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Los Miuras

Pepe Moral ante un Miura la pasada feria de Sevilla.

Por Antonio Burgos.

Ojalá todas las esencias y tradiciones de España se hubieran conservado con la fidelidad y el rito de la Casa Miura

ANTES de que estuviera de moda todo lo alimentariamente «sin», en Sevilla ya lo inventamos en taurina materia: las corridas de Feria «sin» Feria. El empresario Diodoro Canorea inventó las corridas de Feria «sin farolillos», cuando todavía no había empezado el festejo de abril.

Y quien cuando ya la Feria había terminado, en domingo, y había un día de fiesta local mal llamado «Lunes de Resaca», se inventó «el Lunes de Guardiola». Ese día de fiesta tradicionalmente se corrían toros de esa casa, que en su encaste Pedrajas se arrancaban al caballo casi desde la boca de riego. Era un espectáculo la suerte de varas.

Y salieron en esos Lunes de Guardiola toros tan bravos como «Comando Gris», que como su matador, Curro Camacho, no lo supo ver ni entender, no salió por la Puerta del Príncipe, sino que entró por la de un gimnasio con el que hubo de ganarse la vida tras pegar aquel petardo. Lo que le deseaba Juan Belmonte a un novillerete: «Hijo, pide a Dios que no te salga un toro bravo».

El día anterior al lunes «sin» de Guardiola que evoco era el «domingo de los Miuras». De siempre, la Feria taurina de Sevilla ha terminado con un encierro de los toros que los Miuras crían en Zahariche por el plan antiguo: todo tradicional, clásico, nada de moderneces; ritos y liturgia del campo bravo andaluz.

Como si todavía reinara Isabel II, que es cuando la ganadería se fundó, y no Don Felipe VI, el hijo del Rey Don Juan Carlos, que quedó encantado de asistir a las faenas camperas en la finca de estos toros de leyenda.

Ganadería que en esta Feria de Sevilla y en este San Isidro cumple 175 años en las mismas manos familiares, sin que la haya comprado un nuevo rico de la burbuja inmobiliaria. En manos siempre de la familia, los toros de Miura han visto pasar a España de los reales al euro, de las guerras carlistas a los atentados de la ETA, de la diligencia al Airbus, del correo de postas a los WhatsApp.

Y sin cambiar nada. Sintiéndose símbolo de la nación antes del invento de la «Marca España». Antes que Manolo Prieto diseñara el toro de Osborne, ya estaba un miura encampanado en la poesía, la leyenda, el romancero, la copla:

«Los toritos de Miura/no le tienen miedo a nada,/porque ha muerto El Espartero/el mejor que los mataba».

«Malhaya sea “Perdigón”», dijo después Fernando Villalón en su romance, como ampliación de sevillana tan hermosa, coetánea de la tragedia. Y luego vino «Islero» y lo de Manolete en Linares: más mito, más coplas, más leyenda; del «Capote de grana y oro» que Rafael de León le escribió a Juanita Reina a las campanas de Linares que Rafael Farina hizo doblar a duelo.

Hoy, en esos «sin» taurinos que inventó Canorea y continúa su yerno Ramón Valencia, es el «domingo de los Miura»… cuando ya no hay Feria. Ha terminado una desaforada Feria más larga que un Ave en doble composición.

Y en un Domingo de los Miuras, yo quiero rendir homenaje a esa familia que ha mantenido la rosa de la leyenda sin tocarla. Ojalá todas las esencias y tradiciones de España, empezando por la Corona, se hubieran conservado con la fidelidad y el rito de la Casa Miura.

Para la que igual que otros reclaman un «lenguaje no sexista» en el DRAE, pido una depuración de todo lo antiandaluz del Diccionario. Dice el DRAE de «miura»: «Toro de la ganadería de Miura, formada en 1848 por Eduardo Miura, famosa por la bravura e intención atribuida a sus reses». Pues miren, señores de la RAE: no. La formó en 1842 don Juan Miura.

Y su bravura e intención no es atribuida, sino probada: ya sólo saben latín los toros de Miura. Y quiten también, señores académicos, la segunda infamante acepción: «Persona aviesa, de malas intenciones».

A leguas se ve que los académicos de la Española no han estado nunca en Sevilla en esta gloria histórica del Domingo de los Miuras, ¿verdad, Andrés Amorós?

Publicado en Periodista Digital

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El apoderado de Curro

Por Antonio Burgos.
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COMO me gusta ir siempre a contraflecha, cuando todo el mundo habla del empoderamiento yo voy a escribir hoy del apoderamiento. De un apoderamiento de arte.

De un apoderado insólito. Verán: el 3 es un número mágico en el toreo. En los festejos actúan tres diestros; cada uno lleva en su cuadrilla tres banderilleros; la lidia tiene tres tercios; se ponen tres pares de banderillas; suenan tres avisos para echar a un toro al corral.

Pues hubo una vez en Sevilla una de estas triadas capitolinas del toreo, de las que surgió un mito legendario. Coincidieron un empresario único, altruista, incluso aficionado a perder el dinero con tal de cumplir sueños de carteles. Se llamaba Diodoro Canorea.

Encontró la horma de su zapatilla torera en un diestro de arte, un sueño de Sevilla hecho breve capote y dominadora muleta planchada en una figura erguida, como de bronce. Se llamaba (y se sigue llamando, y por muchos años) Curro Romero. Quien, a su vez, halló las dimensiones exactas de su breve capotillo en un apoderado excepcional, atípico, que no tenía al dinero, sino arte.

Se llamaba Manuel Cisneros este apoderado aragonés, taurino de paladar, que mandó en el Toreo cuanto se podía y un poquito más. Si a esa triada capitolina de Canorea, Romero y Cisneros le sumamos Sevilla, tendremos la mágica razón de la creación de un mito, una filosofía, una estética, cual el currismo.

Nos ha dejado Cisneros y de aquella triada ya sólo queda Curro… y Sevilla. En la soledad de los héroes y los mitos, Romero ha sentido como pocos la muerte de su Manuel Cisneros.

Era Cisneros un aragonés serio y recto donde los hubiera, que había querido ser torero. El único que podía estar junto a Curro. El que le encontró su sitio exacto, después de haber sido el Faraón poderdante de tantos taurinos que nunca llegaron a comprender su arte. Lector fecundo, muy entendido en pintura, Cisneros conocía como pocos las miserias y grandezas del Toreo.

Y le tenía un respeto impresionante a esta Sevilla en la que, como legacía de Balañá sobre Canorea, ejerció de sacerdote en las nupcias civiles entre la simbología de la ciudad y el mito del Faraón.

Era una insólita excepción de señorío en un mundo de chuflones como es el planeta de los toros. Lo veías y Cisneros parecía un catedrático de instituto de alguna ciudad de su Aragón más que el clásico apoderado al uso de puro, guayabera, jipijapa, tumbaga, comilona, querindonga y poca vergüenza.

Buen conversador, tolerante, Cisneros era de la respetable estirpe de los españoles que crecieron en familias republicanas. Sufrió la amargura de la derrota de muchas ilusiones tras el Desfile de la Victoria.

Y permaneció por libre fiel a esas ideas, defraudado como muchos españoles por la esperanza en la izquierda tras la recuperación de la democracia. Harto de coles como muchos rojos por el plan antiguo, como lo era también el republicano Canorea.

En los 80, Cisneros llegó a mandar en el Toreo más que nadie; yo creo que más que Camará en los 40. Pero en silencio, cuando Barcelona era Barcelona y Balañá era Balañá. Como a Balañá las que le interesaban eran las salas de cine, dejó sus plazas en manos de Cisneros.

Que, apunten, llegó a llevar la contratación de toreros y compra de toros de Barcelona, Palma de Mallorca, Barbastro, Huesca, Calatayud, Medina del Campo, Almagro, Manzanares, Guadalajara, Linares, Jerez, El Puerto y Huelva, además de una especie de comisariado vigilante sobre la empresa Pagés en Sevilla, ante la asfixia económica de Canorea.

Y aunque tuviera Cisneros todas estas bazas del toreo en su mano, con su modestia, nunca desafió a nadie como su cardenal colombroño: «Estos son mis poderes». Cuando su poder mágico supremo fue la acuñación y perpetuación, con Canorea, de Curro Romero como mito de Sevilla.

Fuente: Periodista Digital

Opinión: Besuqueos Toreros

Por Antonio Burgos.

Escribir hoy de las elecciones americanas no tiene el menor mérito, a pesar de haber ido allí, no se sabe a qué, Pedro Sánchez, el Destripador del PSOE. Como, al leer la gratísima noticia de que se abre la causa de beatificación del genial escritor Muñoz Seca y otros 43 mártires de nuestra guerra, tampoco tiene hoy mérito hablar de los otros Paracuellos que hubo en España y que nadie recuerda; así como de los otros olvidados españoles que dieron la vida por causa de su fe, como mi abuelo político don Julio Herce Nogales, fusilado en Guadalcanal por el terrible delito de ser «de comunión diaria» y de ir con devocionario a misa, y que no sé cómo no ha sido incluido en la misma causa que su martirizado párroco, don Pedro Carballo Corrales.

Lo que de verdad tiene mérito hoy, con estos fríos y recién conocidos los resultados de las elecciones americanas que Pedro Sánchez no consiguió cargarse, es hablar de toros. En abril, cuando la Feria de Sevilla, o en mayo, por San Isidro, escribe de toros cualquiera. Lo difícil es ahora, cuando el festejo más cercano, déjame que te cuente, limeña, se celebra en Acho o en la Plaza México. ¿Por qué escribo de toros? Por una foto que me han enviado y que forma parte, por su fecha, de la que podríamos llamar Memoria Histórica del Toreo. Durante la guerra del Paracuellos del centralismo del martirologio y de las olvidadas periferias de los testigos de la fe, se siguieron dando corridas de toros. Llamadas «patrióticas» en muchos casos: en las fotos del paseíllo las cuadrillas aparecen con el puño cerrado, si es en un bando, o brazo en alto, si en el otro. En la foto que me han enviado no hay ni puños ni saludos a la romana. Hay mucha plaza de Sevilla al fondo, con las tablas engalanadas con la bandera rojigualda. Está tomada el 27 de mayo de 1937, día del Corpus del II Año Triunfal. En ella, don Luis Fuentes Bejarano da la alternativa al manriqueño y valentísimo Pascual Márquez, al que cedió un toro de Pablo Romero. Y tras entregarle los avíos al toricantano, don Luis Fuentes no le está pegando un pedazo de abrazo a Márquez, ni toqueteándolo. Don Luis guarda las distancias rituales entre el maestro y el muchacho de Villamanrique de la Condesa que viene arreando con la valentía que le llevaría a la muerte tras la cornada que «Farolero» de Concha y Sierra le infiriera en Madrid cuatro años más tarde, en 1941. Fuentes Bejarano, tras doctorarlo, le da fríamente la mano a Márquez. Y al fondo no aparece en la foto testigo alguno, que estaría en lo suyo, en la lidia del toro de la alternativa. Y mira que ese testigo no era un chiquilicuatre de la parte seria del Bombero Torero, sino nada menos que don Domingo Ortega.

¿Por qué hablo de esa alternativa de Fuentes a Márquez, dándose fría y caballerosamente la mano? Porque eso ahora es impensable en el toreo. Ahora ¡se pegan unos abrazos en las alternativas! Vamos, como en el rito de la paz de las misas, que la gente hasta va dos bancos más atrás para pegarle un achuchón a alguien que no conoce de nada. Sí, ya sé: el de la alternativa tiene algo de abrazo académico y claustral al doctorando; pero la costumbre antigua y bonita era que el padrino y el toricantano se dieran la mano. Como cerrando un trato. Y si sólo fueran los abrazos de las alternativas y el testigo allí encima, de pasmarote, en vez de estar pendiente del toro… Anuncio que a la Fiesta ha llegado el besuqueo nacional. En tiempos de Fuentes Bejarano y de Pascual Márquez, hubieran llamado sencillamente mariconeo a que los toreros se besaran al llegar al patio de cuadrillas o al concluir el festejo. Ahora es lo normal. ¡Hasta los picadores se besan! Así que hay que cambiar urgentemente la letra del pasodoble de Fernando Moraleda: los toreros españoles cuando se besan, es que se besan de verdad. Para que veamos cómo se están degradando los ritos y el señorío de la Fiesta…

Fuente: ABC 

Opinión: El Rey pisa el albero

Por ANTONIO BURGOS

En Sevilla, ciudad de duales barrocos, se da una de las contradicciones más hermosas del mundo. La plaza de los toros está en el barrio del Arenal, como han pregonado cien mil millones de coplas y catorce mil millones de poemas, muchos de ellos no malos: malísimos. Bueno, pues estando en El Arenal, es la única del mundo que no tiene arena. Arena, la de la plaza de Bilbao, hasta tal punto negruzca que los políticamente correctos la llaman subsahariana. Arena, la de la plaza de Madrid, con esos montículos a modo de medias pirámides que hacen con ella en los burladeros.

Pero la plaza del Arenal de Sevilla, contra lo que su mismo nombre indica, no tiene arena: tiene albero. Albero de Alcalá de Guadaíra, esa población a la que gracias a las prisiones de Isabel Pantoja ha aprendido España entera a ponerle el acento donde le corresponde al río que la apellida. O como la podía apellidar el albero, palabra que escuché de labios de Su Majestad el Rey Don Felipe VI (que Dios guarde, por la cuenta que nos trae), al entregar en la plaza los premios taurinos y universitarios de la Real Maestranza.

Yo sabía que a Don Felipe VI le venía de rama, de Doña María de las Mercedes, si no la afición, sí el respeto por el toreo. Lo demostró este San Isidro. Cogió y se plantificó en una barrera…¡el primer día del abono! No en la Corrida de la Prensa, que es la costumbre, ni en la Beneficencia, que es tradición regia de palco, no. El primer día, como un chaval que se acaba de sacar el abono, a inaugurar la isidrada y sin avisar. Y en El Arenal sevillano me terminó de convencer de su afición y respeto por la Fiesta. Porque hay que echarle valor para, tal como están las cosas, plantarse en una plaza de toros a entregar unos premios. Universitarios, sí, a los mejores expedientes de la Hispalenmse, pero también taurinos: a los hombres de oro y plata triunfadores de la Feria de Abril y a las figuras de la novillería andante que vienen arreando. Y más valor todavìa hay que echarle si esa plaza es propiedad de una Real Maestranza: ojú, lagarto, lagarto, cosa de nobles y de marqueses, cuánta carcundia de lo políticamente incorrecto. Y por si fuera poco todo esto, presidir el acto en el que los taurinos llaman “pisoplaza” y referirse a la arena no con esa palabra, sino como le decimos los sevillanos y el toreo todo: albero.

Y por si no bastara, va Don Felipe VI y elogia a estos cuerpos nobiliarios, «a todas las Reales Maestranzas, unas instituciones que han contribuido históricamente al mantenimiento de los principios, la cultura y las tradiciones desde un profundo sentido de lealtad y servicio a España».

Y esperen, que hay más: aparte de los premios a los mejores expedientes universitarios y a Padilla y otros esforzados triunfadores de la Feria, Su Majestad entregó los galardones en especie a los novilleros sin caballos ganadores del ciclo que patrocina la Real Maestranza en su plaza. Esos premios son un vestido de torear, un capote de paseo y un capote de brega. El vestido de torear, vale, porque lo trajo un criado y Su Majestad se lo entregó simbólicamente al novillero premiado. Pero el capote de paseo se lo echó al brazo, como si toda su vida se hubiera llevado con un capote de paseo, y lo entregó. Y luego cogió el capote de brega, y lo tomó por la esclavina, vamos, con la soltura de Luque Gago o El Vito.

¿Y saben cómo se llama todo esto que les cuento? Pues no avergonzarse ni de España, ni de sus instituciones nobiliarias, ni de su Fiesta Nacional, sino, por el contrario, enaltecerlas. Así le pegaron la ovación que le pegaron, al llegar y terminar el paseíllo hasta la presidencia, ¿no se la van a dar? Por poco lo sacan a saludar al tercio, como a Espartaco y a Dávila Miura en sus recientes gestas. Y luego, al término de su faena de veinte muletazos justos en forma de discurso. Con razón, al irse, salió Don Felipe por la Puerta del Príncipe. Fue faena de Puerta del Príncipe la del Rey en la Maestranza.

¡Óle los Reyes echando la pata alante sobre las verdades de España y asentando las plantas sobre el albero de nuestra Patria!

Fuente: ABC Sevilla

No tengo mexicanos

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¡México canta en Sevilla!

Por Antonio Burgos.

Estoy completamente desolado. Mis relaciones internacionales deben de ser de chungas como las de Andorra, pero sin cuentas bancarias de los Siete Niños de Pujol. ¿Se pueden ustedes creer que viviendo en Sevilla no tengo aquí a unos mexicanos? Debo de ser el único que no tiene aquí a unos mexicanos. Tener aquí a unos mexicanos es tendencia. La gente los ha tenido en Semana Santa o los tiene ahora, para los toros y para la Feria. Si no tienes aquí a unos mexicanos es que no eres absolutamente nadie. Mexicanos riquísimos todos, por descontado. No falla. Invitas a comer a unos amigos para corresponder a la cenita simpática que dieron el otro día en su casa, y cuando aceptan, te dicen:

— ¿Oye, te importa que vengan también con nosotros el licenciado Elpidio Mayanagua y Lupe su mujer, que son unos mexicanos ricos hasta decir basta, simpatiquísimos, que tenemos aquí y que los debemos atender, porque no veas cómo nos acogieron cuando nosotros fuimos el año pasado allí, que nos llevaron en su avión privado a Oaxaca, nos convidaron en un casoplón de ensueño con cala propia que tienen en Acapulco y no vea los festolines que nos dieron en una especie de palacete que tienen en el Distrito Federal?

Y allá que tenemos que invitar también a Elpidio y a Lupe. Encantadores, por cierto, como comprobamos en la cena. Y deben de ser realmente ricos de toda la vida, porque no alardearon para nada de dinero, ni de avión privado, ni de casoplón de Acapulco, ni de un rancho con ganado bravo que también nos enteramos que tienen. Y vas a uno de los siete mil actos relacionados con la Fiesta Nacional que hay por estas fechas, y cuando saludas a alguien, te dice:

— Mira, te voy a presentar a estos amigos mexicanos que tenemos el gusto de que pasen unos días con nosotros…

Y luego, por lo bajini, con mucho misterio, una ves que te han presentado a los mexicanos, te comentan:

— Ahí donde los ves, son la tercera fortuna de México…

Yo no sé cómo de las avía la gente, que siempre los que tienen aquí son los más ricos de México. En México deben tener a los más ricos hasta repes. ¿Cuántos “más ricos de México” hay en México? ¿Es que no hay tiesos en México, los que Cantinflas llamaba pelados? Sin moverme de Sevilla, yo ya he conocido por lo menos a docena o docena y media de “los más ricos de México”. No sé quién se estará ocupando allí ahora de las empresas, de los bancos, de las aerolíneas, del petróleo, de los consejos de administración, porque todos, absolutamente todos los más ricos de México están siempre aquí en Sevilla en cuanto despunta la primavera. Y el caso es que te quedas con el nombre del más rico de México que te acaban de presentar, lo miras en Google en cuanto llegas a casa y es verdad: el tío tiene minas de plata, cadenas hoteleras, navieras, exportación de frutas y la biblia en pasta. Empresas que deben de marchar de maravilla, porque todos sus dueños están aquí siempre, de festorro, y no allí, de currelo.

México debe de estar vacío. Si los mexicanos ricos se vienen todos a Sevilla a pasarlo bien y los mexicanos pobres se van todos a Estados Unidos de espaldas mojadas, ¿quién queda en México? Así me explico que los domingos, cuando en el programa de Manolo Molés dan la reseña de la corrida en la plaza de México D.F. nunca haya más de un cuarto de entrada. ¿Cómo va a llenarse la plaza de México, si todos están o en Sevilla en los toros y pegándose la gran vida o en Los Ángeles fregando platos? Es como el que llegó a Lepe, se encontró las calles y plazas completamente vacías, sin un alma, preguntó que dónde estaba la gente y le aclarararon: “Están todos en los chistes de leperos”. Seguro que voy a la Colonia Polanco, pregunto que dónde están los ricos de México y me dicen que todos en Sevilla. Como que para quitarme este complejazo de no tener aquí a ningún mexicano, ni rico ni tieso, estoy por traerme a casa al Charro de Triana. Aunque me tenga que pasar el día escuchando rancheras en “play back”.

Fuente: http://www.antonioburgos.com/abc/2015/04/re040815.html

Me compro un sombrero para tirárselo a la vergüenza torera de Espartaco y Dávila.

ESPARTACO Y DÁVILA

Por Antonio Burgos.

A los toros les pasa como a la Semana Santa. No tiene el menor mérito escribir de Semana Santa desde ahora, cuando el primer incienso del Vía Crucis del Señor de la Humildad y Paciencia, como un naranjo en flor anticipado, nos ha anunciado que cuando nos demos cuenta estamos estrenando manos para tocarle las palmas al Domingo que abre los días del gozo. Ahora no tiene mérito alguno escribir de Semana Santa. Cuando lo tiene es en pleno mes de agosto, cuando estás en la playa y pasa el marisquero pregonando que lleva las bocas de la Isla, los camarones, las cañaíllas, los burgaíllos y los cangrejos moros. Y con los toros ocurre lo mismo. Y cuando ya se ha recogido la última cofradía y la plaza de Sevilla estrena albero nuevo de Alcalá en la resurrección anual de la primavera, escribir de toros no tiene mérito. ¿De qué vas a escribir tras escucharle el pasodoble «Cielo Andaluz» a la Banda de Tejera en esa caja de resonancia que es la bóveda de la Sombra Alta en la plaza del Arenal, sino de toros, joé?

Por eso tiene mérito escribir de toros ahora, en plena Cuaresma, cuando ha habido quien ha querido echarle la cruz, la cruz con ceniza de osario y crematorio, a la afición de Sevilla. Como si fuera aquella Quinta Columna que iban buscando por el Madrid rojo los pistoleros asesinos de la siniestra Brigada del Amanecer de García Atadell, dice la gente del toro que los verdaderos enemigos de la Fiesta están dentro.

Y que entre todos la mataron y ella sola se murió, sin necesidad de que las tetarras de Femen enseñen los pechos manchados con pintura roja a modo de sangre de toro para protestar, ni que los antitaurinos nos llamen asesinos a los que vamos a la plaza (cosa que no he escuchado aún que les digan a los de la ETA o a los islamistas que se hartan de matar cristianos en tierras del moro).

Todo el toreo busca esa Quinta Columna que tiene dentro, a modo de caballo (de picar) de Troya. Y nadie señala que el toreo también tiene dentro a sus salvadores. Frente a tanta mentira, a tantos que tienen el dinero como medida de todas las cosas y no sienten afición alguna, yo me voy ahora mismo a Sierpes, a Casa Maquedano, y me compro un sombrero flexible y de alas gachas, como el que usaba Belmonte para esconder sus ojos tímidos y no tener que saludar a nadie por la calle. Me compro un sombrero para tirárselo a dos grandes defensores que, enemigos interiores aparte, tiene el toreo dentro: Juan Antonio Ruiz «Espartaco» y Eduardo Dávila Miura.

Manda cajones (cajones de embarcar corridas, claro) que las esperanzas de los aficionados ante la temporada de Sevilla estén ahora mismito depositadas en un señor torero de 53 años y 36 de alternativa, como Espartaco, y en otro no menos señor de 41 años y 18 de alternativa, como Dávila Miura. Como si fueran dos chavales que acaban de triunfar en las novilladas de Arnedo, han pegado el zapatillazo de oro de poner encima de la mesa lo que falta en la Fiesta: la vieja vergüenza torera.

Claro, si en España ya no hay vergüenza (y en sus políticos menos todavía), ¿cómo se la vamos a exigir a los toreros?

No sé si es un gesto o una gesta, o simplemente gusto, gusto por servir las tradiciones nuestras, sin reparar en gastos ni en dineros, lo de estos dos señores que, hoy por hoy, han salvado al toreo según Sevilla, en los únicos que podemos tener puestas todas nuestras complacencias. Espartaco resucita un Domingo de Resurrección que estaba muerto y Dávila Miura mata los miuras.

A ninguno de los dos, además, les hace falta volver. Arriesgan mucho más que los que vienen, porque ambos son lo que fueron. No son de esos que vuelven porque están asfixiados, tiesos, a dos velas de corniveleto, sin que nadie además les haya pedido que vuelvan. «Volver a ser lo que fuimos», canta el himno de Andalucía. En el toreo ese verso es hoy por hoy un imposible que Juan Antonio y Eduardo quieren desmentir con su vergüenza torera. A ver si de paso desmienten también al Guerra, y es verdad que lo que no puede ser, sí puede ser, y además muchas veces hasta es posible. Siempre que haya vergüenza, claro…

Fuente: http://www.abc.es/lasfirmasdeabc/20150226/abci-espartaco-davila-201502251007.html