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Feria de San Fermín: Los toros nobles también hieren

Paco Ureña, instantes después de ser corneado por el cuarto toro de la tarde.

Por Antonio Lorca.
El toro de más nobleza y calidad de la muy desigual corrida salmantina le infirió una cornada a Paco Ureña en la cara interna del muslo derecho. Para que luego se diga… Según los médicos, la herida es de 15 centímetros, produjo destrozos musculares, llegó hasta la cara anterior del fémur, y su pronóstico es menos grave.

El suceso acaeció cuando el torero entró a matar al cuarto de la tarde; le echó la muleta al hocico y, en el momento del encuentro, el animal levantó la cara, y soltó un derrote seco con tan mala fortuna que alcanzó la pierna de Ureña, quien ni siquiera perdió el equilibrio, pero se dio cuenta al instante de la importancia de la herida, que sangró abundantemente.

A pesar de la cornada, el torero se negó a ser trasladado a la enfermería y aguantó entre gestos de dolor que el animal doblara las manos. Solo entonces, y cuando supo que le habían concedido una oreja, permitió que la cuadrilla lo dejara en manos de los médicos.

Es una decisión esta que carece de sentido en tales circunstancias, y que solo agrava el accidente sufrido, pero así son los toreros en la falsa creencia de que esas cabezonerías le añaden prestigio a su contrastado valor.

Y no es así, porque las cualidades hay que demostrarlas en la cara del toro en plenitud de facultades. Y eso fue lo que intentó Ureña ante ese cuarto, quizá el toro de más calidad del encierro. Y no lo consiguió; al menos, no fue capaz de dibujar la faena honda, ligada y emocionante que su oponente exigía.

Fue una faena larga, acelerada, superficial, desordenada, sin sentimiento; sonreía el torero entre tanda y tanda, supuestamente satisfecho de su labor, pero su contento no se reflejó nunca en la emoción del público. Después, llegó la cornada y ya se sabe que la visión de la sangre ablanda los corazones de la gente y la autoridad del presidente.

Otro buen toro hubo y fue el segundo, lidiado por Román. Lo recibió con dos largas cambiadas en el tercio, se lució en un ceñidísimo quite por saltilleras, acabó con unas ajustadas bernardinas y se tiró de verdad a la hora de matar. Pero el toreo fundamental brilló por su ausencia. Hubo templados redondos y algún natural aceptable, pero ninguno a la altura requerida por la calidad del animal.

Y poco más. Bueno, sí, hubo mucha rodilla en tierra. De hinojos comenzó Ureña la faena al toro que lo hirió; de rodillas recibió Román a su primero, y volvió a doblar las piernas en el inicio del último tercio; y en la misma posición veroniqueó Garrido al sexto y lo muleteó en redondo con escaso lucimiento.

Pero el toreo arrodillado, que tanto parece gustar en Pamplona, no surtió el efecto deseado. Ni los toros colaboraron, más allá de los dos reseñados, ni los toreros estuvieron finos, ni las peñas tan animadas como en ellas es habitual.

Ureña, Román y Garrido cumplieron con más entrega que lucimiento; y el tercero, con menos suerte en su lote, solo pudo mostrar un valor que de poco le sirvió.

PUERTO / UREÑA, ROMÁN, GARRIDO

Toros de Puerto de San Lorenzo, muy bien presentados, serios y con cuajo, mansos y descastados; destacaron por su nobleza segundo y cuarto.

Paco Ureña: estocada (palmas); estocada -aviso- (oreja).

Román: estocada trasera y caída (oreja); estocada y un descabello (silencio).

José Garrido: casi entera dos descabellos y el toro se echa (silencio); bajonazo -aviso- (palmas).

Plaza de Pamplona. Primera corrida de la feria de San Fermín. 7 de julio. Lleno.

Publicado en EL PAÍS

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Noticias de España: En Alicante Manzanares y Carretero salvan la tarde / José Adame indulta un toro del Ventorrillo en Las Rozas de Puerto Real

Manzanares y los astros salvan la tarde Por José Luis Benlloch:

Se juntaron los astros. Manzanares rescató la tarde. Sucedió en el quinto. Digo yo que para algo existirán los astros: para salvar maridajes como el de Manzanares por San Juan. Iba la tarde de aquí para allá, mucho torero y poco toro.

También suele pasar cuando se anuncian los de Juan Pedro Domecq.

Pero salió el quinto y se puso a embestir. Sin gran emoción, con mucha toreabilidad, co toda la suerte del mundo en tanto en cuanto Manzanares, obligado por la tierra y por su condición de figura, le dio distancia, tiempo, mimo, ni muy fuerte ni muy flojo, y el toro se creció en su bondad y la faena lo hizo en calidad. Más generosa sobre la mano derecha, excelente en una serie zurda, sin duda el momento de la tarde.

A esas alturas Alicante era una fiesta, con motivos por el toreo de Josemari -otro momento cumbre fue un molinete absolutamente enroscado y ligado con el de pecho- y porque suponía salir del muermo en el que nos habíamos metido. La obra, una vez más, la rubricó con un volapié soberbio. La muerte radical del toro y el clamor del público llevaron a la aparición simultánea de los dos pañuelos de la presidencia. Dos orejas y puerta grande: estamos en Alicante y ni los astros ni Manzanares podían permitir otra solución a la tarde.

Era la tercera corrida de toros de la feria y volvió a llenarse la sombra hasta niveles de auténtica asfixia. Y por esta vez no tenía mal aspecto el inclemente sol.

Afuera no más de cuatro docenas de antitaurinos vociferaban hasta donde les dio el jornal del día. No mucho, por cierto. Y en la plaza la tarde arrancó con la entrega del trofeo de triunfador de Hogueras 2017 a Josemari y con una alternativa, la de Diego Carretero, así que emoción sobre emoción.

Para el primer acto, los compases del himno de Hogueras. Para el segundo, las ovaciones cariñosas de los seguidores del toricantano llegados desde sus tierras albaceteñas. Al toro de la alternativa, Rezongana, toro vivo, chico, bueno, un diez en toreabilidad, el neófito le aplicó un recital capotero. Toreó a la verónica rítmico, suave y sedoso. En la misma línea se manifestó en un quite por chicuelinas y luego la faena, brindada a su mentor, el matador Luis Rubias, tuvo buen trazo, buena intención, momentos lucidos en un principio, algunos más amontonados al final, de tal manera que fue todo de más a menos. En su segundo, que cerraba plaza, estuvo animoso, buscando con fe el éxito que le diese vida. Encontró los mejores momentos sobre la mano izquierda y lo despachó de un excelente estoconazo. Le concedieron dos orejas, que con la del primero fueron tres que le convertían en el triunfador numérico de la tarde.

Sin más historia

El resto de la corrida no tuvo gran historia. El segundo de la tarde fue un muñeco con el que Morante quedó inédito con el capote. Primera mala noticia de la tarde. En cambio su arranque de faena fue precioso. Los ayudados por alto los hubiese firmado Cagancho. Un molinete intermedio muy airoso y la trincherilla nos retrotrajeron a su tierra sevillana y ya vimos poco más porque el toro muñeco no entendía tales fruslerías y se puso incómodo. Excusa suficiente para que Morante abreviase. La gente le pitó porque vino a la plaza con el pack morantista, que supone las ovaciones delirantes y los pitos ñoños, vengan o no vengan al caso.

Su intervención capotera ante el quinto fue radicalmente distinta. Lo recibió por chicuelinas: qué gracia, qué donaire, qué facilidad, y qué torería. Y qué mierda de toro, por cierto. A partir de ahí, el mundo al revés. Morante se puso voluntarioso e insistente. Trabajador. Morante, por Dios, ¡no nos traicionemos los principios!

Del tercero apenas recuerdo unos lances muy parados de José María, muy descargado sobre los talones. El toro, castaño, zancudo y con poca clase, no reaccionó ni siquiera a la perfecta técnica del alicantino. Mucho torero y poco toro en una lucha absolutamente desequilibrada. Lo remató de dos pinchazos y un soberbio volapié.

La corrida acabó tan tarde como en días anteriores, sólo que hubo más motivos para justificarla. La imagen de los dos toreros por la puerta grande –Manzanares y Carretero– recuperaba el perfil más propio de las Hogueras.

Publicado en Las Provincias

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Mexicanos en España:

El diestro mexicano Joselito Adame indultó hoy un toro de El Ventorillo en la localidad madrileña de Las Rozas de Puerto Real y salió a hombros junto a su compatriota Sergio Flores que desorejó a un astado de vuelta al ruedo del mismo hierro.

Se lidiaron toros de El Ventorillo, desiguales de presentación y juego. El mejor, el cuarto, número 42, de nombre “Bordador“, que fue indultado. También fue bueno el tercero, premiado con la vuelta al ruedo en el arrastre.

Joselito Adame, oreja, y dos orejas y rabo simbólicos.

Juan del Álamo, silencio y oreja.

Sergio Flores, dos orejas y silencio.

La plaza registró casi media entrada en los tendidos.

Twitter @Twittaurino

Aborrecible tarde de los Bohórquez, salvada por el vestido mercurio y azabache de Sergio Aguilar

Por José Ramón Márquez.

El tostón. Sin paliativos. El puro tedio. La nada. ¿A quién se le ocurriría lo de traer hoy los murubes de Bohórquez? ¿A Florito? ¿A Carreño? ¿Quién ve los toros para Madrid? ¿Quién programó esta corrida innecesaria? El domingo pasado al salir de la de la Prensa y ver ya pegado el cartel de los Bohórquez, la mosca se fue inmediatamente detrás de la oreja y ya de ahí no se movía el animalito, por más manotazos que se llevase, dados todos ellos con el máximo cariño en su condición de ser igual a nosotros “en inteligencia, sensibilidad, en derecho a la vida”, tal y como predica nuestro flamante Ministro de Cultura. Ya me hubiera gustado ver al Ministro en contrabarrera del 9 a ver cómo sostenía lo de la “inteligencia”, lo de la “sensibilidad” y lo del “derecho a la vida” de las seis prendas que mandó don Fermín Bohórquez Escribano desde Cádiz a hacer el ridículo en Madrid el día que se conmemoraba el LXXXVII aniversario de la de la corrida a beneficio del paro obrero, aquella inauguración ful de una Plaza rodeada de desmontes, pues, como todo el mundo sabe, la Plaza Vieja siguió funcionando con total normalidad hasta finales de la temporada 1934.

Decir Bohórquez es pensar en rejones, que ése ha sido el destino natural de los toros de esta ganadería desde hace lustros. A lo mejor los rejoneadores, que ahora necesitan el toro perfectamente manufacturado para sus ejercicios de doma, ya se han hartado de los toros de Bohórquez y el hombre ha pensado volverlos a echar a la cosa de la lidia a pie, pero si la evolución de la vacada tuviera que tomar su deriva particular a raíz de lo visto esta tarde en Madrid, a la vuelta del camino acecharía el “eliminando lo anterior”, que cuanto antes lo apliquen, mucho mejor. El hecho de considerar deplorable a la corrida que don Fermín ha enviado a Madrid es opinión que se cimenta en varios aspectos.

En primer lugar la presentación. No es necesario saberse de memoria el AREVA, ni siquiera es preciso haber oído hablar del Barbero de Utrera, basta con irse a la página 7 del programa oficial y leer donde dice: “el murube se ha caracterizado por ser un animal grande o de caja generosa…” etcétera, para conocer que hoy, de eso nada. Es decir que cualquiera que entienda el español, aunque nunca haya visto una corrida ni un toro, ya podía leer en tan docta publicación oficial de la propia Plaza que lo que había en el ruedo no tenía nada que ver con lo que debía haber.

En segundo lugar, por la cosa de la casta, que la contemplación de esas cucarachas desparramando la vista a ver si encontraban una encina con la que ir a rascarse, huyendo de los pencos o mirando bobamente la muleta mientras se preguntaban para qué podría servir eso, colocaba a los toros más cerca de la feria de ganado de Torrelavega que de lo mínimo exigible en un Plaza de Toros.

En tercer lugar la fortaleza, que es una forma de decir la debilidad, para que se vea lo antigualla que llevan la cosa estos Murube, que cuando prácticamente la mayoría de los ganaderos han conseguido eliminar el síndrome de blandura y derrumbe, con estos de Bohórquez parecía que habíamos echado hacia atrás veinte años en el tiempo. Ya sabemos que a los calés no les gustan los buenos principios, pero es que hoy ni principio, ni nudo, ni desenlace. El primero de la tarde, cuyas señas nos vamos a ahorrar, era ya de por si tan feo, tan repelente, tan indecoroso, que nos llevó a pensar en que después del trajín de los eminentes profesores veterinarios durante la Feria del Isidro, hoy habían encomendado la labor evaluadora del ganado a un becario poco espabilado o de patente enchufe.

Y si falla la ganadería, lo suyo sería pensar que ahí hay un funcionario público dispuesto a hacer su labor contra tirios y troyanos y a defender el interés de la vociferante plebe frente al poder de la Empresa. Esa misión, en el día de hoy, le correspondía haber sido desempeñada por don Justo Polo Ramos, pero el hombre, por la causa que fuese, no estimó oportuno el momento como para investirse de tan intrincada labor y, de entre toda la escala cromática en forma de pañuelos que alberga al alcance de su mano presidencial, tan solo estimó que el blanco, ese color que es imagen de inocencia, bondad y pureza, ese símbolo de la humildad y la paz sería su estandarte en esta tarde de junio, tarde de luto de aniversario por la muerte de Iván Fandiño en la que él, al modo de los antiguos griegos, exhibiría el blanco, sólo el blanco, pasase lo que pasase; y así se sucedieron, una tras otra, las veinticinco pañoladas, blancas como los acantilados de Dover, con las que don Justo se desentendió del espectáculo denigrante que se desarrollaba a sus pies en el espacio rodeado por una barrera hecha de maderos y actuó como si la tarde se desarrollara en términos de la mayor normalidad. Esto, como es natural, desató las iras de los damnificados -que siempre somos los mismos- y eso llevó a muchos a exigir al señor Polo, de manera coral y, si se quiere, con cierto desafinamiento, el inmediato abandono del Palco, cosa que como puede comprenderse no ocurrió.

Y así, con unos toros impropios y con un Presidente en pleno abandono de su labor, ya podía venir Juan Belmonte resucitado, que la tarde no la levantaba ni Sansón. Para la cosa del toreo los de Plaza1 montaron un cartel barato trayéndose a Fortes, a quien el hecho de que en San Isidro no le concedieran una oreja -otro pañuelo blanco- le sirvió para verse anunciado hoy en Madrid y en seguida en Pamplona; a Álvaro Lorenzo, de quien siempre se me olvida lo de que cortó tres orejas en Madrid antes de Feria y ahí tengo al aficionado J. para recordármelo; y a Galdós, que venía de proclamar su Episodio Nacional ayer mismo en Torrejón de Ardoz. De las respectivas labores de los diestros, en honor a la verdad, nada se puede decir, salvo reseñar que por allí estuvieron.

¿Y no hubo nada bueno que reseñar? Pues incluso en una tarde tan aborrecible como la de hoy, al menos podemos poner tres cosas buenas: la primera que la tarde fue placentera, con un ligero y agradable vientecillo; la segunda, la brega al segundo y el vestido de Sergio Aguilar, mercurio y azabache; la tercera, que nadie tomó el olivo.

No soy capaz de concebir la idea de la tauromaquia que se habrán llevado a sus países de origen los extranjeros que hoy, por primera y acaso única vez en su vida, hayan asistido a esta corrida de toros.

Publicado en Salmonetes ya no nos quedan

FERIA DE SAN ISIDRO: Añoranza de una buena bronca

El diestro colombiano Luis Bolívar da un pase a su primer toro. MARISCAL EFE
El diestro colombiano Luis Bolívar da un pase a su primer toro. MARISCAL EFE

Por Antonio Lorca.

Si a Luis Bolívar le hubieran dedicado una buena bronca hace unos años, quizá hoy sería otro torero. Si ayer sale de la plaza de Las Ventas entre una ruidosa protesta de unos tendidos encrespados, quizá estuviera todavía a tiempo de reflexionar y dar un nuevo rumbo a su carrera.

Pero en la fiesta de los toros se han perdido las broncas como expresión de exigente cariño. Las grandes figuras de todos los tiempos han tenido una mala tarde y han debido soportar con entereza el enfado de sus partidarios. Una buena bronca te puede hacer pensar y te invita a cambiar. Porque el enojo o el desagrado en la fiesta de los toros no son más que sinónimos de un afecto que solo se profesa a quienes se quiere; y en este caso, a los ídolos.

Bolívar se marchó al hotel entre el silencio a la muerte de su bondadoso primero y unas palmas al finalizar su labor en el sexto, otro toro que le ofreció posibilidades de éxito. Y, con toda seguridad, alguien tratará de convencerlo de que él no es el culpable, que estuvo bien con los toros y que fue la dificultad de estos la que impidió que saliera por la puerta grande.

Quizá, sea exagerado, pero el lote del torero colombiano llevaba el triunfo en la frente; al menos, eso pareció desde la grada, desde donde los toros se ven de manera diferente, también es verdad.

Noble el tercero, que acudía con presteza y nobleza a los engaños, y noble el sexto, extraordinario por el pitón izquierdo. El torero se dejó superar ampliamente por su primero y ofreció una impresión de desgana y derrota. Quiso y no pudo o, quizá, es que no se encontraba en ese momento con la inspiración necesaria. Lo cierto es que desaprovechó la golosa embestida del animal y la plaza guardó un pasivo silencio tras el arrastre del toro.

Salió espoleado Luis Bolívar a recibir al sexto, y lo hizo con buen gusto y pasión con cuatro aceptables verónicas y una media con sabor. Se esmeró en colocar al toro frente al caballo, y mostró una actitud encomiable en el inicio de la faena de muleta. Tardó en ver el lado izquierdo, el bueno, del toro, y ambos colaboraron en tres tandas templadas, lentas y hondas, de naturales que albergaban una fundada esperanza. No alcanzó la faena el clímax requerido, la alargó en demasía, quiso arreglarlo tirándose de verdad sobre el morillo a la hora de matar, pero escuchó dos avisos y casi todo se diluyó.

Posiblemente, esta corrida de José Escolar le pese en su carrera; y aunque no hubiera bronca, la mereció, y de las gordas.

Otro que se fue entre silencios fue Rafaelillo, y fue esa una nota alta para su lastimoso quehacer. Se le vio perdido, con pocas ideas, sin soltura y desconfiado. Su primero lo atisbó cuando el torero lo citaba con la mano derecha y fue a por él como una flecha; tanto es así que, si no está listo, lo manda a la bandera. Le costaba embestir, y el torero dejó claros su oficio y entrega, pero quedó la impresión de que le pudo el conformismo. Y naufragó ante el quinto, corto y soso en el tercio final, con el que no le salió nada a derechas, y todo acabó en una decepción que no se debe corresponder con la eficacia de este torero. Una buena bronca tampoco le hubiera venido mal.

Mejor estuvo Robleño. Acostumbrado a fieras difíciles de lidiar, se encontró con un bonancible toro segundo de la tarde con el que se cruzó de verdad, y dibujó un manojo de naturales plenos de sabor. No supo acabar a tiempo, su labor se hizo interminable y todo el fuego se apagó pronto. Encima, lo aplaudieron. Ante el dificultoso quinto se justificó sin más.

¿Y los toros? Decepcionantes, en primer lugar, por su presentación, correcta para su encaste, pero muy justa para lo que se exige en esta plaza. Todos, a excepción del quinto, hicieron una aceptable pelea en varas, y, con escasa movilidad, pero con nobleza no exenta de sosería, dejaron estar a los toreros. El sexto, protagonizó un espectacular primer tercio, pero destacó más en el galope que en el empuje al caballo. Miguel Martín y Fernando Sánchez saludaron tras un vibrante tercio de banderillas en este toro.

Después de la guerra a muerte de los Saltillo llego el armisticio de los de Escolar. Tras la tensión, la nobleza, y, también, cierto aburrimiento. Una buena bronca —varias— hubiera levantado los ánimos.

ESCOLAR / RAFAELILLO, ROBLEÑO, BOLÍVAR

Toros de José Escolar, correctos de presentación, bravos en los caballos, noblotes, sosos y de corto recorrido.

Rafaelillo: tres pinchazos y estocada (silencio); pinchazo, estocada baja y un descabello (silencio).

Fernando Robleño: —aviso— casi entera perpendicular y dos descabellos (ovación); bajonazo y cuatro descabellos (silencio).

Luis Bolívar: estocada baja (silencio); estocada —aviso—, dos descabellos —segundo aviso— y un descabello (palmas).

Plaza de Las Ventas. 29º festejo de la Feria de San Isidro. 5 de junio. Más de media entrada (15.528 espectadores, según la empresa).

Publicado en El Pais

Feria de San Isidro: Miura, un saldo impresentable que ofende a su historia y a Madrid

Por Carlos Ilián.

La leyenda de Miura sigue llevando la gente a la plaza como se demostró ayer. Una leyenda que se estrelló en Madrid con la inaceptable presencia de los toros enviados a San Isidro por los ganaderos del histórico hierro sevillano. Esta corrida con otro nombre, ponga usted Garcigrande, o Juan Pedro, no pasa el reconocimiento. Hasta el sector más torista y por lo tanto más cercano en su identidad con esta ganadería, protestó cinco de los seis toros que saltaron al ruedo.

Lo afirmo sin dudarlo: es la corrida de Miura peor presentada que recuerdo en plazas importantes. Un insulto a Madrid y a la propia historia de Miura por parte de los ganaderos que la enviaron y de los veterinarios que la aprobaron. De tan infame saldo se puede salvar el sexto toro, un auténtico miura por su honda caja y su expresión.

El juego de los miureños se desenvolvió con reacciones más moruchas que bravas. El primero, de aviesas intenciones, puso a Rafaelillo contra las cuerdas. Se defendió entre regates como pudo, evitando el hachazo en la embestida. Le costó un mundo el descabello. El cuarto hacia hilo con la humanidad del torero y Rafaelillo lo trasteó sin gran convicción hasta donde pudo.

El segundo toro le permitió a Pepe Moral unos momentos de indiscutible brillo, especialmente una tanda de naturales de trazo y temple impecables. Fue el minuto de oro de la tarde y de Moral porque el quinto desarrolló todo un arsenal de criminales intenciones. El tercero solo se peleó contra las tablas, de salida, porque en la muleta apenas embistió como cualquier vulgar manso.

En el sexto Román se estiró por ambos pitones hasta donde fue posible, y fue muy poco posible.

Plaza de Madrid. Vigesimoséptima corrida. Asistencia: 22.597 espectadores, casi lleno. Toros de MIURA (3), de impresentables excepto el 6º y de juego morucho excepto el 2º y 6º. RAFAELILLO (4), de azul pavo y oro. Estocada que atraviesa y once descabellos. Un aviso (silencio). Pinchazo hondo y dos descabellos (silencio). PEPE MORAL (5), de negro y plata. Pinchazo, estocada trasera y cuatro descabellos. Un aviso (saludos). Bajonazo (silencio). ROMÁN (5), de grana y oro. Cinco pinchazos, estocada atravesada y dos descabellos. Un aviso (silencio). Bajonazo y descabellos (ovación).

Publicado en Marca

Feria de San Isidro: Un ‘miura’ salta al callejón

Un ‘miura’ salta al callejón
Mal presentada, mansa, descastada y complicada corrida del legendario hierro sevillano.

Por Antonio Lorca.

La tarde había caído en picado a causa de la mansedumbre, la mala casta y la falta de calidad de la corrida de Miura cuando los clarines y timbales anunciaron la salida del sexto de la tarde.

Salió engallado el cárdeno Taponero, de 576 kilos de peso, recorrió el diámetro del ruedo, y se plantó en un periquete en el burladero del tendido 7; atisbó allí la montera de un subalterno y, en un intento de quedarse con ella, saltó limpiamente la barrera y se plantó en el callejón, donde se produjo una estampida en décimas de segundo. El de la montera buscó como pudo refugio en la arena, otros se guarecieron en los burladeros interiores y alguien tuvo tiempo de abrir la salida al ruedo situada en el camino de la puerta grande. Hasta allí llegó el toro con enorme violencia, de modo que a punto estuvo de dejarse un pitón en uno de los postes que sostienen la barrera. Pero aún tuvo tiempo el animal de ver con el ojo izquierdo las piernas de dos operarios que a duras penas trepaban por la madera para guarecerse en el callejón y hacia ellas lanzó un gañafón que no alcanzó su objetivo.

En el ruedo le esperaba ya Román, que pudo enlazar un par de estimables verónicas; manseó con descaro en el caballo, recortó peligrosamente en banderillas, y llegó al último tercio con una durísima fiereza que puso a prueba el corazón de su lidiador.

Había que tener muchas agallas para citar a ese toro a escasa distancia de los pitones. Era, quizá, un animal para jugársela a cara o cruz, un toro de Madrid, de esos que te ofrecen la posibilidad de una catapulta hacia el estrellato. No está claro. Román, valiente y entregado, consiguió embeberlo en la muleta en un par de muletazos en los que el miura metió la cara en el engaño. No rehuyó la pelea el torero, no dio un paso atrás, pero la mala casta de su oponente no parece que pudiera ofrecerle un triunfo inesperado.

Fue lo más emotivo de una tarde decepcionante en el apartado torista. En primer lugar, porque los miuras no lucieron estampas de tales. Varios de ellos fueron justamente protestados por su deficiente presentación, que es requisito imprescindible para la emoción de una ganadería que no es santo y seña de nobleza y calidad.

No se cayó ninguno, lo que es de agradecer, pero todos destacaron por su mansedumbre en los caballos, su mala casta, sosería y complicaciones en el tercio final.

Rafaelillo tuvo suerte de volver al hotel con la cabeza intacta. En la suerte suprema, su primero levantó la cara y le puso los pitones en el cuello con la clara intención de descabezarlo. Todo quedó, afortunadamente, en un roto en la taleguilla y un susto dolorido. No estuvo bien el torero ante ese toro, que no era un santurrón, corto de viaje y deslucido, con el que Rafaelillo mostró excesivas precauciones, impropias de un torero valiente y avezado en este hierro. Poco pudo hacer ante el cuarto, soso, descastado y empeñado en lanzarlo por los aires.

Los mejores muletazos de la corrida los dio Pepe Moral al segundo, el único que mostró un comportamiento noble, pero también falto de vida y codicia. Largos fueron los pases iniciales por bajo, templados algunos redondos y, en el tramo final de la faena, un templadísimo natural aislado y tres grandes ligados con el de pecho. Mató mal, pero la labor del torero no llegó a alcanzar el clímax necesario; quizá, porque la buena condición del animal exigía una movilidad de la que carecía.

Intoreable, en términos modernos, era el quinto, con el que el torero sevillano lo intentó sin posibilidad de éxito.

Y no estuvo afortunado Román ante su primero. Era como los demás, con el añadido de que en un muletazo con la zurda el toro le puso los pitones en el corbatín. Al torero se le vio afligido en la suerte suprema y se echó fuera sin pudor alguno.

En fin, mansa y dificultosa corrida de Miura -lo normal por otra parte-, pero de presentación impropia para esta plaza.

Publicada en El País

25° FERIA DE SAN ISIDRO: La raza de Cayetano más allá de la oreja

Por Sixto Naranjo.

Reventón de viernes con la plaza de Las Ventas hasta arriba. San Isidro comienza la cuenta atrás. Los que apuraban su paso por la Feria eran Castella y Manzanares. Cayetano, por su parte, decía hola y adiós en la misma tarde. No término de cuajar la ovación a Castella tras su triunfo este mismo miércoles. Injusta la cicatería de algunos con el diestro galo.

Amplio pero bien hecho fue el primer toro de Victoriano. Se empleó en la primera vara aunque mostró cierta flojedad de remos. Algo que fue a más en el tercio de muleta. Lo intentó Sebastián a media altura, algo que Madrid no convence. El toro además se rajó y ya en tablas echó definitivamente el freno de mano. Media estocada al tercer intento acabó con el toro.

El segundo fue un ejemplar más basto de hechuras. Frentudo y ancho de sienes. Locuno y sin fijeza en los primeros tercios, Manzanares lo sobó en el inicio de faena. Intentando fijar una embestida que no terminaba de asentarse. Lo consiguió en una tanda en redondo. Mando y ligazón. Pero hasta ahí duro el toro. En la siguiente puso rumbo a tablas. Lo persiguió el alicantino hasta terrenos del cuatro. No se dio coba José María, que se lo quitó de en medio de media estocada.

Con el primero de Cayetano cambió el hierro de la casa ganadera. El de Toros de Cortés no terminó de emplearse en varas. Comenzó la faena sentado en el estribo. Por alto los muletazos. Ya incorporado, fueron sabrosos los ayudados y una trincherilla que ligó al de pecho. La primera tanda fue la mas lograda. Mando y reunión en el toreo a derechas. Después el toro también huyó a tablas. Solo ya en el epílogo hubo de nuevo conjunción entre toro y torero en una última serie. Cayetano, eso si, se volcó en el volapié. Entera pero tendida la espada. Y la petición de oreja, raspada. Algo que dividió a los tendidos tras la concesión del trofeo. El diestro se encaró con el 7 cuando iba camino de recoger la oreja.

El buen momento de Castella salió a relucir con el castaño cuarto. La apertura de faena tuvo su habitual pase cambiado pero pronto cogió la derecha para ligar una primera tanda de limpio y largo trazo. La siguiente desembocó en un cambio de mano y un natural que se hicieron eternos. La faena parecía que estallaba definitivamente. Pero tras ello, llegaron algunos gritos extemporáneos desde el tendido y Castella pareció desconectarse. Se embarulló y se amontonó en la distancia corta donde concluyó la faena. Un pinchazo y media estocada trasera acabaron por diluir lo hecho por el torero galo. Se resistió a caer el de Victoriano y llegaron a sonar dos avisos.

El quinto de un ejemplar estrecho de sienes y tocado arriba de pitones. Derribó al caballo en la primera vara que tomó pero después llego desfondado y sin vida a la muleta de Manzanares. El diestro tampoco quiso meterse en líos y el trasteo no pasó de discreto. Sólo la estocada mereció la pena.

Cayetano pidió pausa al torilero. Tenia decidido irse a portagayola para recibir al sexto. Salvó con nota el trance. El de Victoriano era serio, un tíó como él solo. Lo llevó por chicuelinas Cayetano y después realizó el quite de Ronda. La plaza a esas alturas bullía. Inició de rodillas la faena pero tuvo que volver a la vertical ya que el toro salía suelto del engaño. Una primera tanda hizo albergar esperanzas. Buscó la colocación cabal el torero. Pero como todos los toros se Victoriano en esta Feria, y han sido 14, éste sexto también se hundió en su falta de casta. Pero la personalidad de Cayetano durante todo el festejo fue lo que nos llevamos en claro.

FICHA DEL FESTEJO

Madrid, viernes 1 de junio de 2018. 25° de Feria. Lleno de ‘No hay billetes’.

Cinco toros de Victoriano del Río y uno de Toros de Cortés (3°), bien presentados pero de distintas hechuras. Unos por flojos, otros por desfondados, a la corrida le costó romper.

Sebastián Castella, silencio tras aviso y saludos tras dos avisos.

José María Manzanares, silencio y silencio.

Cayetano Rivera, oreja y saludos.

Publicado por COPE

San Isidro: La ONU taurina llega a Las Ventas

Por Fernando Fernández Román.

Era un experimento. Un ramalazo de genialidad, de buscar la novedad. Lo nunca visto, o casi nunca; en suma, un aliciente más, un pimiento del piquillo picante, para reavivar la cartelería maratoniana de esta feria de San Isidro. Dígase lo que se quiera, no se puede negar que, en principio, lo de la corrida de las Seis Naciones cayó bien. La ONU taurina se presenta en Las Ventas. Era una curiosidad que apetecía descubrir y discernir, llegada la hora. Y la hora llegó: las siete de la tarde del jueves del Corpus Christi, al tiempo que, a menos de una hora de camino en coche, se celebraba una corrida de toros de postín. Lo diré con letra de sevillana lenta de Chiquetete: A la Puerta de Toledo…/ en el mismo sitio (su plaza de toros) y a la misma hora, cuatro toreros, Morante, El Juli, Talavante y Álvaro Lorenzo, llenaban el coso de la imperial ciudad y se entretenían en cortarles ocho orejas a los toros de Garcigrande.

Tan brutal competencia hizo que los graderíos de la Monumental de Madrid se cubrieran solo en sus dos terceras partes. Impresión final: no carburó la novedosa corrida. Un solo toro para seis matadores, entraña el riesgo de que los toreros traten de dilatar al máximo su única intervención (lo cual puede acarrear, como así fue, una rociada de avisos). También comporta una pequeña ceremonia de la confusión, cada torero llevaba a sus órdenes un picador y dos banderilleros, pero como uno de estos últimos se encarga de la brega durante el segundo tercio, se tiene que echar mano de otro del siguiente espada, para cubrir el expediente. Total, que la inmensa mayoría del público, incluido el grueso de la conspicua afición, no se enteró bien de quien colocaba los palos en la tarde de ayer.

Banderas por doquier, en las bocanas de acceso a la gradería descubierta y también en los propios tendidos, en un ejercicio cromático y visual de fervor patriótico, esta vez un poco forzado por el marketing –bien dirigido, por cierto—del departamento pertinente de la empresa.

En efecto, a las siete y unos pocos minutos iniciaron el paseíllo una formación inusual de toreros, a saber: Juan Bautista (de Francia), Luis Bolívar (de Colombia), Juan del Álamo (de España), Joaquín Galdós (de Perú), Luis David Adame (de México) y Jesús Enrique Colombo (de Venezuela). Seis naciones taurinas en liza, con sus correspondientes embajadores plenipotenciarios (o no). Y en chiqueros, seos buenos mozos de El Pilar, ganadería salmantina (traer cada cual su toro “nacional” debió complicar mucho las cosas, pero todo se andará). La disposición jerárquica que, según el orden de antigüedad de los toreros, ofrecía el cartel obliga también a una exposición cronológica de lo ocurrido; por tanto, me olvido por esta vez de invocar al estro literario y me doy complacido a la tarea de utilizar el género periodístico del “toro por toro”, que con tanta fortuna manejaban los revisteros de antaño, para lo cual, me complace reestrenar mi seudónimo, solo sacado del armario en casos excepcionales. A ello voy:

Primer toro, Dudoso de nombre, castaño de pelo 551 kilos de peso, de correcta presentación, aunque mas bajo de agujas que los estereotipos de esta ganadería. Mansea en varas. Brega eficazmente de capa Rafael González y Gustavo García (de la cuadrilla del torero siguiente) le coloca un buen par de banderillas. Aprieta en uno de los puyazos, poro no tarda en echar el freno en el tercio final. Juan Bautista torea de muleta con soltura y buen oficio. El toro pega arreones y no termina de pasar. Poco que hacer. Pincha una vez, a continuación otro pinchazo horrible, media caída y descabello. Silencio.

Segundo toro, negro mulato, Jacobo de nombre, y como tal resultó ser un jacobino de tomo y lomo, porque revolucionó la lidia en pocos minutos. Los 549 kilos de peso, bien repartidos por su equilibrada anatomía. Luis Bolivar lo torea a la verónica con buen porte, y saca dos lances excelentes. Se arranca al caballo de picar desde gran distancia (unos 20 metros), pelea metiendo los riñones y le pegan duro. En la segunda vara también aprieta, pero le pegan menos. Bolívar inicia el trasteo confiado, y cuando trata de dar un pase en redondo con la mano diestra, el toro se acuesta por ese lado, le prende, voltea y busca en el suelo, rompiéndole al torero los bullones de la camisa y le saca la pañoleta a pasear. Tremendos instante de incertidumbre, porque los pitones rondaron el pecho, la espalda y el cuello del colombiano, a merced del toro de El Pilar durante angustiosos segundos. Se levanta Luis Bolívar sereno y valiente, mostrando al toro la muleta que maneja con la mano izquierda. Brotan los naturales armoniosos, todo lo que permite una embestida encastada y buscona del toro. Más con la derecha, encarrilando mejor al animal en el trapo rojo. Pases de pecho profundos y ceñidos. Adornos finales. Escocada algo caída. Aviso y silencio. Mereció una ovación cerrada el torero, porque tuvo mucho mérito su labor, dadas las condiciones del toro de El Pilar.

Tercer toro, cinqueño, Liebre de nombre, castaño de pelo, 515 kilos, también bajo de agujas. Le pican poco. Embistió con viaje desmotivado, evidenciando también bajura de casta y escasa codicia. Juan del Álamo realiza una larga faena, deseoso de sacar el máximo partido al animal. Algunos pases al natural le salen estimables y los de pecho, también. Pinchazo y más de media al encuentro. Aviso y silencio.

Cuarto toro, de nombre Campanero, 601 kilos, rabilargo. Recibe un puyazo al relance de un capote, empujando con poder y otro metiendo abajo la cabeza en el peto. Luis David Adame, en su turno de quites, realiza uno muy vistoso por navarras. El Pilo coloca dos buenos pares de banderillas y el peruano Joaquín Galdós escenifica un precioso comienzo de faena, por abajo, flexionando la pierna. Dos series con la derecha que permiten ver la nobleza del animal y alguna de naturales de bella traza, se logran a la voz y con toques precisos, aunque no consiguen calar en el público. El toro es noble, pero soso. Mal con las espadas, pincha tres veces, pone media estocada y descabella al segundo intento. Dos avisos y silencio.

Quinto toro, Cotidiano de nombre, cinqueño, de 535 kilos de peso, negro bragado y muy astifino. Se deja pegar en varas, metiendo los riñones en dos entradas. Exhibe movilidad en los tercios siguientes, aunque lleva la cara alta y los pitones por encima del estaquillador de la muleta de Luis David Adame, muy inteligente y sereno, le saca el máximo partido, midiendo tiempos, alturas y distancias. Los pases en redondo con ambas manos no pueden completarse como quisiera el torero porque el toro se frena en la salida de los muletazos. Las bernadinas ajustadas de final de faena son injustamente afeadas por un sector de público. La casta que le falta al toro la pone el torero. Estocada entregándose. Petición de oreja y vuelta.

Sexto toro, atiende por Medidillo, es negro y pesa 562 kilos. Lo recibe Jesús Enrique Colombo con dos largas cambiadas de rodillas en terrenos de tablas del 10 y con unos salerosos lances del delantal.

Empuja el toro en varas y Colombo quita por chicuelinas. Banderillea con su proverbial espectacularidad, pero marra en el par al quiebro, prendiendo los palos en la paletilla del toro. Pide colocar un tercer par y parte del público le abronca, en gesto de absurda impertinencia. Por fin coloca otro al cuarteo, exhibiendo sus facultades físicas, porque el toro arrea en este tercio. Muy encastado y con movilidad, este toro fue el mejor de la desigual corrida enviada por Moisés Fraile, y posibilitó algunas fases lucidas del joven diestro venezolano, todo voluntad y ganas de agradar. La contundencia de su espada precipitó una tibia petición de oreja, desatendida por el presidente. Dio la vuelta al ruedo.

Consideraciones finales. Casi todos los toros fueron protestados de salida. Ignoran los protestadotes el perfil fenotípico de estos toros, generalmente no “rematados de atrás”, pero muy ofensivos por delante. Luis Bolívar se mostró cuajado, artista y valiente. Mereció una mejor respuesta del público, después del trance terrible que sufrió, del que salió milagrosamente ileso. Adame (Luis David) sale reforzado de Madrid y Colombo queda a la espera de más reposo y una nueva oportunidad.

La tarde fue soleada y fresquita.

Publicado: República