Obispo y Oro: Rafael de Paula, por la Puerta del Príncipe Por Fernando Fernández Román.

El pasado domingo vi a Paula salir de la Maestranza de Sevilla por la Puerta del Príncipe. No había toreado esa tarde, desde luego, pero por allí salió. Poco antes de que saliera, su figura encorvada, medio escondida en la angosta abertura del burladero del callejón, había llamado mi atención, bien fuera porque la imagen de este Rafael hispano siempre me pareció subyugante o porque me extrañó su inverosímil postura corporal, con la espalda recostada contra el ladrillo del murete en que se afianzan las primeras filas de barrera. No le quitaba el ojo. Observé que no perdía detalle de lo que acontecía en el ruedo.

Allí estaba el gitano de la calle Cantarería, la del barrio de Santiago de Jerez de la Frontera, donde le das una patada a un bote desperdigado entre bordillos y te sale un cantaor, un bailaor, un guitarrista… o un torero; es decir, alguien que practica ese divino don –ese arte– que caracteriza a las gentes del bronce o las de capote y muleta. Por debajo de un enorme sombrero negro, de ala ancha, rebosaban sus guedejas blancas y lacias, dejadas de la mano de Dios; porque los gitanos, a veces, dejan que los albedríos se esparzan a merced del aire que los airea, quizá porque les consideran ingobernables. En un entreacto de la corrida (entre toro y toro), al paso por las cercanías de la localidad que ocupo, me saluda mi amigo Santi Illauri y me confidencia: “voy a buscar una caja vacía de algo, para que Paula apoye los pies”. Cumplida la “operación descanso”, me percato de que Rafael se ha acodado con firmeza en la contera del burladero y está ensimismado con lo acontece en el ruedo. En ese momento, torea Morante de la Puebla, a quien ha ido a ver exprofeso. El toro de Juan Pedro Domecq no le permite más que una remembranza de viejas tauromaquias, manejando el capote a una mano para acabar echándolo por encima de la cabeza, en busca del descansadero del hombro, desempolvando esa “larga cordobesa” de Lagartijo que metió en su repertorio Joselito el Gallo aquélla tarde apoteósica del año 14 en Madrid, con un toro berrendo aparejado de Martínez. Éste de Juan Pedro, ya digo, no vale un pimiento, y Morante abrevia y mata feamente. De pronto, cuando los mulilleros se apresuraban a colocar al cuarto toro, yacente en el albero, sobre el balancín de las mulillas que habrán de conducirlo hasta el arrastradero, observo movimiento en el referido burladero. Se mueven quienes lo ocupan, de Paula para acá. Salen al callejón el empresario de la Maestranza, Ramón Valencia, que hospeda en tan privilegiado lugar al veterano torero, el “productor de arte” Simón Casas y alguno más, para dejar paso al gitano de Jerez, cuyo cuerpo debe pesar un quintal, a la vista de los esfuerzos que provoca. Su deficiencia física –casi invalidez– me acongoja, y me abre la caja mágica de los recuerdos. Ahí siguen, frescos, como pescado del día, algunos momentos, situaciones y circunstancias en que tuve el privilegio de ser testigo presencial; unos hechos –solo unos pocos, hay muchos más– ciertamente controvertidos, pero que, de alguna forma, marcan el carácter singular e incopiable de un personaje que hace años ingresó en el elenco idílico de genios. Recuerdo una de sus tardes en Jerez, cuando encolerizado por el grito procaz e inoportuno, brutalmente ofensivo, de un malvado, arrojó violentamente la espada de acero hacia el callejón, yéndose a clavar en el tablero posterior del burladero en que me hallaba instalado; pero también, aquélla en que dibujó un manojo de verónicas, tan preñadas del sentimiento y de tan acabada belleza, que Jesulín de Urique y Rivera Ordóñez no tuvieron más remedio que salir al tercio a presentar sus respetos y rendir pleitesía al maestro, abrazándole sin recato. O, por el contrario aquélla mala tarde en Madrid, cuando –culminado el “mitin” del gitano– un delegado gubernativo, vanidoso, torpe e incompetente, le pidió que le entregara el carné de identidad, porque estaba propuesto para sanción. Solo la osadía de un idiota puede tener semejante ocurrencia: pedir la documentación a un individuo que está pasando un mal rato y, además, ¡vestido de luces! Ítem más: cuando el mozo de estoques le entrega el documento, el ínclito defensor del orden público le grita a Rafael, “¡este no es el suyo, aquí pone Rafael Soto Moreno, no Rafael de Paula!” He aquí un doble ejemplo de estupidez e ignorancia.

Por cierto, que sepa quien no lo sepa que lo de Paula no es por ser hijo de una mujer llamada Paula, sino porque su padre se llamaba Francisco de Paula, y, llegado el día en que decidió ser torero, a Rafael –o a algúno de sus allegados– le pareció más propio y más “torero”, el “de Paula» de su progenitor. Entre esos allegados estaba su suegro, Bernardo Muñoz, Carnicerito de Málaga, un torero de los años 20 que acabó de subalterno (entre otros) de Manolete o de auxiliador del rejoneador Álvaro Domecq Díez, con quien, por cierto, presenció en Linares la trágica muerte del “monstruo” cordobés. Fue este Carnicerito un personaje gracioso, flamenco y longevo, padre de Marina, esposa que fuera de Rafael de Paula. Veo ahora en Sevilla a este Rafael, siendo conducido por un asistente que empuja el carricoche sustitutivo de la clásica silla de ruedas y se me aparece don Álvaro Domecq, en sus últimos meses de vida, sentado en una silla elegante, de las de toda la vida, y en el mismo lugar: el gran zaguán de la Puerta del Príncipe. Y me acuerdo de la tarde de Málaga, aquella corrida del 15 de agosto del 89, la de la alternativa del rondeño Pepe Luis Martín, en la que tanto Rafael dePaula como Curro Romero estuvieron “sembrados”, para mala fortuna de Martín–“¿tenía que ser hoy, precisamente?”, les hubiera dicho Bojilla a los maestros, de haber apoderado al toricantano–, especialmente a Rafael, que toreó a placer con capote y muleta. También se me vienen a la memoria dos escenas extramuros de los ruedos: aquellas jornadas taurinas que tuve la fortuna de moderar en Bilbao a finales de los años 80, pregonadas por Santiago Amón y anunciadas con la “traca” final de un mano a mano entre Paula y Espartaco, éste último entonces en la cumbre de su carrera taurina. Un diálogo que se presentía apasionante y al final resultó ser una entrevista al de Espartinas, porque el jerezano llegó… por la noche, a la cena, concretamente. Se había “entretenido”, en Vitoria, dijo; pero acabó ganándose a la concurrencia con un breve parlamento. Y, también, aquél día, en la acera del paseo de Colón de Sevilla, al termino de una corrida de la feria de abril, en que me sorprendió con una efusividad hacía mí hasta entonces desconocida, haciéndome saber, públicamente y de viva voz, su empatía con lo que tantas veces critiqué –en prensa, radio y televisión—por aquellos años: el doble pase de pecho que dan algunos toreros para rematar las series de muleta, imitando lo que Paco Ojeda creó, para realizar su grandioso toreo de “ida y vuelta”. Esto, tenía justificación, lo otro, es puro mimetismo; pero no se limitó a contarlo, cantarlo y criticarlo, sino que lo escenificó en medio de un corro de gentes que asistían, fascinadas, a la improvisada clase de toreo de salón. Ahora, al cabo del tiempo, lo veo sentado casi a ras de suelo sobre un artilugio que parece inventado por el hojalatero de mi pueblo. Ignoro los motivos de elegir este invento, pero deberán tener una solidez incontrovertible; porque el tiempo –ese tiempo que tanto le da que pensar a su compadre Romero— pasa para todos nosotros, aunque en el caso de Paulasu flacidez física debería ser paseada sobre un solio, el que merece este dios del arte pagano sobre la tierra. He de confesar que me emocionó ver a Paula empujado por alguien, porque su andar ha dejado de ser trabajoso para llegar a ser casi imposible. ¡Ay, esas rodillas! ¡Ay, esa inexorable erosión del tiempo! Lo que no se ha erosionado en Rafael de Paula es su porte de genio, esta vez en calidad de emérito. Ahí le tienen, al careo de la puerta del Príncipe de la Maestranza de Sevilla, con su báculo de Gran Profeta del Toreo que –dicen—le ha regalado el que fuera su poderdante, José Antonio Morante. Le llamé, con verdadera devoción: ¡Rafael, Rafael! Y él, levantó la cara ligeramente, haciéndome con su mano izquierda un ademán que quiero creer fuera un saludo. Y no hubo más. Rafael, el que toreó más bonito y más gitano que todos los toreros que en el mundo han sido, se fue hacia la calle con el sordo quejido de unas ruedecillas. Fue entonces cuando pensé que lo del báculo de Morante era para que se abrieran de par en par aquellos enormes portones de la Puerta Sagrada del gran templo maestrante, para que por su umbral pasara el torero que atesora las tablas de la ley de arte gitano de todos los siglos; como le sirvió a Moisés, el gran profeta del Sinaí, su enorme cayado para abrir las aguas del mar Rojo. Lo mismo.

Publicado en República

Deja un comentario