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Adiós a la Feria de Sevilla: Miura, y échate a correr…

Por José Ramón Márquez.

Y en el fin, como tantas veces, Miura. Otro domingo de Miura más en Sevilla, otra nueva muesca en el revólver con la forma de una A con asas, junto a aquéllas de cuando bajábamos a ver a los de Lora del Río porque no iban a Madrid, que nos tiramos lo menos diez años seguidos sin verlos en Las Ventas, y cuando venían nos íbamos a El Batán a poner a prueba lo que sabíamos de las capas de los toros, porque allí no había dos iguales, de los sardos a los retintos y de los negros con amplias bragas o jirones a los salineros. Ahora los Miura no suelen sacar aquella variedad de capas, y últimamente vemos muchos cárdenos que, para qué negarlo, nos tienen algo amoscados a los que somos partidarios sin fisuras de esta histórica vacada que el año próximo conmemorará los ciento setenta años de su presentación en Madrid.

Miura es un Tourmalet para un torero. No es otra corrida de toros más. Por ejemplo Ponce sólo tiene una en su haber, Manzanares ninguna, Julián tampoco… para qué seguir. Se ve que con los Miura no debe manar el arte ése y los artistas, entonces, no están por la labor. Algo tendrá esta A cuando les conviene tan poco a los reyes del poderío como a los figurones de época, que ellos pensarán que habiendo Domingo Hernández, ese mármol de Carrara con el que esculpen sus figuras de Lladró vendidas como obras de Praxíteles, para qué se las van a ver con las cuernas astigordas, los tipos agalgados y altos, o los humores cambiantes del ganado que crían don Eduardo y don Antonio Miura en la finca Zahariche. Mejor dejarlos para otros.

Para ser honestos, diremos que en la tarde de hoy, decimocuarto festejo del abono de Sevilla, ha salido un Miura de los de verdad, el primero de la tarde, un castaño llamado Redondito, número 36, y otro que prometía lo suyo pero que no hemos llegado a ver por las prisas presidenciales en echarlo, el quinto, Trianero, número 30. El resto del encierro no ha sido lo que se dice un modelo en cuanto a presentación, siendo el caso más evidente el del segundo, Londrito, número 78, que se llevaba ochenta quilos con el de más peso de la tarde, que resultó ser el sobrero, Limeño, número 84, que sustituyó al Trianero antes reseñado. El encierro no fue sobradísimo de fuerzas, pero se movió bastante. Los toreros que para su honra como matadores de toros pusieron su nombre en los carteles junto al de Miura fueron Manuel Escribano y Pepe Moral.

Ya me hubiera gustado a mí ver a toda la parte alta del escalafón de matadores de toros con el primero de la tarde, ese perfecto ejemplar de Miura, puro trapío, que demandaba caballos sin peto y lidia en los pies. Su lidia comienza cuando arrebata el capote a Escribano de manera limpísima, como un prestidigitador, luego hizo una pelea mansibrava o bravimansa con los del arre, se vino a todo trapo a los cites a banderillas que le propuso su matador y cuando éste comenzó su faena de muleta le arrebató la misma con idéntica facilidad con que le había quitado antes el capote. Escribano planteó un trasteo muy superficial y desde el tendido se aprecia perfectamente cómo el toro se va enterando y va tomando conciencia del papel que le corresponde para acabar siendo el amo del cotarro. Desde el inicio de la faena, con una innecesaria pedresina, hasta la estocada con la que le cazó, la relación entre el toro y el torero fue ganada de manera neta por el de cuatro patas. Acaso para compensar, su segundo, Bigote, número 66, fue el menos miureño de los siete que salieron hoy de los chiqueros; a éste lo volvió a banderillear el matador con muchas ventajas, salvo un último par por los adentros de valor y exposición. Aquí no había que poder al toro tantísimo como en el anterior, pero Escribano se amontonó con el de Zahariche (o acaso el realquilado de Zahariche) y no consiguió poner en movimiento su tauromaquia o lo que sea que pretendiese hacer con el tal Bigote. A Bigote lo había recibido de rodillas frente a la puerta de chiqueros y lo mismo se le ocurrió hacer con Trianero, número 30, otro neto miureño de gran trapío que literalmente le sacó de la Plaza persiguiéndole hasta el burladero. Este parecía acalambrado y doña Anabel Moreno Muela, de quien todo lo ignoramos, acaso pésimamente asesorada por el profesor don Santiago Sánchez Apellaniz decidió poner al hermoso animal de vuelta al chiquero, cosa que hizo el toro con una excelente movilidad de sus cuatro extremidades y sin asomo de cojera o acalambramiento. En su lugar salió Limeño y Escribano volvió de nuevo a ponerse de rodillas frente a la puerta de chiqueros, que esto era un no parar. Vuelve Escribano también a tomar los palos para, de nuevo, dejar dos pares veloces y ventajistas y un espeluznante par al quiebro, citando sentado en el estribo, ejecutado en una perra gorda, como decían nuestros abuelos. El toro embiste con la cara alta y no da la sensación de que Escribano vaya a solucionar eso, a cambio el torero le propone al toro diversos “volver a empezar” hasta que viendo que de esa alcuza no saca más que susto, decide pasaportarlo con media tendida que envía a Limeño a las regiones celestiales.

Pepe Moral lo tuvo en la mano

Cuando salió Pepe Moral se notaba el run-run y que las gentes estaban completamente a su favor. A veces pasa, y hoy era innegable cómo la Plaza entera estaba dispuesta a echar una mano en el triunfo del de Los Palacios. En su primero, el más chico y de menor presencia del conjunto, Moral se puso de rodillas a la puerta de toriles, que menuda tarde de rodillas a la puerta de toriles nos han dado los dos matadores, y luego desarrolló una teoría de muletazos sin acoplamiento y ayunos de mando, de mucho acompañamiento y muy poca ligazón y remate que fue culminada con una estocada de zambullón que resultó desprendida y que puso a las buenas gentes a pedir la oreja, petición desaforada a todas luces, que fue mansamente atendida por doña Anabel Moreno Muela, de quien todo lo desconocemos, acaso pésimamente asesorada por “Finito de Triana”.

Limonero, número 4, es el segundo de Pepe Moral y, acaso la clave de esta corrida para él. Ni que decir tiene que la cosa comenzó con el matador de rodillas frente a la puerta de chiqueros, pero tras ese momento reiterativo y tras cumplir en su encuentro con el del castoreño, se presenta un toro que da la impresión de ofrecer la posibilidad del triunfo. Moral pone en marcha su tauromaquia recibiendo en seguida el apoyo entusiasta del tendido, que no cesa de jalearle su labor. La verdad es que no debería habérsele pasado la ocasión a Pepe Moral, con todo el viento a favor, de haber pisado el acelerador para poner la Plaza como una olla express, porque en esa faena se jugaba el quedar como triunfador de la Feria, pues no es lo mismo lo del Julián con el bobo de “Orgullito” que lo de este con un Miura, pero Pepe Moral no revienta a torear, no levanta de verdad la faena en ningún momento y por eso cuando el toro tarda en caer se enfría un poco el entusiasmo y se lleva una oreja y no las dos a las que debería haber optado si hubiera tenido hambre y ansia de comerse el mundo. Nadie culpe a esa tal doña Anabel, pues la culpa de no tener hoy las dos orejas de Limonero en la nevera del mueble bar del Colón es toda de Pepe Moral.

La apuesta de “a ver qué pasa en el sexto” es harto complicada en una corrida de Miura. Salió Limosnero, número 52, largo y serio y Pepe Moral estaba a un trofeo de la Puerta del Príncipe, pero Limosnero se enteraba mucho de lo que pasaba a su alrededor y en sus acometidas estaba muy presente la promesa del hule. José Chacón dejó dos sobrios y expuestos pares de banderillas para que quede constancia de su clase como excelso peón y cuando llegó el momento de ponerse a torear lo que tenía Pepe Moral era un toro de hace cien años ante el que no planteó unos recursos de poder o simplemente de lidia que le hiciesen ponerse por encima del astado. Lo intentó por los dos pitones a lo moderno y en medio de esa batalla un metepatas de estos que ahora abundan se puso a cantar un fandango o lo que fuese, y fue acabar el cante y empezar a llover a mares, sin que con esto queramos decir que el cante tuviese relación alguna con la lluvia que cayó. La cosa es que entre el agua, el lío de que si canta o no canta y demás nadie echaba cuentas del quinario que estaba pasando Pepe Moral. Falló a espadas en su primera entrada y cazó a Limosnero a la segunda. Le sacaron a hombros, pero él, seguramente, no estará feliz con su resultado.

En resumen, una entretenidísima tarde de toros, porque habiendo toros no hay quien se aburra.

Publicado en Salmonetes ya no nos quedan…

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Crónica de Monterrey: Rey Midas

Por Paco Tijerina.

En tarde de clima agradable con algunas ráfagas de viento y ante poco más de media entrada, se lidiaron toros de Arroyo Zarco, bien presentados y de juego variado.

Enrique Ponce: ovación y dos orejas.

Octavio García “El Payo”: oreja y oreja.

Leo Valadez: división tras tres avisos y dos orejas.

Enrique Ponce fue atendido en la enfermería de un golpe propinado por una banderilla en el ojo izquierdo que le provocó un ligero derrame.

Cuando el ejecutante alcanza esos niveles de excelsitud y el término “maestro” empieza a parecer insuficiente, uno tiene que rendirse y aceptar que lo de Enrique Ponce ha dejado ya un plano de magisterio para convertirse en un auténtico “Rey Midas”, que todo lo que toca se convierte en oro.

Porque sin diferenciar si está en España o en México, si es la Feria de Sevilla o Monterrey, el de Chiva se entrega por igual, sin cortapisas, sin restricciones en un ejercicio personal que va más allá de la simple vocación o el cumplimiento de un compromiso, el diestro enfrenta tarde a tarde, toro a toro, un reto personal en el que no hay concesiones de ninguna especie y tiene que mejorarse a cada paso.

Hoy no fue la excepción, tenía que triunfar en Monterrey, se lo debía a su afición, pero sobre todo, se lo debía a él mismo.

Con el primero de su lote dio cátedra al mimarlo y empaparlo en la magia de su muleta, ayudándole a romper a bueno, consintiéndole, extrayendo lo mejor de su enemigo a cada instante, en un largo trasteo por ambas manos en el que con plasticidad y estética tapó las deficiencias del astado, alcanzando pases de gran calidad, sobre todo por la derecha. Al momento de tirarse a matar el estoque alcanzó una banderilla y provocó que el alfanje se desviara, cayendo el torero a la arena, pero después tras un pinchazo cobrar una estoada entera para ser premiado con una ovación en el tercio.

Espoleado por la oreja que consiguió El Payo en el segundo del festejo, Ponce salió decidido a armar un taco y lo logró al exprimir materialmente al toro de Arroyo Zarco que le correspondió en suerte. Vistoso con la capa, estético, puro y sin mácula, lanceó como ordenan los cánones y con la muleta deletreó el toreo por ambas manos con una suavidad inaudita, recreándose en cada pase, paladeando y disfrutando, alternando las tandas con adornos y remates para crear un conjunto de enorme exposición. Mató de media en todo lo alto que hizo doblar al burel y teniendo como fondo el grito consagrador de “¡Torero, torero!” le fueron concedidas las dos orejas, mismas que paseó en una emotiva vuelta al ruedo.

Octavio García “El Payo” tuvo una actuación solvente esta tarde en Monterrey. Viejo conocido de la afición a la que enamoró desde sus inicios novilleriles cuando alcanzó sonados triunfos, el público acudió a verle con interés y el queretano se mantuvo fiel a su concepto del toreo serio y sin alardes innecesarios, dando a sus enemigos la lidia que requerían.

Los dos auriculares conseguidos hoy fueron producto de dos faenas interesantes pero, principalmente, de su eficiente manejo con la toledana con la que, hay que decirlo, tiene un “cañon”.

Con su primero supo sobreponerse a la falta de fuerza y logró interesantes pasajes por ambas manos. Su segundo fue uno de los buenos toros del encierro y por alguna causa “El Payo” insistió en torearlo corto, sin alargar los trazos, recortando el viaje y quedándose cerca entre pase y pase, cuando el astado le pedía distancia; con todo y ello hubo trazos de gran calidad.

Dos orejas, una en cada enemigo, como justo premio a dos trasteos de un torero que cumple con la expectativa y se justifica ante la afición.

Leo Valadez dejó ver que cuando se lo propone es capaz de alcanzar grandes cotas. Normal en esta etapa de su carrera, aún le falta definir y definirse en cuanto a estilos y espejos, ya que cuando no encuentra eco en el tendido tiende a imitar la escuela hidrocálida que busca el aplauso fácil con las zapopinas, sin darse cuenta de que cuando corre la mano de verdad tiene más réditos.

A su primero le enjaretó pases de gran calidad por ambos pitones, pero de pronto y cuando el cónclave empezaba a centrarse, el chaval cambiaba los procedimientos y dejaba el toreo en redondo y por bajo para ejecutar dosantinas, para luego volver a lo básico. El largo trasteo cobró factura y el enemigo se le hizo de hueso, tanto que escuchó los tres avisos, volviendo al callejón en una división de opiniones.

Mención aparte merece el deleznable detalle de la orden dada al puntillero Reyes Pérez por el juez de callejón, Pepe Lavín, de apuntillar al astado desde el callejón en una grotesca escena que fue reprobada por el público y el biombo, al percatarse del error, les lanzó un bocinazo para que dejaran de intentarlo, con tan buena suerte que el morito se echó para, ahora sí, apuntillarle con el respeto y dignidad que debe tratarse a un toro de lidia.

Si la orden es que un toro vuelva al corral así debe suceder, máxime que se encontraba justo frente a la puerta de toriles. El público no tiene culpa de que no se cuenta con una parada de mansos y no tiene por qué ver el patético espectáculo de ver a un hombre balancearse sobre su abdomen en la barrera para tratar de apuntillar a un toro… ni el público, ni la plaza, ni el toro, merecían ese trato indigno, pero como en Monterrey nunca pasa nada, el asunto quedó en eso: en nada.

Volviendo a Valadez, con el sexto la historia cambió y aunque de inicio apostó al toreo efectista postrándose de hinojos para ligar en redondo los muletazos, la acometividad y transmisión de otro buen pupilo de Arroyo Zarco le permitieron construir una faena que fue a más y que fue coronada con un estoconazo hasta las cintas que provocó que el respetable exigiese la concesión de trofeos, misma que el palco atendió al otorgar dos auriculares con los que dio la vuelta al redondel.

Al final los tres toreros salieron a hombros de los aficionados.

Publicado en Burladerodos

Feria de San Marcos: EXITOSA FUNCIÓN PARA LA TERCIA DE ACTORES

Por: Sergio Martín del Campo. R.

Hay ocasiones que a los que figuran les da por salir de su zona cómoda y condescienden a lidiar astados de ganaderías que crían reses con casta.

El cartel propuesto por la empresa dejó los talonarios del boletaje agotados; como feliz consecuencia, la Plaza Monumental de Bailleres se anotó una entrada de lleno hasta los fortines. Esto durante la tercera corrida del Serial Taurino San Marcos 2018.

Para la lidia a caballo se corrieron dos toros de La Estancia, nobles y de buen juego, ganándose el arrastre lento el segundo, honor que mejor merecía el primero.

Para la lidia a pie se soltaron de toriles reses de Jaral de Peñas, de engañosa presencia, faltas de remate y con poca musculatura, aunque de buen tipo. Su desempeño resultó más bien en el círculo de lo descastado, salvando los colores de la divisa el segundo de Joselito Adame, aparecido en cuarto turno general. Un toro bravo, de esos que generan emoción y dan mérito a lo que se les haga. Como pleitesía a su casta y buena sangre, se ordenó el arrastre lento, cuando en realidad fue de vuelta al ruedo.

La extraña señora fortuna favoreció a Pablo Hermoso de Mendoza (pitos y dos orejas) con un toro de alta evaluación. Noble y con bravura, soportó en excelente estado físico la clásica labor del équite navarro, quien se acentuó variadamente, ya toreando a la grupa, ya al estribo, y siempre procurando armonía y templanza en relación con la clara embestida del adversario, al que en un tramo desgraciado despachó no sin verse a la mar de mal con la “Hoja de Peral”.

Su segundo fue un toro de excesivo pienso; y pese a que le agobió la gordura, su nobleza de sangre permitió que se realizara el toreo a la gineta. Y lo forjó el peninsular en nueva edición, poniendo en el redondo escenario entusiasmo, oficio y variedad, acertando, además, con los trebejos propios del rejoneo. Ya hecha la faena ecuestre, mató dejando el arma en sitio pasado y caído.

El galo Sebastián Castella (palmas, silencio y oreja en el de obsequio). Primero bregó haciéndose de las embestidas de su primero, y posteriormente le centró en su engaño para plasmar suntuosos lances, no entregando la capa a su mozo sino hasta cincelar nítidas chicuelinas. Vino luego un bloque muletero de interés, de correcta táctica y talentoso. El astado, con permanente intención de buscar el patrocinio de las maderas, al ir buscando la tela lo hacía con potencia, y entonces el extranjero le dejó inteligentemente el avío en la testa y así logró desgajarle muletazos estupendos, intensos y amplios, colocándose por encima del adversario al que despachó desempeñándose realmente mal con el estoque.

Frustrado por el mal juego de su segundo, quemado con la marca de Villa Carmela y que sustituyó al toro titular al haberse fracturado el cuerno siniestro cuando remató brutalmente en un burladero, regaló un séptimo, éste de Santa Fe del Campo, que, aunque noble le ahogaron los kilos. No obstante, el espigado coletudo le sacó el mayor provecho y le hurtó pases de uno en uno, granjeándose la aprobación de la mayoría. Puso punto final a la función con media estocada caída.

El tercer ejemplar se rajó al ser requerido con la muleta, pero dio un juego que, si bien, complejo para el diestro, de gran interés para el aficionado, pues al ir tras la tela lo hacía con fuerza respetable, remitiendo hacia las alturas salvajes cuchilladas. Ahí fue en donde apareció una torerísima actuación del aguascalentense Joselito Adame (silencio y dos orejas), quien con enjundia acerada y nítido oficio le extrajo sendas tandas derechistas que percutieron en los escaños. Un apéndice lo tenía prácticamente en su cuenta, sin embargo aquel pinchazo antecedió a la estocada y al descabello definitivo.

Con verónicas de manos caídas y usando muy bien las articulaciones de sus brazos, fueron las de recibo a su segundo, un toro enrazado, exigente, que embistió con recorrido extenso, llevando la cornamenta muy abajo y retornando siempre a la muleta en busca de pela. Por su parte, el coletudo buriló una faena maciza, recia, respaldada en el toreo clásico, de pocos adornos y corriendo la mano por ambos flancos. La emoción cundió en los tendidos, y ya exprimido el ímpetu del burel, se echó el alfanje al pecho, endureció el brazo y cobró una estocada de buena ejecución, aunque demasiado tendida en colocación. El toro realmente bravo no dispensa errores, chapuzas ni juegos, y el puntillero, al enviar el cachetazo final, fue elevado a las alturas, pues el bóvido, al sentirlo, mantuvo su casta hasta el último instante de su brava vida, y se levantó, dándole un susto tremendo que por nada llega a ser cornada seria.

Foto: Joselito Adame Twitter.

Fuente: Noticiero Taurino

Feria de Abril: Muy seria corrida de Fuente Ymbro

El Fandi corta la única oreja de la corrida y Padilla da una vuelta al ruedo.

Por Carlos Ilián.

Plaza de la Real Maestranza. Tres cuartos de entrada. Toros de FUENTE YMBRO (5), muy serios de presentación aunque juego muy desigual, excepto 1º, 3º y 6º, que se emplearon. JUAN JOSÉ PADILLA (6), de blanco y oro. Estocada trasera (vuelta). Estocada (silencio). EL CID (5), de tabaco y oro. Pinchazo y estocada (silencio). Media estocada (silencio). EL FANDI (6), de obispo y oro. Estocada (silencio). Estocada (una oreja).

La lluvia, como al principio de la feria, ha querido regresar para el final, y mientras tanto una muy seria corrida de Fuente Ymbro muy desigual de juego aunque tres toros, primero, tercero y sexto se emplearon para, al menos alegrarle la cara al ganadero.

Juan José Padilla anda de despedida en las plazas después de su anuncio de retirarse de los ruedos al final de la temporada. Esta circunstancia la añade otro ápice de simpatía por parte del público y ayer hasta le pidieron con fuerza la oreja del primer toro después de un espadazo. Padilla comenzó a portagayola y lanceó con apreturas a la verónica. En la muleta el toro se empleó por el pitón izquierdo y le permitió a Padilla un discreto toreo al natural. El cuarto sacó mal estilo y Padilla brujuleó para aliviarse.

El Cid nunca se acopló con el segundo toro a pesar del buen pitón derecho del toro, pero el torero de Salteras nunca encontró ni la distancia ni el temple adecuados. En el quinto, que brindó a Juan José Padilla, quiso pero se estrelló con un toro descastado. Como descastado y con mal estilo fue el tercer toro con el que Fandi anduvo a trallazo limpio.

En el sexto, un toro muy ofensivo de pitones y que metió la cara en la muleta, desplazándose con mucho recorrido El Fandi tuvo un momento emotivo en un circular de rodillas tragándose aquella cornamenta a la altura de los ojos.

De pie ya no fue igual y Fandi volvió a las andadas del trallazo, muy por debajo del toro de Fuente Ymbro, pero la genta estaba de su parte y el estoconazo fulminante al final le valió la única oreja de la tarde.

Publicado en Marca

Feria de San Marcos: EL INGRATO ENCIERRO DE XAJAY ANESTESIO LA SEGUNDA TARDE

Por Sergio Martín del Campo. R.

La “Gigante de Expo-Plaza” se anotó en sus albos escaños apenas un punto arriba del cuarto de entrada. Esto para dar curso a la segunda función del serial San Marcos 2018.

la empresa, en diligencia comercial, adquirió un encierro quemado con la efigie ganadera de Xajay, cuya presencia reveló la doble moral del criador Javier Sordo Bringas. Esta partida de hasta siete ungulados aparecida en el circular escenario, se evaluó de cabalmente terciada. Hubo verde, amarillo, naranja y hasta entre azul y buenas noches. Incluso al salir al redondel el segundo y el quinto, se escucharon protestas en altos decibeles emitidas de la garganta del inconforme cotarro, que en justicia repelía la falta de seriedad y categoría del patrón del criadero queretano.

En lo que no hubo ni altas ni bajas, más bien compacta y pareja tesitura, fue en su juego. Las siete reses lidiadas fueron mansas, sosas y desrazadas. Cumplieron la mayoría en lo que fue un remedo de la suerte de varas, y al ser llevados los siete despojos al patio de carniceros, buena parte del cónclave hizo escapar sobre el viento pitos y voces de inconformidad.

El primer toro, durante el tercio inicial, se lesionó los cuartos traseros, condición que le hizo arribar al bloque muletero con el físico evidentemente mermado. Sin embargo, conservó nobleza, y ésta fue acogida por el peninsular PacoUreña (palmas y al tercio), para con cariño, pericia, paciencia y calibrado procedimiento, mantenerlo en pie y entregar una labor meritoria, empero mal rematada con el estoque.

Un veleto cuajado, soltaron en cuarto turno; el mismo que dio continuidad al océano de mansedumbre. Pero el sólido oficio y la torería del murciano provocaron que su actuación no pasara desapercibida. Bien colocado, entibando las zapatillas y manejando la sarga con mando, fue acomodando una faena derechista durante la cual hurtó al antagonista pases formidables, burlando con talento las amenazantes facas, aquellas que siempre apuntaron a los faroles. Lamentablemente la posibilidad de una oreja se esfumó, pues el buen quehacer con las telas lo mancilló pinchando primero y matando de estocada baja después.

Con estética y buen tipo, Arturo Saldívar (palmas tras absurda petición de oreja, silencio y palmas en el de obsequio) veroniqueó al primero de su lote, y antes de dar su capa a la espuerta dejó en el centro del anillo un ramo de gaoneras. Tal amago de encanto se derritió durante el último tercio; ese descastado bovino pudo más que el empeño del coletudo, y el cuadro se fue cubriendo de tenue color y se inoculó de imperceptible aroma, terminado con una estocada pasada y tendida.

Novillón venido a más fue el quinto, y mientras estuvo presente sobre la arena, la frustración e incomodidad de la clientela se proyectó a través de gritos y silbidos. El diestro, consciente de ello, abrevió el bochornoso asunto sin cuidado de la ortodoxia al empuñar el arma.

Huecas sus aspiraciones, se atrevió imprudentemente a obsequiar un séptimo, proveniente de la dehesa titular. Aquel fue otro anovillado animal, aunque en descargo de la conciencia de su dueño, fue tardo, pero cuando iba tras las telas se tragaba nítidamente la sarga. Por su parte el espada se observó hacendoso y variado, construyendo una labor con momentos toreros que agradaron a la mayoría. A media faena, al de Xajay le salió lo manso, pero con talento el espigado diestro le ganó un paso adelante, le dejó el engaño en la mera testa y le desgajó buenos muletazos. Otro posible apéndice quedó en deseo cuando atizó un par de pinchazos insuficientes, viéndose luego certero al usar la de cruceta.

Al tercero de la función lo salvó de la hoguera lo bien armado que estaba; pero su aspecto fue de jovenzuelo. Al ser demandado en las partes de la lidia, manifestó falta de raza, y constantemente se rajó. Mientras tanto, la labor del aguascalentense Leo Valadez (silencio y palmas) se evaluó de obstinada, lo mismo que desabrida, sin consecución y, en lógico resultado, de modesto calado entre el escaso público. Con media espada tendida firmó esa su primera intervención.

Cerró la lidia ordinaria otro bóvido de anovillado perfil físico, para no variar. Un pinturero quite al modo de Miguel Ángel Martínez “El Zapopan”, delante de él, fue lo único digno de mención. En el último tercio el cornúpeta se dio a mansear y por ello el empeño y disposición del diestro casi se fragmentaron y se extraviaron en el obscuro abismo del olvido. Para mal terminar, dejó una estocada atravesada y delantera, desenvolviéndose luego de manera eficaz cuando sacó del fundón el descabello.

Foto: NTR Twitter.

Publicado en Noticiero Taurino

Feria de Abril: Insoportable muestrario del toro manso y tullido

La excepción de la tarde el toreo al natural de Manzanares.

Por Carlos Ilián.

Plaza de la Real Maestranza. Undécima corrida. Lleno. Toros de JUAN PEDRO DOMECQ (2), en sexto lugar dos sobreros de la misma ganadería, casi todos, excepto el 2º,paupérrimos de casta y fuerza. ENRIQUE PONCE (5), de azul y oro. Pinchazo en los bajos y pinchazo hondo. Un aviso (silencio). Pinchazo hondo en los bajos y tres descabellos. Un aviso (saludos). JOSÉ MARÍA MANZANARES (6), de nazarenos y oro. Estocada (una oreja). Cinco pinchazos y pinchazo hondo (silencio). GINÉS MARÍN (6), de celeste y oro. Pinchazo y estocada corta (saludos). Estocada (saludos).

Ocho toros salieron por la puerta de chiqueros, como podrían haber salido dieciocho o veintiocho y no habría cambiado ni un ápice el signo de la penosa corrida de Juan Pedro Domecq, inválida y descastada, que terminó por enfurecer a la gente en el sexto toro, un lisiado que fue devuelto para que saliera otro tullido, también devuelto y al final un tercer toro de las mismas características. Insoportable desfile de sobreros, todos con la divisa titular. Pero no importa, ya hay anunciada otra corrida de Juan Pedro en la feria de San Miguel en septiembre…

La crónica de este espectáculo tan decadente se podría resumir en tres líneas, aunque escudriñando en la nefasta tarde hay que sacar en limpio dos tantas de naturales de José María Manzanares al segundo toro, que dentro de su borreguez salió mejor parado del conjunto. Manzanares se esmeró en hacer un toreo de irreprochable colocación y muletazos tersos y muy rematados. Como siempre fue letal con la espada y cortó una oreja que parecía enderezar la tarde. No fue así y el propio Manzanares se hartó de intentarlo con el quinto, tan parado e inválido como el resto. Esta vez, algo raro en él, falló varias veces con la espada.

Ginés Marín lanceó de primor a la verónica en su primero y después de brindar a Sergio Ramos se esmeró, muy por encima del toro, para ligar alguna serie de redondos. El sexto fue de imposible lucimiento. Ponce quiso salvar la invalidez de su lote a base de su facilidad con este tipo de toros. Todo se diluyó en un quiero, pero este toro no me deja…

El cartel de hoy

Toros de Fuente Ymbro para Juan José Padilla, El Cid y El Fandi.

Feria de Abril: lo malo, si breve…


El presidente niega una oreja a El Juli en una deslucida corrida de Jandilla.

Por Andrés Amorós.

Si el cartel, en sí, era muy bueno, después del indulto de «Orgullito», se convierte en óptimo. El ambiente es extraordinario: una gran fiesta social. Luego, como tantas veces, llega la decepción. El toro lo decide todo. Recuerdo un viejo refrán: «Tres cosas hay que nadie sabe cómo van a ser: el melón, el toro y la mujer».

Más chocante resulta porque Jandilla lleva dos temporadas muy buenas pero, esta tarde, las reses han fallado estrepitosamente: flojos, descastados, huídos, sin emoción, rajados… Ese es el enigma básico de este arte, siempre imprevisible. Y los ánimos del público, exaltados al comienzo, se han ido desinflando, como un gigantesco «soufflé»…

Al comienzo, se ha hecho saludar a El Juli, en recuerdo de la gran faena al toro indultado. (Me dice una elegante vecina: «En Las Ventas, lo van a esperar»). Se emociona el público con una pancarta: «Cataluña, taurina». Todos aplauden. Y uno apostilla: «Y el Barsa, Subcampeón de la Copa del Rey…». La guasa de esta tierra.

Raíces clásicas

Antonio Ferrera ha conseguido que muchos esperemos con ilusión su nuevo estilo, de raíces tan clásicas. El gran público, en cambio, sigue pitándole, cuando no coge las banderillas. La gente no lee y tardará tiempo en enterarse de que ésa es su decisión para esta temporada. El primer toro flaquea, se queda corto. (Tendré que repetir esto con casi todos sus hermanos). Además, no repite y pega derrotes . Antonio, en seguida, lo lleva al centro – a pesar del viento – y muletea, muy asentado y sereno. De pronto, el toro decide echarse en el dorado albero. ¡Vaya decepción! Le piden que corte y lo hace. Después de un pinchazo, logra una buena estocada. Recibe al cuarto con buenos lances, en su estilo propio, bajando la cabeza, acompañando la embestida. Se luce poniéndolo en suerte. El toro tardea, echa el freno ante el caballo, sale de la suerte cayéndose. Ferrera muletea con oficio y buenas maneras pero las caídas deslucen el trasteo. Con valor y mérito, todavía le roba pases en tablas, que son insuficientemente valorados. (La efervescencia emocional del comienzo ya se ha diluido). Mata bien, entrando despacio.

Resume certero Fran: «En esta Feria, de seis toros, sólo le ha embestido uno». Veremos si en Las Ventas tiene más suerte.

Idilio con Sevilla

El Juli vive su momento de idilio con el público sevillano, que lo apoya y empuja. El segundo toro es noble pero flojo. Lo recibe con buenos lances, cargando la suerte y a pies juntos. Roca Rey aprovecha la bondad de la res para su quite barroco. Julián replica con chicuelinas de mano baja (como Manzanares padre) y compás abierto (como José Tomás). La gente ruge: ¡dos gallos de pelea! Es lo que han venido a ver. Brinda Julián al público; anda fácil con el toro pero molesto por las ráfagas de viento. Torea con mando, algo encorvado. Los naturales desmayados hacen sonar la música: escuchar a esta Banda «Suspiros de España» es una maravilla. Al final, desata el entusiasmo con un circular. Mata mal, con el habitual salto; además, caído y perpendicular. La petición de oreja es mayoritaria pero el Presidente no la concede. Sentencia un vecino: «Ha sido sólo medio toro; por eso, la faena ha ido a menos». Y no está bien que, en esta Plaza, como ahora en casi todas, se valore sólo lo rápido que caiga el toro, no el lugar de la estocada. Da la vuelta al ruedo. El quinto sale con genio, embiste de largo al caballo, pica bien Barroso. Después de los doblones iniciales, el toro se queda corto, se para y se cae. Una vez más, vivimos la desesperante situación de un diestro que ha de gritar cinco o seis veces «¡Je!» para que el toro embista un poquito. Le piden que abrevie y lo hace. Mata mal, con derrame.

Un manso manejable

Todos esperan que Roca Rey se enfrente con todas sus armas al diestro triunfador: lo intenta pero no logra rematar el triunfo. El tercero se llama «Jumbrío» (supongo que es «Umbrío», con la hache aspirada, como «cante hondo» da lugar a «jondo») pero se queda en muy oscuro. Apenas lo pican; se mueve, en banderillas, pero renquea de atrás; quiere embestir pero… Comienza Andrés con cinco muletazos de rodillas: uno de ellos, por la espalda. («El pase del runrún», lo bautiza un vecino). Liga muletazos mandones, de mano baja, pero la flojedad del toro frena el estallido. Aunque la res saca genio, le arranca muletazos. Mata con decisión pero mal. El último es un manso manejable que huye continuamente hacia chiqueros. El quite por gaoneras c y una larga sube un poco la emoción, muy caída. Saluda en banderillas Juan José Domínguez. En los terrenos que va buscando el toro huído, intenta sujetarlo, manda y aguanta; todavía consigue naturales de mucho mérito, en tablas, pero pierde la oreja, al pinchar. Una vez más, ha demostrado que, además del evidente valor, posee una notable capacidad y una claridad de cabeza poco frecuente. Con esas calidades, va a llegar muy lejos.

Única noticia buena, la corrida ha durado poco más de dos horas, algo increíble, hoy en día. Lo malo, si es breve, sigue siendo malo, pero se soporta mejor.

FICHA

REAL MAESTRANZA DE SEVILLA. Jueves, 19 de abril de 2018. Décima corrida. Lleno de «No hay billetes». Toros de Jandilla y Vegahermosa (4º), de muy pobre juego, todos flojos y deslucidos.

ANTONIO FERRERA, de azul marino y oro. Pinchazo y estocada (silencio). En el cuarto, buena estocada (silencio).

EL JULI, de tabaco y oro. Estocada caída perpendicular (petición y vuelta al ruedo con bronca al presidente). En el quinto, media caída con derrame (silencio).

ANDRÉS ROCA REY, de barquillo y oro. Estocada rinconera (saludos). En el sexto, pinchazo y estocada. Aviso (ovación de despedida.

Publicado en ABC

Crónica de Sevilla: “El Juli y Roca Rey, una rivalidad en ciernes”

Jueves, 19 de abril de 2018. Sevilla. 11ª de abono. No hay billetes. 12.000 almas. 27 grados a la sombra, algo de viento. Dos horas y diez minutos de función. Cinco toros de Jandilla y uno -4º- Vegahermosa, que completaba corrida. Los seis, de Borja Domecq Noguera. Antonio Ferrera, silencio en los dos. El Juli, vuelta al ruedo y silencio. Roca Rey, saludos y saludos tras un aviso.

Por Barquerito. Foto Arjona.

POR INTELIGENCIA, por temple y por la manera de torear en posado desmayo, El Juli. Por frescura, ambición, poderío, descaro y temeridad, y temple y desmayo también, Roca Rey.

Con uno y otro, y con los dos únicos toros de Jandilla que lo permitieron, cada uno a su manera, se midieron sin disimulo los dos toreros. El brujo y el aprendiz de brujo. El águila y el aguilucho, que ya vuela solo y planea y, si fuera preciso, muerde. Igual que El Juli hace veinte años.

Dieron los dos la talla. No solo por separado en sendas faenas que no tuvieron en común nada más que sus muchos recursos, su cabeza y su firmeza, sino también en una misma y sola baza juntos. En el segundo toro salió Roca Rey en su turno a quitar. Con gesto de retar, calentar y desafiar, un quite mixto de cuatro caros golpes, muy despaciosos, casi tanto como los tres lances sueltos a pies juntos con que El Juli se había hecho admirar en el primer quite propio. El remate de ese quite fue una espléndida media ceñida y a pulso. Contó además la manera de irse Julián de la cara del toro después de dejarlo puesto en suerte. Pura marchosería.

El quite de Roca fue celebradísimo. Por inesperado, por teatral y porque el torero limeño domina mejor que nadie los lances en bucle rescatados del repertorio barroco mexicano -saltilleras, gaoneras, los faroles en rizo de El Calesero– y los interpreta con aire ligero y seco, soltura notable y la imprescindible y elástica verticalidad. El toro se había empleado en dos puyazos de Salvador Núñez, iba a cambiarse el tercio y El Juli tuvo la brillante idea de recoger el guante y de salir a replicar con toda la tropa cerca. Se abrió de rayas afuera y en distancia, cobró dos chicuelinas de giro raudo y manos muy bajas, jaleadas las dos, y, sobre todas las cosas, remató esa réplica con dos lances de recorte a pies juntos antológicos, uno por cada mano.

Esos dos recortes sentenciaron a su favor la partida. Fue el momento cumbre de la corrida. Contando incluso el supino primor con que El Juli, en desmayo no impostado sino todo lo contrario -tensión cero-, llegó a torear con la izquierda muy a su antojo al toro de los quites. En los medios, en el tercio, entre las rayas también. Donde convino, porque el viento, que lo descubría, hizo a Julián rectificar su primer camino -las rayas delante de la Puerta del Príncipe- y buscar abrigo debajo de los músicos, que se arrancaron con una versión muy rica del Suspiros de España.

Siendo metódica, fue faena cargada de improvisaciones. Algunas del calado de seis muletazos por tanda y su broche. Por la mano derecha no había dejado de protestar el toro, que amagó con rajarse cuando El Juli quiso aplicarle el tercer grado. Por esa mano lo acabó obligando también. Sobró la coda de la faena. Tal vez estuviera Julián desatado. El toro se puso gazapón, se resolvió la cosa. Una estocada en la suerte contraria. Hubo petición sobrada. El palco se enrocó sin contar pañuelos. La vuelta al ruedo fue una fiesta.

Contando el quite, en fin, pero de otra manera tanto o más que el arrojo, la astucia y la limpia resolución de Roca Rey para buscarle y llegar a hallarle al sexto jandilla el cómo, el dónde, el cuánto y el cuándo. Un toro que huía de su sombra, no aguantaba más de dos viajes seguidos y solo tuvo una secreta virtud: no puntear ni cabecear. Dentro de la mansedumbre, su nobleza. Eso fue lo que adivinó Roca Rey, juncal, suelto de brazos, la muleta en vilo suave, sin carreras ni prisas ni pisotones, aunque tocara perseguir al toro y recorrer en pos de él el perímetro casi entero del óvalo de la Maestranza. Poderle a un toro tan rajado como ese -más que ninguno en unas cuantas ferias-, taparlo y gobernarlo y hasta someterlo en una penúltima tanda en carrusel pareció milagro. Al tercero de corrida, de viajes cortos y revoltosos, lo había tumbado Roca de una estocada en corto hasta el puño tan de las suyas. A este lo pinchó cuando ya acariciaba un triunfo de peso.

Por lo demás, la corrida de Jandilla fue un jarro de agua fría. Por su falta de combatividad, entrega y hasta fijeza. Las hechuras, sí. El fondo, no. Ferrera, distinguido en la brega como siempre, se llevó un lote deslucidísimo: se echó el primero, se aplomó el cuarto, El quinto, último de los cuatro que El Juli mataba en la feria, solo pegó taponazos antes de pararse.

Publicado en Torodos.com