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La estremecedora fragilidad del ser

Por Quino Petit.

Mientras contemplaba la imponente cabeza de toro del personalísimo bazar de Eduardo Arroyo que exhibía hace algunos años el madrileño Círculo de Bellas Artes, sobrevolaron mi memoria unas declaraciones de este pintor que tuve la fortuna de recoger hace ocho años cuando elaboraba un perfil sobre Morante de la Puebla para El País Semanal. “Lo que me gusta de Morante es su fragilidad. Un torero no tiene que ser un atleta. La dificultad convierte al torero en algo sublime”.

Arroyo llegó a esta conclusión tras varios minutos de charla en los que, ante su manifiesta pasión pugilística (además de por el toreo con enjundia), traté de disuadirle sobre si Morante, acaso el último exponente de la magia en los ruedos, podría representar una suerte de Cassius Clay de la lidia.

Arroyo tardó poco en responder: “Más bien se me asemejaría a un Sugar Ray Robinson, al que tuve la suerte de ver ya viejo en París cuando hacía su última tournée. Sobrecogía verlo evolucionar en el ring.

Tiene razón Arroyo cuando habla de la dificultad del torero en el camino hacia lo sublime. Acaso se trata de la misma estremecedora fragilidad del ser que convertía en turbador espectáculo presenciar a Paula, Romero, y Antoñete durante sus últimos días en el ruedo.

Vestidos de torear, luciendo barrigas prominentes y el rostro acartonado cuales Sugar Ray Robinson subiendo al ring en su última tournée, estos tres hombres dejaron la impronta del toreo añejo, sabio e inevitablemente asentado que llega en el otoño de la vida. Por qué quisieron seguir toreando en público (probablemente en privado nunca se deja de torear) a edades en las que otros no son capaces de abrocharse los zapatos es algo que solo ellos saben. ¿Pasión, narcisismo, dinero, simple locura?

Quizá fuera esa denodada atracción por la muerte de la que hablaba Norman Mailer: “Lo mismo vale para el santo, el torero y el amante. El denominador común de todos ellos es su ardiente conciencia del presente, exactamente esa conciencia incandescente que las posibilidades ínsitas de la muerte han abierto para ellos. Una profunda desesperación late en la condición que permite permanecer en la vida tan solo abrazando la muerte, pero su recompensa es el conocimiento de que lo que acontece en cada instante del electrizante presente es bueno o malo para ellos, bueno o malo para su causa, su amor, su acción, su necesidad”.

Poco importan las razones. Lo que importa es lo que dejaron escrito en el ocaso de su existencia torera. Paula fue en sus últimos días de matador un hombre sin rodillas, y por extensión sin piernas. Un torero gitano que embrujaba la música callada que José Bergamín supo escuchar en sus lances. Cerca de los cincuenta años, con tres decenios de alternativa, Paula paró los relojes de Las Ventas la tarde del 28 de septiembre de 1987, momento que recoge la fotografía de Marisa Flórez en el encabezamiento de esta entrada. Y siguió y siguió como un Keith Richards reticente a bajar del escenario. Para el recuerdo queda la tarde del 5 de junio de 1997 en Aranjuez. Ya sin piernas y casi sin cuerpo, Paula recitó con el capote su sentimiento, inspiración y locura. Él mismo intentaba explicar con su intrincado verbo su concepción del arte: “Cuando la inspiración no llega, técnicamente estoy perdío”.

Antoñete, que estás en los cielos, también toreó siendo un viejo recio y altivo. Todo su parco verbo se convertía en literatura cuando sorteaba a las bestias con un simple trozo de tela en las manos. Antoñete desgranando naturales el 24 de junio de 1998, con 66 años y su mechón blanco reluciente, es simplemente un monumento a lo imposible, el milagro del toreo por encima incluso de la capacidad de respirar, prácticamente anulada por el fumeque como puede observarse hacia el final de este vídeo:

Si la imaginación propiciaba entonces soñar con carteles de toros, el cierre de una terna idílica lo rubricaba sin duda Curro Romero. Antoñete, Romero y Paula dibujaron juntos, de hecho, grandes páginas de la historia de la tauromaquia reciente en las postrimerías del siglo XX. Tan solo verles juntos hacer el paseíllo en Antequera en Agosto de 1999 representaba un desafío como pocos al paso del tiempo. Antoñete tenía entonces 67 años; Romero, 66; y Paula, 59.

Lo de Romero viejo, Faraón de Camas, fue simplemente Arte y Majestad, que cantaba Camarón. “¿Hasta cuándo seguirá Curro?”, se preguntaba el respetable entre la incredulidad y el cachondeo. Y Curro solo callaba, toreando como los ángeles cuando le venía en gana. Curro desastroso y celestial, merecedor de la gloria y la bronca a partes iguales, contradictorio como la vida. Nunca tuvo miedo de tener miedo. “No me gusta la mediocridad, afortunadamente para mí”, se excusaba el Faraón tras el bombardeo de almohadillas y broncas de mil pares de bemoles que seguían a cada uno de sus sonados petardos.

Curro, Paula y Antoñete, como tantos otros, llegaron a estremecer al público vestidos de torear dibujando formas imposibles, barriga hacia fuera, el paso torpe, pero el toreo profundo, viejo, imperfecto, natural, sabio, entonando una trágica melodía que recordaba a la de aquel demacrado Chet Baker dando tumbos por los escenarios de Europa y susurrando a la cámara de Bruce Weber la mejor manera de dejarse llevar. Como tantos otros mitos, Baker llegó a viejo contra todo pronóstico y sopló la trompeta hasta el final afrontando todo tipo de dificultades (como aprender de nuevo a embocar el instrumento tras perder la dentadura en una trifulca con un camello) que convertían su mera presencia en el escenario en un acto de belleza suprema. Romero, Paula y Antoñete también torearon hasta que la vergüenza torera o quién sabe si una luz racional les hizo decir basta para orfandad de los sedientos de la suerte cargada con naturalidad y empaque.

Los tres diestros se cortaron la coleta con el cambio de siglo. Pero hasta entonces, narraron en el ruedo sus propias leyendas a quien quisiera escucharlas. Dijeron lo mismo que los demás, pero de forma diferente. Más diferente aún si cabe cuando fueron viejos. ¿Veremos torear también a esas edades a los Morante, Tomás y Manzanares de hoy? De todos ellos quizá sea Morante quien, como apunta Eduardo Arroyo, con más intensidad transmite hoy esa fragilidad del ser que encauza la creación hacia lo sublime. Su compleja personalidad y su estudiada estética ya le hacen parecer hoy en la arena un torero viejo, de otro tiempo. Un día tuve la oportunidad de preguntarle qué significaba el duende para él.

Respondió con voz baja en la dehesa Lo Alvaro, propiedad del difunto ganadero Juan Pedro Domecq, durante una desapacible tarde de aguacero. “Me gusta cómo hablaba García Lorca del duende y del arte. El arte es pinturero, y el duende sale más de la tierra. No voy a decir que yo lo tenga, pero se tiene o no se tiene. A veces sale. Y a veces no”.

Publicado en El País

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Dos hazañas taurinas de Rafael de Paula

Las cosechó en la plaza de Jerez, en 1964 y en 1979 cuando cortó las dos orejas y el rabo al toro ‘Sedoso’ del Marqués de Domecq y cuando mató seis toros en solitario, cortando siete orejas y fue llevado a hombros de sus partidarios hasta los pies de la Patrona, la Virgen de la Merced.

EL pasado 17 de mayo, se cumplieron treinta y nueve años de la gran faena que el diestro Rafael de Paula, hiciera al toro ‘Sedoso‘, de la ganadería del Marqués de Domecq, en la plaza de toros de Jerez, en el año 1979, cortándole las dos orejas y el rabo. Esa tarde, Rafael torearía con los ases sevillanos Curro Romero y Emilio Muñoz. Como recuerdo de su sensacional actuación, se colocó en la plaza una placa de bronce conmemorativa de dicha colosal faena.

Pero mayor hazaña aún, sería la que Paula realizó trece años antes, el 28 de junio de 1964 – se cumplen ahora 46 años – toreando Rafael como único espada, una gran corrida de seis toros de la ganadería de Salvador Guardiola, en la que cortó siete orejas en total. Dos orejas, en el segundo, y una en cada uno de los toros restantes.

Esta no sería la única encerrona de Paula con seis toros, ya que, a lo largo de su carrera taurina, mataría siete corridas, en solitario, haciéndolo dos veces en Jerez y otras dos en Sevilla, lidiando las restantes en plazas como las de Madrid y El Puerto.

Es curioso lo que ha sucedido con este torero de leyenda. Que se recuerdan sus muchos fracasos, pero no sus mayores triunfos, como aquel quite que hizo a un toro, en la plaza de Madrid, del que tanto tiempo se estuvo hablando, como algo grandioso. Cuando Rafael de Paula era joven, sus seguidores se contaban por legiones. Pero muchos de esos seguidores los fue perdiendo en sus últimos tiempos, incluso mucho antes de que el 15 de febrero de 2002 el Rey le concediera la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, cosa que algunos aficionados todavía ignoran, porque se acuerdan más del gesto de impotencia que le llevó a arrancarse la coleta y tirarla en la plaza de Jerez.

Pero volvamos al inolvidable triunfo que obtuvo al matar seis toros en solitario. El día de las siete orejas en la encerrona de 1964, Rafael de Paula que contaba entonces 24 años- nació el 11 de febrero de 1940 -, fue sacado a hombros de sus partidarios, siendo llevado así hasta el santuario de la Virgen de la Merced, donde se cantó una salve popular a la Patrona. Para los que no estuvieron allí, les recordaremos algunos otros datos de este histórico acontecimiento taurino en la carrera profesional de Rafael de Paula. “Un bravo gesto de un torero genial”, como decían los carteles. Era la reaparición de Paula, tras haber culminado su servicio militar.

El sobresaliente de espadas fue el jerezano ‘Rafaeli‘. El primer toro y el último los brindó al público; el segundo al veterinario Aurelio Agüera y el tercer toro de la suelta a un grupo de 50 invidentes de la ONCE que quisieron ir a ‘verlo’, demostrando así que a Rafael de Paula hasta los ciegos podían ‘verle’ ejecutar aquel toreo de maravilla que el gitano de Santiago tenía. Caso único éste, en la historia del toreo, que un grupo de cincuenta ciegos hayan acudido juntos a una plaza de toros a ver a un determinado diestro. Y como último dato de esta corrida que causó el delirio de los aficionados, digamos que aquel día, el Paula lució un precioso y poco visto terno de color naranja y oro.

No obstante, y pese a ese grandísimo triunfo, esa temporada Rafael sólo llegó a torear en diez corridas. La cara y la cruz, el sol y la sombra, la mala sombra, diríamos mejor, del gran torero de Jerez; al que pese a sus grandes triunfos seguían sin lloverle los contratos, para torear en otras plazas. Pero, con el tiempo, los contratos también le llegarían, pues supo ganárselos a pulso y luchando, siempre, siempre, contra la artrosis de sus rodillas, enfermedad que pese a diez operaciones, acabó por vencerle y retirarlo forzosamente del toreo; pasando a entrar, desde entonces, en la historia de los grandes toreros de leyenda

Publicado en El Diario de Jerez

Rafael de Paula: «Dios bendiga al toreo»

Perlas y reflexiones de Rafael de Paula: «España no sería España sin las corridas de toros»

Por Rosario Pérez.

Corría febrero de 1940 cuando en el barrio de Santiago, en Jerez de la Frontera, nacía Rafael Soto Moreno «Rafael de Paula», hijo de Francisco Soto y Tomasa Moreno.

Recordamos algunas de las perlas, sentencias, frases y reflexiones que este irrepetible torero de arte ha brindado en entrevistas -como la fabulosa concedida a Fernando Carrasco en ABC en septiembre de 2010- y actos públicos. Pasen y lean al genio:

Rafael de Paula sobre Rafael de Paula: «Yo no he sido nada. Yo, solamente, he sido, mire usted, un ave que he emigrado y he podido llegar al sitio y luego he podido volver. Un ave que ha hecho ese viaje y he vuelto con muchas fatigas y en estado agónico. Yo he tenido el toreo en mis manos en dos ocasiones, y se me ha ido. Por eso no soy nadie. Y eso es imperdonable. Para un profesional es un fracaso».

El valor: «Yo no he podido dar todo lo que llevo dentro, por mis facultades físicas, y no quiero agarrarme a eso. He estado a merced de los toros, no porque no supiera, sino por mis rodillas. Yo tengo más valor que El Espartero. Pero desde 1971, que estoy operado de las rodillas… ahí se acabó mi vida».

Capiteles del toreo: «Joselito el Gallo “Gallito”, Juan Belmonte García “El Pasmo de Triana” (los dos, José y Juan, protagonizaron la Época de Oro del toreo, así reconocida para los restos), Manuel Jiménez “Chicuelo”, Félix Rodríguez, Fermín Espinosa Saucedo “Armillita Chico”, Joaquín Rodríguez Ortega “Cagancho”, Domingo Ortega López, Silverio Pérez Gutiérrez, Manuel Rodríguez Sánchez “Manolete”, Antonio Mejías Bienvenida, Luis Miguel Dominguín y Antonio Ordóñez Araujo. Estos son los capiteles del toreo de todo el siglo XX».

El mejor torero: «Ha sido Joselito El Gallo el que mejor ha toreado. Porque una cosa es ser buen torero y otra torear bien. El más grande, porque tenía o poseía las mejores condiciones de todos, sobre todos los demás, Joselito el Gallo. Ése es el mejor torero que ha parido madre de todos los tiempos. Ése es mi conocimiento y a la conclusión que llego».

Muñecas prodigiosas: «Las muñecas más prodigiosas del toreo han sido las de Rafael el Gallo, y las de Manuel Jiménez “Chicuelo”. Rafael, de salida, hacia unas cosas con el capote a una mano…»

El Papa Francisco: «Estaría encantado de saludarle».

El arte: «En el toreo no hay artistas, sino toreros con arte. Los artistas están en el circo».

Corridas como acontecimiento: «España no sería España sin las corridas de toros. Y punto. Las corridas son un acontecimiento, eso de espectáculo es una cosa chabacana. El toreo es gloria, así que Dios bendiga al toreo».

Publicado en ABC

Rafael de Paula describe la geometría del toreo Por Joaquín Vidal


Entrevista con el polémico artista gitano publicada en el diario El País el 28 de noviembre de 1981.

Más que sentado, medio tumbado en el tresillo, el codo en el respaldo, cruzadas las piernas y, algo vuelto, apenas te mira porque la mirada la tiene en una nube donde se celan complicadas ideas sobre su peculiar filosofía del toreo. A veces bosteza este Rafael de Paula que va hecho un pincel, en traje príncipe de Gales y corbata italiana a rayas, que se curva ostentosa antes de desaparecer por el chaleco, y entre párrafos, interminables y tartamudeados a conciencia, le entra como una hartura o como un vacío existencial. Por eso te sorprendes cuando, de repente, por una pregunta sin intención (o a lo mejor la llevaba, quién sabe), se incorpora, se crispa, bulle entre los almohadones, bracea y escenifica toda una geometría del toreo.

El toro de ilusión pasa por aquí y por allí. Pasa, mejor, y vuelve, y se va a la cadera, y de la cadera derecha a la izquierda, y la palma de la mano lo guía, y tú piensas que si fuera así, caramba, dónde estaría el señor Soto -en los carteles, Rafael de Paula-; nunca más abajo de la gloria. Sólo falta que el público ruja y estalle en palmas de son, aunque seguramente en la nube del artista ese público existe también y está rugiendo y ha estallado en palmas de son. Cuando despierta son las tantas. Se nos han hecho las tantas hablando de toros. La pregunta sin intención (o a lo mejor la llevaba, quién sabe) había sido: dicen de usted que codillea. Y respondió: 

« ¿Qué, que yo codilleo? Tiene gracia. ¿Que codilleo? Es gracioso eso. Codilleo, codilleo, ¿y qué es codillear? Pero vamos a ver: ¿qué es torear? Si yo codilleara, me cogerían los toros. Al toro, mire, se le presenta la muleta así y se le llama aquí y se le lleva allá. Yo podría llevarlo lejos, porque sé mandar, tengo recursos y además brazo y estatura para dejarlo en la otra parte de la plaza, ¿me entiende? Pero eso no es torear. Al toro hay que llevarlo detrás de la cadera. El toreo no es en línea recta, sino en circunferencia. Circunferencia es el ruedo y circunferencia es el recorrido del toro tal como yo lo entiendo. Y bueno, a lo mejor doblo el brazo para hacerlo, ¿qué quiere que le diga? Lo encuentro tan irrelevante que apenas merece comentario».

Apenas merece comentario, pero estuvo un cuarto de hora explicándolo, en la teoría y en la práctica, con su geometría, que le obligó a rebullir por medio sofá. Y ya que estábamos, le pregunté por qué coge la muleta como si fuera una garrota. Y también encajó la acusación: «No siempre, ¿eh?, no siempre cojo el estoquillador de la muleta como si fuera… ¿una garrota dice?, tiene gracia. Recuerdo que en la crónica que me hizo de una corrida en Sevilla lo decía, y tenía usted razón, pues ese día, en efecto, agarré el engaño como si fuera un palo. Pero pocas veces más lo he hecho. Lo que pasa es que yo presento la muleta de frente, la sujeto con los dedos de la mano para abajo y, al doblar éstos, puede parecer que la agarro de mala manera. No; la muleta, plana, de frente, para el cite». Y cita.

Luego, cuando embarca, observas con asombro que esa mano vuelve la palma para arriba, como si imaginara que trae en ella al toro, y luego lo despide detrás de la cadera. ¡Detrás de la cadera siempre, en pura interpretación circunferencial de la suerte! Pero de lo que se trataba con la entrevista era de entender el toreo de Rafael de Paula, el por qué de un arte cicatero que, cuando aparece, se muestra sublime, y a esas alturas ya lo tenías comprendido -o, al menos, lo esencial- y apenas hacía falta continuar la entrevista, pues el objetivo estaba cumplido. Pero, nada más que por enredar, le había expuesto delicadamente otra cuestión: Da la sensación, torero, que a veces no se acopla con los toros porque, empeñado en crear arte, olvida la técnica, o acaso no está muy puesto en ella.

Y aquí Rafael de Paula -Rafael Soto en el mundo- niega de plano: «Sin técnica no se puede torear. La técnica, como el valor (¡ay, señor, qué mención tan inquietante en el artista gitano) son indispensables para hacer el toreo. Tienes que conocer el toro, el manejo de los engaños y las suertes. Y luego has de tener el valor suficiente para ejecutarlas. A partir de aquí vendrá la inspiración. Otra cosa es que yo quiera crear siempre arte. Es algo impalpable, muy difícil de explicar. Te sientes ajeno a todo, instrumentas los pases con musicalidad y poesía, pones el alma por encima de la inteligencia».

«En realidad es que yo coloco el arte por encima de la técnica, en efecto, lo cual no quiere decir que me olvide de ésta. Le pondré un ejemplo: el pintor tiene una técnica, que plasma mediante la utilización de pinceles. Pero, de repente, le viene un soplo de inspiración, rechaza los pinceles, moja el dedo pulgar en el color, garabatea en el lienzo; el que lo está mirando dirá que se ha vuelto loco, pero cuando acabe le habrá resultado una creación artística. Lo mismo sucede en el toreo, que sobre técnica debe tener embrujo y poesía, pues sin ellas sería una cosa más».

Hay una acotación marginal del propio artista, que es la siguiente: 

«Lo cual no quiere decir que carezcan de mérito los gladiadores del toreo; pero me entiende, ¿verdad?». 

¿Qué es el miedo, Paula? 

«Es una preocupación grande que te embarga. Tengo miedo antes del paseíllo y creo que a todos los toreros nos pasa lo mismo. Es miedo físico, pero es sobre todo miedo a lo desconocido, donde se mezclan todas las imprevisiones que van aparejadas al toro, al público y al propio estado de ánimo, porque no siempre sale uno igual al ruedo. En las vísperas de corrida frecuentemente lo paso mal, me encuentro desasosegado y apenas puedo dormir. Pero tengo comprobado que cuando duermo bien y las horas antes del festejo me noto relajado, me suelen salir las cosas bien delante del toro».

¿Es usted supersticioso? 

«No diría yo que no; lo normal. Por ejemplo, cuando veo a un jorobado, es una cosa que me satisface. Digo: “¡Hombre, un jorobado, qué alegría!”. Y si veo a uno con mal de ojo, me pongo malo. Un sombrero encima de la cama, tampoco lo soporto». 

¿Y eso por qué, hombre? 

«Es una cosa fea, ¡puaf!, un sombrero encima de la cama. Los sombreros deben estar en la cabeza o en la percha».

El caso es que a Rafael de Paula, tan arrellanado en el sofá, como si nada ocurriera, la procesión le va por dentro. Apenas quiere hablar de ello, pero la realidad es que tiene una rodilla seriamente lesionada y posiblemente se tendrá que operar. 

Uno de sus íntimos amigos nos decía que es auténticamente un inválido; de ahí que parezca que no puede con los toros: «Su temporada», añadía, «ha sido un auténtico martirio. 

El día que toreó mano a mano con Antoñete en Madrid salió medio drogado, a fuerza de calmantes. Su inferioridad física, que no ha trascendido al público, es muy preocupante, y la operación será inevitable».

«Algo de eso hay», nos dice el torero cuando le preguntamos, pero no quiere seguir por ahí. Prefiere hablar de toros y de toreo. De cómo ha evolucionado desde que tomó la alternativa en 1968, por ejemplo. Sí, es consciente de que la lánguida carrera profesional que seguía dio un giro radical únicamente por un quite: el que hizo en Las Ventas la tarde de su confirmación de alternativa. 

«Y lo curioso es», explica, «que entonces yo no toreaba bien con el capote, tenía muchos defectos; debió de ser por esa carga de embrujo que surgió de repente, lo que hablábamos antes de que el arte está por encima de la técnica. Y además ocurrió en Madrid, la plaza que da y quita, lo cual fue mi suerte».

¿Su peor tarde? 

Y contesta: «Demasiadas». ¿La mejor? «Quizá en Vista Alegre, pero la buena está por venir». ¿Las broncas? «Una cosa amarga». Pero ya estará acostumbrado -y confesamos que nuestro comentario no deja de ser mordaz- «Pues no estoy acostumbrado», responde con gesto muy severo. 

«Yo salgo todas las tardes a hacer el toreo, y cuando no lo consigo, sufro una enorme decepción y un gran disgusto, que en algunos casos me han durado muchos días. Además, cuando eres veterano se te acrecienta el sentido de la responsabilidad, siempre intentas perfeccionarte, quisieras estar bien cada tarde. Esto no es un juego y no puede tomarse a la ligera». Broncas, «demasiadas». 

Pero las redime el arte. Rafael de Paula es ese torero geómetra y creador, que con sólo dos lances hechos de embrujo y poesía puede llevar toda una plaza hasta la locura. Y hay pocos así, naturalmente.

Rafael de Paula: “España no sería España sin las corridas de toros. Y punto.”

La sede central de Caja Rural, en la Plaza de la Magdalena, ha acogido este martes a dos maestros del Toreo de la talla de Curro Romero y Rafael de Paula, quienes con su presencia han dado lustre a la presentación del libro ‘Torerías y diabluras’, cuarta obra deJesús Soto de Paula, hijo del torero jerezano.

De S y S.

El acto, al que han asistido entre otros el consejero de Economía y Conocimiento de la Junta de Andalucía, Antonio Ramírez de Arellano, o el diestro Juan Antonio Ruiz ‘Espartaco’, ha sido conducido por el periodista de ABC Alberto García Reyes, quien comenzó dando lectura al prólogo del libro, escrito por el propio Curro Romero. 

Después y tras el amplio discurso del autor de la obra, tomaron la palabra los dos veteranos toreros, primero Paula con su genialidad de costumbre -empezó diciendo que “si Obama fuera español, yo votaría a Obama- y para finalizar Curro Romero, quien tuvo sinceras palabras de agradecimiento hacia el hijo escritos de su compañero.

Paula señaló la diferencia entre «la literatura y la crítica taurina», y citó a Ortega y Gasset para arrancar una sonora ovación. «España no sería España sin las corridas de toros. Y punto. Las corridas son un acontecimiento, eso de espectáculo es una cosa chabacana. El toreo es gloria, así que Dios bendiga al toreo», dijo.

“¿Tú quieres seguir hablando?”, le preguntó Romero. “Con tu permiso, Curro”, le dijo Rafael. “Nada, tú remata”, sentenció el Faraón de Camas para que pudiera mostrar su alegría porque “Curro haya hecho un prólogo hermoso y salido del corazón en el que ha echado el alma, porque me consta el afecto y el cariño que le tiene a mi hijo, y viceversa”.

Así lo confirmó el maestro para abrochar la faena. Y como siempre, se mostró agradecido. “Gracias, Jesús, por el espacio que me dedicas como torero en el libro. Me hago cargo de lo que has sufrido para decir estos lances de lamento sufridores, amorosos y acariciadores”.

El maestro de Camas tiró de memoria: “Me acordaré mientras viva de cuando toreaba con tu padre y de pequeño te metías en mi habitación. Eres un hombre muy bueno y te lo mereces”, sentenció. 

La vuelta al ruedo del acto fue con el eco de Jerez en el cante de Agujetas.

Con información de ABC.ES y EFE.

Rafael de Paula, en sí mismo

Nunca he sido aficionado a los toros (¿para qué?), pero fui aficionado al toreo de Rafael de Paula, supongo que porque este gitano de la ciudad de los gitanos representaba una anomalía mágica dentro del toreo: alguien capaz de convertir una tarde de toros en un espectáculo de indecisión y dramatismo, de misterio y desgarro, de frustración o de gloria. Siempre fue Rafael de Paula un torero imprevisible… incluso para Rafael de Paula. Una moneda lanzada al aire. Y había veces en que incluso la moneda desaparecía en el aire: nada. Porque el Paula podía ser una presencia invisible, espectro de sí mismo, perdido allá en sí mismo o de sí mismo, entre miles de espectadores vociferantes que se tomaban la molestia de abroncar a un espectro.

Hoy, el Paula es un torero retirado, motivo de fabulaciones y leyendas. En realidad, era ya leyenda cuando estaba en activo, y la plaza parecía una unánime respiración contenida cuando el jerezano se abría de capa, expectante la afición ante los designios de esos duendes que vienen a ser la metáfora de la posibilidad de lo casi imposible. A veces, esos duendes veleidosos disponían que algún que otro toro se fuese vivo al corral, pero, en el fondo, ¿quién puede tomarse en serio a esos toreros que son capaces de matar todos sus toros? La magia también debe fallar. Y son los toreros irregulares los que conceden credibilidad al toreo, que no puede aspirar a convertirse en una ciencia exacta, en un guión fijo, en una expectativa previsible: a veces hay que tocar la gloria con las manos y a veces hay que morder el polvo. El problema es que el polvo puede morderlo todo el mundo, pero la gloria pueden tocarla muy pocos. La verdadera gloria: la de lograr convertir un espectáculo canallesco y atroz en una ceremonia estremecedora. El Paula era de ésos, cuando lo era.

Decía Oscar Wilde que el público es un ente asombrosamente tolerante, capaz de perdonar todo, salvo el genio. A Rafael de Paula no le perdonaron el suyo. O mejor dicho: el público no parecía comprender que su genialidad tenía una cara y una cruz, y que ambas formaban parte de una esencia única. Sólo el genio tiene derecho a no serlo. Sólo el genio puede ser la sombra patética de sí mismo sin dejar de ser quien es, porque esa sombra patética es también protagonista principal de la trama.

En mayo de 2000 era feria en Jerez de la Frontera y el Paula compartía cartel con Curro Romero y Finito de Córdoba. Rafael se dejó vivos sus dos toros y se arrancó la coleta. Había debutado con picadores en aquella plaza en 1958. Se fue del toreo del mismo modo en que estuvo durante más de cuarenta años en el toreo: de un modo improvisado y trágico, desgarrado y pasional, con esa dignidad en carne viva de los perdedores. Se fue de los toros en medio de un arrebato, porque su vida profesional no fue otra cosa que eso: un arrebato milagroso, la extraña religión estética de un hombre aterrado del poder de los dioses y de los duendes, tanto de los malos como de los benéficos. Se fue porque se puede luchar contra los toros, pero no contra el tiempo, aunque él consiguió del tiempo una prórroga no menos inexplicable que temeraria.

Con sus rodillas rotas en pedazos, Rafael de Paula se puso durante décadas delante de los toros con la sola defensa de su anómala sabiduría, de su instinto oscuro, de sus muñecas lentas y barrocas. ¿Esos célebres miedos de Rafael de Paula? No es más valiente quien menos miedo tiene, sino aquél que, aun estando muerto de miedo, lleva a cabo faenas de valiente. Con sus piernas de trapo, con sus rodillas convertidas en una chatarrería gracias a la cirugía experimental de los años setenta, el Paula fue el torero más portentoso, más imprevisible, más excéntrico, más desvalido y más hondo de cuantos ha visto uno, y tardará mucho en nacer -si es que nace- alguien que lleve el oficio de torear adonde él lo llevó: al territorio de la pura especulación artística, al ámbito irreal de los arquetipos, al grado de la ensoñación inexplicable.

Una tarde de feria, un torero de 60 años fue vencido por el tiempo. Tenía que matar dos toros, pero comprendió que lo más lógico sería que uno de esos dos toros lo matara a él.

Rafael de Paula estaba al margen del toreo a fuerza de estar en el núcleo mismo del toreo: lo suyo era otra cosa. No rompió ningún molde: se limitó a crear un molde nuevo. Hasta que el molde se rompió por sí solo, claro está. Y el mundo sigue.

***

Felipe Benítez Reyes es poeta y narrador, ganador del último Premio Nadal con la obra Mercado de espejismos.

Publicado en El País

Hoy me siento Paula.

COMO aquel gordo del anuncio que salía en la tele dando zapatetas en el aire como Don Quijote en Sierra Morena y diciendo «¡hoy me siento Flex!», yo no brinco de regocijo ni hago cabriolas de contento y alegría, sino más bien de todo lo contrario: de preocupación. Porque hoy me siento Paula. Completamente Rafael de Paula. Y eso es para preocuparse….

DE SOL Y SOMBRA

Por Antonio Burgos.

COMO aquel gordo del anuncio que salía en la tele dando zapatetas en el aire como Don Quijote en Sierra Morena y diciendo «¡hoy me siento Flex!», yo no brinco de regocijo ni hago cabriolas de contento y alegría, sino más bien de todo lo contrario: de preocupación. Porque hoy me siento Paula. Completamente Rafael de Paula. Y eso es para preocuparse.

Me siento como el torero de Jerez, ese artistazo al que sus aduladorers en plantilla, agradadores, corifeos y cortesanos de la música callada del toreo volvieron medio majara, atufándolo de tanto sahumerio de elogio, después que le dedicara un libro José Bergamín, el poeta epigonal de la Generación del 27, de la España peregrina de 1939 y del cristianismo difícil de «Cruz y Raya» que terminó siendo enterrado en vascongada tierra por el rito de la estricta observancia de la ETA.

Con todos mis…

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Rafael de Paula: “José Tomás me gusta porque es un hombre como yo, libre con mayúsculas.”

Rafal de Paula por Cristo García.

Por Luis Rivas.

“El artista tiene que llegar al alma, porque el arte es un misterio”

Un paseo por Jerez nos facilita la cercanía, y al natural, de poder dialogar con Rafael de Paula gloria del toreo y conocer su opinión sobre distintos  aspectos de su vida, su pasión por el toro y la tauromaquia. .- “Salgo poco -nos dice-, vivo por suerte  cerca de un parque, donde hay arboleda, terreno verde, respiro, paseo, veo amanecer y anochecer, que es muy bonito, leo…  Así transcurre mi vida, teniendo la conciencia tranquila, hasta que Dios lo quiera”.

¿Qué echa de menos?

—Darme una vuelta por el campo, ir algún tentadero, coger la muleta y pegarle diez o doce pases a una vaca. Las rodillas no meayudan.  Esa es mi máxima ilusión. Soy un hombre que vivo en torero, estoy al tanto de cuanto sucede en el toreo. Con eso me acuesto y con ello me levanto.

Hace unos días ha estado en Madrid y Cuenca donde ha recibido un homenaje. ¿Cómo fue ese encuentro?

—Pues bien, estuve con un grupo de amigos entre ellos el escritor y crítico teatral y taurino Javier Villan. Fue un encuentro entre el flamenco y la poesía. Me atendieron con esplendidez, encontrándome muy feliz.

¿Cómo contempla el mundo del toro en la actualidad?

—El mundo del toro no está por supuesto en su mejor momento, no de incertidumbre. Esto tiene su camino y no tiene final.  El tema político no va acabar con las corridas de toros. Lo que sí, son los elevados precios que existen para  sostener y organizar la celebración de las corridas,  la economía se resiente, digamos claramente, a los líos,  a los robos sin conciencia de los poderosos. El que tiene más , quiere tener más y obtener más. El que tiene menos, cada vez tendrá menos. El panorama  es más incierto.

Las corridas de toros, las denomina como celebración, no como Fiesta Nacional. ¿Por qué?

—Yo he leído al filósofo y escritor Ortega y Gasset, quien define escuetamente como celebración,  a las corridas de toros, nada de Fiesta Nacional, que en realidad corresponde al día de la Hispanidad que es el 12 de Octubre. Feria viene de fiesta, por tanto la corrida de toros es una celebración donde se programa su desarrollo. Así es entendible y más real.

Las campañas en contra de los espectáculos taurinos es una constante en estos tiempos. ¿Cuál es su opinión?

—Es un tremendo error, la cosa es mucho mas sencilla. La quieren fantasear y radicalizar,  es una tremenda ignorancia. La Península Ibérica que abarca hasta Gibraltar y no Ceuta ni Melilla, es la piel de toro, por excelencia. Si nos fijamos bien,  el mapa es una piel de toro exactamente. El toro bravo nace en la Península Ibérica y es una grandeza. Lo mismo que en otros países nacen otro tipo de animal. Por tanto  es una total ignorancia. Aquellos que en España van en contra de su celebración, están confundidos. A lo largo del año, hay cantidades de pueblos que en sus celebraciones y tradiciones, con siglos de antigüedad,  tienen las corridas de toros como función principal. No creo que consigan destruirlas.

Luego, su desarrollo, absolutamente nada tiene que ver con los toros por la calles.

—Así es. A ver si  son capaces de entender que las plazas construidas son para el desarrollo del espectáculo, acude un público que paga su entrada y  sale un animal criado en la dehesa, en su hábitat, desarrolla su bravura y condiciones, de tipo múltiple y variable. Ese es el toro bravo, que se enfrenta ante un hombre, un lidiador que se  llama torero de profesión y con su maestría y maneras, ofrece una serie de suertes. Tienen sus defensas integras, que puede incluso ocasionar la muerte. Ahí están la cantidad de toreros muertos a lo largo de la historia. El toro con su bravura  demuestra sus condiciones embistiendo una y otra vez,  a esas telas, que  pueden ser capote y muleta. Aquí hay una tremenda verdad y los que quieran decir otra cosa, esa banda de ignorantes, por no decir otra cosa, están equivocados.

¿Está de acuerdo con que las corridas de toros generan puestos de trabajo, benefician a empresas de servicios, apoya la economía de la ciudad, además generan  ingresos a la Hacienda pública, más que el cine que recibe subvenciones?

—Un ejemplo de lo que estamos hablando es Pamplona. Las fiestas de San Fermín y la del toro bravo, durante una semana  son universalmente conocidas. No se cometen barbaridades con los toros. A ver si se atreven con Pamplona o Madrid en San Isidro que da mucho dinero a la Comunidad madrileña. Es un espectáculo único. Viene gente de todo el mundo. Que haya empresas extranjeras que estén financiando y subvencionando a personas que se ponen a vociferar delante de las plazas e incluso se arrojan al ruedo, pues quizás sean verdad. Sin duda es un hecho que en España se debe repudiar e incluso responder con acciones legales, que amparan la Ley. Hace unos días escuchando una entrevista en una cadena de radio, un político del PSOE atendió una llamada de una oyente que le preguntó sobre si le gustaban las corridas. Como hablan los políticos, le respondió que a él nunca lo verían en un tendido de una plaza de toros, aunque no tenía nada en contra. Para mi  concepto, y le recuerdo al político de turno, que  es un espectáculo libre, totalmente democrático, al que se  acude libremente, Cada cual va donde quiere, a una ópera, a un teatro. Yo sería incapaz de decir lo que este buen señor manifestó en claro desprecio a los toros. Las cosas claras o blanco o negro.  No voy porque no me gusta.

Hay quienes se empeñan en distinguir, sobre si el toreo es de derecha o de  izquierda.¿Qué tiene que decir?

—El toreo no conoce de partidos políticos ni de ideologías. Lo que no es admisible sucedió el otro día en la cadena Antena 3, cuando la entrevistadora l  preguntó a Rivera Ordóñez si el toreo es de derecha o de izquierda. Ahí Rivera estuvo mal o no supo contestar. El espectáculo de la corrida no distingue de partidos. Politizar el toreo no es bueno. Estuvieron mal los dos, la periodista por hacer una pregunta improcedente y el torero por no saber contestar  adecuadamente.

Hace poco se han cumplido 55 años de su alternativa en Ronda, de manos de Julio Aparicio. ¿Cómo recuerda ese acontecimiento?

—Para mi fue una tarde inolvidable, permanecerá en mi recuerdo mientras viva. Fue el 9 de septiembre de 1960.  Entonces tenía 20 años.

Sobre los nuevos toreros que han surgido, por ejemplo esta última temporada. ¿Qué opinión le merecen?

—Los toreros somos según las generaciones.  En la actual no torean bien, son vulgares, se arriman, lo que se entiende por arrimarse, pegan muchísimos pases, pero sin calidad, sin ningún sentido bueno de lo que es el toreo clásico y puro. Casi un 99 % dan muchas espaldinas y muchas reolinas. Eso está verdaderamente muy lejos de lo que entendemos por el toreo clásico.

¿La suerte de varas, casi inexistente hoy, es muy distinta a la de su época?

—El toro de antes, el de los años 60 y 70, era menor en peso y trapío, se movía mucho más y entonces en plazas de primera se colocaban en  la suerte de varas tres veces como mínimo. Eso se ha perdido en belleza, riqueza, competencia, porque al ir tres veces el toro al caballo, se podían hace tres quites por parte de los toreros, había rivalidad. Eso se ha perdido. Hay un grave error por parte de los  presidentes de corrida de algunas plazas, por ejemplo Madrid. El toro debe ponerse tres veces al caballo, gana el espectáculo, el público que paga por ver una suerte de  varas  tan hermosa como importante. Tambien deben ser consecuente con que el toro que salga malo, manso, huidizo, debe ser picado. Hay que ponerlo todas las veces que haga falta, pero que salga picado, como es debido.

¿La implicación de la intelectualidad, escritores, poetas, escultores, pintores, periodistas, es necesaria en los tiempos que corren?

—Es necesario, siempre ha sido y lo será, Debe seguir existiendo, para que llegue al gran público. Así de sencillo.

Su amigo José Bergamín, escribió un 2 de octubre de 1975 un poema inédito dedicado a su tauromaquia, que dice así:  Rafael de Paula torea / con la izquierda al natural / lo mismo que Manuel Torre / cantaba la soleá. / Y cuando le da la gana / perfila con el capote la seguirílla gitana.

—Es precioso el poema de Bergamín. Me está viendo como yo soy, por dentro y por fuera.

El ser humano expresa su necesidad por algo que no es solo material. ¿Dónde lo puede encontrar?

—Yo creo que en el arte, en el toreo, como en el baile, en el cante flamenco, en la escultura, en la pintura, el artista tiene que llegar al alma. El arte es un misterio.

¿No cree que el toreo está lleno de gestas y romanticismo?

—El romanticismo y la poesía, lo engrandece.  El caso de Manuel Dominguez Desperdicio en El Puerto, que perdió un ojo y se lo arrancó para seguir toreando, eso no lo hay hoy. Sacar una bandera de pirata en la vuelta al ruedo con un niño con parche de la mano, a mi me ofende. Yo no tengo inconveniente en que se lo pongan.  Eso va contra el toreo así claramente. Escriba  usted cuanto le digo. Yo soy libre. ¡Viva la libertad!

¿Porqué cree que José Tomás  no hace temporada?

—El misterio se lo ha dado la misma gente. Tomás ha conseguido saber torear y tener un toreo personalísimo basado en un concepto de clasiscismo y pureza. Además, me gusta porque es un hombre como yo, libre con mayúsculas. Posee un patrimonio familiar, además de lo que ha ganado jugándose la vida toreando. Vamos, el de Galapagar tiene el pajar cubierto y se puede permitir ponerse delante del toro cuando lo echa de menos, porque, en el fondo, le gusta torear. No vive de cara al público. Lo único que nos diferencia es que está rico y yo soy pobre, pero el ARTE soy yo, es algo maravilloso. Le voy a contar una anécdota. Tendría 18 años cuando me presentaron a Julio Luque, químico de profesión, un trotamundos jerezano, y la persona que lo hizo le dijo “Julio fijese en este muchacho, si hubiese sido guardía, tendría arte hasta para dar una guantá”.

Las escuelas taurinas ocupan un espacio dentro de la tauromaquia, ¿ cómo la contempla?

—Creo que en la enseñanza deberían dar rienda suelta a aquellos muchachos que demuestran personalidad propia y dejarlos que caminen por su instinto y sabiduría. El que no valga que le faciliten otra formación que pueda encarar su futuro profesional. Y los enseñen a ser buenos aficionados.

Hablan que España se va transformando, ¿como definiría el actual momento político y económico?

—Pues lo veo en cierta manera con incertidumbre y confuso. El terrorismo nacional e internacional es tremendamente cruel. Pero hay  también otro terrorismo que yo así lo considero, que es la corrupción. Estos individuos que van por la vida sin piedad, son unos crueles, sanguinarios, malditos, que Dios todopoderoso les debería castigar. Viven chupando la sangre de los demás, del débil pobre, sin recursos. En España, un país europeo, hay millones de familias enteras, padres e hijos, que pasan hambre en el siglo XXI. Yo me lo guiso y me lo como. Hay políticos que son cómplice de estos indeseables auténticos y que deberían tener el máximo castigo.

Antes de concluir nuestro encuentro,  Rafael muestra su interés por dos personas queridas, por las que quiere mostrar su cariño y respeto.

—En primer lugar con profundo dolor,  pido perdón a mi hijo Jesús, por el daño que pude haberlo hecho en Ronda, con  ocasión de la presentación de su libro. No estuve bien, esa es la verdad y me arrepiento de todo corazón por mi comportamiento, ajeno a mi forma de ser. La otra  persona es Alvaro Domecq. Hice unas  declaraciones sobre su falta de sensibilidad.  Le pido disculpas. Alvarito es una persona con sensibilidad y sentimiento,  como me ha demostrado. Los dos nos hemos abrazados en circunstancias difíciles. Aunque  lo cortés no quita lo valiente, yo no podía aceptar esa fiesta gitana, esa juerga en el centro de Jerez  que pretendían organizar en  mi beneficio, ni tampoco esa película  mía, con cena incluída, en la discoteca Joy Eslava,  también en mi beneficio. Les agradecí su empeño, pero el festival lo organizaba yo  en Las Ventas como así fue. Joselito que tiene una fundación, se portó bien.

Nada más.

Fuente: http://andaluciainformacion.es/jerez/560846/el-artista-tiene-que-llegar-al-alma-porque-el-arte-es-un-misterio/#