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Valores del Toreo por Antonio Burgos

Curro y Rafael. Maestros de los ruedos y de la vida.

Para Andrés Amorós.

Salíamos de almorzar en un restaurante de Sevilla, cuando un muchacho muy bien trajeado, de las mejores maneras posibles se acercó a Curro Romero y con todo respeto le dijo: Maestro: me llamo Gonzalo Caballero, soy novillero, aún no he debutado aquí en Sevilla, y lo que más ilusión me haría es que usted quisiera hacerse una foto conmigo. ¿Me da su permiso para que mi novia nos tome una foto con el teléfono? 

El Faraón se prestó gustoso a la foto, en la que el novillero se puso como en un segundo plano, dando su sitio al maestro. Pero aquella misma tarde, metros más allá de donde Caballero había hecho honor a su apellido y pedido tan ceremoniosamente la foto a quien es Historia del Toreo, nos cruzamos con algo tan terrible como unos excursionistas de la tercera edad procedentes de algún pueblo de la España profunda, que al punto reconocieron al torero. Y empezó el manoseo:¡Ven, Carmela, corre, que está aquí Currito y nos vamos a echar todos una foto con él! Ni permiso, ni de usted, ni nada. A pelo de mala educación. La que se está apoderando de España. En la que, por eso, cada vez me sorprenden más las maneras y modos no sólo de los toreros, sino especialmente de los alumnos de las Escuelas de Tauromaquia. 

En esta España donde a los maestros se les habla de tú en una enseñanza degradada, los alumnos de esas escuelas son un prodigio de educación, de urbanidad, de respeto. Siempre con el usted por delante, con el “maestro” como tratamiento de veneración a los que han sido o son en el oficio que quieren aprender. 

¿Un resto de la España gremial? 

Pues sí: ya no hay aprendices que valoren a sus maestros…más que en las Escuelas de Tauromaquia.Como un argumento más, y no menor, en defensa de la amenazada y denostada Fiesta Nacional yo diría que el Toreo es un conservatorio de valores que se han perdido en nuestra sociedad: el culto por las buenas formas, el respeto, el deseo de excelencia. Y un compañerismo entendido hasta el borde de la muerte, con renuncia a uno mismo. Impresiona el valor de los toreros, pero más cómo conservan sus valores morales y estéticos. 

Lo vi la otra tarde en Illescas. Ya retirado, volvía al toreo por una sola tarde quien fue “El Niño de Pepe Luis”, en quien Sevilla tuvo puestas todas sus complacencias y esperanzas: José Luis Vázquez Silva. Morante y Manzanares lo acompañaban en el cartel que encabezaba. Entusiasmó Pepe Luis con la resurrección de la Gracia marca de la casa de su inolvidable padre, pero no cortó oreja. Mientras que Morante y Manzanares, con sus triunfos, tuvieron todas las necesarias para salir por la puerta grande. 

¿Y qué ocurrió al final del festejo illescano? 

Que si hubiera sido en el competitivo mundo de los ejecutivos y con su código de valores de triunfar aunque haya que cortar cien cabezas, Morante y Manzanares hubieran salido por la puerta grande, como se ganaron con sus peludas, y Pepe Luis, en solitario, en el caballito de San Fernando, un ratito a pie atravesando el ruedo y otro andando al salir por la puerta de cuadrillas, más solo que la una. No pasó tal. Funcionó el Conservatorio de Valores que es el toreo, y Morante y Manzanares renunciaron a salir a hombros para no dejar que Pepe Luis que se fuera en solitario andando del ruedo. Grandeza se llama la palabra. Grandeza perdida, que hallas en el Toreo. Y que no es nueva. 

Una tarde, en Jerez, Curro Romero cortó dos orejas de ensueño y Rafael de Paula armó tal mitin que hasta, enrabietado, se arrancó la castañeta como quien se corta la coleta. Curro no quiso salir a hombros por la puerta grande. Al final, se acerco a Paula y le dijo: “Rafael, si a ti no te importa, yo no voy a salir a hombros para poder acompañarte a ti a pie en la salida, que sé las fatiguitas negras que estás pasando.” 

Óle el Conservatorio de Valores del Toreo.

Publicado en ABC.

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Todo lo que Pepe Luis nos dio en Illescas 

Por José Ramón Márquez.

El Niño.

Ahí tenemos, como un milagro imposible, a Pepe Luis en los carteles. Ahí, después de no sé cuántos años, después de tantos Miura y del cornadón del Miura en Sevilla, después de tanto tiempo, ahí está Pepe Luis vestido de torero, de grana y azabache, en una Plaza de Toros. Eso para quien diga que los milagros no existen. 

El sábado, sin ir más lejos, en Illescas, se produjo un milagro: el de volver a ver a Pepe Luis hacer el paseíllo, con la montera en la mano sobre el albero de una plaza que cuando él dejó de torear no existía ni en proyecto. Ahí abajo, con su pasito corto, tan bien liado, con su cara de niño eternamente niño, Pepe Luis dio la primera alegría de la temporada. Muchos nos conformábamos con ver ese paseíllo y con la ilusión que arrastrábamos desde que se anunció la presencia de Pepe Luis, hijo de Pepe Luis, en una corrida de toros. Quien fuese a la plaza esperando de este torero de sesenta años una faena o una serie de muletazos ligada era un iluso o un ignorante, del Niño esperábamos tan solo una trincherilla o un cambio de manos como aquel de 1990, un soplo de aire fresquísimo, de esa naturalidad innata de quien atesora el divino don de la gracia toreadora. Y Pepe Luis nos dio más. 

Nos dio dos redondos sublimes marca de la casa con el pecho por delante, que así se toreaba antes en Sevilla, un poco a la media altura, la suerte cargada, la mano corriendo lenta y marcando la velocidad al toro, el mando sin darse importancia, la frescura del toreo; y nos dio un natural encajado de mano baja, con el toro de nuevo hipnotizado en la muleta, natural de la naturalidad; y nos dio un cambio de mano, como quien no quiere la cosa y una trinchera larga, mandona, pura plástica sin darse importancia, de nuevo la más asombrosa naturalidad. El toreo explicado para dummies.

 Y eso fue Pepe Luis en Illescas, un recuerdo emocionante de ese toreo que ya no se ve, de esa personalidad, de esa frescura, de esa ligereza sevillana, de otra Sevilla torera, ya desaparecida.

El niño.

El niño bitongo se llama, no podría ser de otra forma, Juli. A sus cinco añitos su padre le lleva vestidito de torero, azul pavo y oro, con sus medias, sus zapatillas, su monterita. 

Antes de empezar el paseo el niño está en el ruedo dando sus capotacillos a un carretón. El nene es lo moderno, ni con el carretón ya concibe que haya que echar la pata hacia adelante. Lo que le han enseñado. El signo de los tiempos.

El resto.

El resto es lo sabido, lo de todos los días. El más puro, aburrido e inane hastío.

Publicado en Salmonetes ya no nos quedan.

​Ocho con Ocho: Nostalgia y Renovación Por Luis Ramón Carazo

Juan Luis Silis.
Juan Luis Silis. Foto Plaza México Twitter.

Lo que he platicado sobre el café el Tupinamba,  me ha traído el regalo de entrar en comunicación con quienes si lo vivieron y que me hacen el gran favor de enviarme recuerdos, así lo hace mi colega de Zacatecas,  Óscar Fernández.  Él nació en los cuarenta y me dice que cuando niño hasta aquella bellísima ciudad,  llegaba la señal de la XEW para transmitir  en vivo desde el Tupi un programa en el que se charlaba de toros y fútbol.

Recuerda entre otros especialistas en sus micrófonos a Agustín González, Escopeta y a Cristino Lorenzo y también en las narraciones de toros desde el Toreo de La Condesa, hoy El Palacio de Hierro Durango,  o en las de La México a Paco Malgesto y a Carlos Septién, el famoso Tío Carlos.

El Tío Carlos,  por dar una idea de quién fue en la literatura taurina,  tituló la crónica cuando el triunfo de Antonio Velázquez en una noche de Oreja de Oro en El Toreo de la Condesa, como la de Antonio Corazón de León,  y de ahí,  para el real,  se convirtió Toño en figura del toreo,  rivalizando principalmente con Rafael Rodríguez. 

Los toros eran por cierto de Torreón de Cañas, ganadería hoy en día propiedad de Julio Uribe que con Manuel Arroyo están apostando a regresarle el cache a la Feria de Texcoco.

Y por cierto el otro día fui a una opípara comida al bellísimo Casino Español y pase por lo que era el Tupinamba, ahora una sucursal bancaria, sentí lo mismo que sintió Joaquín Sabina cuando en su canción Las Diez, relata que en lugar del lugar dónde encontró el amor, se hallaba una sucursal del Banco Hispanoamericano y la agarró a pedradas contra los cristales,  como dice la letra de su canción, muy popular.

Recordando, antaño era costumbre ir al fútbol, luego a los toros y para cerrar el domingo,  algunos se enfilaban al Frontón México,  en ese lugar me platicó mi inolvidable Arenero, él vivió una gran anécdota, una noche Luis Castro El Soldado ganó un dineral, era el mes de diciembre y al salir estaba helando,  se encontró con un indigente, se conmovió y procedió a darle le dio su fino abrigo para que se guareciera.

Al subir al auto, se dio cuenta que el parné (nombre gitano del dinero) había volado en los bolsillos,  del abrigo buscó al fulano,  pero el gacho ya se había ido.

A la semana siguiente en un señorío hoy desafortunadamente menos frecuente,  estaba el hombre en la puerta del Frontón México esperando al matador para devolverle tanto abrigo como parné, el Soldado le dijo “no mereces estar jodido,  quédate con el dinero, pero dame para acá mi abrigo, me gusta mucho”

Curiosamente, el viernes 10 de marzo abrió nuevamente sus puertas el Frontón México, el gran taurino que además se echa al agua en las ganaderías y pelotari de nivel mundial, Mikel Arriola, él es un extraordinario profesional hoy en día,  dirige  al IMSS.

Mikel jugó el partido inaugural y con su pareja Marco Ochoa vencieron a Juan León García y Alejandro Safont. Su abuelo vasco fue parte del elenco inaugural del Frontón México en los veinte del siglo pasado. Los nombres de los astados de Rancho Seco lidiados en La México, fueron dedicados por el evento de reapertura del bellísimo deporte, el encierro fue fuerte y exigió mucho a los actuantes, dos toros regresaron a los corrales por las fallas con el acero de uno de los actuantes.

Con esos recuerdos brincando en mis neuronas, vi imágenes de Illescas del 11 de marzo de 2017 dónde Morante y Manzanares con Pepe Luis Vázquez quién reapareció, tejieron una tarde bucólica y triunfal corrida, para el recuerdo con cartel de No hay billetes, también con dolor presencié la cornada a Juan José Padilla en Valencia; le deseo pronta mejora.

En La México el primer triunfador de la tarde del 12 de marzo lo fue Juan Luis Silis quién avanzó por su primera actuación de la tarde hacia la final que se celebrará como colofón a la Feria de la Cuaresma, el domingo 2 de abril,  ya veremos en los próximos dos domingos,  quién más se apunta.

Obispo y Oro: Dejadles que vuelvan… 

 

Por Fernando Fernández Román.

He sido, años ha, fumador empecatado. Un gran fumador en la lejanía del tiempo, cuando en este país –y en el mundo, en general—fumaba todo quisque. Podría decir, como Neruda, en sus reflexiones ante la vida: Confieso que he fumado. Ahora bien, confieso, también que, en buena hora, lo he ido dejando, sin terapias ni manosanteros de ocasión, al punto de que no suelo comprar tabaco. Digo suelo, porque ahora estoy poseído por el amorfo cinismo del un si es no es. Fumo, ya digo, por aquello de fumar, por mimetismo, muy de higos a brevas; ahora bien, si alguien me pregunta al respecto, respondo con gesto formal y fingido convencimiento: No fumo. Este pudiera ser el lema que idiotiza una realidad.

El introito, aunque parezca rebuscada la justificación, viene a colación de la vuelta a los ruedos de los toreros. El pasado jueves, ya noche avanzada, dejaba a Morante de la Puebla y a Pepe Luis Vázquez, hijo en el amplio vestíbulo que conduce a la biblioteca del diario ABC. Ambos estaban juntos, pero no revueltos. Aquél, expansivo y decidor, compartiendo tertulias improvisadas, de corrillo en corrillo, echando en falta, probablemente, un puro habano de buen calibre que meterse entre los labios; éste, discretamente apartado del barullo, en taciturno recogimiento, pegadito a la pared y diciendo nó a cigarrillos y copichuelas. Ambos toreaban en apenas 48 horas en la Plaza de Illescas. Ambos ofrecían un semblante y manejaban unas formas de relacionarse con la gente (conocida o no, que de todo había) radicalmente distintas. La felicidad y la preocupación, reunidas en un entorno compartido y vistas desde fuera, pareciéronme una descompensación de estados de ánimo antológica.

La situación invitaba a reflexionar sobre el por qué un torero retirado decide, de pronto, reaparecer. Me quedé contemplando a Pepe Luis durante algunos minutos, escudriñando en su pensamiento. Le pregunté por lo de Illescas, y me pareció percibir una repentina sequedad de boca en su respuesta: Creo que hace días que se acabó el papel.

Entonces recordé aquella breve conversación entre el padre de nuestro Pepe Luis y Marcial Lalanda, a principios del año 1959, cuando –al parecer—el que llamaron Sócrates de San Bernardo le preguntó al que llamaron Joven Maestro: ¿Qué le parece a usted que vuelva a torear?, a lo que el ya muy veterano torero y antes apoderado del propio Pepe Luis, respondió con brutal impertinencia: ¡Hombre, si te han llamado…!

No era éste el caso, desde luego. El caso es que a un torero retirado que todavía se encuentre con capacidad física y mental suficiente para torear, si le hurgan en el cosquilleo que lleva por dentro, en ese todavía reciente pasado de brillos y sones, aclamaciones y sobresaltos, de emociones, al fin… se le ponen chiribitas en los ojos. Aunque no se vean.

Para esta temporada del 17 se anuncian algunas apariciones puntuales, con carácter de fugacidad: Fundi, Liria, Tato, Dávila Miura… Ayer, apareció en Illescas Pepe Luis Vázquez Silva, con la azulina de sus ojos en un rostro aniñado, heredado del padre, y con las evidencias de una dieta de pocos meses, durante los cuales habrá estado en duermevela permanente. Salió y toreó dos toros de José Vázquez, al lado de Morante y Manzanares, con la Plaza a rebosar de público. No pude asistir al festejo, pero me consta que fue una tarde para el recuerdo, con un faenón de Morante y una actuación muy completa de Manzanares, que indultó un toro. Pepe Luis brilló a ráfagas, también con fugacidad, pero salió airoso de la prueba.

Qué difícil es comprender al torero que vuelve. Algunos, pocos la verdad, dicen que lo hacen por dinero. Puede ser; pero puedo asegurar y aseguro que la inmensa mayoría se vuelven a vestir de luces porque no son capaces de vencer esa perentoria necesidad. Fuera de los ruedos, el torero está solo. Rodeado de amigos –los amigotes se fueron–, pero solo. En la soledad del silencio, que es el lenguaje del alma.

Cuando el torero torea, solo pone en juego la vida, que ya es poner; pero cuando después de retirado regresa a los ruedos pone en juego su vida y su nombre, que es una doble apuesta mucho más riesgosa. Y es que el horror al vacío, el drama de vivir el ocaso de sí mismo, día a día, debe ser muy duro para quién tiene imborrable ese pasado efímero de griteríos y ovaciones, de pasiones en las arenas y en los lechos. Debe acelerar cierta neurosis depresiva el hecho de recordar el ser cuando se está en situación de haber sido, algo así como la paranoia reflexiva que retrató Antonio Machado en las coplas a la muerte de don Guido, un mozo muy jaranero/muy galán y algo torero/de viejo gran rezador…

Hay que comprender a los toreros que vuelven a los ruedos. Negarles el cariño puede llegar a ser una crueldad innecesaria, pero sobre todo, una respuesta dramática para ellos. Dejadles saciar su hambre y sed de añoranzas, porque, en realidad, solo quieren sentirse toreros, aunque solo sea de vez en cuando.

Se cuenta que el torero mexicano Rafael Rodríguez, conocido como el Volcán de Aguascalientes, no pudo resistir la calentura que suponía para él el paulatino apagamiento de su feliz trayectoria y decidió vestir de nuevo el traje de luces, enfrentándose en solitario a una muy seria corrida de seis punteños (seis toros de ganadería La Punta). Para investigar las razones de tan peliaguda decisión, la rejoneadora Conchita Cintrón, miró fijamente al torero, y viendo que tenía la soledad escrita en la mirada, concluyó:

–Tiene hambre, y no sabe de qué…

Pero Rafael, respondió:

–Yo sí sé: Tengo sed de toros negros… y tengo hambre de miedo…

Ignoro qué tipo de hambre ha impulsado a nuestro Pepe Luis, a volver a enfundarse el chispeante. Doy por cierto que Morante habrá sido uno de sus más incisivos instigadores, el más eficaz tocador de costados que pueda tener a su lado un artista de su mismo palo. A ver quién se resiste a negarle una sugerencia, que no un capricho, al genio de la Puebla del Río.

El resultado fue poner el cartel de No Hay Billetes, que acudiera al festejo un Premio Nobel y que el público saliera toreando de la bombonera de Illescas. Pelotazo para la empresa. Feliz iniciativa morantista, rápidamente asumida por un empresario joven, con visión de futuro. Ahora, que vengan los que se quedaron en casa a decirles a quienes asistieron a la corrida que fue poco menos que una pantomima. ¡Já!, qué pertinaz y qué cochina es la envidia…

Dejemos que vuelvan los toreros, aunque sea para matar el gusano que les va a corroer las entrañas hasta que se vean barbeando las tablas. No se trata de retomar un vicio pernicioso, como el jodío fumeque, que decía el Juncal de la serie de Jaime de Armiñán, sino de liberarse de una angustia vital, que es más perniciosa todavía. Dejadles que disfruten rememorando, porque, a la vez, nos invitan a rememorar a quienes les vimos en plenitud. Recordar, es revivir. Volver a vivir. ¿Habrá algo más gratificante?

Dejadles que vuelvan, como las golondrinas de Bécquer

Publicado en 

Pepe Luis

Por Ignacio Ruiz Quintano – Abc.

Pepe Luis Vázquez reaparecio, sólo por un día en Illescas. Lo hizo con Morante de la Puebla, que el jueves recibió el Premio Taurino ABC y habló como torea, es decir, con gracia, una cosa que produce el “existencialismo” andaluz, muy superior en refinamiento y depuración a la angustia del “existencialismo” francés.

La gracia –decía el Séneca es un aviso con que Dios nos dice que una cosa está ya en su punto.

Más que de arte, Pepe Luis y Morante son toreros de gracia. De arte, según Paula, han sido Cagancho, Curro “y mi menda lerenda”:

Lo otro es gracia torera.

En la cena de ABC, a Pepe Luis un amigo le pidió para esta tarde, no una faena, sino un detalle, un kikirikí, un cambio de mano…, que en esta situación de hambruna se halla la afición, ayuna de lo que es toreo y ahíta de lo que lo parece.

Lo moderno –vino a decir Morante me aburre tremendamente.

Y allí estaba Simón Casas, que ha hecho unos carteles de San Isidro que apetecen como unas oposiciones al Catastro. Y don José Escolar, fuera de Madrid por “castoso”, así que, para ver toros, habrá que ir, con los suyos, en julio a Pamplona, igual que para ver gracia torera hay que ir hoy a Illescas. 

Con Morante, que gasta melena de león (¡el león en invierno!), un pelazo como el que le esquilaron a Eugenio Noel en Sevilla. 

Y con Pepe Luis, el hijo de Pepe Luis, alternativado en el Madrid del 40, con Lalanda y Rafael Ortega Gallito en el ruedo, y en un tendido, Heinrich Himmler, que se desmayó en la “bárbara” suerte de varas, “expresión democrática española”, debida, según Gecé, a la Revolución francesa, que derribó al Caballero (rejoneador) de su Caballo y lo entregó, hecho un penco, al antiguo lacayo (picador): el picador de toros venció en Bailén a Napoleón, que se vengó de esa derrota elevando al piquero a caballero, etcétera.

La unión inseparable –que ve Morante mirando al Rey– entre la máxima, máxima… y nosotros, el pueblo, que salimos de abajito.


FERIA DE ILLESCAS: Pepe Luis, el sueño de otra época

El diestro Pepe Luis Vázquez da un pase de muleta en su reaparición durante la corrida de la Feria del Milagro. ISMAEL HERRERO. EFE.
 

Indultado un toro con el que triunfó Manzanares, al igual que Morante en otro de vuelta.

Por Antonio Lorca.

La reaparición de Pepe Luis Vázquez bien justifica un viaje a Illescas. No en balde nació con la pureza del toreo en las entrañas, aunque la ausencia de ambición y serios percances impidieran en su día que pudiera emular la majestuosidad torera de su padre. Su paso por el arte taurino fue largo en el tiempo, breve en los éxitos e intenso en los sueños; quizá, por eso es de esos toreros que desborda esperanza cuando decide volver a enfundarse un traje de luces.

Pero el tiempo es un juez implacable, y lo que es peor, la inactividad, que pasa factura cada día. Lógicamente, Pepe Luis ha perdido el oficio -no torea desde 2012-, pero mantiene el garbo, las maneras y la estampa.

En Illescas esbozó detalles fugaces de una clase innata que ilusionó al toreo en los años ochenta: una media, un cambio de manos, un natural extraordinario, una trincherilla garbosa, todo ello ante su primero, muy terciado y noble torete con el que mostró excesiva y comprensible desconfianza. Mostró sus mejores intenciones ante el cuarto, también de noble condición, pero los deseos de su cabeza no coincidían con los impulsos del corazón. No hubo entendimiento e, incluso, se llevó un susto sin más consecuencias.

En fin, que no pudo ser, porque no ‘lo que no pué ser, no pué ser’, pero ahí quedó la imagen de un torero clásico de los que pervivirán siempre en el sueño de los buenos aficionados.

El resto del festejo fue una divertida algarabía. Morante se encontró con un nobilísimo toro en primer lugar y lo toreó como solo él sabe hacerlo. Lo recibió de capote con un farol en tablas y una tanda de verónicas excelentes. Repitió el animal en la muleta y el público se volvió loco de alegría. Al contrario sucedió ante el quinto, un marrajo que huía de su sombra, y los tendidos no quisieron entender que Morante acabara con el animal sin más preámbulos.

Manzanares se llevó el mejor lote: dos toros fabricados de pura almíbar: nobilísimos y de escasas fuerzas. Bien, con su habitual elegancia y templanza, muleteó a su primero, y se cansó de dar muletazos al excelente sexto, al que se le perdonó la vida. Excelente porque era un pan bendito en la muleta, pero el caballo ni lo olió.

En fin, todo muy divertido.

Y algo más. Es saludable visitar de vez en cuando una plaza de tercera para palpar el estado de la fiesta. Y la verdad es que se cae el alma a los pies. Pero no por el trapío del toro, sino porque lo que allí se celebra no es una corrida, sino un festejo adulterado que se parece a la tauromaquia como un huevo a una castaña.

Veamos: el presidente demuestra que ni sabe ni tiene autoridad, y el público se comporta como estuviera presenciando una verbena popular. Ejemplos: se le dio la vuelta al ruedo al segundo toro sin motivo, del mismo modo que se devolvió el quinto o se le perdonó la vida al sexto. Pero es más: el presidente le indicó a Manzanares que matara a ese último, e, incluso, le envió un aviso, pero el torero, en un gesto de inaceptable rebeldía, soltó el estoque y se sentó en el estribo a esperar que sonaran los otros dos; así pues el presidente, asustado, mostró el pañuelo naranja.

El respetable será muy respetable, pero parece no distinguir un toro de un caballo. Lo jalea todo, sobre todo si el torero se pone bonito, aplaude o abronca sin motivo y ríe a carcajadas como si estuviera en un circo.

En fin, que esta fiesta en plaza de tercera no necesita toro, ni fiereza, ni casta, ni sangre; basta con un carretón de entrenamiento y un señor vestido de luces con aires de bailarín.

Pero eso es un verbena, y no la fiesta de los toros…

VÁZQUEZ / VÁZQUEZ, MORANTE, MANZANARES

Toros de José Vázquez -el quinto, devuelto-, correctos de presentación, blandos, mansos y nobles; al segundo se le concedió la vuelta al ruedo y el sexto fue indultado. El sobrero, del mismo hierro, manso y bronco.

Pepe Luis Vázquez: estocada contraria (vuelta); casi entera perpendicular (ovación).

Morante de la Puebla: pinchazo y estocada (dos orejas); cuatro pinchazos, media baja y un descabello (silencio).

José María Manzanares: pinchazo y estocada baja (oreja); vuelta apoteósica tras el indulto del toro.

Plaza de Illescas (Toledo). Feria del Milagro. 11 de marzo. Lleno de ‘no hay billetes’.

Publicado en El País 

El Cordobés se confiesa 

Por Jesús Mariñas.

Tarde y mal, el Cordobés ha dicho sus divinas palabras: “Lleva mi sangre de Califa, es hijo mío”, y atrás ha dejado medio siglo de rencores, reivindicaciones, protestas finalmente superadas y hasta una sentencia judicial reconociendo que Manuel Díaz es hijo de quien fue mito de la España franquista. Tanto arrollaba que hasta el Caudillo lo llamaba al Pardo para que le contase chistes. Con él se partía de risa, y eso que no era de risa fácil.

Provocaba como esas películas hollywoodienses tan sublimadoras de embelecos amorosos. Antonio el bailarín, jamás superado en los zapateados, un hombre que hizo patria mundo adelante y dio seriedad al baile español, solía desahogarse conmigo en sus alegres madrugadas marbelleras cuando allí se autoexilió en su finca de El Martinete, obligado por el rechazo social que hasta entonces estaba a sus pies, al revelar sin fabulación más que presuntas relaciones con la entonces venerada y temida Cayetana de Alba. Se le cerraron los hipócritas salones de la alta sociedad que antes peleaban por tenerlo de estrella en sus saraos. No olvidó, tomó lección de aquellos amaneceres sentados ante La taberna, que Lola Flores y Antonio González regentaban en los bajos del Casino.

Un tabú intocable

Sentados en un banco de hierro forjado Antonio me regalaba recuerdos, anécdotas, los buenos días perdidos, quizá porque nunca pregunté sus cosas con la enamoradiza duquesa. Era un asunto tabú, intocable, ojo con rozarla con murmuraciones, algo imposible de frenar por los amoríos del matador. Antonio me detallaba alguno de ellos muerto de risa. Era lógico desahogo a su desilusionada tristeza sin pelos en la lengua: “Gina Lollobrigida–que entonces era considerada como la mujer más guapa del mundo– se enamoró simultáneamente de Manuel y de mí. Era un triángulo nada extraño en aquella España de doble moral. Sin prejuicios y más internacionales que la gran mayoría, optamos por lo que era más cómodo: compartir felicidad. Gozamos de lo lindo y vivimos muchos amaneceres”.

En trío resultaba más excitante, imagino a la morena italiana jugando con físicos tan dispares: rudo, dominador, simpático y muy masculino, con cierto aire de cowboy frente al moreno andaluz menudo, juguetón, manejable y fibroso.  

Manuel Díaz, ya de 48 años, es el bastardo más reconocido, gran figura taurina como no lo logra su hermanastro Julio Benítez pese a los apoyos del nada amoroso padre, a quien durante esos cincuenta años presionó su esposa Martina apoyando negar tal progenitura. “Te di cinco hijos, es suficiente”. Como no sea ante la próxima cita del 11 de marzo que reunirá esos hijos en tarde de duelo en Morón de la Frontera, no se entiende tan repentino cambio, aceptación, reconocimiento y que finjan amor que no se tuvieron ni tendrán.

El patriarca, de 80 años que no aparenta lo justifica así: “A esta edad las cosas se ven distintas. Más que mis sentimientos, variaron las circunstancias”, todo parece impulso de su última novia. Manuel es todo simpatía, afecto y buenos propósitos. Aunque mantiene la intención de no cambiar por Benítez el Díaz materno que lo hizo popular. Imagino que Virginia Troconis, siempre un encanto, fomentará esa firmeza despreciando el nombre que le negaban.

Cebando el interés, todos parecen tocados por una varita mágica, quizá en manos de algún empresario, para verlos tan bien dispuestos después de tan prolongada dispersión familiar. Veremos si dura mas allá de los seis toros sevillanos.

Y como inauguramos temporada, Movistar juntó grandes nombres para respaldar sus retransmisiones en las ferias de Olivenza, la abrileña, San Isidro y distintas plazas. Mientras, en Cataluña crecen los antitaurinos tal lo hacen los independentistas.

Tarde de toreros

Carteles postineros como la concurrencia: junto a una Ana Obregón excesivamente despechugada, encontró el brazo y la sonrisa acaparadora de Cayetano.

Apenas comentó la retirada de su hermano mayor, que se corta la coleta sin la grandeza de su abuelo Ordóñez. Paquirri fue otra cosa, tuvo más valor que arte y lentitud. Eso distingue a los hermanos, uno felicísimo con Eva González reaparecida bajo moño mal alisado en evento social donde compitió con la ya arrolladora y nada engreída Margarita Vargas, que comparte la afición de Luis Alfonso, una herencia de la abuela Carmen que no se perdía las grandes tardes y siempre agradecía los brindis regalando gemelos de Luis Gil: “Uno siempre sabe cuándo debe cortarse la coleta”, añado que lo motivarán su gordura y falta de agilidad, ¡con lo que prometía al debutar de novillero con sus suicidas “porta gayola”. Los demás admitimos y aplaudimos. Lo nuestro es estar cuidando al compañero –hermano en este caso– para que no lo pille el bicho.

Francisco Rivera y Cayetano fueron atractivo de muchas tardes como ojalá en eso se conviertan Manuel Díaz y su hermanastro, como Rafa Amargo unido musicalmente a Rosa Valenty.

Estilos casi contradictorios de entender la faena torera. En el primero sobresale la finura de lances, mientras el segundo destaca arriesgándose. No busquen finura, comentaban ante Fernando Fernández Román, el mejor comentarista de las últimas décadas, con los Zabala de la Serna, Rubén Amón y otros volcados en nuestra fiesta grande. Los citaron en la Real Academia de Bellas Artes, casi un Prado a menor escala, dándoles acceso intencionado por inacabables galerías atestadas de goyas, origen de su tauromaquia, ya tan popular como las de Picasso y Botero. Fucsia con pajarita en el arrebatador Morante de la Puebla casi entonando con los pantalones rojos que, bajo chaqueta en terciopelo negro con rombos, vistió un Ortega Cano bastante desmejorado de cara.

Cruz a cuestas

Gesto sombrío que mantuvo, quizá la casi cruz a cuestas de su hijo José Fernando, ahora encarcelado por incumplir sus presentaciones ante la Justicia. Esquivó el tema, dio un buen capotazo permaneciendo tenso como en el momento de la verdad. 

Un morenísimo Palomo Linares, “estoy todo el día en el campo”, me anticipó que el 27 de abril cumple 70 años. Sigue distanciado de sus hijos, ¿o son ellos los alejados? Lo vi feliz con su pareja, tan diferente a la estirada Marina Danko, casi una heroína de culebrón. 

Algún día escribiré sobre las esposas toreras, no todas tan discretas y prudentes como Mary Ángeles Sanz, de Camino; Ángeles Grajal, de Ostos; Carmen Covaleda, de El Viti; la guapísima Elisa Garrido, segunda esposa de Morante; y hasta Lucía Bosé, que podría encabezar a las sufridoras en casa. El traje de luces lo dejan para ellos, reconoció alguien tan antitorera como Beatriz de Orleans, francesa de las que ejercen y considera “bagbaguidad” a los toros, algo que nunca compartirían Cary Lapique, a la que encuentro rematando la apoteosis costurera de Jorge Vázquez.

Fuente: El Tiempo

Morante, contexto de arte.

Recapitulando una tarde de agosto en Bilbao…

DE SOL Y SOMBRA

Para Tessa Cuesta, verso y flor.

Por Luis Cuesta – De SOL y SOMBRA.

Cuando uno genera esa felicidad en la gente, cuando es capaz de hacerla soñar, se siente pleno como artista.
Morante de la Puebla.

Cuentan que hace unos años era un alma perdida ¿Qué es un alma perdida? Es la que se ha desviado de su verdadera senda y anda a tientas en la oscuridad de los caminos del recuerdo escribió el inglés Malcom Lowry.

Pero ¿De verdad estaba perdida? O simplemente la idea de verse en figura del sacerdote de una legión, provisto de aquel tremendo poder ante el cual aficionados y escépticos se inclinan reverentes, lo había tomado por sorpresa y no estaba listo todavía para enfrentar al mundo desde esa posición.

Pasado el tranco de los años, años por cierto muy duros en lo personal y profesional, llenos de triunfos pero también…

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