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Cursilería, amargura y toros 

Simón Casas y la rejoneadora Lea Vicens.
Simón Casas y la rejoneadora Lea Vicens.

Por Jean Palette-Cazajus.

«Hacerle el amor al toro, desde luego es impúdico, es hermoso. Viene hacia nosotros, no para cornearnos sino para amarnos. La muleta se arrastra por el suelo como una lengua que nos invitase a un beso profundo. El espectador se vuelve vouyerista, lo que presenciamos es un coito, un orgasmo colectivo, […] la corrida es vaginal…»

Dentro de la logorrea y la cursilería que tanto abruman la literatura taurina, lo que acaban de leer se sitúa sin duda entre lo más granado del género. Pocos se extrañarán si les digo que acabo de traducir tan antológica pieza del francés. Y a muchos les invadirá una auténtica «schadenfreude» cuando se enteren de que el autor es el impagable Bernard Domb, más conocido en el mundillo taurino como Simón Casas, actual y muy cuestionado gestor de la plaza de Las Ventas. 

Los improbables desbordamientos están extraídos de un libro publicado en 2003 por el polifacético personaje y titulado «Manchas de tinta y de sangre». El caso es que esta misma mañana tropiezo en un conocido blog taurino con un ataque inmisericorde y sin duda justificado contra la gestión de Simon Casas, si bien enhebrado en una retórica patriotera donde, resumiendo, vienen a decirnos, entre más veras que bromas, que el aludido es un daño «colateral» de la invasión napoleónica y del reinado de Pepe Botella. El enconamiento de la agresión antitaurina ha propiciado el auge de un tipo de defensa neo casposa que me provoca erisipela.

Estoy recién salido de la dura experiencia de tener que reflexionar por obligación sobre una hipotética filosofía taurina. Me encuentro confrontado con la declaración de guerra a la tauromaquia recientemente protagonizada por el filósofo francés más mediático, el prolífico Michel Onfray. Espero tener algo de tiempo para reconsiderar ambos eventos. De momento les dejo mi respuesta al cuestionario de la «Revista de Estudios Taurinos», publicada en el reciente número 40, en compañía de otras varias opiniones entre las cuales están las de Pepe Campos, Víctor Gómez Pino Francis Wolff. 

Redactado de prisa y corriendo, no me avergüenzo del todo de un texto que llega a reflejar mis conceptos fundamentales sobre la cuestión, además de mi distancia sideral con cierto tipo de aficionados que nos conducen al precipicio. Descuiden, soy el primero en darme cuenta de mis propios coqueteos con la logorrea y la cursilería. 

En otro momento intentaré exponer mi particular hipótesis sobre las razones por las cuales ni los más prevenidos nos libramos de tan aterradora plaga.  

1)    Qué razones avalan su afición a la fiesta de toros?

En mi caso personal, joven adolescente francés, no cabe negar el papel inicial de lo que se conoce como exotismo. El exotismo es el sueño de una radical exterioridad. Puede ser trivial punto de fuga o basculación de los ejes vitales y de la propia identidad. Lean a Víctor Segalen. Hoy tras compartir mi vida entre ambas naciones, sigo pensando que la corrida es, fundamentalmente, exotismo absoluto.  Entendida como ritual, como misterio en el sentido griego, o como simple espectáculo, «la corrida de muerte» consiste efectivamente en una exteriorización absoluta del sujeto humano fuera de los aplomos cotidianos de su condición básica. 

Descarto el argumento de la belleza. Primero porque solo surge en muy contadas ocasiones. Luego porque es convención. La tauromaquia no es retórica. Es la respuesta del logos a la etología del toro. En el ruedo reinan las reglas. Si surge la belleza no será perceptible para quien las desconozca. No hay belleza sin educación previa. En los Toros, la belleza es la respuesta fácil que acalla las preguntas complicadas. Antes que de educación, convendría hablar aquí de «iniciación». La excepcionalidad de la corrida de toros se basa en una transgresión fundamental. En la sociedad del simulacro y de la realidad «virtual», la corrida expone, única, la obscenidad de la muerte. La conciencia del aficionado más básico debe estar modelada por esta sagrada premisa.

Intuí desde un principio que las palabras básicas, contradictorias, conflictivas que denotaban la corrida de toros, muerte, peligro, belleza, tragedia, sangre, entusiasmo, aburrimiento, vulgaridad, cutrez, verdad, mentira… perdían todo sentido consideradas una por una. La corrida de toros es, parodiemos a Marcel Mauss, un «hecho existencial total». Por ello, siempre resultará un proyecto aporético intentar explicarla. Las circunstancias actuales me empujan a procurar entender lo que ella explica de mí.

2)    ¿Qué opina de las circunstancias actuales que están viviendo las fiestas de toros?

La sensibilidad zoófila se ha apoderado de los siquismos humanos. Se trata de una ruptura epistemológica y deóntica brutal. La temática de los llamados derechos animales ocupa el primer plano de las preocupaciones en la sociedad posoccidental. Una sociedad ilusa, atomizada en mónadas egoístas, de pronto asustada por el pitón buido de la razón y tentada por el necio refugio en el cascarón de las creencias autocompasivas. Algunos piensan así conjurar la violencia intraespecífica que define nuestra condición. Califican de culminación del proceso de civilización lo que son, al contrario, los síntomas de su crisis agónica. Sus salmodias lastimeras calan hondo en un abanico que va desde el fervor místico a la indiferencia benevolente. Tal ideología se extiende de forma viral y hace buena las teorías de Richard Dawkins sobre la replicación cultural de los llamados «memes».

Mientras, buena parte de la afición honra el verso machadiano y «desprecia cuanto ignora». Nada quiere saber sobre sus adversarios, ni quiénes, ni cómo, ni cuántos. Semejantes tropas suelen ser el plato favorito de los desastres. Piensan enfrentarse a una secta necia y minoritaria. Y sin embargo ven, día tras día, los estragos de su capacidad de influencia, ven como la sociedad se define mayoritariamente opuesta o indiferente a los toros. La pereza discursiva se acuerda entonces del viejo compló judeomasónico, resucitado hoy en catalanopodemita. Aires de caverna miope y oscurantista  soplan sobre tal afición. 

Creen defender la Fiesta y la trivializan. Son los primeros en tapar su grandeza. Su  rancia retórica oculta el temor a enfrentarse a la gravedad de esta relación a vida o muerte con «la sustancia peligrosa de los seres vivos», palabras de Lévi Strauss. Hace años que afirmo que todo aficionado dotado del cupo neuronal reglamentario es alguien que sólo puede cabalgar inconfortablemente en el filo de la navaja entre el Sí y el No. Quienes no renunciaremos nunca a «la funesta manía de discurrir» sabemos que la corrida de toros es un terrible lecho de Procusto para la mente humana. Formo parte de quienes, al final, consideran no obstante que la aportación de los toros a la inexplicable anomalía humana inclina positivamente el fiel de la balanza.

La paleoantropología y la biología evolutivas, la ecología del comportamiento, las neurociencias son cada vez más aptas para desbaratar las obsesiones antropomórficas del lamento animalista. Tal afirmación sólo le puede resultar contraintuitiva al dueño de un cerebro previamente colonizado por semejantes dogmas. No soy el primero en negar toda dualidad ontológica de las sustancias entre el hombre y el animal. O en recusar la intervención de toda trascendencia  en el debate. Pero precisamente porque el hombre ocupa, en tanto que uno más en la cadena de los seres vivos, su sitio en la evolución del genoma, es más fácil evidenciar la inconmensurabilidad de destino entre cualquiera de las especies animales y los factores autopoiéticos y emergentes que propiciaron la particularidad humana. Sólo desde la fe antropomórfica se puede pretender que las citadas ciencias contribuyen a borrar las fronteras entre hombre y animal. Creo que, muy al contrario, van afianzando cada día la realidad de una frontera tan inexorable como irreductible.

Un buen natural, siempre que el toro «no se deje» ¡claro!, puede calificarse de neguentrópico. El toreo sirve para reactivar en cada ocasión el núcleo fisible del tiempo y de la muerte. El bifaz lítico anunció la hominización. Chronos/Thanatos configuran el bifaz existencial que anuncia y fataliza la humana condición. El primate se hominizó cuando accedió al tiempo, es decir a la convivencia -¿la connivencia?- con la muerte. Tiempo y muerte sedimentaron durante milenios en el espesor geológico del lenguaje. Por eso no debemos dudar de que el contenido existencial de cada especie reside por entero en lo que cada ejemplar sea capaz de decir de sí mismo. De modo que el toro muere, pero sólo el hombre es mortal. La «creación» es muda, los animalistas burdos ventrílocuos.

Ni siquiera el hombre acaba de acceder a la total conciencia de su finitud. Su animalidad constitutiva le borra parcial y afortunadamente la nitidez de su horizonte mortal. Si tuviéramos cabal conciencia de tal e inmenso absurdo, la vida se nos haría literalmente imposible. Los ingenuos siempre pensaron que el devenir de la especie iría aportando paz y respuestas a sus preguntas. El devenir sólo invalida las viejas respuestas y carga de tormentas las nuevas preguntas. Prohibir la corrida de toros no supondría acabar con una respuesta inconveniente sino abortar una pregunta necesaria. La corrida de toros, es así la mejor vacuna contra las ilusiones mortales de quienes esperan respuestas desde el porvenir o la historia. En nuestro tiempo, como en el de los estoicos, la respuesta no tiene pregunta, la pregunta no tiene respuesta y sólo cabe confiar en la capacidad torera del alma propia.

3)    ¿Qué soluciones daría para incentivar en la sociedad del siglo XXI las fiestas de toros?

Muchas cosas deberían cambiar para que la corrida de toros saliera viva del siglo XXI. Me pierdo en la historia del hombre y me voy sin evocar siquiera la necrosis interna de la Fiesta actual, sus menguantes públicos papanatas, sus  toros precocinados y su toreo fraudulento. Suena el tercer aviso sin tiempo para explicar por qué, cualquier medida positiva en los toros, sería siempre aquella que suscite el rechazo unánime de empresarios, ganaderos y toreros. Si la Fiesta Brava puede salvarse lo tendrá que hacer contra todas sus letales rutinas. De momento la única pregunta seria es la de saber quién acabará primero con los ritos táuricos, si el cáncer en las propias entrañas o la agresión exterior. No por ello debe aflojar nuestra voluntad de defender la tauromaquia. Recordemos a Camus y «El mito de Sísifo ». Vivimus quia absurdum.

Publicado en Salmonetes ya no nos quedan.

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De la parada de taxis a la plaza de las Ventas, un torero pluriempleado

Alberto Lamelas.

Por Sergio Peréz.

MADRID (Reuters) – No todo es “glamour” cuando se habla del toreo. En el imaginario colectivo español, el torero va inevitablemente asociado a una vida de lujo y excentricidades, pero entre los matadores también hay proletarios.

“Eso solo es el diez por ciento o menos. Muchos tenemos que sobrevivir”, explica Alberto Lamelas, un apasionado torero de 33 años que financia su afición y vida como taxista en el ruedo urbano de Madrid.

Tomó la alternativa (la ceremonia en la que un novillero se convierte en matador) en 2009 y durante los dos años siguientes tuvo que lidiar con una realidad mucho más brava que el toro. Con apenas cuatro corridas al año no podía siquiera considerar convertir lo que es y siente en oficio.

“Yo lo que soy y lo que me siento es torero… mi objetivo es vivir del toro”, dice Lamelas. Mientras pelea con su sueño, recorre las transitadas calles de la capital varios días a la semana.

Este mes de junio estuvo realmente cerca de lograr su meta. Se vistió de luces para participar por segunda vez en su vida en una corrida de toros en la plaza de Las Ventas, el gran escenario del toreo mundial, durante la Feria de San Isidro, la Champions League de los toros.

En un contexto prolijo en tradiciones, Lamelas tuvo que desembolsar varios cientos de euros para cumplir con los preliminares y enfundarse el traje de faena en una suite del conocido como “hotel de los toreros”, en una de las zonas más exclusivas de Madrid.

Tras el tenso y procedimental ritual de “vestirse de torero” (el traje debe reposar cuidadosamente doblado en una silla con sus distintas prendas en un orden preciso), el matador se reúne con su cuadrilla habitual, se monta en una furgoneta y, al llegar al coso, desfila en la ceremonia de apertura con seguridad aparente hacia el centro del ruedo madrileño en una tarde primaveral que se empeña en demostrar su carácter veraniego.

Lamelas, quizás más conocido o valorado en la vecina Francia que en su país natal, se sintió torero en la meritoria lidia de los dos toros que le tocaron en suerte.

Pero pasados unos días, vuelve a su otra realidad y rememora la tarde en Las Ventas mientras espera pacientemente que avance turno en la parada de taxis de la estación del tren de alta velocidad en Atocha para transportar a un viajero con quién sabe qué sueños.

Publicado en Reuters

Las puertas grandes de un Cesar del toreo por Joaquín Vidal 

Seis veces ha salido Rincón por la puerta grande de Las Ventas. Las cinco primeras fueron narradas así en EL PAÍS por Joaquín Vidal.

– 21 de mayo de 1991. Toros de Baltasar Ibán. “La apoteosis se le venía encima a Rincón, y seguramente no se lo podía creer. El toro caía fulminado por efecto de una estocada mala, pero el éxito estaba conseguido, y ya flotaba Rincón entre las blancas nubes de la gloria. Le abrazaban las cuadrillas y el apoderado levitaba entre barreras con cara de querubín, mientras trepidaba el coso”.

– 22 de mayo de 1991. Toros de Murteira Grave. “El rinconismo ha surgido y se ha propagado con tanta rapidez, que en Madrid ya tiene mayoría absoluta y los militantes, por defender al titular de la causa, serían capaces de pegarse con su padre. A lo mejor, alguno se ha pegado ya”.

– 6 de junio de 1991. Corrida de Beneficencia. Mano a mano con Ortega Cano. “Tanto Ortega como Rincón mantuvieron una competencia a la antigua. (…) Rincón sorprendió con unas inusuales tijerillas de sobresalto, y al abrocharlas con una barroca revolera, se iba de la cara del toro igual de jacarandoso que si hubiera mamado el toreo en el corazón de Triana”.

– 1 de octubre de 1991. Un toro de João Moura. “¡Torero, torero!’, gritaba el público hasta enronquecer, como si estuviera fuera de sí… Quizá estaba fuera de sí. La casta torera de un diestro colombiano que ya fue el asombro de este mismo coso unos meses atrás, había provocado aquel delirio, aquella especie de locura colectiva, la gran conmoción, que abrirá uno de los más importantes capítulos en la historia de la tauromaquia”.

– 29 de mayo de 1995. Un toro de Astolfi. “Rincón se recreció; desafió al encastado toro de Astolfi; prolongó la faena; no llegaba el aviso, que ya correspondía; se llevó el toro al tercio mediante ayudados por bajo muy toreros. Y, al cobrar una excelente estocada, el mundo se iba a venir abajo”.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 20 de mayo de 2005

El cierre fallido de la plaza de Las Ventas está plagado de puntos oscuros


Por Antonio Lorca.

Da la impresión de que la supuesta noticia del fallido cierre de la plaza de Las Ventas es una broma de mal gusto, o, quién sabe si una muy seria amenaza que se pretende cerrar en falso. O, tal vez, la estrategia bien diseñada del equipo de gobierno, profundamente antitaurino, del Ayuntamiento de Madrid.

Lo que está claro es que se le ha dado un carpetazo de silencio, como si aquí no hubiera pasado nada. Y así no debe ser porque son muchos los puntos oscuros, y más que suficiente la preocupación generada por una exclusiva periodística rápidamente desmentida en la que, al parecer, erraron sus autores y todos los medios, incluido este, que dieron por buena la noticia sin que estuviera convenientemente contrastada.

¿O, acaso, era cierto el anuncio del cierre y sus responsables han preferido esconder la cabeza debajo del ala antes que afrontar el escándalo de un cerrojazo que hubiera sido letal para la fiesta de los toros?

Sea como fuere, el asunto huele a chamusquina. Algo pasa y nadie quiere contarlo: ni la Comunidad de Madrid, propietaria de la plaza, ni el Ayuntamiento, que dice poseer informes que ponen en entredicho la seguridad del edificio, ni la empresa arrendataria, Plaza1, que guarda un silencio más que sospechoso desde que se conocieron los supuestos hechos.

¿Acaso Las Ventas sufre problemas estructurales que supongan una seria e inminente amenaza?

Es llamativo que, a estas alturas, el Consejero de Presidencia y portavoz del Gobierno de la Comunidad, Ángel Garrido, no haya comparecido ante la opinión pública para contar lo que hay que verdad en este asunto. Se ha limitado a apagar el fuego inicial, y ha asegurado que la temporada taurina no se interrumpirá y que las obras de rehabilitación se llevarán a cabo en los meses no taurinos.

Pero, ¿qué obras? ¿Cuál es la situación real de un edificio que se construyó en 1929 y que, aparentemente, se mantiene en buenas condiciones para la celebración de espectáculos taurinos? ¿Acaso Las Ventas sufre problemas estructurales que supongan una inminente amenaza para las personas que a ella acuden? No parece que así sea porque carecería de sentido que se hubiera permitido la reciente celebración de la Feria de San Isidro, por la que han pasado casi 650.000 personas

Otro asunto: ¿cuánto dinero y en qué ha invertido la Diputación Provincial de Madrid -propietaria hasta la implantación del estado autonómico-, primero, y la Comunidad, después, en el mantenimiento de un edificio que ha ingresado muchos millones de pesetas y de euros en las arcas públicas madrileñas?

¿Cuánto dinero ha invertido la Comunidad en el mantenimiento del edificio?

¿Está la plaza de Las Ventas en peligro de derrumbe? ¿Son tan graves sus carencias como para que alguna institución se haya planteado un cierre temporal y prolongado? ¿Sí o no?

¿O se trata, acaso, de una estrategia del Ayuntamiento que pretende fastidiar el uso continuado de la plaza de toros por la imperiosa necesidad de acomodarla a las medidas contra incendios y accesibilidad que impone la normativa actual?

Y queda un tercer implicado: la empresa Plaza1, presidida por Simón Casas, que no ha abierto la boca desde que la noticia desmentida apareció en la calle. Extraño comportamiento, al menos.

Circula un rumor y, como tal, no confirmado, de que los resultados económicos de la pasada feria madrileña no han sido los esperados y que ello, unido a la prohibición municipal de que se celebren espectáculos no taurinos -en los que Plaza1 tenía puestas todas sus esperanzas- hasta que el edificio se acomode a la normativa de seguridad, han colocado a la arrendataria en una situación crítica, de modo que no le hubiera venido mal el cierre de la plaza, lo que hubiera supuesto un ahorro de costes y nuevas pérdidas.

Pero quedan otras incógnitas.

¿Concedió la Comunidad la plaza de toros a una empresa solvente con capacidad para afrontar una feria de San Isidro con una cuenta de resultados adversa?

¿Conocía la empresa que pilotan Simón Casas y Nautalia que no iba a poder organizar espectáculos no taurinos hasta que el edificio no se adecúe a normativa de seguridad y accesibilidad municipal?

En fin, que no son pocos los puntos oscuros que se mueven en torno a la situación de la plaza de toros; y, de todos ellos, el peor es el silencio de las partes implicadas.

El aficionado -el espectador, el ciudadano- tiene derecho a saber cuáles son los problemas reales que obligan a acometer obras que algún medio ha cifrado en cinco millones de euros y la pérdida de cinco mil localidades; si son obras de calado estructural, lo que obligaría a la suspensión -también-de festejos taurinos, o no. Y tiene derecho, claro que sí, a saber si los millones que las arcas públicas madrileñas han recibido de la gestión de Las Ventas se ha dedicado, como manda la ley de Presupuestos autonómica, a la conservación y mejora de la plaza.

En fin, que alguien se ha equivocado gravemente al filtrar una información tan supuestamente errónea como escandalosa; o, lo que es más grave, la Comunidad permite que los aficionados a los toros ocupen un edificio en ruina.

De lo que no cabe la menor duda es que este turbio asunto debe ser aclarado cuanto antes. Todo lo demás, es otra falta de respeto a la tauromaquia y a sus muchos seguidores. Y quién sabe si una peligrosa irresponsabilidad.

Publicado en El País 

Opinión: El animalista inhumano


Por Ignacio Blanco.

Hace un año que falleció Victor Barrio y hace unos días fue Iván Fandiño. También nos dejó en 2017 Adrián Hinojosa, un niño de 8 años, al que el cáncer interrumpió su inocente vida y cuyo deseo era ser torero. No puedo llegar a imaginarme el sufrimiento de unos padres enfrentados a la enfermedad y muerte de su hijo, azotados durante ese trance por los indeseables animalistas inhumanos, una nueva clase social que pretendiendo amor a los animales desean la muerte a los seres humanos.

Dijo Schopenhauer que el hombre, en el fondo, es un animal terrible y cruel, en referencia a que ese fondo queda oculto por la domesticación a que nos somete la educación recibida del entorno social en el que nos desarrollamos. Un entorno social que nos trasmite como pilar básico el respeto por los demás. El respeto a su vida y su integridad, pues el ser humano como ser social, requiere de la vida en comunidad para sobrevivir y desarrollarse. Una vida social que no puede basarse en la constante agresión para lograr objetivos personales, pues estos pueden ser más altos y se obtienen con un menor coste, cuando los mismos se logran mediante la colaboración voluntaria.

Este principio liberal, básico de nuestra civilización, parece no haber sido asumido por los animalistas inhumanos. Se extiende peligrosamente el deseo a la muerte del semejante para tratar de solucionar problemas o frustraciones personales, muy propio del darwinismo social, que estos fundamentalistas del derecho animal critican cuando se da en ámbitos no relacionados con el animalismo. La competencia entre especies ha desaparecido en el caso del ser humano y esta es la razón por la que el hombre evoluciona sólo contra sí mismo, pues no hay animal en el mundo que le plantee competencia alguna. Unos compiten por dinero, otros por fama, otros por alimento, otros por la defensa de los animales y en esta lucha, en algún momento, alguien rebasa la línea roja deseando la muerte del otro, símbolo extremo de competencia.

El ansia de protección de los animales y el deseo de que estos sean tratados dignamente es encomiable, pero sólo hasta el límite de la dignidad del propio ser humano. Algo que parece comienza a cuestionarse incluso en el ámbito penal, donde ya existen casos de condenas a penas de prisión por maltrato animal, algo que el propio Karl Marx consideraría una aberración. Esta extraña evolución del derecho penal de salón de té, podría llevar en breve a que se considere genocidio la actividad de los mataderos, que exista una policía local para constatar el trato que los hamsters reciben de nuestros hijos o se decrete el derecho a una renta social para palomas cuyo sustento no está asegurado en la ciudades actuales.

Vivimos una sociedad adormecida en una ensoñación de ausencia de dolor, esfuerzo o problemas, en la que nuestros deseos se convierten en necesidades y estas en derechos. Una sociedad en la que una lata de comida para gatos es más cara de una lata de atún para consumo humano. Una extraña sociedad que enloquece con sus animales domésticos a los que en ocasiones trata mejor que a sus propios hijos. Una sociedad que cree vivir un cuento de hadas, en la que como refiere Clarasó en su Asesino de la Luna «El ser humano es incomprensible para los otros seres humanos; solo algunos animales domésticos le comprenden. Pero estos no escriben sus memorias y no se sabe lo que piensan del hombre».

Es incomprensible como el supuesto amor a los animales lleva a algunos a ser peores personas. No hay sentimiento más despreciable que desearle la muerte a otro ser humano, pero el simplismo o la debilidad mental de estos indeseables, les lleva a aliviar sus frustraciones deseándole la muerte a un niño.

No soy aficionado al toreo, no lo comprendo, no disfruto con el espectáculo de la tauromaquia, asistí en una ocasión a una corrida y no me gustó, pero no me genera el completo rechazo que me producen las manifestaciones y actitudes de aquéllos, que considerándose amantes de los animales, le desean la muerte a otra persona y me produce asco cuando lo desean a un inocente niño de 8 años, que ni siquiera llegó a cumplir su sueño de ser torero.

Me pregunto quién respeta más al animal, ¿el torero o el animalista inhumano?. Esta pregunta sólo puede ser respondida desde la perspectiva del riesgo que asume cada uno en su propósito.

En este sentido, resulta evidente que es el torero quien respeta más al animal, pues es éste el que se expone a morir. No me imagino mayor respeto que ofrecer la vida en un propósito. Exponer tu vida, arriesgarte a no volver a besar a tus hijos, verlos crecer o amarlos, supone otorgar un poder al animal, que ningún animalista comprende. Supone elevar al Toro a la categoría de ser humano, cuando este puede acabar con la vida que presentas frente a sus astas. He tratado de imaginar que pretende el torero, y me resulta evidente que no es el hecho de la muerte del toro, si así fuera, no sería necesario exponer la vida en ello, bastaría con entrar en una finca con un fusil para lograr tal objetivo. Sin conocer a ningún torero, creo imaginar lo que lo mueve, es el propio hecho de exponerse a la muerte sin quererla, pero sin rechazarla, de experimentar la vida en ese hilo de tierra que la separa del avismo de la muerte, un territorio que pocos recorren, pero que se me antoja de una extraordinaria fuerza. En los entornos de seguridad en los que vivimos actualmente, en los que nadie asume ningún riesgo, todos los problemas han de sernos solucionados por otros, frente a esas aburridas vidas que parecen rodar todas sobre la misma huella, la tauromaquia se me antoja como uno de esos reductos en los que puede suceder cualquier cosa, hasta la muerte.

En el caso del animalista inhumano, resulta evidente que no respeta más al animal que el torero. El animalista inhumano no arriesga nada en su defensa. Su mayor esfuerzo es sentarse en el retrete y trolear desde una cuenta anónima de twitter con su iPhone anticapitalista, deseándole la muerte a un torero o a un niño. Si no arriesgas nada por la causa que defiendes ¿tiene esa causa algún valor, cuando el torero arriesga la vida en su lance con el toro?.

Son estos animalistas inhumanos, estos débiles mentales, los que en su incoherencia vital se oponen a la pena de muerte, dictada por un tribunal estadounidense, pero al mismo tiempo la desean a sus semejantes cuando son ellos el jurado de su propia causa animal.

Por otro lado, cuesta entender como pretenden estos animalistas inhumanos salvar al toro de lidia sin el toreo, pues estoy convencido de que estos animalistas inhumados no dedicarían un minuto al mantenimiento de estos formidables animales, salvo que sea con el esfuerzo y el dinero de otros.

En fin, como dijera Bertrand Russell «los animales son felices mientras tengan salud y suficiente comida. Los seres humanos, piensa uno, deberían serlo, pero en el mundo moderno no lo son, al menos en la gran mayoría de los casos» y los animalistas inhumanos nunca llegarán a serlo porque la vida de un ser humano nunca estará por debajo de la vida de un animal.

Publicado en Gaceta

@Taurinisimos 116 – Madrid, Mejores Faenas. Fandiño en Mont de Marsan. Adiós Gregorio Sánchez.

Programa @Taurinisimos de @RadioTVMx del viernes 23 de Junio de 2017. Conducen Miriam Cardona @MyRyCar y Luis Eduardo Maya Lora @CaballoNegroII.

Actualidad Taurina.

Resumen, Mejores Faenas, Madrid 2017.

Gines Marín, Enrique Ponce, Alejandro Talavante, Juan del Álamo y Sebastián Castella. Ganaderías Alcurrucén, Victoriano Del Río, Conde de Mayalde y Jandilla.

Recuerdo de Gregorio Sánchez, fallecido esta semana.

Iván Fandiño en Mont de Marsan en 2014, corrida de La Quinta.

Recuerdo infancia de Iván Fandiño (EITB).

La próxima emisión de #Taurinísimo será el próximo viernes 30 de Junio de 2017 a las 7 pm (Mex) a través de http://www.radiotv.mx

#EsperamosSuOpinión.

Twitter: @Taurinisimos.

Mail: taurinisimos@gmail.com

FB/Taurinísimo

Opinión: Los toros sin tiempo

¿Especies que desaparecen?
Por Luis Martínez.

Cualquier extranjero que visita España y acumula alguna lectura de Hemingway siente la necesidad de poner un pie en una plaza de toros. Lo recomienda la Lonely. Los más atrevidos, después de manifestar la pena que sienten por el animal, dan un paso más allá y allí que se plantan. Al sol. Mi experiencia como anfitrión siempre es la misma: más allá del tercer toro, no hay manera. Ni con pipas, que también les llaman mucho la atención. Y no por piedad, o no siempre, sino por puro y simple aburrimiento. 

Digamos que la experiencia turístico-antropológica soporta un límite de repeticiones y un número finito de comentarios sobre la mística del albero. Los estándares de entretenimiento desde que se inventó la MTV casan mal con el rito solemne y algo ridículo de una actividad que, por definición, es alérgica al paso del tiempo. Es más, ésa es su única razón de ser: vivir fuera del tiempo.

El problema es que el tiempo es un misterio -además de ministerio- implacable. De hecho, como bien intuyó el insustituible Joaquín Vidal, gran parte de la pérdida de popularidad de los toros es consecuencia directa del empeño de algunos de modernizar, de explicar, de introducir en el tiempo lo que, sencillamente, es antiguo, inexplicable y anacrónico. Cada vez que una figura habla de toreo moderno, malo. En otras ocasiones, la moda, como el fenómeno que define precisamente el tiempo de la modernidad (Georg Simmel dixit), hace presa en la Fiesta. 

Y siempre acaba mal. Tiempo atrás, en los años 80, San Isidro se llenaba de señores con un clavel en la solapa y un gin-tonic en la mano. O al revés. Hasta la izquierda conspicua veía algo atávico y placentero al hecho de declararse taurina. Cosas del melodrama almodovariano que vivíamos. Ahora, el furor antitaurino en red ha hecho que el lado contrario abrace una fe inédita en Cúchares por el placer carpetovetónico de hacer equipo. Cosas de este tiempo.

Hoy se anuncia y desanuncia, según un viento ideológico entre Comunidad y Ayuntamiento, que la plaza de temporada que es Madrid dejará de serlo. Los turoperadores japoneses, desconcertados. 

Líos así restan un tiempo que quizá se acaba.

Fuente: El MUNDO

Las Ventas suspende su temporada taurina hasta San Isidro 2018


De SOL y SOMBRA.

La plaza de toros de Las Ventas cerrará en los próximos meses para llevar obras de mejora en seguridad y accesos. 

Por este motivo, la tres partes (Ejecutivo regional, Consistorio y el empresario francés Simón Casas) han decidido cerrar la plaza por un largo espacio de tiempo para comenzar cuanto antes las obras. El gran objetivo, según revela el diario ABC, es que las obras estén finalizadas para la próxima feria de San Isidro de 2018.

De momento, no existe un calendario fijado para la remodelación. Por este motivo, se ve como prácticamente imposible que esta temporada pueda celebrarse la Feria de Otoño. Simón Casas anunció en mayo su intención de celebrar diez corridas seguidas que comenzarían el sábado 23 de septiembre hasta el domingo 1 de octubre. Finalmente, casi con toda probabilidad, tendrá que suspenderse para disgusto de los aficionados.

La Comunidad de Madrid no tiene una fecha fijada para cerrar la plaza y comenzar con las obras. Primero, admiten, tendrá que eleborarse un proyecto y fijar el presupuesto de la obra, que será sufragado por el Gobierno de Cristina Cifuentes. De todas formas, admiten que el cierre será de larga duración y que podría comenzar en cualquier momento de este verano.

Con información de ABC España.