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La de la Cultura. Performance con toros de granja en Madrid


Por José Ramón Márquez.

Por fuerza hoy lo del final debe ir al principio. Subíamos por la calle de Alcalá y, llegando a Manuel Becerra, mi acompañante recibe una llamada en su teléfono. Se descompone y se le saltan las lágrimas, le inquiero con un gesto: “A Fandiño acaba de matarle un toro de Ibán en Francia”, me dice. Al final la Cultura era eso, el viejo rito de la vida y de la muerte; no lo de andar marcando posturas con un torete de granja, sino que se te eche encima un toro encastado y te quite el futuro. Estadísticamente es inapelable que la muerte siempre está del lado del toro; lo raro es que pierda la vida el hombre y por eso, cuando tal cosa ocurre, apabulla. Fandiño sacó los pies del tiesto, y acaso otro día hablaremos de qué motivaciones le llevaron a anunciar su Domingo de Ramos en el que se jugó a sí mismo a una carta en una apuesta que acabó perdiendo, cuando vio bien a las claras cómo funciona el tinglado y las nulas oportunidades que tenía de romper la maraña de intereses que atoran el natural fluir de la parte alta del escalafón de los matadores de toros. Fandiño nos metió la ilusión en el cuerpo, la mayor ilusión colectiva en lo que llevamos de siglo XXI, en una corrida irrepetible en la que él solo fue capaz de llenar Las Ventas como hacía muchísimos años que no se veía en un festejo fuera de San Isidro. En el pobre resultado de aquella singularísima tarde perdió Fandiño y perdimos todos los que pensamos que la auténtica cultura del toro es la que se hace jugándose la vida, el físico y el alma frente a toros que no permiten estar “a gusto”. Tengo entre mis libros uno titulado “El día cuatro de agosto de 1947 moría Manolete en la Plaza de Vitoria”, su autor Gregorio de Altube; en ocasiones he fantaseado con Fandiño y la tarde de Resurrección, pensando, al hilo del libro aquél, que Iván Fandiño murió el 25 de marzo de 2015 en la Plaza de Las Ventas. Desde estas páginas se le animó, con la mejor intención, a que cortase su temporada en el año 16 y a que dejase pasar un poco de tiempo para meditar y recomponerse. No hay desdoro en ello. Muchos lo han hecho para retornar con más fuerza. Él o quienes le influían no contemplaron esa posibilidad, y ahora es ya demasiado tarde para saber qué podría haber pasado. Su deslumbrante e ilusionante irrupción en el panorama taurino en el año 11 es el otro gran recuerdo que hoy, en el día de su fin, se nos viene de Iván Fandiño.

Y ahora se hace difícil escribir porque la primera premisa de la corrida de hoy, titulada artera y ridículamente como “Corrida de la Cultura”, estaba concebida sobre la base de la inexistencia del toro como animal ofensivo, inteligente, memorioso y vigoroso, que de la casta ya ni hablamos. Cuando pensamos en Fandiño corneado por un toro de Baltasar Ibán y comparamos con los seis desgraciados que han salido hoy a Las Ventas y cuyas medias canales ya estarán en algún frigorífico, se ve a la perfección que existe un mundo de diferencia y que aunque el espectáculo se llame de la misma manera, apenas tiene nada que ver. Hoy en Madrid habían comprado una redada de Cuvis, de esos cuvillejos de cuya estirpe fue el impar Idílico, muerto en extrañas circunstancias, el alto, el bajo, el regordete, la sardina, el canijo, el donnadie: un control de alcoholemia a la salida del Fabrik, vamos. Y ahí estuvieron los seis cuvis, correteando y proclamando su supina bobería, su falta de ideas y su necia embestida perruna, con el fin de que sus matadores no pasasen otras fatiguitas que las que se derivan del calor sahariano que caía de manera viscosa sobre la Plaza. Y el mayoral, ya lo hemos dicho más veces, con el video grabando la corrida, para verla con el amo en el Grullo en invierno, en las noches de levante.

Para la cosa de la Cultura, además del insustituible octogenario Gárgoris Dragó, empeñado en vestir con T-Shirt, se trajeron a Morante, Cayetano y Ginés Marín, por lo culturales que son los tres.

Morante es más de la cultura ingenieril, de tipo terraplén. Se empeñó en que había que alisar el ruedo de Las Ventas en el que triunfaron Domingo Ortega y Dominguín y Ordóñez y Camino y Bienvenida y Antoñete y Rincón y Tomás y hasta que no se lo pusieron liso el tío no paró. Ahora está liso y tampoco torea ná de ná, o sea que lo mismo lo siguiente es pedir que le hagan un gua. Se plantó el tío en Las Ventas vestido de lingote de Fort Knox, que no cabía un hilillo de oro más en la chaquetilla, chaquetilla de picador bordada como un manto de la Macarena y, eso sí, con los dos pañuelitos de verdad en los bolsillos, como Lagartijo o Bienvenida, un detallazo. 

Apretadito de romana anda el de La Puebla, que eso no es obstáculo para el toreo, y con un capotón descomunal que nada tiene que ver con aquella inolvidable servilleta con la que toreaba Curro Romero, al que algunos insensatos tratan de equiparar a Morante. La verdad es que lo de Morante hay que verlo casi desde la óptica de las sectas o de los conversos: sale el primero, él despliega la manta de cama de matrimonio, le pega un lance al coloradito del que el bicho se va y la Plaza se viene arriba y ruge como si ahí, en ese preciso momento y de esa manera se hubiese fundado el toreo por los siglos de los siglos. En esta vida es mejor caer en gracia que ser gracioso, como dijo aquél. Acaso ni merezca la pena reseñar cómo dejó al toro ir suelto al caballo a que no le pegasen y cómo el burel se pegó por su cuenta una tercera entrada al jamelgo. En banderillas, una novedad de Morante: los seis palos son encarnados, acaso como homenaje al 39º Congreso del PSOE, vaya usted a saber. En banderillas Ginés Marín, pésimamente colocado toda la tarde, se cruza con Lili, estorbándole, cuando venía de parear perseguido por el toro, creando una innecesaria situación de riesgo. El inicio de la faena consiste en Araújo llamando al toro con el capote desde el callejón de manera insistente ante la mirada inocente del alguacilillo. No pasa ná. Morante se compone y traza sus medios pases, con la figura que tiene y que tan bien da en las fotos, se pasa al animal lo más lejos posible, abusa de las ventajas usuales y cobra una estocada habilidosa echándose fuera. Era su segundo de condición mucho menos clara que el primero y si con el primero no lo hizo, con el segundo menos. Y eso que el cuvi era una especie de novillo negro. En los lances de recibo le pega dos verónicas de gran gusto, soltando al toro antes de lo debido, con esa gracia que atesora. Cambiaron el tercio literalmente sin picar al toro y vuelven los peones con las banderillas del 39º Congreso. Comienza su faena por enganchinas, una y otra y otra y otra, que se ve que el toro no colabora, aunque lo que más claro queda es que a Morante lo que le molesta de verdad es el toro, no la arena. Viendo que no hay nada que hacer se demora en la nada por tratar de soliviantar un poco al público, que de broncas también se vive, cosa que consigue. Luego pega un mitin con la espada mientras en el tendido alto y la grada del 5 se produce una auténtica redada de la policía llevándose espectadores, acaso aficionados yihadistas.

Cayetano vino el hombre a dar de sí lo que pudo. La verdad es que cuesta explicar lo mal que está porque ni sabe ni puede estar mejor, y en un honesto rasgo de pundonor pone toda la -poca- carne que atesora en el asador de justificarse. Su primero, el salpicado, era la máquina de embestir. A la distancia que se la pusiera, sin un mal gesto, el bicho iba e iba y Cayetano hacía lo que sabía lo mejor que sabía. El momento mejor de su actuación son cuatro naturales muy denodados, medio quedándose y sin maldita la gracia. Con una estocada habilidosa echándose fuera liquida al salpicado, que se va sin torear. A su segundo lo recibe con unas verónicas rodilla en tierra à sa façon, de nuevo con ganas de agradar. No puede dar más de sí que eso. Iván García pone las banderillas con majestuosidad y Cayetano está el hombre con una toalla de hotel, que le va más que un capote; con la toalla finalmente le hace el “quite de la toalla” a Alberto Zayas. Brinda a Curro Vázquez y quiere que salga, pero Curro sabe bien que él, amónido cosmopolita, de paisano no debe salir a la Plaza, así que el brindis se produce en la boca del burladero del 9. Se va al 6, se quita las zapatillas, por el calor, e inicia su faena de rodillas, como aquella vez en Arévalo. La cosa baja de intensidad cuando se pone en pie y se va llevando al toro a los medios donde apura su trasteo cada vez más a menos hasta que deja una estocada contraria quedándose en la cara y un descabello para finalizar su actuación.

Y Ginés Marín… ¡ay Ginés! Es un torerito pinturero al que falta muchísimo. Su primero, toro de granja-escuela, le saca de la Plaza obligándole a tomar el olivo tirando el capote, que de paso diremos que lo de la capa no es ni mucho menos lo más fuerte de Ginés. Cuando pican al toro el hombre se queda a la derecha del picador, como un pasmarote, de espectador sin que nadie le haya dicho que ahí no debe estar. Le importa un bledo. La faena la inicia con una inspirada fantasía andando con la que se saca el toro a los medios, y luego allí la lía a base de lo de cada día, lo del pico, lo del por las afueras, lo de la pata atrás, y el toro venga a repetir y repetir y las gentes bramando como si aquello fuese grande; si hay que estar bien colocado, él no lo estaba; si hay que torear hacia el terreno de adentro, él toreaba hacia afuera; si hay que quedarse dentro en el final del muletazo, él se quedaba fuera, ligando desde la oreja. Las buenas gentes bramaban como si hubiesen visto resucitar a Lagartijo y Ginés dio fiesta al público ansioso de vitorearle. Tres pinchazos y una estocada delantera y desprendida acaban con el torete y hay quienes hasta le aplauden en el arrastre, entre ellos don Simón el empresario. El sexto es otra cabra que no impone el más mínimo respeto; cuando el bicho se le viene y Ginés resuelve el muletazo con una espaldina de esas de ¡Ay! ya te das cuenta de que no respeta lo más mínimo al toro, lo que pasa es que este sexto no es el tercero el de ir y venir y quedarse él solito colocado, este dice ¡fu! por lo bajinis, pero eso no le interesa a Ginés, que no ha venido al mundo del toreo a resolver ecuaciones, por lo que parece. Para animar un poco le dio las bernardas que no se le pudieron dar a los de Cuadri antes de atizar un bajonazo que hizo que el animal se fuese raudo a chiqueros, para salir bien en el video del mayoral y cantar su mansedumbre de manera patente, antes de recibir dos descabellos con los que se puso el punto final al festejo de la Cultura.

A las nueve y treinta y cinco llegábamos a Manuel Becerra, comentando la corrida…

Publicado en http://salmonetesyanonosquedan.blogspot.mx/2017/06/la-de-la-cultura-performance-con-toros.html?m=1

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@Taurinisimos 114 – Polémica Unión Picadores y Banderilleros – Pepe Luis Vázquez Hijo en Granada.

Programa @Taurinisimos de @RadioTVMx del viernes 16 de Junio de 2017. Conducen Miriam Cardona @MyRyCar y Luis Eduardo Maya Lora @CaballoNegroII.

Actualidad Taurina.

Polémica Unión de Picadores y Banderilleros caso Héctor Cobos en Madrid. Debate con el Subalterno en Retiro, Rafael Romero, invitado.

Imágenes de Alfredo Acosta, Vito Cavazos, Chato de Acámbaro y Efrén Acosta con los Victorino en Valencia en 2001.

Corrida de la Beneficencia en Madrid.
Triunfo de “El Juli” con toro de Victoriano del Río.

Recuerdo, Morante de la Puebla en Madrid, San Isidro 2001 Toro de Pérez Tabernero.

Producción: Miguel Ramos.
Operación: Abraham Romero.

La próxima emisión de #Taurinísimo será el próximo viernes 23 de Junio de 2017 a las 7 pm (Mex) a través de http://www.radiotv.mx

#EsperamosSuOpinión.

Twitter: @Taurinisimos.

Mail: taurinisimos@gmail.com

FB/Taurinísimo

Morante conquistó el 7


Por El Guerra para De SOL y SOMBRA.

Morante de la Pueba apareció en Las Ventas de civil y se sentó en la fila tres del tendido 7, en donde por lo visto en las imágenes que se proyectaron en la televisión se la paso bomba, siempre entre risas, con un vaso en la mano y hasta aplaudiendo las faenas de sus compañeros en el ruedo.

La aparición de Morante en el 7 de Las Ventas tiene varias connotaciones para la afición madrileña, pero la principal parece ser la de mandarle una señal al sector duro de la plaza y decirle: Aqui estoy y no les tengo miedo. 

Por ahora.

Al finalizar la corrida entre flashes de celulares, Morante caminaba  lentamente entre la multitud como un profeta psicodélico y fue en un momento de atasco entre la multitud, cuando un periodista del diario EL ESPAÑOL le pregunto el porqué de su presencia en el tendido y Morante le contesto sin verlo a los ojos “He venido a ver la corrida al ‘7’ para ver qué dicen de los toreros”, exclamó con una mueca sarcástica y continuó hablando pausadamente “la corrida ha sido muy entretenida.”

Al final la pregunta obligada, toreará en la Corrida de la Cultura ¿Qué sensaciones hay? 

“Sensaciones…”, piensa dos segundos. “¿Sensaciones?”. Pasa otro rato y al estilo de Rafael de Paula, uno de sus espejos al que trata siempre trata de imitar contesta; “mañana te lo cuento”, y así finalizó la breve entrevista con una sonrisa, antes de perderse en la noche madrileña.

Twitter @Twittaurino

Ocho con Ocho: Imaginándome Por Luis Ramón Carazo

Antonio Ferrera en Sevilla.

Con gran emoción, presencié los pares de banderillas de Morante de la Puebla entre muchos detalles bellos de la Feria de Sevilla y desde luego la actuación rotunda de Roca Rey, así como el prodigio de belleza creada por Antonio Ferrera con el capote, ante un sensacional toro de El Pilar que por desgracia se lastimó una pata y tuvo que ser sustituido por otro de la misma ganadería el sábado 6 de mayo, en el que su maestría evidente, se impuso.

En Aguascalientes la semana anterior de finales de abril, me relataron varios aficionados la lidia con pujanza y codicia balanceadas con nobleza de los astados de Santa Fe del Campo y de Jaral de Peñas, uno de los cuales de la última fue merecedor del indulto, después de faena vibrante de Diego Silveti quién desafortunadamente sufrió una cornada y también fui testigo de buenas faenas de Joselito, Perera y Castella y de lo que se intuye a futuro de Luis David Adame, esto es, la fiesta todavía tiene mucho que ofrecer a las próximas generaciones.

Desde luego hay mucha crítica una positiva y constructiva y otra malsana, cuando vivimos un momento en que me parece que la unión hará la fuerza y no la diatriba pero cada quién que haga lo que crea mejor, eso sí reflexionando y no hablando como si hubiera algún dueño, de la verdad absoluta.
Pero voy a la imaginación, el sábado de la tarde sevillana, desde la mañana, en México y en los Estados Unidos vivimos la euforia de la pelea a celebrarse por la noche en Las Vegas, entre El Canelo y Julio César Chávez, con un impacto económico que rebasó fácilmente los seiscientos millones de dólares, entre pitos y flautas.

Los dos peleadores se llevaron alrededor de 40 millones entre ambos y 60 millones de personas fueron testigos de la pelea entre México y Estados Unidos más otros que no incluyo en la cuenta de muchos países en el mundo, aficionados con todo y que no estaba en juego un campeonato mundial, sino un bellísimo cinturón de artesanía huichol (pueblo indígena de Nayarit) aupada desde luego la contienda, por la situación política de nuestro país con el bilioso presidente del país vecino.

¿Y entonces la imaginación? Calmantes montes, pájaros cantantes.

Me imaginé lo que sería la misma situación, por ejemplo, un mano a mano entre Enrique Ponce y José Tomás, en una plaza de España, europea, mexicana o de alguno de los países taurinos, la corrida probablemente provocarían cifras espectaculares que justificarían su organización y ejecución, para ver de cual cuero, salen más correas después de que ambos en muchos sentidos, son agua y aceite.

Desde luego como el box, el éxito dependería de la difusión por televisión abierta con pago por evento, combinados. De ser exitoso, entonces se pudiera convertir en hito y guía para los próximos meses, posteriormente se pudieran hacer eventos entre toreros mexicanos, Roca Rey de Perú y otros pesos pesados en contienda con los españoles en 10 o 15 fechas escogidas en los diferentes países taurinos.

Alguna vez Don Aurelio Pérez que en gloria de Dios repose, con Televisa y otras empresas taurinas, organizó una serie de corridas en un día en América con motivo del encuentro de Colón con nuestro continente y el 19 de julio de 1992 a su menda le tocó la fortuna de narrar la hermosa faena de José María Manzanares al toro Profeta de Pepe Garfias en La México, pero el suceso quedó en anécdota y desde luego económicamente hablando ni remotamente representó lo que la pelea del 6 de mayo en Las Vegas, sin embargo, fue un gran experimento.

Hoy que las empresas la están pasando canutas, en cuanto a lograr equilibrio económico en la presentación de festejos taurinos, tal vez pudiera servir de guía lo que hacen los de las narices chatas y tal vez encontrar la vereda para mantener lo que muchos no aceptan y que es que el toreo, como espectáculo de masa se nos está escurriendo entre las manos y solo la enorme afición de algunos románticos mantiene la vela prendida, ya veremos por cuanto tiempo aguantan y mejor innovemos, no hay de otra, lo dijo Buda: “Lo que imagines, lo crearás” Vayamos imaginándolo.

En Sevilla: La cosa está muy mala


Por Álvaro Acevedo / Foto: Carlos Núñez.

Escribo a partir de una certeza y una incógnita: el toreo ha cambiado y no sé a dónde va. Desde un lugar en la Maestranza he contemplado, con pena, que todo se confunde: el arte con el artificio; el valor con el arrojo; la naturalidad con la afectación; lo clásico con lo hortera; el toreo con el no toreo. Salió un toro con casta y Morante de la Puebla, sorteando al viento, dibujó naturales que eran hondos y de seda, suaves como la última caricia. 

Y en redondo, muy profundo, aguantó el empuje del burel y ligó tandas bravías, porque el toro apretó y el maestro no cedió terreno. Fue todo muy puro y muy de verdad, de mucha entrega, y con ese valor que es el auténtico valor: seco, sin muecas, sin arrebatos. Para casi todos, invisible. Tras estocada y dos avisos no hubo mayoría de pañuelos, así que desde el palco se le negó el trofeo. Hizo bien, de no ser porque usted debería haber dimitido el sábado de feria del año pasado, señor presidente.

Luego se la dio a Talavante, que la cortó casi sin querer y con menos esfuerzo que en una portátil. El toro se movió sin clase y él, que es un gran torero, lo paseó de un lado a otro sin comprometerse y sin forzar la embestida. Es decir, sin torearla. 

Pero al público le pareció bien y le aplaudió más que a Morante, que fue el único que hizo el toreo en toda la tarde. Y Sevilla parecía un pueblo, y el gentío sacó cuatro o cinco pañuelos más que en la faena anterior, y los hubiera sacado también para David Mora de no marrar con la espada su atolondrada labor al magnífico tercero, un entrepelao bravo y con raza con el que demostró de nuevo su gran voluntad, pero también sus notorias carencias técnicas, su falta de temple, su confusión estética… 

Pero la gente era feliz, y los oles se encadenaron uno tras otro, y David dio una ovacionada vuelta al ruedo en la que ni la vuelta, ni las ovaciones tenían justificación alguna. Y en el sexto, un toro que tuvo veinte arrancadas para soñar el toreo, volvió David a intentarlo sin atinar salvo en contadísimos muletazos, pero la música sonaba y el público aplaudía. Y si llega a matar le hubieran dado otra oreja desde un palco como el público: sin criterio. Y antes, aburrido de sí mismo, Alejandro había trasteado al quinto toro sin alma, sin pasión, sin el sentimiento que demanda el arte de torear. Como si fuera uno más en vez de ser lo que es: nada menos que un torero soberbio.

Y antes, frente a un manso lidiado en cuarto turno, Morante dibujó lances y chicuelinas en las que explicó otra vez, ante todos y en realidad ante nadie, qué es esto de nacer torero. El público, en cambio, sólo rugió en un arriesgado par al quiebro y cuando la montera, tras el brindis, cayó boca abajo. De verdad: la cosa está muy mala…

Publicado en Cuadernos de Tauromaquia.

FERIA DE ABRIL: Esbozos de mágico toreo

Morante banderilleó al cuarto; Talavante cortó una oreja y Mora dio una vuelta ante una mansa y noble corrida de Núñez del Cuvillo. Foto Pages.

Por Antonio Lorca.

La sorpresa de la tarde la protagonizó Morante cuando pidió a su cuadrilla los palos para banderillear al cuarto, el último de sus cuatro corridas. Irregulares los dos primeros pares y espectacular el tercero, al quiebro, encerrado en las tablas del tendido 3. Buscaba dejar un buen recuerdo, y a fe que lo intentó desde el principio de la lidia de ese toro, aunque todo quedó a medias por responsabilidad exclusiva en este caso, de un animal manso, distraído y suelto que no quiso aceptar la pelea.

Lo recibió Morante con unas lentas templadas verónicas que no acabó de rematar. Dibujó en el quite tres personalísimas chicuelinas, rotas cuando perdió el capote, y insistió después a la verónica que también acabó con el percal enganchado.

Después, llegaría el momento sorprendente de las banderillas, y, muleta en mano, se esperaba que el torero dejara destellos de toreo grande. Pero no pudo ser. Tras el primer muletazo por alto, el toro huyó despavorido hacia los terrenos de sol, y ya nada fue posible. Lo intentó Morante por ambos lados, pero se vio obligado a acabar pronto con la vida de su oponente ante su negativa tajante a colaborar.

Algo es algo. Mejor fue el primero, de escaso recorrido en el capote, pero noble y obediente en el último tercio. Hubo muletazos excelsos por ambas manos, en una labor cimentada sobre la mano zurda, con ráfagas de toreo mágico, pero a las que les faltó consistencia y cuajo. Algunos naturales brotaron largos y emotivos, al igual que dos tandas finales de redondos cargados de torería, pero unos y otros estristecieron su brillo con muletazos enganchados que hicieron añicos la armonía.

No fue una faena redonda ni completa, pero solo la tardanza del toro en morir le privó de una oreja, que hubiera sonado a excesivo premio.

¿Ha dejado Morante alto su pabellón en Sevilla? ¿Quién lo duda? La Maestranza necesita un artista y ese es el torero de La Puebla.

Algo parecido le sucedió a Talavante, pero este sí paseó una oreja que el presidente no debió conceder. Embistió incansable el animal, con dulce calidad, y el torero dio muchos pases acelerados y vacíos de largura y hondura. Un toreo extremadamente superficial, rematado al final con tres naturales de mejor factura.

Largo fue su trasteo al manso y menos obediente quinto, con el que tampoco alcanzó cumbre alguna. Tampoco se le vio con alegría capotera; en fin, que cortó una oreja y no dejó recuerdo alguno.

Y David Mora se llevó el mejor lote, pero no quiso ser menos. Si no pincha a su primero, corta oreja, inmerecida también, pero la cambió por una vuelta al ruedo. Acelerado en los capotazos iniciales, le cantaron su toreo de muleta, falto de reposo, despegado y escaso dominio. Dio muchos pases y algunos, como dos derechazos primeros y un natural al final, tuvieron enjundia, en un conjunto de poco calado. Al sexto lo veroniqueó con gusto; inició de rodillas la faena de muleta y volvió a ser un torero movido y despegado hasta que tomó la izquierda y el toro se rajó. A pesar de todo, dejó una mejor impresión de la que, en verdad, se puede derivar de su toreo.

La corrida de hoy

Toros de Victoriano del Río-Toros de Cortés, para Sebastián Castella, José María Manzanares y Roca Rey.



Fuente: El Pais

Morante en la intimidad 

Morante posa frente al espejo con un habano en la boca. Marcelo del Pozo.

Por Rubén Amón. Fotos Marcelo del Pozo.

El puro, el habano, no es una excentricidad de Morante de la Puebla, ni una impostura de “torero original” que busca distinguirse en el callejón. Morante se distingue en la originalidad de la tauromaquia. Y en la concepción del toreo no como un oficio, sino como un misterio de consagración integral. Se torea como se es, decía Belmonte. Se es como se torea, apostilla Morante en el esmero de los rituales y de la integridad.

Morante es torero siempre, pero las imágenes de Marcelo del Pozo, estéticas, estáticas, esenciales, retratan precisamente el trance de vestirse. La mutación de hombre a héroe. El viaje del hotel a la plaza, hombres solos en compañía de hombres solos. Penetra la cámara en la estricta intimidad. Supondría una transgresión al silencio y al recogimiento si no fuera porque Morante no parece percatarse de que lo están escrutando. Fuma un habano porque es su costumbre. Y porque la combustión del tabaco, la ceniza, identifican la antiquísima liturgia del fuego y la catarsis.

“Me ayuda a relajarme el puro”, confiesa a EL PAÍS. “Me gusta el tacto, el sabor, la estética. Me envuelve la humareda. Me distrae. Y hasta me marea. Por eso tengo que tener cuidado. Y me acompaño de una bebida azucarada. El puro me hace compañía”.

Se purifica Morante en cada bocanada. Igual que el agua en cada sorbo. Igual que el botijo que Morante recoge entre sus manos. Como debía hacerlo Rafael El Gallo. Arcilla mojada. Tierra húmeda. Sosiego a la garganta que se ha quedado seca por el miedo. O por el respeto al misterio eucarístico que anuncian los agudísimos clarines. Maestro, la hora, le dice Juan Carlos, su mozo de espadas, entre la rutina y la solemnidad.

Le vemos casi desnudo. Le vemos en la intimidad. Sin gomina ni abdominales de atleta. “Abandonao”, podríamos decirle

“El miedo, la preocupación… Pesan. Y pesan más todavía en Sevilla. Porque es mi casa. Trato de distraerme antes de torear. Y me río o se me ocurren tonterías. Para despistar lo que llevo aquí dentro. Para distraer el murmullo de las entrañas. Me he echado la feria a mis espaldas. Y necesito reírme para conjurar el miedo”.

Y la capilla. El silencio. La oración al santo que corresponda. Y a la virgen de esclavina protectora. Pecadores de luces. Gentes antiguas. Y modernas por idéntica razón. El cielo de Sevilla es el mismo. Será el mismo, acuchillado por el giraldillo, bóveda de La Maestranza, eco de las plegarias que Morante balbucea sin convicciones. La capilla no es un lugar de fe. Es un refugio. Un templo del silencio.

Se anuncia por cuarta vez esta tarde en La Maestranza. Y vendrá al hotel a buscarle La Macarena. Una vieja furgoneta que perteneció a Los del Río. La Macarena, claro. Provista de pocos lujos y de un “loro” a la antigua usanza cuyos altavoces hacen resonar flamenco antiguo. “Porque el toreo y el flamenco se parecen mucho. La tierra, la danza. Me motiva, inspira. Y pongo la música a todo volumen. Como si ya estuviera interiorizando el compás de la verónica”, explica Morante con el arte a flor de piel.

No está concentrado Morante. Se concentran los futbolistas o los cirujanos. Morante está absorto, absorbido. Morante esta solo. Y se acuerda sin acordarse de Ringo Bonaventura, “cuando suena la campana te quitan hasta el banquito”, decía el púgil.

Y suenan los timbales con la impertinencia de la percusión remota. El fuego, el agua, el tambor, la cal. Morante en su eufonía. Y en su rechazo a las convenciones. Le vemos casi desnudo. Le vemos en la intimidad. Sin gomina ni abdominales de atleta. “Abandonao”, podríamos decirle. Y se abandona Morante, es verdad, pero se abandona cuando torea. Cuando se hace incorpóreo y cuando vemos en sus muñecas el temple de una estirpe a la que representa como si fuera el último torero. O el primero.

Por eso le concede dignidad a la escena de vestirse de luces la presencia de Pepe Luis Vázquez. Patriarcado del toreo sevillano. Manos de seda. Corazón de león… del mago de Oz. Y mago él mismo en el poder de la sugestión que Morante ha heredado. El hilo del toreo, escribía Pepe Alameda. “El arte de birlibirloque”, escribía Bergamín.

Y tiene Morante un ejemplar del libro, como el breviario del cura. Y como el vademecum del farmacéutico. Se lo sabe de memoria. Y de memoria se define a sí mismo Morante como un pesimista, porque no hace otra cosa que perseguir la alegría.

Entiéndase la contradicción. Compréndase el miedo al que Morante replica desde la sonrisa. “Al miedo se le puede engañar o despistar, pero no transijo con la superstición. Me he criado con ella, he crecido con ella. A ella he recurrido. Y he descubierto que la superstición es una gran mentira”. Palabra de un torero de verdad.

HAY UN ANTES (UN MORANTE) Y UN DESPUÉS


Por Álvaro Acevedo / Foto: Carlos Núñez.

Los de la farándula se quedaron en la feria y la Maestranza volvió a ser una plaza normal, que no es poco, en vistas de cómo gana posiciones el “nuevo público”, que es como se le llama a esta tropa de consumidores de telebasura que de vez en cuando se pone un clavel para profanar el templo. Sí, sólo había tres cuartos de entrada (gracias a Dios) y en un ambiente de seriedad y educación, sin noveleríos, histerias ni aletazos, vimos por fin torear.

Habían gustado Perera y Javier Jiménez, exprimiendo hasta límites insospechados a los primeros toros de sus respectivos lotes. El del extremeño, un anciano de casi seis años al que templó con el capote y buscó con la muleta en todos los terrenos posibles, pero fue inútil. El manso no quería pelea. El del sevillano, siempre con la cara por las nubes, pese a lo cual Javier lo entendió de maravilla, toreándolo con limpieza y buen estilo en una faena de menos a más, muy meritoria, y que hubiera tenido premio de no temblarle el pulso a la hora de matar.

Fue entonces cuando salió el cuarto de la tarde, corto de cuello, basto y bien comido. No importa: éste, que se lo trague el de la Puebla, que cobra muy caro y no llena la plaza, dijo uno cerca mía. Y un aire de pesimismo recorrió los tendidos cuando sonaron los clarines para el tercio de muerte. Entonces Morante citó al castaño, que se vino fuerte, y sin más historias le marcó el camino en una serie en redondo muy en línea recta, con el cuerpo volcado hacia adelante, llevándolo mucho, limpio y por abajo. La gente se quedó pendiente, y tres naturales florecieron como un milagro en esta feria del trapazo y la reolina. Tres naturales con un ajuste, con una pureza, con una suavidad y con una templanza que compendiaban toda la hermosura de este arte tantas veces castigado: el arte de torear.

Luego hubo redondos ya más flamencos, de mucho acompañar con la cintura, uno de pecho lento, un molinete, el kikirikí con ángel, el cambio de mano, otros dos naturales de ensueño y un cambio de mano por arriba, muy a la antigua, que preparó al bruto para la muerte. Casi en los medios pinchó el maestro, y este periodista se sumó a la ovación después de tantos días esperando un rayo de luz. Gracias Morante , le echábamos de menos. No a usted, sino al Toreo.

Sus compañeros hicieron luego lo que pudieron, y yo la verdad que les vi bien, pero la cátedra ya no rompió. Hubo un antes (un Morante) y un después.

Publicado en Cuadernos de Tauromaquia