cumbre del toreo. La verdad es que la afluencia de moqueros estaba en el límite para conceder o no el trofeo. ¿Y qué pasó? ¡Exacto! Otro usía también tipo talanqueras, Jesús María Gómez, la concedió, mientras el resto de los asistentes, la minoría que entiende, quería suicidarse y protestó con mucha fuerza.

Adame en su segundo, comenzó su labor al segundo con cinco estatuarios y pudo extraerle algunas series de redondos, pero también ventajistas y la cosa quedó en casi nada.

El País – Antonio Lorca: Joselito Adame que se las vio en quinto lugar con un manso de libro, el peor presentado del festejo, que se negó a embestir hasta que el mexicano comprendió que se estaba jugando el futuro y decidió presentar la muleta como mandan los cánones. Embistió, entonces, el toro y la faena alcanzó una intensidad inesperada; tan inesperada que le cortó una oreja, protestada con razón por parte del público.

Ese mismo torero conoció la hiel ante el segundo, el más encastado y fiero, con el que se lucieron, y bien, Miguel Martín y Fernando Sánchez en banderillas. Adame lo intentó de veras; primero, con ceñidos estatuarios, un recorte y un largo pase de pecho torerísimos. Continuó después con buen tono con la mano derecha, pero al tiempo que el quehacer del torero intentaba sin éxito alcanzar la emoción aumentaba la fijeza, la codicia y la exigencia de su oponente. Total, que quedó la certera impresión de que el toro se fue sin torear y que Joselito no le había llegado ni a las pezuñas.

El Mundo – Zabala de la Serna: Puntuó el alcurrucén que hacía segundo. Girón, chorreado, bajo, fino de pitón. Notables hechuras. Una pintura. Joselito Adame vio las posibilidades. Que las entendiese todas fue otra cosa. El toro viajaba pronto, largo y descolgado. Adame no le cogió el aire siempre. Ni el sitio para dejársela en la cara. Recogió el torero de México los cuajados aplausos en el tercio como consuelo. Más unánime sonó la ovación para Segoviano.

Cuando saltó el quinto a la arena, se comprendió pronto que entró a última hora por alguna de las bajas. Feas las hechuras de la bestia. Toro al carrer. Bou de las calles. No quería trato con nadie. Volvía grupas y se volvía al revés. La faena de Joselito derrochó fe. Paciencia y tenacidad. El “7” recriminaba cosas. Un zambombazo con la espada tiró sin puntilla al manso. Delantera la colocación. Sitio mortal el rincón. La oreja más trabajada de toda la feria sembró la polémica.

El Español – Juan Diego Madueño: El quinto tenía la frente afilada y dos puntas oscuras, dagas que nacían en la sombra de la cara, partida por la zona umbría de los ojos. Huyó siempre con la rabia comprimida. Empujó al caballo que guardaba la puerta, trasladando al autobús hasta los terrenos del 6. Con el titular no quiso nada.

Cada vez que se daba la vuelta del revés en la muleta, avanzaban un tanto el matador y él, apurando la distancia hasta chiqueros. Marcaba los terrenos el alcurrucén. Se empeñó Joselito Adame en torear en la orquilla del 9 y el 10. Intentar ganar a un toro por cabezonería es entrañable. En su territorio salía desentendido pero se dejaba agarrar con la muleta puesta. Y se paró también. Si se le atacaba a su altura y sin espacios iba y venía penosamente y Adame garabateó dos tandas que entusiasmaron, sin parar la última con todo el repertorio de remates ofrecido. Eso los volcó. No ví aquí ninguna maniobra brillante del mexicano. A Adame le sonó el despertador justo a tiempo. La estocada tuvo un efecto inmediato, caída y mortífera, derrumbando al toro panza arriba. La petición se alimentó de las protestas. La oreja vino en tromba, debatida. El público lo vivió con desenfreno. A ver por donde desemboca todo esto.

Al segundo los tramos blancos de piel le sentaban como a una cordillera las manchas de nieve, las zonas todavía por derretir. Por la barriga, la frente, el rabo, en las axilas. Con hechuras aerodinámicas, fino. Se lo reservó todo para la muleta.

El inicio de faena de Joselito Adame fue un chispazo. A la trincherilla llegó la gente metida. Esa intensidad se mantuvo en la siguiente tanda y en la otra. Joselito Adame ligó varios derechazos y el público respondía. Al natural se fue el WiFi. El toro mantuvo el gas. Salía con todo hacia la muleta. Se tantearon por ese pitón, Joselito lo desplazaba, el alcurrucén había bajado un punto, perdida completamente la conexión. Entre sus defectos la faena fue cayendo. El último tramo lo hizo lanzado el mexicano. Con el piloto automático. Hubo protestas al saludo.

Taurología – Redacción: Pese a todas sus deficiencias, hubo dos toros que tuvieron mayores opciones de las que se vieron en el ruedo. Se corresponden con el lote de Joselito Adame. Y así el 2º, el único que peleó con cierta nota ante los montados, pedía una receta diferente a la que aplicó el de Aguascalientes. Cierto que el calambrazo del final de las suertes no facilitaba las cosas, pero con un poquito más de ritmo y de argumento, el relato muletero debería haber ido a más.

El quinto llevaba el cartel de manso, pero un manso que metía la cara por abajo cuando se le provocaba. Adame tardó demasiado tiempo en en decidirse a que el de Alcurrucen se asentera en ese su lugar de paz que para el eran tableros de toriles, Allí hasta obedecía bien cuando se le ponía muleta y se trataba de llevarlo muy metido en ella, sin dejarle espacio para salirse de la suerte, hasta hilvanar las series, que ahora sí prendieron más en los tendidos. A sus dos toros los mató en el célebre rincón, de tanto y tan rápido efecto. Este fue uno de los factores por lo que un sector del público protestara la concesión de la oreja del 5º.

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Bregando: Es hora de revivir el Relicario

Por Jaime Oaxaca.

Más pronto que rápido ha terminado la feria taurina de Puebla Capital, la buena noticia fue que se reinauguró El Relicario, la mala que sólo se llenó media plaza en los festejos.

La empresa que organizó las toreadas tuvo como cabeza a Pedro Haces y Curro Leal, aunque el rumor que Rafael Herrerías es parte de la empresa está latente, inclusive se dice que le dieron el paquete de toros y gallos; vaya usted a saber.

El Relicario estuvo abandonado casi dos años, de 2016 a 2018; la plaza fue remodelada para la feria 2018, quedó en buenas condiciones, se presentían llenos, se auguraban corridas con los tendidos pletóricos de aficionados que regresarían a su plaza por el cariño que le tienen; no fue así.

Con el cierre del coso inaugurado en noviembre de 1988, se echó a la gente de la plaza y no es fácil regresarla, nada fácil, mucho menos si sólo se piensa ofrecer las corridas de feria.

El Relicario fue una parte importante de la tauromaquia nacional, llegaron a realizarse hasta 25 festejos en un año, un promedio de un par cada mes; taurina y económicamente era un coso productivo que se perdió.

Probablemente a la nueva empresa le interese abrir El Relicario, tendrá que ofrecer corridas en las que no vengan figuras españolas para que el costo de boletos sea más accesible al público; el costo de los boletos y la poca publicidad, parecieran las razones principales de la ausencia de aficionados.

Sin que fueran elefantes con cuernos, la empresa compró para la feria ganado bien presentado, salvo dos o tres excepciones, si eso se logró a pesar de castellas y ponces, seguramente podrán hacerlo para diestros mexicanos que tengan ganas de jugársela, hay toreros, lo que faltan son oportunidades para ellos.

Ganado con trapío, diestros con hambre de triunfo, boletos a buen precio, auténticas ganas de realizar algo por la fiesta, suficiente publicidad, acercamiento con la afición poblana, harán que la gente regrese al coso ubicado en la zona histórica de Puebla.

Todo indica que este año se mantendrá en pie El Relicario, además se invirtió una buena cantidad de dinero para arreglarlo.

Así que mientras llega un nuevo gobernador, que a lo mejor se le ocurre tirarla, saquémosle provecho.

Tiene varios años que no se definen los triunfadores de feria, la última vez fue cuando Juan Huerta estuvo como empresario, con parte de la prensa definieron los triunfadores; sin embargo, no se entregaron premios, ya pasó la época en que la Asociación Taurina entregaba trofeos a lo mejor de la feria.

Este año, no se entregarán premios, pero nada me impide definir a lo mejor de las tres corridas que se ofrecieron.

El triunfador fue Federico Pizarro quien cortó dos orejas, fue el único que lo hizo en las corridas de feria.

La mejor faena también la logró Pizarro, al toro Seda Blanca de Villa Carmela, quinto de la noche del 27 de abril.

Desierta la mejor estocada.

Los mejores lances fueron las verónicas que logró Arturo Saldívar a Hasta Siempre de Marco Garfias, lidiado en sexto lugar el 4 de mayo.

El mejor puyazo fue de Daniel Morales al toro Seda Blanca.

La designación a la mejor brega corresponde a Juan Ramón Saldaña a Poblano de Villa Carmela, lidiado en lugar el 27 de abril.

Héctor Gutiérrez fue el novillero triunfador; esa noche Juan Ramón Saldaña dio una catedra de sexto que es bregar.

Queda mucho trabajo por realizar taurinamente en Puebla, los pocos grupos taurinos pareciera que están alejados de fiesta, únicamente Tradiciones y Cultura realiza las conferencias de Los Toros Hablados, aunque tres charlas al año son insuficientes para rescatar el taurinismo poblano.

Puebla ya recuperó su recinto taurino, no es suficiente, queda mucho por realizar, es hora de revivir El Relicario.

Publicado en El Popular

Feria de San Isidro: Las figuras se reparten tres orejas

Por FERNANDO FERNÁNDEZ ROMÁN.

Para torear así, tal cual se muestra en el documento gráfico, el torero tiene que tener la gallardía y el chispazo de inspiración propio de una gran figura del toreo, y el toro tiene que embestir de esa manera. Si ambas cosas no se circunstancian, la belleza del arte del toreo no se produce.

Reflejada la premisa, lo emblemático de la fecha en que se produce el hecho obliga a rendir emocionado culto al Torero por antonomasia, al que fuera indiscutible Sumo Sacerdote de la Tauromaquia de su tiempo, al ídolo inmolado en la plaza de toros de un pueblo toledano, va para un siglo. Noventa y ocho años, exactamente. Noventa y ocho tardes de toros en que los toreros de última generación que se visten de luces cada 16 de mayo, se descubren e inclinan la cabeza para musitar una oración en su recuerdo. Noventa y ocho veces ya que una multitud se pone en pie y guarda un respetuoso minuto de silencio en su memoria. Y es que ayer, hizo noventa y ocho años –se dice pronto—que a Joselito el Gallo le mató un toro en Talavera. Y nos seguimos acordando de él. ¡Cómo sería de grande su arte y de fecunda su obra!

Ayer se colocó el cartel de No Hay Billetes en la fachada de la Plaza de Las Ventas, porque actuaban tres toreros considerados figuras en esta época, dos consolidados, Manzanares y Talavante y uno, Ferrera, que viene trepando por los vagones del tren del toreo y va camino de alcanzar la locomotora. Decir tres figuras del toreo y público de Madrid, equivale a escenificar un escenario de permanente beligerancia. ¿Por qué razón? Razón, ninguna. En cuestiones taurinas, esto es Madrid. La villa y corte. El centro geográfico del país y, por supuesto, el santo y seña de la Tauromaquia; dicho lo cual, conviene recordar que Joselito el Gallo no actuó hace noventa y ocho años en Madrid porque la hostilidad de su público de toros se hacía ya insoportable. Hay que irse, Juan –le dijo a Belmonte–, vayámonos por un tiempo de la Plaza de Madrid y dejemos que vengan otros toreros…; pero se fue solo él, a encontrar su muerte talaverana junto al río Tajo, pegado a la ermita de la Virgen del Prado. Y ahora Madrid, año tras año, como si de una contrición perpetua se tratara, se quita el sombrero, se pone en pie y le dedica un minuto de silencio que a mi me parece más que de rendición admirativa, de remordimiento.

Con estos antecedentes, suponíamos que la corrida de máxima expectación acabaría como el rosario de la aurora. Figuras y Madrid, igual a petardo. Así sucede casi siempre. Pero, venturosamente, no sucedió tal cosa.

Sucedió que vimos al resurgido Antonio Ferrera, ahora colocado en modo homo levitating, vestido de raso y oro, torear a un toro de Cuvillo como si fuera una becerra de tentadero, incluso sin pensar en el premio a ganar, es decir, sin ánimo de lucro. Torear sin ánimo de lucro, aunque sea una metáfora, supone que el toro tampoco ha de poner apenas dificultades, como así era. No quiere esto decir que el peligro –de muerte, también, por supuesto- no acechara al torero. Quiere decir que el toro debe poner emoción a su embestida. Si esa emoción no aparece, el arte puede llegar a convertirse en artificio. Ni ese primer toro de la corrida ni el cuarto de la tarde, segundo del lote de Ferrera, generaron la emoción que lleva implícita la casta brava, por tanto, la emoción hubo de buscarla el torero por la vía de la estética, aunque también debiera estar lejos del amaneramiento. Antonio toreó a sus dos toros despacio, despacio, despacio porque los toros acometían andando, pesadamente. Toreó a placer. Para su placer, principalmente. Dos faenas de parecido corte, con algunos chispazos de cierta genialidad, en las que intercaló muletazos de bella composición. Al primer toro lo mató de una excelente estocada y al segundo de su lote, después de una faena de espejo larguísima, con algunos muletazos que podían servir de modelo para un cartel de Ruano Llopis, de un metisaca en los bajos. Oreja y aviso fue el balance de Ferrera, pero si llega a colocar a este cuarto toro un volapié tan magnífico y tan eficaz como el que recetó al primero, en esta corrida Antonio abre la Puerta Grande de Las Ventas.

Otro tanto le ocurrió a José María Manzanares, que se enfrentó al toro de mejores hechuras del lote enviado por Núñez del Cuvillo, jugado en segundo lugar y de 555 kilos de peso. Eso es entrar en razón. Fue éste un toro algo corretón de salida, al que picó superiormente Chocolate-hijo, pero un toro al que había que someter, porque su encastada embestida generaba calamocheos y rebrincamientos difíciles de aplacar. José María cuajó muletazos excelentes, de largo recorrido y templanza evidente, a pesar de que un sector del público le recriminaba constantemente, con ese ponte aquí y quédate allá, que es el tópico preferido o el catecismo de moda en estos tiempos. Lo cierto es que la labor de Manzanares en este toro fue francamente meritoria, pero caprichosamente devaluada por una corriente empecinada en el distorsionado del sentido común. El quinto fue un jabonero sucio de bella estampa, al que el diestro alicantino toreó de capa con ampuloso juego de brazos y bamboleo suave de la tela. Se arrancó el toro de largo al caballo de picar y Manzanares le volvió a ofrecer la capa para torear por delantales, suaves, sedosos, lentísimos; tan lentos que en uno de ellos por poco se lo lleva el toro por delante. Después, el de Cuvillo presentó problemas por el pitón izquierdo, pero tomó bien –sin perder temperamento— la muleta por el derecho, donde José María encontró los momentos más inspirados. Dos series por ese lado fueron sencillamente magníficas… a pesar de los pesare de por allá arriba del graderío. Otra vez montó la espada y ejecutó el volapié con perfecta sincronía de movimientos, metiendo el acero por el hoyo de las agujas. Solo por la estocada, la oreja que paseó el torero fue un premio de máxima justicia.

Al tercer espada del cartel AlejandroTalavante, le echamos de comer aparte, que diría un castizo. Su primer toro, tercero de la corrida fue un toro enrazado, corniveleto y respondón, al que Talavante toreó por bajo con unos muletazos de inspirado concepto –me atrevería a decir que se le ocurrieron sobre la marcha–, flexionando la pierna de salida de la suerte y obligando a humillar hasta lo inverosímil al toro de Núñez del Cuvillo. Incluso se permitió el lujo de mirar al tendido.

Comienzo tan explosivo auguraba una faena de altas dimensiones, pero el temperamento del toro no permitió excesivas florituras al torero. No obstante, el Tala cuajó muletazos magníficos, sobre todo en dos series con la mano derecha y una –excelsa—de naturales. Mató de estocada casi entera y la oreja cayó, sin discrepancia alguna que tuviera base concreta y sensata. Mejoró su actuación en el sexto, sin duda el toro de la corrida. Un cuvillo castaño que derribó con estrépito al caballo y al picador, Manuel Cid; acudió de nuevo con fijeza al área de castigo y apretó de firme bajo el peto. Arreó en banderillas, pero Juan José Trujillo le ganó la cara en dos pares meritorios, que le obligaron a saludar. La faena de Talavante a este toro olía a Puerta Grande. Más aún: a triunfo grande, de dos orejas. Y a fe que a punto estuvo de conseguirlo, porque toreó de muleta con arrebatada personalidad y desbordante torería. Las series en redondo con la derecha, perfectas; las de naturales, inmaculadas. Faena de gran intensidad que no firmó su espada como merecía. Dos pinchazos y estocada. La ovación, supo a poco.

Tres orejas, tres se repartieron las figuras ayer en Las Ventas del Espíritu Santo. Los tres, tienen nuevas comparecencias contratadas. Los tres deben agradecer a Núñezdel Cuvillo la corrida que envió a Madrid: toros de razonable peso, algunos bien corpulentos, pero todos ellos armados con dos puñales puntiagudos. Corrida, pues, seria y buena en líneas generales, con los matices descritos.

Corrida en la que un año más, salió revalorizado José Gómez Ortega, Gallito, o Joselito el Gallo, como ustedes quieran. En cualquier caso, el Rey de los Toreros, antes, ahora y siempre. Un Rey que ha dejado en prenda su corona: la montera que tuve el honor, el placer y la fortuna de tener entre mis manos durante varios minutos, hace tan solo tres días. Todavía me tiemblan de emoción.

Publicado en República

Foto: NTR Toros.

Rodolfo Gaona y el carácter de una figura de época

Por Antonio Casanueva Hernández.

El carácter ha sido una cualidad común en las figuras del toreo. Tener carácter implica entendimiento de las dificultades externas y dominio, a través de la voluntad, de los apetitos sensibles. Llano (1999) explicaba que una persona con carácter es capaz de cultivar la sensibilidad, ordenar los sentimientos y desarrollar la imaginación. Así fue Rodolfo Gaona. Un torero que estuvo sujeto a las mayores complicaciones en distintos ámbitos y que superó todas aquellas vicisitudes para convertirse en una de los toreros más trascendentes de todos los tiempos.

En su libro íntimo confesó que, “a ningún torero mexicano le ha costado más trabajo que a mí darse a conocer de los públicos españoles” (Monosabio, 1925, p.37). Después tuvo que superar intrigas, amenazas políticas, aislamientos, chismes… Al igual que frente a los toros, con elegancia, siempre salió avante y triunfador.

Gaona fue descubierto por Saturnino Frutos “Ojitos”, un personaje estrafalario y suigéneris que fue fundamental en el desarrollo de la fiesta de los toros en México y, como lo explicamos en el artículo anterior –gracias al propio Gaona, su discípulo más aventajado–, pieza clave en la internacionalización del toreo. Ojitos fue un valiente banderillero madrileño que llegó a torear en la cuadrilla de figuras como Salvador Sánchez “Frascuelo”. Tenía espíritu de aventurero y de inventor (Padilla, 1987). Se asoció con Ramón López Portal, empresario de la antigua Plaza México, para descubrir y formar toreros mexicanos.

Ojitos creó la primera escuela taurina mexicana y la Cuadrilla Juvenil Mexicana para formar no sólo toreros, sino hombres de bien. En su primer encuentro con el entonces adolescente Rodolfo Gaona, Ojitos le dijo “…quiero hacer una cuadrilla de toreros, pero una cuadrilla modelo, de toreros que sepan estar en sociedad y portarse como gente decente. Porque se puede ser torero y no ser un vicioso…” (Monosabio, 1925, pp.25-26).

Ojitos fue un gran pedagogo y dejó una clara ruta de disciplina y torería para la formación de jóvenes toreros. Después de los primeros triunfos de la Cuadrilla Juvenil, unos oportunistas intentaron boicotearlo ofreciéndole dinero a los alumnos para que se cambiaran de empresa (Padilla, 1987). Gaona se mantuvo leal a su maestro. Eso permitió el surgimiento no sólo de una gran figura sino de una idea que directa o indirectamente ha seguido influyendo en la tauromaquia mexicana. Si bien Guillermo Ernesto Padilla (1987) escribió el magnífico libro El Maestro de Gaona, la historiografía aún está en deuda con Ojitos.

Es necesario rastrear las enseñanzas de Saturnino Frutos y documentar cómo contribuyó, por ejemplo, a la forma en que se banderillea en México, a la manera en que chorrean la vara algunos picadores y a otras particularidades de entender el toreo en algunas regiones de México. Afortunadamente aún existen maestros como Óscar Rodríguez “el Sevillano”, Pablo Miramontes o Diego Bricio quienes, a través de la tradición oral, han bebido en la fuente de Ojitos y trasmiten a sus alumnos algunos de los conceptos y métodos arraigados a la idiosincrasia de la torería mexicana.

Rodolfo Gaona impresionó desde sus primeras presentaciones como novillero. Entre 1907 y 1908 triunfó fuertemente en Puebla, en la antigua Plaza México y en el recién inaugurado Toreo de la Condesa. En Guanajuato, causó tal impacto que el periodista Joaquín González “El Quino” escribió, en el periódico local El Barretero, lo que se repetiría en muchas tardes después de las actuaciones de Gaona: “Las campanas de León tocan a Gloria”(Padilla, 1987, p.161). Tras semejantes éxitos y después de haber toreado 122 novilladas fue que Ojitos decidió llevarlo a España.

Como habíamos escrito anteriormente, el inicio en España fue complicado. Ojitos no tenía los contactos, además el ambiente era cerrado. Para dar a conocer a Rodolfo, tuvieron que rentar un par de plazas y organizar ellos mismo las corridas. Finalmente, el público español solicitó a las empresas que empezaron a contratar a Gaona. Durante su primer viaje a España, inauguró la Plaza de Vista Alegre en julio 1908 alternando con Bombita y Machaquito. El crítico Serrano García Vao “Dulzuras” escribió:

…el público vio en él algo extraordinario y su trabajo en conjunto hizo concebir grandes esperanzas (…) En lo que gustó extraordinariamente fué en el toreo de muleta, pues con la planta clavada en el suelo y el cuerpo erguido estiraba o levantaba los brazos según era de necesidad y muchas veces en la que se creía que la cogida era inevitable, se despegaba los toros con una facilidad incomprensible y las llevaba por terrenos que no parecía posible que pasara (citado en Uno al Sesgo, 1922, p.17).

Al año siguiente toreó 32 corridas, no sin dificultades. Para tratar de cerrar su paso avasallador, le inventaron una calumnia. Por los ambientes taurinos empezó a circular el rumor de que Gaona había pisoteado una bandera de España. Fueron los mismos toreros y subalternos los que intentaron presentarlo como “anti-hispanista” para desacreditarlo con el público que lo estaba convirtiendo en su torero predilecto. La ventaja es que frente al toro lo único que cuenta es el valor, la verdad y la estética del toreo. Ahí, Gaona superaba a todos los de la época. El propio Rodolfo se expresó sobre el incidente de la siguiente manera: “Sin embargo, la calumnia idiota siguió su camino y me causó muchos dolores de cabeza (…) Señor, ¿por qué permites que haya imbéciles?” (Monosabio, 1925, p.59).

Regresó a México y causó sensación. Se enfrentó y superó a toreros españoles como Lagartijo Chico, Manolete (papá del Monstruo de Córdoba) y Cocherito de Bilbao, entre otros. En esos años, en México lo involucraron en un asesinato. Una mañana de 1909, apareció en los periódicos la noticia de que se había encontrado muerta a la señorita María Luisa Noecker. En el cuello, el cadáver llevaba un medallón con un retrato de Gaona. El maestro leonés fue llevado a prisión y los periódicos siguieron morbosamente el caso. María Luisa Noecker era admiradora de Gaona, pero –por lo que declaró el propio matador– nunca llegaron a conocerse. No obstante, pasó más de veinte días detenido. Al salir libre, los aficionados lo recibieron como héroe, pero surgieron también sus detractores. A partir de entonces, los aficionados en México se dividieron entre gaonistas y anti-gaonistas.

Todos querían ver a Gaona. Era tal su fama que los personajes públicos deseaban ver y retratarse con el joven maestro. Porfirio Díaz lo invitó a su casa y fue a verlo torear. En aquella ocasión, Rodolfo le brindó la muerte de un toro. El Presidente Díaz le correspondió con una cartera de piel con adornos de oro, en el interior iba un billete de banco y una nota de su puño y letra que decía: “Espero que nunca necesites cambiar este billete” (Padilla, 1987, p.199).

Gaona se retrató con varios políticos de la época como Madero, Álvaro Obregón o Victoriano Huerta. De hecho, Venustiano Carranza utilizó, como pretexto, una foto en la que el joven matador aparecía con Huerta durante una comida en Tlalpan, para acusarlo de traidor, robarle la totalidad de su patrimonio –con la figura de la incautación– y prohibir las corridas de toros en la Capital (mediante este ejemplo se entiende por qué en México se acuñó el verbo carrancear como sinónimo de hurto, estafa o triquiñuela).

En 1911 empezaron sus mayores triunfos en España. Estuvo por encima de figuras locales como Bombita, Machaquito, Manzantini y Rafael “El Gallo”. No sólo sorprendió con una nueva forma de ejecutar el lance “de frente por detrás” de Cayetano Sanz, sino que lo hizo parte habitual de su tauromaquia. Si bien era un quite que otros toreros habían realizado, Gaona le imprimió características distintivas: ligazón, quietud, temple y profundidad(Ramón, 2008). Fue tal el sello de Rodolfo que Don Pío propuso llamarles “gaoneras” (Morente, 2013).

En 1912 Gaona realizó en la Real Maestranza de Sevilla la que él consideró su mejor faena en España:

Esa tarde —21 de abril— realicé la mejor faena de mi vida. Fue en mi primer toro, que era bravísimo (…) lo cambié de rodillas, lo toreé por verónicas y gaoneras, de modo superior. Le hice cuatro o seis quites superiores, porque el toro peleó magníficamente en varas. Y tomé las banderillas y le colgué cuatro pares soberbios. Todo dentro de una constante ovación (…). La faena de muleta fue breve y artística: quince muletazos magistrales, solo, derecho y toreando de brazos, y lo tiré patas arriba de una estocada sin puntilla (Monosabio, 1925, pp.116-117).

Estaba en la cumbre del toreo. Dice el historiador José F. Coello que “Gaona ya no sólo es centro. Es eje y trayectoria del toreo aprendido y aprehendido por quien no quiere ser alguien más en el escenario (…) Y es que el leonés comulga con el pasado, lo hace bandera y estilo” (Coello, 2017).

Es entonces cuando aparecieron Gallito y Belmonte, quienes revolucionaron el toreo. Nada volvería a ser igual. Para no desaparecer como las demás figuras de la época, Gaona se vio obligado a desaprender y reinventarse. Las enseñanzas de Ojitos habían quedado obsoletas. Había llegado la Edad de Oro del Toreo y Rodolfo tenía que adaptarse. Haciendo gala de templanza y flexibilidad, Gaona cambió de estilo. En sus memorias, se refirió a ello de la siguiente forma:

Cambiar de estilo, para muchos será imposible y para todos muy difícil. A mí me fue fácil. Al domingo siguiente, en San Sebastián, salí por ‘soleares’. Y hubo agarramientos del pitón, y molinetes, y mucho de arrodillarse y hacer que el toro tomara la muleta, y pases en el estribo, y cuando se estilaba en aquellos días (Monosabio, 1925, pp.136).

Rodolfo Gaona logró volverse parte de la terna de la Época de Oro del toreo. Para demostrarlo, Alameda (1989) cita un par de editoriales de Juan León publicados en El Ruedo de Madrid, en 1970: “Ya dejé apuntado que en la Edad de Oro del toreo, así llamada por los furibundos partidarios de Joselito y Belmonte, con estos dos diestros sevillanos se completaba una terna que hoy me parece justo llamar de oro, con el mexicano Rodolfo Gaona”(citado en Alameda, 1989, pp., 150-151). Aunque de los tres, el único que triunfó, tanto en México como en España, fue Gaona.

Cuando Joselito se hizo la primera figura y el mandón del toreo, intentó bloquear a Gaona, quien representaba una auténtica amenaza. Ambos eran toreros largos, completos y magníficos banderilleros. Gallito no quería una competencia como esa e intentó boicotearlo. Prohibió que se presentara en Sevilla y exigió a las empresas que su hermano Rafael actuara como primer espada. Gaona se sobrepuso a aquellos obstáculos y se convirtió en un torero fundamental en los años más importantes de la Época de Oro. El 21 junio de 1917, estuvo presente en una de las corridas más relevantes de la historia del toreo moderno en Madrid, la corrida de “los dos solos”. Alternaron Gaona, Gallito y Belmonte. Rodolfo y José habían estado magníficos en sus primeros toros. En el quinto de la tarde de nombre Espumoso, Gallito ofreció los palos a Gaona. Alameda narra aquel segundo tercio:

¿Qué quería José? ¿Demostraron que también era capaz de humillar a un coloso del segundo tercio? Entonces, además de un reto, era un reconocimiento: ‘Ya me he medido con los demás, ahora voy a medirme con el mejor’. Y allí estaban, el gitano y el indio, frente a frente (…)

El tercio fue definitivo. Clavaron cuatro pares de banderillas, ni mejor ni peor el uno que el otro. Equilibrio en la perfección.

De pie, unánime, el público prorrumpió en un grito: ¡‘los dos solos, los dos solos!

Esto, sí, era un reto. Pero un reto para Belmonte.

Sólo que Belmonte y su pacto con el diablo darían, sin más, la respuesta. El último toro dijo la última palabra. Resultó el mejor de la corrida. Y Belmonte se fue a hombros y los otros dos —solos— a pie.

Pero Rodolfo y José habían dejado, sobre la arena de la vieja plaza de toros de Madrid, el tercio de banderillas más famoso de la historia.

Superados todos los retos en el albero, Rodolfo Gaona se enfrentaría a la faena más difícil de su vida. Dominaba todas las suertes. Era un hombre elegante, apuesto y distinguido. Los padres de la afamada actriz Carmen Ruiz Moragas lo vieron como la perfecta tapadera del amasiato que sostenía el Rey Alfonso XIII con su hija. Envolvieron al torero y organizaron una relación que finalmente terminó en boda. Cuando Gaona se enteró, de que había sido engañado y de que había un “tercero” en la relación, se separó de ella. Pero ya era demasiado tarde. Estaba en boca de todo Madrid que la actriz le ponía los cuernos con el mismísimo Rey de España. A consecuencia de los cuchicheos, Gaona sufrió una fuerte depresión y los públicos, a partir del escándalo, lo trataron con dureza y desprecio.

Todavía tuvo tardes de triunfo, pero no volvió a sentirse a gusto en ruedos españoles. Un nuevo engaño de Joselito lo llevó a torear una corrida del Marqués de Albacerrada en Madrid. Gallito lo había retado a que fueran los dos a la Capital, pero de última hora canceló su participación. El encierro fue grande y complicado, a Gaona se le vio desconfiado toda la tarde. El público se metió muy duro con él, le gritaron “mamarracho” y le tiraron almohadillas. Orgulloso como era, Gaona se quedó en el centro del ruedo esperando a que el toro se fuera vivo. Fue su última presentación en Madrid. Decidió regresar a México.

Años después volvió a España, pero el sindicato de toreros no lo dejó vestirse de luces. En una tarde en Madrid, el público lo reconoció en el tendido y le pegaron una de las grandes ovaciones que se recuerden en aquella vieja plaza, un tributo a la carrera de un grande.

En la tabla 1 se presentan las corridas estoqueadas por Rodolfo Gaona en España.

Fuente: (Uno al Sesgo, 1922, p.17)

En 1920, Rodolfo Gaona regresó a México convertido en una gran figura. Se volvió un mandón y vivió momentos cumbres. Se recuerdan grandes faenas como las de “Sangre Azul” y “Revenido” de Piedras Negras; a “Faisán” de Atenco, al que le ejecutó cuatro muletazos sentado sobre el estribo y la de “Pavo” de Zotoluca. Fueron épicas las tardes en las que alternó con Ignacio Sánchez Mejías, Ernesto Pastor, Juan Silveti, Marcial Lalanda y Luis Freg, pero ninguno de ellos estuvo a la altura del Califa de León. Llegó a tal nivel su excelencia que, el 14 de enero de 1923, le fue entregada, en forma simbólica, la “tiara pontificia” para investirlo como el “Sumo pontífice del toreo” o como “Papa del toreo mexicano” (Coello, 2013).

A Rodolfo Gaona se le recuerda por su suprema elegancia, por sus gaoneras o, por su otra invención, el “pase del centenario”. Alameda sostuvo que sus valores estéticos fueron superiores a la simple elegancia, argumentando que su secreto estaba en que “les andaba a los toros, pero no sólo en banderillas —en lo que fue insuperable—, también con la muleta. No sólo para ir al toro o para citarlo, sino dentro del desarrollo de la faena, para mantener la reunión entre suerte y suerte, en el enlace de ellas. Andándole, recolocándose sobre la marcha, siempre armónicamente” (Alameda, 1989, p.152).

Pero como hemos visto en este artículo, el éxito de Gaona estuvo en la fortaleza de su carácter. Se sobrepuso a embistes y artimañas de poderosos en México (v.g. Venustiano Carranza) y en España (v.g. el Rey Alfonso XIII), a intrigas, envidias de toreros y hasta al intento de veto de José Gómez Ortega “Gallito”. Su voluntad, templanza y fortaleza fueron superiores a las dificultades. Su carácter le permitió cultivar la sensibilidad de artista y superar cualquier obstáculo o conflicto. De esta manera, dejó un ejemplo para cualquier torero mexicano o americano que quiera triunfar en el complejo y cerrado mundo taurino español.

Como remate, les dejamos un video/homenaje que la Peña Taurina Oficial “Dinastía Arruza” dedicó al Indio Grande, al Califa de León, a Don Rodolfo Gaona:

Publicado en Intolerancia