Archivo de la categoría: Joaquín Vidal

Las puertas grandes de un Cesar del toreo por Joaquín Vidal 

Seis veces ha salido Rincón por la puerta grande de Las Ventas. Las cinco primeras fueron narradas así en EL PAÍS por Joaquín Vidal.

– 21 de mayo de 1991. Toros de Baltasar Ibán. “La apoteosis se le venía encima a Rincón, y seguramente no se lo podía creer. El toro caía fulminado por efecto de una estocada mala, pero el éxito estaba conseguido, y ya flotaba Rincón entre las blancas nubes de la gloria. Le abrazaban las cuadrillas y el apoderado levitaba entre barreras con cara de querubín, mientras trepidaba el coso”.

– 22 de mayo de 1991. Toros de Murteira Grave. “El rinconismo ha surgido y se ha propagado con tanta rapidez, que en Madrid ya tiene mayoría absoluta y los militantes, por defender al titular de la causa, serían capaces de pegarse con su padre. A lo mejor, alguno se ha pegado ya”.

– 6 de junio de 1991. Corrida de Beneficencia. Mano a mano con Ortega Cano. “Tanto Ortega como Rincón mantuvieron una competencia a la antigua. (…) Rincón sorprendió con unas inusuales tijerillas de sobresalto, y al abrocharlas con una barroca revolera, se iba de la cara del toro igual de jacarandoso que si hubiera mamado el toreo en el corazón de Triana”.

– 1 de octubre de 1991. Un toro de João Moura. “¡Torero, torero!’, gritaba el público hasta enronquecer, como si estuviera fuera de sí… Quizá estaba fuera de sí. La casta torera de un diestro colombiano que ya fue el asombro de este mismo coso unos meses atrás, había provocado aquel delirio, aquella especie de locura colectiva, la gran conmoción, que abrirá uno de los más importantes capítulos en la historia de la tauromaquia”.

– 29 de mayo de 1995. Un toro de Astolfi. “Rincón se recreció; desafió al encastado toro de Astolfi; prolongó la faena; no llegaba el aviso, que ya correspondía; se llevó el toro al tercio mediante ayudados por bajo muy toreros. Y, al cobrar una excelente estocada, el mundo se iba a venir abajo”.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 20 de mayo de 2005

Anuncios

Rafael de Paula describe la geometría del toreo Por Joaquín Vidal


Entrevista con el polémico artista gitano publicada en el diario El País el 28 de noviembre de 1981.

Más que sentado, medio tumbado en el tresillo, el codo en el respaldo, cruzadas las piernas y, algo vuelto, apenas te mira porque la mirada la tiene en una nube donde se celan complicadas ideas sobre su peculiar filosofía del toreo. A veces bosteza este Rafael de Paula que va hecho un pincel, en traje príncipe de Gales y corbata italiana a rayas, que se curva ostentosa antes de desaparecer por el chaleco, y entre párrafos, interminables y tartamudeados a conciencia, le entra como una hartura o como un vacío existencial. Por eso te sorprendes cuando, de repente, por una pregunta sin intención (o a lo mejor la llevaba, quién sabe), se incorpora, se crispa, bulle entre los almohadones, bracea y escenifica toda una geometría del toreo.

El toro de ilusión pasa por aquí y por allí. Pasa, mejor, y vuelve, y se va a la cadera, y de la cadera derecha a la izquierda, y la palma de la mano lo guía, y tú piensas que si fuera así, caramba, dónde estaría el señor Soto -en los carteles, Rafael de Paula-; nunca más abajo de la gloria. Sólo falta que el público ruja y estalle en palmas de son, aunque seguramente en la nube del artista ese público existe también y está rugiendo y ha estallado en palmas de son. Cuando despierta son las tantas. Se nos han hecho las tantas hablando de toros. La pregunta sin intención (o a lo mejor la llevaba, quién sabe) había sido: dicen de usted que codillea. Y respondió: 

« ¿Qué, que yo codilleo? Tiene gracia. ¿Que codilleo? Es gracioso eso. Codilleo, codilleo, ¿y qué es codillear? Pero vamos a ver: ¿qué es torear? Si yo codilleara, me cogerían los toros. Al toro, mire, se le presenta la muleta así y se le llama aquí y se le lleva allá. Yo podría llevarlo lejos, porque sé mandar, tengo recursos y además brazo y estatura para dejarlo en la otra parte de la plaza, ¿me entiende? Pero eso no es torear. Al toro hay que llevarlo detrás de la cadera. El toreo no es en línea recta, sino en circunferencia. Circunferencia es el ruedo y circunferencia es el recorrido del toro tal como yo lo entiendo. Y bueno, a lo mejor doblo el brazo para hacerlo, ¿qué quiere que le diga? Lo encuentro tan irrelevante que apenas merece comentario».

Apenas merece comentario, pero estuvo un cuarto de hora explicándolo, en la teoría y en la práctica, con su geometría, que le obligó a rebullir por medio sofá. Y ya que estábamos, le pregunté por qué coge la muleta como si fuera una garrota. Y también encajó la acusación: «No siempre, ¿eh?, no siempre cojo el estoquillador de la muleta como si fuera… ¿una garrota dice?, tiene gracia. Recuerdo que en la crónica que me hizo de una corrida en Sevilla lo decía, y tenía usted razón, pues ese día, en efecto, agarré el engaño como si fuera un palo. Pero pocas veces más lo he hecho. Lo que pasa es que yo presento la muleta de frente, la sujeto con los dedos de la mano para abajo y, al doblar éstos, puede parecer que la agarro de mala manera. No; la muleta, plana, de frente, para el cite». Y cita.

Luego, cuando embarca, observas con asombro que esa mano vuelve la palma para arriba, como si imaginara que trae en ella al toro, y luego lo despide detrás de la cadera. ¡Detrás de la cadera siempre, en pura interpretación circunferencial de la suerte! Pero de lo que se trataba con la entrevista era de entender el toreo de Rafael de Paula, el por qué de un arte cicatero que, cuando aparece, se muestra sublime, y a esas alturas ya lo tenías comprendido -o, al menos, lo esencial- y apenas hacía falta continuar la entrevista, pues el objetivo estaba cumplido. Pero, nada más que por enredar, le había expuesto delicadamente otra cuestión: Da la sensación, torero, que a veces no se acopla con los toros porque, empeñado en crear arte, olvida la técnica, o acaso no está muy puesto en ella.

Y aquí Rafael de Paula -Rafael Soto en el mundo- niega de plano: «Sin técnica no se puede torear. La técnica, como el valor (¡ay, señor, qué mención tan inquietante en el artista gitano) son indispensables para hacer el toreo. Tienes que conocer el toro, el manejo de los engaños y las suertes. Y luego has de tener el valor suficiente para ejecutarlas. A partir de aquí vendrá la inspiración. Otra cosa es que yo quiera crear siempre arte. Es algo impalpable, muy difícil de explicar. Te sientes ajeno a todo, instrumentas los pases con musicalidad y poesía, pones el alma por encima de la inteligencia».

«En realidad es que yo coloco el arte por encima de la técnica, en efecto, lo cual no quiere decir que me olvide de ésta. Le pondré un ejemplo: el pintor tiene una técnica, que plasma mediante la utilización de pinceles. Pero, de repente, le viene un soplo de inspiración, rechaza los pinceles, moja el dedo pulgar en el color, garabatea en el lienzo; el que lo está mirando dirá que se ha vuelto loco, pero cuando acabe le habrá resultado una creación artística. Lo mismo sucede en el toreo, que sobre técnica debe tener embrujo y poesía, pues sin ellas sería una cosa más».

Hay una acotación marginal del propio artista, que es la siguiente: 

«Lo cual no quiere decir que carezcan de mérito los gladiadores del toreo; pero me entiende, ¿verdad?». 

¿Qué es el miedo, Paula? 

«Es una preocupación grande que te embarga. Tengo miedo antes del paseíllo y creo que a todos los toreros nos pasa lo mismo. Es miedo físico, pero es sobre todo miedo a lo desconocido, donde se mezclan todas las imprevisiones que van aparejadas al toro, al público y al propio estado de ánimo, porque no siempre sale uno igual al ruedo. En las vísperas de corrida frecuentemente lo paso mal, me encuentro desasosegado y apenas puedo dormir. Pero tengo comprobado que cuando duermo bien y las horas antes del festejo me noto relajado, me suelen salir las cosas bien delante del toro».

¿Es usted supersticioso? 

«No diría yo que no; lo normal. Por ejemplo, cuando veo a un jorobado, es una cosa que me satisface. Digo: “¡Hombre, un jorobado, qué alegría!”. Y si veo a uno con mal de ojo, me pongo malo. Un sombrero encima de la cama, tampoco lo soporto». 

¿Y eso por qué, hombre? 

«Es una cosa fea, ¡puaf!, un sombrero encima de la cama. Los sombreros deben estar en la cabeza o en la percha».

El caso es que a Rafael de Paula, tan arrellanado en el sofá, como si nada ocurriera, la procesión le va por dentro. Apenas quiere hablar de ello, pero la realidad es que tiene una rodilla seriamente lesionada y posiblemente se tendrá que operar. 

Uno de sus íntimos amigos nos decía que es auténticamente un inválido; de ahí que parezca que no puede con los toros: «Su temporada», añadía, «ha sido un auténtico martirio. 

El día que toreó mano a mano con Antoñete en Madrid salió medio drogado, a fuerza de calmantes. Su inferioridad física, que no ha trascendido al público, es muy preocupante, y la operación será inevitable».

«Algo de eso hay», nos dice el torero cuando le preguntamos, pero no quiere seguir por ahí. Prefiere hablar de toros y de toreo. De cómo ha evolucionado desde que tomó la alternativa en 1968, por ejemplo. Sí, es consciente de que la lánguida carrera profesional que seguía dio un giro radical únicamente por un quite: el que hizo en Las Ventas la tarde de su confirmación de alternativa. 

«Y lo curioso es», explica, «que entonces yo no toreaba bien con el capote, tenía muchos defectos; debió de ser por esa carga de embrujo que surgió de repente, lo que hablábamos antes de que el arte está por encima de la técnica. Y además ocurrió en Madrid, la plaza que da y quita, lo cual fue mi suerte».

¿Su peor tarde? 

Y contesta: «Demasiadas». ¿La mejor? «Quizá en Vista Alegre, pero la buena está por venir». ¿Las broncas? «Una cosa amarga». Pero ya estará acostumbrado -y confesamos que nuestro comentario no deja de ser mordaz- «Pues no estoy acostumbrado», responde con gesto muy severo. 

«Yo salgo todas las tardes a hacer el toreo, y cuando no lo consigo, sufro una enorme decepción y un gran disgusto, que en algunos casos me han durado muchos días. Además, cuando eres veterano se te acrecienta el sentido de la responsabilidad, siempre intentas perfeccionarte, quisieras estar bien cada tarde. Esto no es un juego y no puede tomarse a la ligera». Broncas, «demasiadas». 

Pero las redime el arte. Rafael de Paula es ese torero geómetra y creador, que con sólo dos lances hechos de embrujo y poesía puede llevar toda una plaza hasta la locura. Y hay pocos así, naturalmente.

Rafael Ortega, el maestro del toreo puro que no pudo llegar a figura Por Joaquín Vidal

Rafael Ortega.

Publicado el lunes 23 de febrero de 1987 en El País.

Va por Madrid tiritando de frío, las solapas del abrigo levantadas hasta casi taparle aquel pelo que fue rubio y hoy es blanco como la nieve que cae en alborotados copos, y lo mismo se le ve torero. Fue torero en la plaza y es torero en el asfalto. 

Desde que Rafael Ortega, el diestro de la Isla, se hizo matador ya con 28 años, por la década de los cincuenta, se le consideró maestro en tauromaquia. Nadie desde entonces ha toreado con mayor pureza. Y, sin embargo, nunca pudo llegar a figura de esas que mandan en el toreo, exigen honorarios fabulosos, imponen ganaderías, determinan los compañeros de terna.

Posiblemente, aunque figura, tampoco lo hubiera hecho, porque Rafael Ortega era entonces, como lo es ahora a sus 65 años, un hombre sencillo, recto y conciliador. Lo suyo era torear, y fuera de la plaza, un padre de familia hogareño, que cuando salía de casa era para acudir a los tentaderos o a distraerse con la caza. Le faltaron relaciones públicas y le faltó literatura. 

No tuvo un Hemingway, como Antonio Ordóñez, que novelara sus andanzas, ni un Felipe Sassone, como Antonio Bienvenida, que le hiciera la crónica de sus gestas. En una época donde se enriquecían los tremendistas con el litrazo o el pase del fusil y estaba de moda torear de espaldas -qué barbaridad-, en una época precursora del salto de la rana, que se veía venir y llegó enseguida, un diestro como el de la Isla, que toreaba con pureza y fragante genialidad interpretativa, era un tesoro inapreciable para revalorizar el toreo y robustecer el negocio empresarial. 

Sin embargo, el negocio lo dominaba un monopolio donde Ortega no podía cuadrar, pues al toro le ligaría naturales arremataos, pero en los despachos no sabía dar ni un pase.

Luchar contra las injusticias

Uno de los monopolistas le propuso en cierta ocasión que toreara en Santander, y Ortega pagó cara su osadía de rechazar la oferta, pues le cerró sus plazas, que eran un montón, y los demás exclusivistas le marginaron. Rafael Ortega mira de frente, con una limpia mirada azul, y aún hoy, más de 20 años después, se le enturbia cuando recuerda aquellos años difíciles. “Sufrí mucho. Los contratos no se correspondían con el buen toreo que estaba haciendo y con el las cornadas, que las tuve muy fuertes. No merecía la pena luchar contra tanta injusticia, y el año 1960 decidí retirarme”. 

Los aficionados de toda España, no obstante, testigos de sus actuaciones memorables, ya le habían proclamado maestro. Estuvo cumbre en Madrid, donde le tiraron un gigantesco as de espadas, firmado por más de 200 personalidades, entre ellas toreros, que reconocían su liderazgo como estoqueador, e intelectuales, que a firmar siempre se apuntan. Y fue de clamor su éxito con un Miura en Sevilla. 

A Rafael Ortega aún le conmueve recordarlo: “Después de torearlo a gusto, cuadré en los medios, le adelanté el trapo a las pezuñas, hice el cruce y le hundí el estoque por el hoyo de las agujas. El Miura salió muerto de los vuelos de la muleta, y la Maestranza era un delirio. Pedían el rabo. Miré al palco, por ver si lo concedía, y resultó que el presidente lo estaba pidiendo también, pues agitaba su pañuelo con tanto entusiasmo como el resto de la gente. A nadie le ha pasado una cosa así”.

A los toreros les pasan cosas sorprendentes. Otra de ellas le ocurrió a Ortega en el coso de Cádiz: “Al acabar el paseíllo me cayó encima el broncazo mayor que haya tenido jamás. Yo decía: pero ¿qué pasa?, ¿qué he hecho? Resulta que el mozo de espadas había brindado mi capote de paseo al presidente del club de fútbol de San Fernando, que entonces tenía una competencia tremenda con el de Cádiz, y a la gente le sentó fatal. No me lo perdonaron en toda la tarde”.

Reapareció en 1966, y el día del Corpus de 1967, en Las Ventas, le hizo a un toro de Higuero una de las faenas más grandes que se hayan visto jamás en esta plaza. El público saltaba de sus asientos y rugía iolés! profundos a cada muletazo del maestro de San Fernando, que los ejecutaba y ligaba con una hondura y una naturalidad impresionantes. 

Aquella faena constituyó una auténtica revelación para los aficionados jóvenes; para la fiesta pudo suponer el resurgimiento de sus valores más nobles, y para el artífice, la asunción del mando del toreo. Pero nada de eso pudo ocurrir, pues Curro Romero, que intervenía en el toro siguiente, se negó a lidiarlo, y ésa fue otra conmoción. La corrida, que debió pasar a la historia por la faena de Ortega, se hizo famosa por el escándalo de Curro.

“A mí me hizo polvo”, reconoce el maestro, “pues al día siguiente las crónicas decían, sí, que estuve muy bien, pero el espacio principal lo dedicaban los periódicos a lo otro, incluso las portadas. Cuando Curro determinó que no salía a torear, intenté animarle, y le aconsejaba: ‘Pero si el toro es uno de tantos, hombre; anda, sal, que yo voy contigo y verás cómo no pasa ná’. Y él me decía: ‘Tú no me quieres bien, Rafaé, tú no me quieres bien”.

Ahora lo recuerda y se ríe Rafael Ortega. No cabe duda de que Curro Romero le cae en gracia, a pesar de que en aquella ocasión le hizo polvo. 
Pero, simpatías aparte, sus diestros preferidos son Pepe Luis Vázquez, Domingo Ortega, Antonio Ordóñez, “porque esos sabían hacer el toreo verdadero”.

“El toreo es dominar al toro”, define Ortega, y desarrolla su teoría: “Los toros tienen querencias, donde mandan, y si el torero sabe conocerlas y sacarlos de ellas, será él quien mande en el ruedo. 

Después el cite tiene su distancia y ha de hacerse siempre adelantando el trapo para que el toro venga ya enganchao, humillando, y en ese momento hay que cargar la suerte, llevarlo largo, con la muleta muy baja, al objeto de que el pase salga arrematao. Hoy muy pocos torean así. Una figura actual dijo en un coloquio que las faenas han de ser de 80 pases, y yo respondí que estaba equivocado, que cuando se da una docena de pases arremataos, el toro queda tan sometido que no admite más, y el público se siente satisfecho. Ahora bien, si se trata de medios pases, pues bueno, pueden estar toda la tarde dándolos”.

“¿Usted no se ha fijado”, pregunta Ortega, “en que casi todos descargan la suerte, citan a zapatillazos y no acaban nunca de pegar pases?”. 

Y él mismo responde: “Pues eso no es torear. El que pega zapatillazos regatea; el que no adelanta la muleta ejecuta la mitad de la suerte, y seguir pegando pases cuando la faena ya está hecha es enredar y aburrir”.

Ortega va a explicar en Madrid “el toreo puro”, dentro del ciclo de conferencias de Los de José y Juan, y para los aficionados más jóvenes volverá a ser una revelación. Ya lo es para unos 70 aprendices de torero a quienes enseña esta ciencia en la Escuela Taurina de Cádiz, que dirige. 

Naturalmente, también les enseña el volapié, suerte suprema, de la que es el más depurado estilista que haya existido en los últimos 50 años. De su arte con el estoque hizo fama; tanta, que llegó a empalidecer su pureza con el capote y con la muleta. Pero, con ser gran estoqueador, Rafael Ortega toreaba mejor que mataba. Él mismo lo cree así; de tal manera, que del toreo se pasa hablando la tarde entera, y del volapié, un ratito.

Entrevista: Díaz Cañabate por Joaquín  Vidal

Publicada en El País el 6 de Julio de 1979.

En otoño aparecerá el tomo quinto de Los Toros, el tratado de tauromaquia que dirigió José María de Cossío. En enero, el sexto. Todo el tomo quinto, y aproximadamente la mitad del sexto, están dedicados a biografías de toreros. El resto son trabajos monográficos con los que se completa la actualización de la obra cumbre entre cuantas han sido dedicadas al espectáculo taurino. 

Habrá, como capítulo fundamental, un estudio sobre el toreo contemporáneo , escrito por Antonio Díaz Cañabate, que es quien dirige la realización de los dos nuevos volúmenes y es entrevistado por Joaquín Vidal.

Los Toros es el título de mayor difusión de cuantos lleva editados en su historia Espasa-Calpe, y por tanto el de mayor rentabilidad, y aún ahora, casi cuarenta años después de su primera edición, se reciben pedidos de todo el mundo 
Su actualización es un intento que la editora inició hace más de diez años, pero se encontró con la negativa de José María de Cossío, quien había decidido no escribir ni una letra más sobre el tema. Después se encargó a Antonio Díaz Cañabate quien aceptó, pero tuvo muchas dificultades para llevarlo a cabo. 

Cañabate había participado en la redacción de los primeros volúmenes.

Pregunta. ¿En qué parte de la obra intervino usted fundamentalmente?

Respuesta. En las biografías. Pero antes le contaré cómo conocí a Cossío y cómo entré en Espasa-Calpe, pues es curioso. Fue durante nuestra guerra. El año 1937. A mí me gustaba mucho recorrer los puestos de libros, que abundaban en Madrid y donde había gran cantidad de ejemplares de segunda mano, seguramente porque mucha gente vendía sus bibliotecas o parte de ellas, naturalmente por necesidad, y desde luego por el afán de leer que había entonces. Un día encontré el Epistolario para amigos, de Cossío, a quien no conocía. Poco tiempo después nos presentó mi primo Antonio Garrigues, y le hablé de mi compra. Le causó gran sorpresa, pues, según me dijo, tenía toda su obra recogida en su casa de Tudanca, y le faltaba precisamente ese libro, cuya edición, limitada y numerada, se había agotado. Entonces tuve la atención -por otra parte, lógica- de regalárselo. Nos hicimos muy amigos. Desde 1935 estaba Cossío en la tarea de dirigir y escribir Los Toros para Espasa-Calpe, por encargo expreso de José Ortega y Gasset, y necesitaba colaboración. Por otro lado, yo era un ciudadano absolutamente indocumentado, y corría el riesgo de que me metieran en la cárcel por este motivo. No tenía carnet de nada. Ni siquiera disponía del recurso que utilizó mi amigo Pepín Bello, el cual, un día que los guardias le pidieron en la calle la documentación, exhibió su acreditación del congreso antipalúdico, que se celebraba en aquellas fechas, y no sólo le sirvió, sino que los guardias se pusieron firmes. Bueno, pues al conocer mi problema, Cossío me ofreció entrar como colaborador en Espasa Calpe, con lo cual, además de ayudarle en el trabajo de Los Toros, podrían facilitarme un carnet de trabajador de UGT; ya ve usted: de UGT. Aquellos eran unos tiempos curiosos.


P. ¿Cuándo empezó usted a trabajar en los dos tomos que van a aparecer en breve?



R. En realidad, hace un par de años, aunque el asunto colea desde hace siete o más. Fue precisamente José María de Cossío quien propuso que dirigiera yo la continuación de la obra. Y acepté, pero con la condición de que siguiera figurando él como autor. Es perfecta mente lógico, pues, si usted se fija, nadie dice Los Toros, sino el cossío; la fama y el prestigio de José María a raíz de la aparición de este tratado son enormes, desde luego incomparables con mi relativa y modestísima popularidad. Bien, pues me metí de lleno en el encargo. Pero no puede hacerse ni idea de los quebraderos de cabeza que tuve, principalmente porque no encontré colaboradores.


P. Parece raro, pues son muchos los escritores especializados en temas taurinos.

R. No se crea que tantos; me refiero a los que sean medianamente inteligentes. Y los que valen no pudieron, o no quisieron, colaborar. El panorama, en estas circunstancias, era negrísimo. ¿Cómo iba a afrontar yo solo tarea de tanta envergadura? De manera que, aunque esbozado el proyecto, quedó un poco olvidado. Hasta que hace un par de años o tres (no se fíe mucho de mi memoria, que soy fatal para la cosa esta de las fechas), conocí circunstancialmente a Juan José Bonifaz y me enteré de que, simplemente por afición, llevaba años recopilando datos biográficos de toreros, por cierto con muy buen método, y tenía la friolera de 8.000 fichas. ¡Qué hallazgo! Me dije: «Este es el hombre». Y resucitó lo de el cossío, y todo lo llevé a Espasa, llegamos a un acuerdo (mejor dicho, llegaron, pues en la parte económica no entro), y de inmediato nos pusimos a trabajar.

P. Es evidente que el biógrafo era la clave para continuar la obra.



R. ¡Hombre, claro! A ver, si no, de dónde iba a sacar las historias de todos los toreros que ha habido desde 1967 (fecha de publicación del tomo cuarto), que son un disparate. Para el resto, en cambio, ya era más fácil todo, y prácticamente está hecho. Fernández Cuenca ha escrito un capítulo sobre los toros en el cine; García-Ramos, sobre la reglamentación taurina; Lafuente Ferrari, sobre bellas artes, etcétera.


P. ¿Y usted?

R. He escrito la disertación, que viene a ser continuación de la que hizo Cossío en el tomo primero. Hablo del toreo de nuestro tiempo y lo juzgo en relación con una pérdida de interés notable, que es consecuencia del afeitado, de la influencia de los apoderados y de la irrupción del toreo cómico disfrazado de toreo serio. Aquí me estoy refiriendo a El Cordobés, naturalmente.


P. No le gustaba, ¿verdad?

R. ¿A mí? ¡Quite usted! Ni me gustaba, ni le admiraba, ni me creí jamás todo lo que le inventaron, incluido lo de la genialidad y el valor. Fue un torero nefasto para el espectáculo. Mejor dicho, es, porque tengo entendido que vuelve. ¿Usted sabe por qué vuelve este señor?


P. Pues a ciencia cierta, no; al parecer, añora la popularidad.



R. Lo que hay que oír. En fin, me trae sin cuidado, pues estoy totalmente al margen del mundo taurino. No me interesa.


P. Quizá no le interesó nunca. Se dice incluso que a usted le aburría ir a los toros.

R. Este es un asunto que voy a aclarar, ahora que me brinda la ocasión, aunque ya lo he hecho otras veces. A mí no me aburre ni me aburrió nunca la fiesta de toros; por el contrario, me apasiona. Lo que en cambio me aburría soberanamente es esa fiesta que nos impusieron los apoderados y los empresarios después de la guerra, y sobre todo en los años sesenta. Le quitaron el instinto al toro, con lo que el espectáculo perdió emoción; los toreros no tenían personalidad y redujeron su técnica a los dos pases, con lo cual el toreo carecía de variedad y belleza. Yo había conocido la etapa anterior, la de los grandes maestros, con el toro íntegro y de casta, y, por tanto, no me podía gustar lo que vino después. Así que vamos a precisar: soy un enamorado de la fiesta de los toros; no de este sucedáneo. Algo parecido me ocurre con Madrid, al que quiero con toda mi alma, pero no me va este Madrid de cemento y ruidos que nos han hecho.


P. Aquello de «los dos pases» fue una feliz definición suya que podíamos leer habitualmente en sus crónicas, las cuales, por cierto, eran muy ingeniosas y tenían lectores fieles. ¿Por qué dejo la crítica taurina?



R. Es usted muy amable y le agradezco sus palabras, pero esa no es la realidad. Mis crónicas valían muy poco. En realidad estaba harto, y por eso lo dejé. Tengo ahora una sensación muy acentuada de que perdí miserablemente el tiempo durante los quince años o por ahí que ejercí de crítico. Por dedicarme a esto, dejé de hacer otras cosas más importantes, escribir libros, y así. Empleé mis años mejores en una labor que no sirvió para nada.


P. No estoy de acuerdo. Usted hizo mucho bien a la fiesta.

R. Quizá, sí, era de los pocos críticos independientes que no iban a la peseta -cuando yo empecé, esto es cierto, el panorama de la crítica era lamentable-, y se tuvo que notar. Pero eso es todo. Peleé inútilmente por una causa perdida Ahora, con mis 82 años, miro hacia atrás y pienso que me equivoqué al aceptar la crítica taurina. No siento absolutamente ninguna satisfacción por haberla ejercido, y, por supuesto, no la echo de menos en absoluto.


P. ¿Antes de Abc no había hecho crítica taurina?

R. Nunca. Tenía una colaboración semanal en El Ruedo, que titulaba El planeta de los toros (más de quinientos artículos), y firmé cuatro crónicas en los cuatro únicos números que se publicaron de una revista que se llamaba La fiesta nacional. Nada más. En realidad no me dediqué a escribir en serio hasta después de la guerra, cuando ya había cumplido los cuarenta años. Esporádicamente lo había hecho en diversas revistas, pero sin pensar que me iba a dedicar a esto. Mi debut es curioso: fue el año 1931, en Le Figaro, fíjese, Pierre Brisson me pidió que escribiera, desde Madrid, una sección fija sobre la España republicana. Por razones de seguridad, en la firma utilizaba mi segundo apellido, Viteri. Me pagaban bien, pero tenía que ir a cobrar a París. Y me venía fenómeno, porque cada quince días me largaba a París y allí me gastaba: muy bien los cuartos. ¡Qué recuerdos! Después de la guerra colaboré en Arriba, Semana, La Gaceta del Norte, Heraldo de Aragón, etcétera. Yo tenía la carrera de abogado y preparé las oposiciones a secretario sindical, pero me salió mal aquello. De forma que me dediqué a escribir, que era lo que de verdad me gustaba. En Abc entré con Luis Calvo, entonces director del periódico, a quien conocí en casa del médico Eusebio Oliver, que era amigo común. Me dijo que me había leído, y me propuso escribir un artículo. Lo hice: relaté una conversación entre Pío Baroja y Gallito en casa de Sebastián Miranda, y parece que gustó. A partir de ahí colaboré asiduamente, siempre con artículos costumbristas. La cuestión de la crítica taurina fue en 1957. Era el crítico titular José María del Rey, Selipe, y no sé qué pasó, pero el hecho es que cesaba, y Luis Calvo, que tuvo necesidad urgente de nombrar un nuevo crítico, se acordó de mí. En principio no acepté, pero Calvo insistió mucho, y como éramos muy amigos no podía defraudarle. Así que, inesperadamente, y sin haberlo buscado, me vi crítico taurino. Me hizo polvo Luis Calvo, caramba.


P. ¿Y eso?

R. Pues ya le decía: pienso ahora que no debí meterme en esto, pues debí escribir otras cosas. Obligado a ver al año más de cien corridas, al llegar a la feria del Pilar estaba exhausto. He de reconocer que cogí una época mala, de gran monotonía en el toreo. Cómo estaría de despersonalizado el escalafón de matadores, que en una corrida de Bilbao llegué a confundir a Fermín Murillo con Paco Camino. ¡Qué barbaridad! Es algo que no ocurría con el toreo de la preguerra.


P. ¿Para usted la vida ha sido bonita, o un trago amargo que hay que pasar?

R. Bonita. He tenido suerte. Me he divertido todo cuanto he podido y además me he codeado con lo más selecto de mi generación. Mis mejores amigos han sido Ortega y Gasset y Zuloaga, unas personalidades cuya categoría no es preciso ponderar. Recuerdo un año que nos fuimos los tres a los carnavales de Munich…. Bueno: eso no se lo cuento. En fin, que he vivido muy bien, quizá porque tampoco mis exigencias han sido muchas. En cambio, en lo que se refiere al dinero, no he tenido ninguna suerte; allá donde había un duro a ganar fracasaba estrepitosamente. Ya ve: a mis años sigo viviendo de esto, de las colaboraciones, cosas que me encargan. Menos mal que me divierte escribir esos articulitos costumbristas que caen tan bien a los lectores.

Sobre el tercer puyazo Por Joaquín Vidal

Efrén Acosta “El Loco” en Las Ventas de Madrid.

“Normalmente, el primer puyazo lo toman bien los toros, y si ése fuera el único del tercio, todos parecerían bravos. En el segundo ya empiezan a dar sintomas de su categoría de bravura. Y es en el tercero donde se define de verdad si el toro es bravo o no.

En el tercer puyazo casi todos los toros cantan la gallina se suele decir.

De manera que siendo fundamental el tercio de varas, los tres puyazos son imprescindibles para conocer la bravura del toro y para que el ganadero pueda efectuar su selección con suficiente conocimiento de causa. 

Si, desde que la fiesta es fiesta, se hubiera consentido que el tercio de varas pudiese concluir con tres puyazos, dos, uno o ninguno, el toro de lidia no habría llegado a nuestros días, perdida su casta en cruzas contradictorias sin posibilidad alguna de seleccionarlas en pureza.”

Joaquín Vidal (El Toreo es Grandeza).

Se llama Zotoluco Por Joaquín Vidal.

image

Ahora que El Zotoluco ya pinta canas y que cada vez esta más próximo su adiós, es interesante recordar algunos pasajes de su carrera de cuando la ambición, el hambre y las ganas de ser no le cabían en el cuerpo, al grado que se puso a conquistar todas las plazas de México, así como algunas de España y Francia.

Es por eso que decidí recordar esta crónica del maestro JoaquínVidal que apareció un martes 23 de mayo del año 2000, fecha en la que El Zotoluco confirmó su alternativa en Madrid.

Que sirva esta cronica para los nuevos aficionados y tambien para los que ya no somos tan jovenes, para recordar al Zotoluco guerrero que alguna vez se propuso ser figura del toreo y lo consiguió, gracias a algunas temporadas y actuaciones heroicas en la primera década de este milenio.

Es lo que digo yo.
Luis Cuesta.

Se llama Zotoluco Por Joaquín Vidal.

Zotoluco es el hombre. Por estas que se llama así, Zotoluco, y es mexicano. Es tan mexicano que no lo puede negar. Cualquiera desde el tendido miraba a la terna en el paseíllo, y no hacía falta que hubiera leído el Cossío para recococerlo: “Zotoluco es el bajito, más moreno y aceituno que la mar”.A la inmensa mayoría de la plaza el nombre de Zotoluco ni le sonaba. Se nota que de eso de toros y toreros, la mayoría pasa. Porque uno oye Zotoluco y no se le olvida jamás.

La afición, en cambio, que sí lo tenía oido -y lo vio en plaza años ha- estaba expectante. Nunca se sabe si un Zotoluco es torero con méritos para anunciarse en la Feria de San Isidro o un cambio de cromos de la empresa con la de allende los mares o una recomendación del siguiente coletudo del cartel, que tiene amistad fraterna con el empresario mexicano, o…

Las dudas se despejaron pronto. Porque salió el toro, con trapío y redaños, lo toreó Zotoluco, cuajó unos naturales de irreprochable factura y cobró un volapié impresionante, que está llamado a ser la estocada de la feria y aun de la temporada entera.

Y con estas muestras la afición quedó harto conmovida. Alguno juraba que al primer hijo que tenga le va a poner Zotoluco.

El torero más intereante de la tarde fue el llamado Zotoluco. Serio y entregado en la lidia, pundonoroso en los trasteos de muleta, empeñado en aplicarles a los toros el toreo puro, desgranó muletazos de alta escuela.

Los hubo de calidad, entre otros que desabarataba la encastada codicia de los toros. Pareció que el problema de Zotoluco estribaba en cogerles la distancia. Unas veces se quedaba corto, otras se pasaba; como en las siete y media. Y acaso no era impericia sino la gran diferencia de temperamento que existe entre el toro mexicano, al que está acostumbrado, y el español, que sólo ve en fotografía.

Intentó ligar los pases, y los ligó a veces. En su primera faena consiguió hacerlo cuando toreaba por naturales y par de ellos -mando, templanza; la difícil naturalidad, de donde le viene el nombre a la suerte- quedaron grabados para los restos en la retina de los buenos aficionados. La segunda faena, tenaz y valiente, también con algunos pasajes cálidos, alcanzó la cumbre en la suerte suprema: perfilado en corto, atacó no echándose fuera como se acostumbra, ni siquiera pasando al hilo del pitón, sino que se abalanzó sobre la cuna y fue la mano izquierda -la muleta echada bajo los belfos- la que vació, mientras hundía el acero en las agujas y salía limpiamente por el costillar.

La estocada, por sí sola, valía una oreja. Y se la dieron. Y menudo iba de contento el moreno aceituno Zotoluco presumiendo de ella en su vuelta al redondel.

El resto de los toreos, de los espadazos, de las distancias y de las actitudes fue otra historia. Historia para no dormir.

El arte de torear había volado a México.

Se hizo presente Enrique Ponce para pegarles pases a un inválido sin trapío y a un moribundo, y cundió el sopor. Fuera cacho su primera faena, pinturero al embarcar y huidizo al rematar, brillante en las trincheras y los cambios de mano, el conjunto careció de fundamento y pasó sin pena ni gloria. Peor cayó la insoportable porfía al lisiado quinto toro, que ni se podía mover pues ya le estaban viniendo los estertores.

Se hizo presente después Manuel Caballero, triunfador en medio mundo, y dio la sensación de que se le había olvidado el toreo. Inseguro y desastrado con el toro tercero -algo inexplicable pues embestía con nobleza-, pretendió compensarlo exponiendo con el áspero sobrero de Peñajara, pero el arte de torear le seguía ajeno y toda la faena tuvo los aires broncos propios de las capeas.

Lo dicho: Zotoluco.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Martes, 23 de mayo de 2000

José Tomás rechaza el premio taurino Joaquín Vidal.

image

No explica su rechazo al galardón que distingue a quien apoya un concepto puro de la fiesta.

Por Antonio Lorca.

El matador de toros José Tomás ha decidido rechazar el premio taurino universitario Joaquín Vidal que desde 1995 distingue a una persona, institución o entidad que haya destacado por su apoyo a un concepto puro e íntegro del espectáculo taurino.

Este galardón, que cada año concede el Círculo Taurino Luis Mazzantini y la institución universitaria San Pablo CEU, y que desde 2002 incorporó el nombre de quien fuera crítico taurino de este periódico, Joaquín Vidal, quería reconocer la aportación del diestro de Galapagar a la tauromaquia moderna. El jurado había tomado su decisión de manera unánime.

De este modo, a finales del pasado mes de abril, representantes de la entidad organizadora se pusieron en contacto con el hermano del torero, a quien comunicaron la decisión del jurado y su deseo de que el aula magna de la Universidad San Pablo fuera el escenario para la entrega del premio.

El hermano de José Tomás delegó las gestiones en el responsable de comunicación del diestro, Israel Vicente, quien recibió un dossier con la historia del premio y una carta personal dirigida al galardonado en la que se le explicaba el apoyo de esa universidad a la fiesta de los toros y la oportunidad de que la presencia de Tomás se convirtiera en un referente para la juventud.

Según fuentes de la organización, Vicente quedó en contestar después de la reaparición del torero en la plaza mexicana de Juriquilla el pasado 3 de mayo; ante su silencio y la insistencia de los organizadores, la respuesta se pospuso para después de las corridas de Granada y León, en las que estaba anunciado José Tomás.

Finalmente, la pasada semana y mediante un mensaje de whatsapp, Vicente comunicó que José Tomás había decidido no aceptar ni recoger el premio que se le había concedido, sin más explicaciones por su parte.

El Premio Nacional Universitario de Tauromaquia Joaquín Vidal se entregó por primera vez en 1995, cuando se denominaba Premio Mazzantini, al entonces senador Juan Antonio Arévalo, y desde la muerte de Joaquín Vidal en 2002 cambió su nombre por el del crítico taurino por deferencia de su familia.

Los premiados en las doce ediciones anteriores han sido los toreros Pepe Luis Vázquez, Antoñete, Curro Romero, César Rincón, Luis Francisco Esplá y Rafael de Paula; los ganaderos Jaime de Pablo Romero y Victorino Martín; el ex presidente de Las Ventas Luis Espada; el senador Juan Antonio Arévalo; el crítico Joaquín Vidal y el conjunto de la afición de Madrid por ser la cátedra del toreo.

Via:
http://cultura.elpais.com/cultura/2014/07/08/actualidad/1404821776_836904.html

Joaquín Vidal.

20131222-114741 a.m..jpg

“Hay un cabestro rijoso en Las Ventas. Quizás sean dos. Hay un cabestro que en cuanto sale al ruedo no quita ojo del toro, no para de merodearlo, de timarse con un pestañeo coquetón y, si no se da por aludido, se pone a dar saltitos alrededor. Ante semejante descoco, la mayoría de los toros, que son muy machos, ni se inmutan. Algunos se hacen los dignos contemplando con altivez al cabestro maricón, o si no se fían lo miran de soslayo. Pero otros no se andan con bromas y, al verse acosados sexualmente, se le arrancan y le dan de cornadas. A veces el cabestro rijoso vuelve al corral hecho un cristo”. ‘El Cabestro Rijoso’, Joaquín Vidal, 13 de mayo de 1998.

De SOL y SOMBRA.

A Joaquín Vidal lo dejó hecho estatua para siempre el fotógrafo Claudio Álvarez, que lo retrató sentado sobre la piedra de la localidad número 16, tendido 8, en Las Ventas, una tarde de lluvia codiciosa y de andanadas vacías.

Una de tantas tardes de toros. El instante volátil en que el profesional de El País gira el objetivo hacia su compañero y consigue una foto categórica, que va a definir al hombre en su posteridad. La imagen autoriza la ensoñación del Vidal que detallaron siempre sus crónicas taurinas, solitario en la plaza desierta, guardado del agua en un impermeable de cuerpo entero, camuflado el arte de la mirada tras unas gafas excesivas, tres viejas almohadillas empapadas a los pies, en los asientos contiguos, un paraguas de cuadro burberry rendido sobre el hombro. Inamovible de juicio, de estampa, de presencia, de categoría literaria, de oficio viejo, de pulcra sinceridad estilística, de maestría sencilla.

Nada se puede escribir de Joaquín Vidal porque era Joaquín Vidal, como todos los grandes, el que se escribió a sí mismo en cada renglón de sus crónicas, y lo hizo de forma tan minuciosa, tan brillante, durante los 25 años en que ejerció la crítica taurina en El País, que no dejó absolutamente nada que decir.

Sobre su genio inagotable de escritor de periódicos, de escritor de toros, él mismo lo dijo todo en las decenas de crónicas que estos días vuelvo a interrogar, tiempo después, y que me siguen dejando el mismo asombro desmedido de la primera vez.

A Joaquín Vidal me lo puso ante los ojos Muñoz Lacasta, que encarpetaba sus crónicas en cuartillas fotocopiadas y las guardaba entre los cojines fuera de sitio de aquella revolución espacial que era su piso de entonces en el parque Roma.

Muñoz no hubiera sido capaz jamás de encontrar en su salón un solo objeto de los que cualquiera consideraríamos cotidiano. Tú le pedías una cucharilla y no había caso; le preguntabas por un vaso, por el mando de la televisión, por la botella de agua. Nada. Pero si le decías: “Sácame las crónicas de Joaquín Vidal…”, hacía así a un lado un montón de periódicos viejos, escarbaba entre el revisterío, apartaba dos cojines, una mantita, los platos de la comida de ayer, levantaba el asiento, apartaba las cajas de cedés… y brillaba el atado de las crónicas ante tus ojos.

Las primeras, las de Curro, porque nadie escribió al Curro de la gloria ni al Curro de la ignominia como Joaquín Vidal. “Curro se cuida el cuerpo”, tituló una vez. Y contaba cómo mandaba el Faraón a su subalterno, Rafaelito Torres, a abanicarle el aire de capotazos interminables al toro que lo miraba mal, al toro farrucón, al toro acorazado, al toro de casta, de trapío: “El trapío -escribía Joaquín Vidal- es aquello que se ve y no se puede explicar. El trapío es como una aurora boreal en los Mares del Sur. Los aficionados, por ejemplo, cada vez que van a los Mares del Sur, a lo mejor no pueden describir lo que están viendo, pero lo reconocen de inmediato. Y entonces señalan con el dedo el horizonte, afirmando: ‘Eso es una aurora boreal, señores”.

“Curro paró el tiempo”, contó en una memorable corrida de 1981 en Madrid, un cartel con Antoñete, Curro Romero y Rafael de Paula, acaso tres de los diestros que mayores arrebatos provocaron en las crónicas siempre mesuradas, no de adjetivos o de entusiasmo, sino de elegancia para el ditirambo (arte tan inasible); y también de filosa ironía, de lacerante humor, de demoledora tersura de juicio cuando había que revolear el ventajismo o el embuste o la mediocridad de los protagonistas.

Curro paró el tiempo: “En Madrid, los relojes no marcan la hora. Se han parado a las ocho y media de la tarde de un miércoles de lluvia que pasará a la historia. (…) Aquí, a esa hora de ese día, en la barriada de Las Ventas del Espíritu Santo, Curro Romero volvió a inventar el toreo”.

Como todos los grandes del periodismo español del siglo XX -cuando el periodismo aún podía ser grandeza y no este producto de consumo desechable de la inmediatez, la estulticia y el desgobierno que practicamos ahora-, como todos los grandes Joaquín Vidal detuvo el tiempo siempre que se ponía a escribir en el garaje Roma, desde donde enviaba su primera crónica de urgencia de las tardes de Las Ventas para la primera edición del diario.

Como todos los grandes, Joaquín Vidal trascendía la materia del relato para enaltecer el propio relato, para que la recreación fuera una crónica taurina, pero también un retrato de costumbres, un apunte de humanidad, una reflexión de filosofía, un paisajismo urbano, una fábula moral. Una maravilla.

En cierta ocasión, en Valdemorillo, tituló así, ‘La Nevada’, la crónica de una delirante corrida bajo la nieve: “La nieve caía fuerte, cuajaba, y todo hacía suponer que, en poco tiempo, toros y toreros tendrían que abrirse paso por el ruedo como renos y esquimales por Alaska. (…) Las laderas por donde trotaban potros el día anterior, ayer estaban blancas y desiertas. La lidia tras el celaje de copos batiendo en todas direcciones, era una escena mágica en la que el toreo se producía con movimientos evanescentes. Copetes blancos coronaban las monteras. la negra zapatilla escotada adquiría perfiles desconocidos al hollar la albura, y el cuajarón de sangre brava se hacía llamarada en el redondel”.

De una tarde entera, Vidal podía rendir la crónica a un solo detalle. Le he visto levantar un relato formidable a partir de un solo lance: “La media”, sobre una media verónica de Curro Romero, otra vez. “La muleta planchá“, de nuevo con Antoñete como protagonista. “Concierto de violín”, sobre un par de banderillas de el Fandi… ‘El cabestro rijoso’, tal vez mi párrafo preferido del periodismo español que yo haya conocido. Que me hace ahora, como la primera vez que lo leí, reírme hasta la lágrima. Y así todo. Así siempre. Una gloria de titulares. Una inmortalidad de arranques. Una muchedumbre de recursos. Un vocabulario para robárselo entero. Una discreción imponente. Un periodismo que era lección indudable.

“Con la vulgaridad no se va a ninguna parte”, escribía en una crónica de julio de 1976, en Pamplona, Joaquín Vidal. Así era entonces. Su prosa dibujaba una gruesa línea que marcaba la distancia, un cordel del que sujetarnos para seguir el camino. Ahora la vulgaridad ha devenido un estilo más. Otro modo de hacer espectáculo.

Si usted ha llegado leyendo hasta aquí, ha cometido un error de generosidad.

De Joaquín Vidal, ya ha quedado dicho, no se puede escribir nada que merezca la pena: él lo dijo todo y en su última crónica quedó el tiempo detenido para siempre. Hay dos antologías de su produccion periodística: ‘Crónicas Taurinas’ y ‘El toreo es grandeza’.

Ahí está todo lo que se puede decir, de un modo en el que ya nadie lo puede decir. Podrá hablar del hombre quien conociera en la proximidad al hombre. Yo, del periodista, sólo puedo decir lo que torpemente he dicho.

O esto, parafraseando a Guerrita: después de Joaquín Vidal, naide; y después de naide, Joaquín Vidal.

Vía: http://ornat.wordpress.com