Archivo de la categoría: Crónica

Feria de Abril: Un carretón para Álvaro Lorenzo

José Garrido hace un lance en la Maestranza a su primer toro.

Solo José Garrido cortó una oreja de una muy justa y blanda corrida de Torrestrella

Por Antonio Lorca.

Álvaro Lorenzo se perfiló para la suerte suprema; fijó la mirada en el morrillo del toro, levantó los talones y se fue al encuentro. La primera impresión fue que había enterrado la espada hasta los gavilanes. Pero hete aquí que el animal se dio la vuelta y enseñó a los incautos espectadores la verdad de la historia. Sin saber por qué, la mano del torero se había ido hacia los costillares del toro, cerquita del número que identifica a la res, y en lugar de atravesar la carne, quedó la espada ensartada en la piel como en los espetos de sardinas, y asomándose al final. ¡Mala suerte la del chaval! Cualquier artista echa un borrón.

Se perfila de nuevo (“A esta va a ser”, comenta el vecino); apunta con más atención a lo negro, y otra vez yerra con la puntería. El estoque cayó más abajo que el primero, si tamaño desatino es posible. Suspenso. Queda para septiembre. Es difícil ejecutar de forma más fea la suerte suprema. Y es que Lorenzo venía a Sevilla a examinarse; y lo hacía como alumno aventajado, al igual que sus compañeros de cartel. Pero el borrón fue mayúsculo. Una vez, vale, pero dos… Inexplicable.

Tuvo suerte, no obstante, porque cuando acabó la faena de dos descabellos, el público, generoso, guardó un respetuoso silencio. Si le toca hace unos años, todavía le resuenan en los oídos la más que merecida bronca.

Y lo cierto es que no muleteó mal a ese primer toro de su lote, blando y noble como los demás, y con escaso fuelle. Sus tandas son cortísimas, no se recrea en los muletazos y su toreo emociona con cuentagotas. Dijo poco, que es de lo que se trataba: contar a Sevilla que quiere ser figura. De momento, en su primero, lo que dijo ser es un pinchaúvas de nulo acierto.

Repitió ante el quinto el defecto de las tandas cortas; dio la impresión de traer la lección aprendida, y el público lo esperó con paciencia y la generosidad que merecen los toreros nuevos. La faena avanzaba, surgió una brisa fresca y las palmas con desgana cantaban a leguas que el misterio de Lorenzo sonaba a moderno. Su oponente no era gran cosa, y acudió a los cites con más obligación que brío. Llegado el momento de la muerte, parte la plaza se puso los prismáticos y el resto afinó la vista. Pues otra vez se fue a los bajos. ¡Vaya tarde…! Un carretón para Lorenzo… Esa es la pena que debe autoimponerse tan mal matador de toros.

El que toreó bien de verdad, especialmente con el capote, fue José Garrido, torero que ofreció una imagen de madurez y buen gusto. Recibió a su primero de rodillas frente a la puerta de chiqueros y el toro le hizo poco caso. Ya de pie dibujó un buen manojo de verónicas preñadas de temple; galleó por chicuelinas, y, momentos después, se lució por delantales. Cuando tomó la muleta, el animal ya había llegado al límite de su capacidad pulmonar, y optó por mostrarse como una caricatura birriosa de toro bravo. En fin, que hubo decisión y ganas de agradar, pero poco más.

Volvió a lucirse a la verónica ante el cuarto, excelentes algunas de ellas. Se echó de rodillas en el inicio de la faena de muleta e ilusionó a los tendidos con ayudados por alto muy ajustados. El toro, el mejor hasta entonces para la franela, repetidor y noble, le permitió algunas tandas apasionadas que no alcanzaron el clímax deseado. Comentó el vecino que el toro estuvo por encima del torero. Quizá, tuviera razón. Lo cierto es que le concedieron una oreja que supo a orejita.

¿Y Ginés Marín? Allá que se fue a toriles antes de la salida del sexto de la tarde, pero lo pensó mejor y se quedó casi en el centro del ruedo. De rodillas, eso sí, pero lejos de chiqueros. Una larga cambiada, un par de verónicas, otro par de chicuelinas, una media y una larga. Todo a la velocidad de la luz, sin tiempo para paladear el toreo. Pero bien.

Había aburrido de lo lindo ante su primero, que embestía con la cara alta, y con el que se mostró vulgar y pegapases. Solo le quedaba un tema para el aprobado. Noble tonto y escaso de fortaleza era el animal, y el muchacho se puso bonito, dibujo algunos muletazos aceptables, pero no consiguió calentar a la fresquita parroquia.

¿Y los toros? Decadentes animales sin casta. Otra corrida para el olvido.

TORRESTRELLA / GARRIDO, LORENZO, MARÍN

Toros de Torrestrella, mal presentados, blandos, mansos, nobles y descastados.

José Garrido: media atravesada y dos descabellos (silencio); estocada (oreja).

Álvaro Lorenzo: estocada ensartada que hace guardia, bajonazo descarado —aviso— y dos descabellos (silencio); bajonazo descarado —aviso— y un descabello (silencio).

Ginés Marín: estocada (silencio); pinchazo y estocada (silencio).

Plaza de La Maestranza. Tercera corrida de abono. 26 de abril. Casi tres cuartos de entrada. Se guardó un minuto de silencio en memoria del torero Sebastián Palomo Linares, fallecido el lunes.

Publicado en El País 

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SAN MARCOS 2017: APOTEOSIS JARALPEÑISTA CON PREMIOS PARA ROCA REY Y SILVETI

Roca Rey. Foto Prensa Roca Rey Twitter.

Por Sergio Martín del Campo R.


¿Qué es la bravura? para muchos, en actitud cómoda, pedante y cursi es un misterio; sin embargo, para mí siempre ha sido algo muy claro: la actitud de acometividad. El toro, si tiene casta, va tras los engaños y los persigue hasta donde los actores los pueden y quieren ondular. 

Ayer el patrón de Jaral de Peñas seleccionó un encierro bravo de verdad. Una locura aquello. Al aparecer en el anillo, por su presencia y nítido trapío, fueron aplaudidos el segundo, tercero y quinto, mientras que, en el arrastre, por su formidable lidia, fueron honrados con idéntica manifestación de aprobación, el primero, segundo (al que se le ordenó el arrastre lento) y tercero mientras que el quinto fue indultado: “Tío Julio”, No. 166 de 521 kilogramos.

Un encierro estupendo, el mejor de la feria y de muchas ferias que merece que en los muros del coso se encaje una placa en metal dorado.

Fue esto durante la cuarta corrida de la feria, la cual atrajo a un abundante público que anotó los tres cuartos de entrada en el coso Monumental de Aguascalientes.

Con variedad y un punto atrabancado se abrió de capa Arturo Saldívar (al tercio, palmas y palmas en el de obsequio), y en el último episodio se encontró con un toro bravo, fijo, de francas y potentes embestidas al que le hizo varias tandas de muy buen modo; pero no tardaron en aparecer sus malos hábitos de pegar un muletazo, retrasar el engaño, encimarse y deseslabonar el toreo, llevándose por ello un susto y salvándose de un percance. De cualquier forma, emocionó a las mayorías, pero mató al tercer viaje con una estocada caída insertando dos descabellos.

Otro toro formidable fue el cuarto; al igual que sus compañeros de partida, embistió con calidad y bravura, acometiendo a los engaños con notadísima largueza. Por su lado el coletudo estuvo valiente y variado pero adoleciendo de la distancia y el son que el antagonista le inquiría. Pegó pases, sí, empero sin conducir las embestidas de este buen ejemplar al que mal mató de un bajonazo tras haber señalado un pinchazo.

Inconforme, obsequió a la segunda reserva, éste de los potreros de Santa Bárbara el cual fue soso. 
Contraproducente le salió el número pues amén de manifestar voluntad, se observó desconcentrado, descolocándose y perdiendo múltiples ocasiones ambos engaños y empleando de malas formas el acero.

Con cierta prudencia Diego Silveti (división y vuelta con el ganadero tras el indulto) veroniqueó al segundo toro, dando salida a aquellas potentes y codiciosas embestidas que desde su salida manifestó. Mejoró su fondo torero con un buen quite al modo de Gaona. Tomó luego la muleta el diestro y entonces se acabó de descubrir el gran astado; cada embestida que dio fue como una ola incontenible; con la cornamenta muy baja iba en interminables acometidas; con codicia regresaba su cara buscando pelea y en todo instante su casta fue evidente. El diestro de Irapuato le pegó muchos pases, pero jamás a la altura de las condiciones del adversario, al que mató con estocada trasera y tendida luego de un pinchazo, haciéndose acreedor del canto de ¡toro, toro!

Con variada combinación de suertes capoteras acogió a su segundo cerrando el avío solo cuando dibujó en el centro del nimbo un quite por saltilleras y gaoneras.

¡A toro bueno! Con bravura, fijeza y nobleza, llevando la testa rayando el albero fue siguiendo el engaño púrpura hasta donde éste terminaba su trazo. Infinidad de ocasiones lo hizo, cuantas fue incitado para ello. 

El joven espada, mientras tanto, no consciente de que tenía un toro encastado delante (trae, como la mayoría de sus colegas, en la mente a los “teofilitos”, “fernanditos”, “bernalditos” y otros sofocantes venenos) trató de iniciar la faena con florituras y se llevó una cornada. Afortunadamente no fue tan severo el accidente y se incorporó para dar pie a un trasteo de muchos muletazos, bastantes poses y estética pero modesta profundidad y sentimiento, jamás acompañando las embestidas del extraordinario burel. Enloquecido el cónclave, mucho en parte por el juego egregio de la res, se perfiló a matar, pero la demanda del indulto fue inflamándose hasta el grado de que el juez lo ordenó.

Con lances y saltilleras solucionó Roca Rey (dos orejas y al tercio) las primeras embestidas del tercero, un toro que en cada arrancada hacía ver un vendaval. Y así prosiguió ante la muleta; con fijeza, bravura y clase acudió a los cites diáfanamente mientras el peruano movía el engaño con limpieza en una labor no ortodoxa, más bien efectista y no de series extensas con pases longitudinales como el toro pedía según sus virtudes. Del modo que sea, su denuedo y desparpajo gustó a las mayorías y en el alto punto de emoción ejecutó la suerte suprema a un tiempo, hiriendo con la espada y generando efectos inmediatos para hacer explotar el delirio en el graderío.

El sexto fue un burel rudo, violento según muchos, pero muy lejano a lo que es lo soso. Cuando era bien conducido y mandado trazaba buenas embestidas. Y eso hizo el peruano, templando la muleta con poder y desdoblando las articulaciones de sus brazos resolvió con sitio y toreramente las demandas del oponente al que atinó a matar con efectividad, sin embargo dejando el acero mal colocado y perdiendo un auricular.

Fuentehttp://www.noticierotaurino.com.mx

FERIA DE ABRIL: Un estoconazo de premio

El torero Joselito Adame, en la lidia a su primer toro en la Maestranza. PACO PUENTES.

Adame y El Cid cortaron una oreja en tarde de toros descastados e inválidos de Fuente Ymbro.

Por Antonio Lorca.

Está la fiesta tan necesitada de alegría que en cuanto un torero liga tres pases escucha los olés como si le hubiera llegado la inspiración divina.

Joselito Adame se perfiló a corta distancia y sin muchas probaturas, la mirada fija en el morrillo y la mano derecha en el corazón, dejó una estocada de esas que se pueden calificar como estoconazo por el acierto y la precisión. No había que estar encima para colegir que había enterrado la espada por el hoyo de las agujas. Y si alguien albergaba alguna duda, el semblante del toro la despejó. Reculó unos pasos hacia las tablas, se bamboleó levemente y se derrumbó sin puntilla en el albero. La estocada había rozado la perfección.

Adame paseó una oreja con todo merecimiento porque realizar de ese modo la suerte suprema debe ser motivo justificado de premio. Y, además, fue lo mejor de su labor, a pesar de que los aplausos y las notas del pasodoble hicieran creer lo contrario.

Está la fiesta tan necesitada de alegría que en cuanto un torero liga tres pases escucha los olés como si le hubiera llegado la inspiración divina. Muleteó con soltura el torero mexicano, pero su labor fue mediocre y superficial, de esas que hace poco recibían la respetuosa reprimenda del silencio en esta plaza. Pero las cosas cambian, y hasta la otrora exigente banda de Tejera rompió a tocar como si tal cosa.

El listón ha bajado tanto que los subalternos Jarocho y Fernando Sánchez, en ese toro, y Lipi en el segundo, saludaron por pares de banderillas aceptables, pero que, en modo alguno, merecían que mostraran al público la montera.

Peor fue el caso de Urdiales, que agotó su paso por la feria sin una ovación para el recuerdo. No tuvo toros, esa es la verdad. El primero dobló seis veces las manos y se desplomó otras dos, y ya está dicho todo. Inválido y tullido durante toda la lidia. Y el cuarto también se arrodilló un par de veces y carecía de fuerzas y sangre brava.

Pero el torero tampoco estuvo muy allá. Tristón, apagado, con poca seguridad y menos prestancia de la que se le reconoce. El primero de la tarde acudió de salida una decena de veces al capote, y solo al final acertó Urdiales a dibujar una verónica y una media. Escaso bagaje. No hubo faena de muleta porque el estado comatoso del animal lo impidió; pero la actitud el torero contribuyó al aburrimiento. El mismo tono tuvo su labor ante el cuarto, otro toro blando y premioso, y Urdiales acabó su compromiso en Sevilla sin un detalle de la torería que se le supone. Hasta el maestro Curro Romero se escondió en una grada para verlo y se marchó como vino.

El Cid -esta sola corrida en la feria- tampoco recordó sus tiempos de gracia. A pesar de ello sonó la música en su honor y cortó una oreja del quinto, noble tonto, por una irregular faena, culminada con una estocada baja, en la que no se vio al torero artista y seguro de antaño. Ante el segundo, dubitativo e inseguro, no estuvo a gusto y se le notó en demasía.

Quedaba el sexto. Fernando Sánchez colocó un par de banderillas de categoría y saludó con todo merecimiento. Adame se empeñó en torear junto a las tablas y se equivocó. El toro se paró pronto y se acabó la presente historia.

FUENTE YMBRO / URDIALES, EL CID, ADAME.

Toros de Fuente Ymbro —el tercero, devuelto— correctos de presentación, inválidos, descastados y nobles.

Diego Urdiales: dos pinchazos y estocada -aviso- (silencio); pinchazo y estocada (silencio).

El Cid: estocada muy baja (silencio); estocada baja (oreja).

Joselito Adame: gran estocada (oreja); pinchazo, media estocada y tres descabellos (silencio).

Plaza de La Maestranza. Segunda corrida de abono. 23 de abril. Casi tres cuartos de entrada.

Publicado en El País 

Un ángel y un demonio en el purgatorio de La Misericordia

Momento de apuro para el picador Esquivel tras su derribo por el toro de El Ventorrillo. – JAIME GALINDO.

Por Carmelo Moya.

Román desaprovechó el mejor lote mientras que Álvarez y Rafaelillo se fueron de vacío.

La temporada taurina en Zaragoza se inauguró ayer con una corrida concurso de ganaderías que, a la postre, resultó decepcionante pues tan solo se otorgó uno de los premios previstos, el correspondiente al mejor picador que recayó en Pedro Iturralde por su labor en el sexto toro.

Desiertos quedaron los destinados el toro más bravo y al mejor lidiador como en yermo páramo se escenificaron las tareas de Rafaelillo y Alberto Álvarez.

El murciano, en su línea elusiva y regateadora con los toros, acostumbrado a transitar por un campo de minas, precavió en exceso con el de Partido de Resina, un toro que siempre se volvió hacia las tablas y buscó en exceso la puerta de chiqueros. El toro no quería y el torero no discutió.

Con el de El Ventorrillo vendió guerrilla de exagerado aspaviento cuando no era para tanto. El toro, claro que sí, fue altón y muy ofensivo de encornadura, cobardón y de arreones imprevisibles y tempestuosos. Rafael no se metió con él. Apenas si le anduvo por la cara después de que el toro derribara geniudo, que no bravo, al caballo de Esquivel. Cuando nos dimos cuenta ya le había diñado un golletazo y una entera que valieron.

En ese inmenso ruedo que tan poquísimo les cunde a los toros, Alberto Álvarez sorteó un animal de Cuadri que era una pintura cuando se hizo presente pero que, a pesar de la nobleza que se le intuía, no pudo sostenerse para desarrollarla. Una lástima porque el ejeano largó percal con infinito temple. En segundo turno apechugó con un barrabás de Flor de Jara que convirtió el garito en un reino anárquico, sin orden, reglas ni protocolo.

Sin picar, se banderilleó en el centro del ruedo para quedarse luego escondido en la mata a la espera de cazar lo que pudiera. Y le echó mano a Álvarez, por fortuna sin llegar a herirle. A cada paso, no pase, los tendidos se convertían en un ay pues el cárdeno se quedaba a mitad y soltaba el zarpazo. Una prenda.

Mientras, el valenciano Román, se llevó el lote y a fe que sus dos toros pusieron de relieve sus carencias.

El de Alcurrucén, precioso de estampa, extraordinariamente prototípico en lo Núñez, descolgado de carnes, abrochado de cuerna y armónico, fue un animal de ensueño al que le faltó energía.

Sus embestidas, humillando con ritmo y excelente son se adivinaron ya en el capote. No fue escandaloso en el caballo pero luego puso el triunfo en la muleta de un Román que no supo catar la magnífica clase del toro de los hermanos Lozano

Perdimos todos: el torero y su cliente.

De postre le aguardaba un bombón de Ana Romero que fue puro almíbar en su muleta dubitativa. No lo vió y cuando quiso darse cuenta las luces se habían apagado y con ello su oportunidad de haber dado un empujón a su carrera. Ojo, aunque tiene la moneda para cambiarla.. pero ¿cuando?.

Y para hoy, cartel interesantísimo: Curro Díaz, Paco Ureña y Ginés Marín ante una corrida de Luis Algarra.



Publicado en El Periódico de Aragón

ANTE UN ENCIERRO DESCASTADO DE BEGOÑA, BARBA Y El PAYO SE IMPONEN CORTANDO OREJAS 

Fabian Barba.

Por Sergio Martin del Campo R.

Abiertas quedaron las rejas del coso Monumental para que en su entraña se diera la tercera función del serial sanmarqueño.

El público, en respuesta al cartel, hizo mucho más de media entrada y para que los actores practicaran la tauromaquia los patrones de Begoña mandaron un encierro asimétrico en tipo, cuajo y hasta pelajes.

Lamentablemente el juego ofrecido por la partida de reses fue dentro del círculo de la mansedumbre, por lo que los cuatro primeros fueron pitados en el arrastre mientras que, al quinto, ovacionado al salir, injustificadamente le dedicaron aplausos al ser llevados sus despojos al desolladero. Quizás la clientela se equivocó, e impresionada por su espectacular pelaje se hizo sentir batiendo las palmas de sus manos.

Fue un toro que generó apasionada polémica desde la hora del sorteo por su espectacular y extraña pinta, nada, pero nada común en el toro de lidia mexicano. En otro espacio abundaremos sobre el tema.

Al bajar el telón y pese a la sosería general del encierro, Fabián Barba y Octavio García “El Payo”, gracias a sus enconadas intenciones al buscar el éxito, lograron izar apéndices.

De oficio, solvencia y mando fue la primera faena del aguascalentense Fabián Barba (oreja y palmas). Con el manejo exacto y preciso de la muleta le hurtó un partido torero por demás al bovino descastado el cual al ver siempre el centro del engaño en su testa, no pudo resistirse a ir tras él, como era su intención. Con un proyecto diáfano planteó la suerte suprema y dejó una estocada delantera de réditos mortales inmediatos.

Su segundo fue un soso a la quinta potencia; solamente la férrea disposición del diestro le hizo por instantes desanclarse del albero, lo que aprovechó éste para trazar muletazos de buena manufactura y hacerse calificar de voluntarioso durante una labor intermitente que la masa le agradeció. La estocada si le fue repelida pues fue mal colocada.

Las probaturas y falta de entrega del segundo de la tarde no fueron obstáculo para que José María Manzanares (palmas y pitos tras aviso) no dejara sobre la carpeta de arena finos y estupendos detalles al usar la capa. Al empuñar la sarga dictó una lección breve pero profundamente torera en la que enseñó lo que es el poder sin agresividades, la estética sin rebuscamientos y la distancia sin ventajas, quedando por arriba de un toro complicado y geniudo que siempre estuvo atento al cuerpo del esteta de seda y oro. Su faena poderosa muy pocos la entendieron. Raro en él pero usó mal el estoque en dos ocasiones para deshacerse del indeseable animal.

Con señoriales verónicas e indescriptibles medias saludó al quinto, un toro hermoso de hechuras y espectacular capa que en la muleta manifestó un irregular comportamiento –igual tomaba bien un pase que rebrincaba, lanzaba luego un derrote, que se vencía y pasaba desacompasado y con poder-. Entonces el ibero sacó el oficio y las facultades que posee y realizó una faena de buena nota pese a que dio la impresión que se dejó mucho para sí, acabando con una estocada delantera y atravesada y múltiples descabellos.

La sosería del primero del queretano Octavio García “El Payo” (pitos y dos orejas) le obligaron a concretarse a cumplir con los engaños decentemente y a concluir con el mal asunto abreviando en lo posible no sin fatigarse a la hora de matar.

Entre él y el sexto se interpuso Eolo, sin embargo, el rubio diestro estuvo bragado en todo momento; el quehacer capotero no fue limpio, pero sí emocionante, variado y completo y el muletero enjundioso, atrabancado y denodado. Al iniciar el tercio mortal parecía que el bicorne salvaría la divisa pues embistió con largueza llevando la cornamenta abajo, sin embargo, también el espada dio la impresión de que se quedó muy en el terreno del adversario, ahogándolo por consecuencia. 

De cualquier forma, su valentía y deseos quedaron calcados y el público le agradeció todo lo hecho, incluso la estocada tendida la cual ejecutó con toda entrega.

Fuente / Noticiero Taurino

Resurrección en Madrid. Puedo y no quiero de Díaz y quiero y no puedo de Garrido


Por José Ramón Márquez.

Para presentar esta corrida de toros del Domingo de Resurrección, mano a mano, los expertos en mercadotecnia de Plaza 1 organizaron un acto en el gimnasio Momo (sic), emplazado en la llamada Caja Mágica, recinto deportivo que se halla en el antaño temible barrio de San Fermín, situando a los toreros que se anunciaban dentro de un ring de boxeo. Acaso poniendo a Curro Díaz y a José Garrido dentro de las doce cuerdas, con el impar Matías Prats ejerciendo de speaker, pretendían dar al encuentro un aire de rivalidad, de desafío, de confrontación de estilos… Acaso pretendían dar la sensación de que había una tensión entre los protagonistas de la tarde, una especie de Mayweather y Canelo del toreo, que se trasladaría al redondel de Las Ventas para poder contemplar la decisión de cada uno de ellos por estar por encima del otro. De esto, como puede suponerse, no hubo nada. 
Prevaleció la visión contemporánea de los toreros como “compañeros” que ni se molestan ni se pisan la manguera, que eso va más acorde con estos mansos tiempos que vivimos, y por allí no asomó ni la rivalidad, ni el desafío ni ná de ná, no vaya a ser que alguno se lleve un berrinche. Mucho nos tememos que si en estos tiempos hubiese alguno que, al romper el paseíllo, se le ocurriese decir aquello de “¡Cornás pa tóos, hijos de p…!”, sería inmediatamente acusado de delito de odio y censurada de forma unánime en todas las redes sociales su ineducada y violenta actitud. Ya lo dice Morante, mientras besuquea la uña de un paquidermo: “Vivimos tiempos raros, complicados para los animales, no sólo para los humanos.” 

La otra parte del espectáculo, la que no estuvo en el ring de la Caja Mágica, eran los toros, que en principio eran los que tenían la cosa más complicada, como tan bien señalaba el inmarcesible artista de la Puebla del Río, pues la previsión era -y como tal se cumplió- de que ninguno de ellos volviese a contemplar en su vida terrenal los cercados de piedra de Los Vaenes, predios donde don Agustín Montes Díaz cuida el ganado que, procedente de una compra a Luis Algarra y a Francisco Medina, hierra con la eme, de Montes,y la de, de Díaz, y lidia en las Plazas con el nombre de El Montecillo. 
Volveremos aquí a reseñar la gran corrida que don Agustín soltó en Madrid el 2 de mayo de hace un par de años y lo poco clara que resultó la del Isidro 2016 para tomar un poco de carrerilla y ponerle los peros a la que se ha traído hoy a Madrid. 
Lo primero la presentación, que entre el más gordo y el más flaco había ciento setenta y cinco kilogramos de diferencia, que se dice pronto; lo segundo lo mansa tirando a descastada que ha salido, con toros saliendo sueltos de la vara a toda carrera; lo tercero lo tirando a blanda que resultó, ya que sin desplomarse ni mucho menos, tampoco dio la sensación de que los pupilos de don Agustín fuesen hercúleos titanes. La verdad es que no parece que el material visto en Madrid esta tarde sea como para que el mayoral se haya ido lo que se dice feliz, pues la cosa en comportamiento ni apuntó a lo juampedrero de su origen ni tampoco a la interesante variedad de comportamientos, viveza, dureza de pezuñas y seriedad de hace dos años. 
En descargo de los bóvidos digamos que no hubo durante toda la tarde el más mínimo sentido de la lidia, que se picó de pena, llevándose la palma de la inutilidad la incompetencia varilarguera de Javier García “Jabato hijo”, que Antonio Chacón recibió un puntazo corrido cuando entraba en el burladero del 10, acosado por el cuarto, Bordador, número 78, sin que hubiese por allí un capote para llevarse al toro y que hubo un toro, Campanita, número 40, que ofreció franca su embestida por si su matador se decidía a aprovecharla en beneficio propio.

En su primero Curro Díaz planteó una faena breve que no llega en momento alguno a cobrar vuelo, pero en la que quedan algunos retazos de la clase que atesora el jienense, sin que muchos se diesen cuenta. Venciendo su natural prevención hacia el toro, en seguida se queda quieto y ofrece su muleta de manera franca sin rectificar la posición, el medio pecho por delante, ligando dos muletazos. Es tan sólo un fulgor del toreo bueno, que no tiene continuidad en un trasteo en el que prima cierta desconfianza del torero, empeñado en no acabar el muletazo y fiando la solución de sus problemas a la inequívoca y torera estampa que compone Curro Díaz en su manera de estar en la Plaza. Mata de una estocada entera de buena ejecución.

Su segundo se llamaba Argentino, número 66, y lo mismo se podía haber llamado Barrabás, porque desde que lo recibió con la franela se vio que no tenía la más mínima intención de llegar a nada con él. Lo tuvo bastante claro y no anduvo pajareando, lo tocó por ambos pitones, no le gustó lo que vio y se echó a matar, esta vez con menos puntería que en el primero.

El tercero, un jabonero claro que atendía por Campanita, sirvió para poner a prueba la ambición de Curro Díaz. El animal se movía por ambos lados, acudió pronto a los cites y no hizo aspaviento alguno como para temerle más allá de lo que dicta la prudencia. Curro recibe a ese toro de manera muy personal con esos suaves trincherazos suyos, acaso más de acompañamiento que de mando, pero que ponen la Plaza a mil por hora. Ése es el momento en que Curro Díaz, en vez de profundizar en su toreo hacia adelante, buscando la hondura y el desgarro, opta por ceder la posición al toro, esconder la pierna de salida de manera inmisericorde y dedicarse a moverlo de acá para allá sin que se produzca el milagro del toreo, que una cosa es pegar pases y otra muy distinta torear. Con ese jarro de agua fría la afición se queda con un palmo de narices y la faena va despeñándose a menos y quedándose en una futesa. El toro se va sin torear, Curro Díaz firma una faenilla sin ambición de grandeza, óptima para un gache, y deja pasar la ocasión de pegar un aldabonazo fuerte en Madrid. Tuvo material y lo dejó ir. Y luego, con el estoque lo degolló.

Y GarridoJosé Garrido no se sabe qué demonios hacía en este ring. A Garrido la tarde le vino grande. En su primero, Virtuoso, número 84, le jalearon unos telonazos como al modo de verónicas que se dio el toro solo y yendo por donde le vino en gana y luego su labor se diluyó en la lidia y muerte del animal sin que nada reseñable ocurriese. El segundo, un castaño listón albardado bragado, Bordador, número 78, que desde el principio cantó la excelencia de su pitón izquierdo, le dio la oportunidad de entrar en la corrida. 
La lástima para él fue que el toro necesitaba que se le provocase metiéndose en su terreno, cosa que Garrido ni soñaba hacer, por lo que las posibilidades de mandar al tendido un inequívoco mensaje de decisión y de ganas se diluyeron como el azucarillo aquél de cuando había azucarillos. Garrido se obstinó en no ir donde el toro le respondía y el toro se empeñó en no ir donde el matador se la ponía, por lo que no hubo acuerdo. El sexto, Novillero, número 59, con Garrido fuera de la corrida, fue el mastodonte cárnico de 680 kilos, casi 60 arrobas, que era un pobrecillo que no se comía a nadie y bastante tenía con arrastrar sus lorzas. Ahí Garrido volvió a insistir en los mismos argumentos que en los anteriores sin que su labor llegase a emocionar ni a los más impresionables.

Luego, a la salida, había quienes se quejaban, pero al menos los que hicimos Domingo de Resurrección en Madrid habíamos visto algo parecido a una corrida de toros. 
Anda que si nos llegamos a quedar en Sevilla…

Fuente: Salmonetes ya no nos quedan

Domingo de Resurrección: Reencuentro con la sevillana más guapa

Una mal presentada, descastada e inválida corrida de Núñez del Cuvillo entristeció una tarde luminosa

Por Antonio Lorca.

Es, sin duda, la sevillana más guapa. ¿Del mundo? Quizá; no es fácil conocerlas a todas, pero esta es de una belleza inmaculada, una preciosidad, de esas que te dejan sin habla. Y cuantas más veces la admiras, más te gusta. Vuelves cada año por estas fechas, y La Maestranza, -de la plaza se trata, qué se creían- se presenta vestida como una reina, limpia, perfumada, reluciente, coloreada de amarillo, blanco y rojo, de estreno y dispuesta para el noviazgo, una temporada más, con la fiesta que le da sentido a su existencia.

Sus buenos dineros se gasta la corporación maestrante en que parezca una sevillana en flor a pesar de su edad; y así, cada primavera abre sus puertas para gozo y deleite de todas las miradas, y se convierte en la pasarela más hermosa para el arte más sublime. Así es la rosa; así es la plaza de toros de La Maestranza de Sevilla, una obra de arte construida a trompicones, en tiempos distintos, sin el objetivo, quizá, de ser una belleza, pero lo es por obra y gracia de una milagrosa armonía.

Visitar esta plaza un Domingo de Resurrección luminoso como el de ayer es una gozada que no tiene precio; quien no la conozca que apunte en su agenda una próxima visita. No le defraudará. Merece la pena disfrutar con la sevillana más guapa. Vacía es una maravilla; llena, como ayer, transmite una impresión indescriptible. Qué pena que tan extraordinario escenario no albergara un espectáculo en consonancia con su categoría. Se inauguró la temporada con un cartel de postín: Morante, Manzanares y Roca Rey, con toros de Núñez del Cuvillo, una combinación perfecta para los aficionados toreristas que tanto abundan en detrimento de la exigencia del toro y el torero heroico.

A nadie sorprende que las figuras eligieran la ganadería gaditana, pues se aprobaron seis toros muy justos de presencia, nobles hasta la saciedad, y amuermados, descastados, inválidos y vacíos de bravura. Una corrida sin fuerza y bondadosa. Tonta e inservible hasta la exageración. Y de tal modo no es fácil que el arte se haga presente. Y mira que está fácil Sevilla, defecto que ya viene de lejos; mira que se aplauden vulgaridades, y se jalean momentos que hace poco exigían el silencio expectante. Pues ni por esas; no hay manera de entresacar secuencias de recordada emoción. Anda que no tiene ganas Sevilla de que triunfe Morante… 

Y él también, pero con estos toros tendrá que esperar, como espera cada año, que le salga el gordo de la lotería para mostrar sus esencias. Ayer, un detalle por aquí, otro por allá, y poco más. Decisión, mucha, con capote y muleta, pero, mientras persista con estos toros, nada. Lo intentó en su primero, distraído y sin fondo de casta, con cara de niño, y se justificó con algunos muletazos con la mano derecha. Se lució por delantales en un quite al tercero que cerró con una media cincelada con una lentitud tan sentida como imperceptible. Ante el cuarto volvió a intentarlo sin éxito ante otro animal inservible.

¿Y Manzanares? Decir que cayó de pie en esta plaza es quedarse corto. Sevilla lo arropa y lo empuja hacia el triunfo, y ayer no paseó alguna oreja porque falló con la espada ante el quinto. Su innata elegancia destaca aún más ante toretes infumables como los de Núñez del Cuvillo. Algo más se dejó el quinto, que no fue picado, como toda la corrida, y lo muleteó con nervio, despegado casi siempre y con una decisión muy agradecida por los tendidos. No acertó a la hora de matar y todo quedó en una cariñosa ovación. Desapercibido quedó en su primero, un muerto en vida.

Y se esperaba todo de Roca Rey. A pesar de lo que pudiera creerse, seguro, seguro que no habrá aprendido la lección, y en cuanto pueda volverá con esta ganadería. Es el sino de las llamadas ‘figuras’.
Lo intentó de principio a fin, intervino en quites por chicuelinas y con el capote a la espalda, intentó capotear de rodillas al sexto, pero toda su labor no pasó de decidida y discreta. Se dio un arrimón ante el tercero, que no merecía otra cosa, pues no permitía el toreo de muleta por su falta de fuerza y movilidad, y ni eso pudo intentar ante el último, inválido protestado, que urgía su paso a una vida más placentera.

Del Cuvillo/Morante, Manzanares, Roca

Toros de Núñez del Cuvillo, muy justos de presentación –el primero, anovillado-, mansos, descastados y muy blandos.

Morante de la Puebla: cuatro pinchazos _aviso_ pinchazo y media (silencio); estocada caída, tres descabellos y el toro se echa (ovación).

José María Manzanares: estocada (silencio); pinchazo y estocada _aviso_ (ovación).

Roca Rey: estocada (ovación); pinchazo y estocada (silencio).

Plaza de La Maestranza. Inauguración de la temporada. 16 de abril. Lleno de ‘no hay billetes’. Se guardó un minuto de silencio en memoria de los toreros Manolo Cortés y Pepe Ordóñez y del niño Adrián Hinojosa

Roca Rey.

Publicado en El País 

@Taurinisimos 102 – Triunfo de Piedras Negras en La México. Entrevista Antonio Romero.

Programa @Taurinisimos de @RadioTVMx del viernes 24 de Marzo de 2017. Conducen Miriam Cardona @MyRyCar, Luis Eduardo Maya Lora @CaballoNegroII y José González @JoseNinoG.

Actualidad Taurina. Plaza México Feria de la Cuaresma 2017.

Análisis Corrida de Piedras Negras para “El Chihuahua”, Juan Fernando,  Mario Aguilar y Antonio Romero.

Entrevista con Antonio Romero.

Recuerdo de Lola Beltrán que interpreta “Huapango Torero” de Tomás Méndez desde Bellas Artes en 1990.

Producción de Miguel Ramos.

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