Archivo de la categoría: Crónica

Fin de San Fermín 2018: Miura pone el cierre con un muro imposible

Algún muletazo de Moral y la buena técnica de Pinar, lo demás entre regates.

Por Carlos Ilián.

Se acabó. Fin de San Fermín 2018 con una miurada que fue un auténtico frontón de mal estilo, derrotes y embestidas alocadas contra el que se estrellaron los tres matadores de ayer. Seguramente Rafaelillo, Pinar y Moral guardaban en lo más hondo la esperanza de que algún miura se dejara hacer el toreo, como ocurre a veces. Pero en esta ocasión apenas pudieron cumplir con decoro.

Por hurgar a fondo en la disección de la corrida encontramos alguna embestida en el lote de Rubén Pinar, que se empleó a fondo con mucho oficio, especialmente en el quinto, una especie de vaca vieja indecorosa pero que con su movilidad y cierto (escaso) temple en la embestida, por las nubes, le dejó algo de margen al toreo para que este le corriera la mano especialmente en los derechazos. Faena muy trabajada y bien fundamentada.

Pepe Moral tuvo un destello al torear al natural en el tercero cuando el de Miura le permitió esos muletazos, tal vez los más aseados de la tarde. El sexto fue un barrabás de criminales intenciones que le puso contra lasa cuerdas. Rafaelillo pechó contra la embestida entre hachazos del primero y la moruchez de un buey de Fuente Ymbro que remendó la corrida en cuarto lugar. Este 14 de julio, si que puede decir pobre de mi el de Murcia.

Plaza de Pamplona. Octava y última corrida. Lleno. Toros de MIURA y un toro de FUENTE YMBRO, lidiado en cuarto lugar (2), muy desiguales de presentación, 1º y 5º inaceptables, y de juego a la defensiva.

RAFAELILLO (5), de turquesa y oro. Media estocada contraria y cuatro descabellos (silencio). Pinchazo y estocada (silencio).

RUBÉN PINAR (6), de grana y oro. Estocada corta caída (saludos). Estocada corta y descabello. Un aviso (vuelta).

PEPE MORAL (5), de grana y oro. Estocada (saludos). Pinchazo, pinchazo hondo en costillar, estocada corta y dos descabellos. Un aviso (silencio).

Publicado en Marca

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Feria de San Fermín: “Padilla, quédate”

Emotiva despedida del torero jerezano ante dos buenos toros y triunfo incontestable de Roca Rey.

Por ANTONIO LORCA.

La despedida de Juan José Padilla de la feria de San Fermín fue una auténtica fiesta en una plaza llena hasta la bandera, hecho que sucede por vez primera en esta feria. Fue recibido con todos los honores, como solo se recibe a alguien de la familia, y despedido a hombros, entre la algarabía popular, y la plaza toda puesta en pie al grito de “Padilla, quédate”.

Padilla se presentó como un auténtico pirata -pañuelo negro cubriéndole su reciente herida en la cabeza y parche del mismo color en el ojo izquierdo-, y lo dio todo de principio a fin; primero, en medio de una inmensa polvareda, más propia de una tormenta desértica que de una plaza, y, después, empapado por un intenso aguacero que se hizo presente a partir del cuarto toro.

Se hincó de rodillas Padilla para recibir a su primero con cuatro largas cambiadas en el tercio, y ese inicio no fue más que la tarjeta de presentación de una completa actuación presidida por la entrega, el compromiso, la gallardía, el pundonor y el agradecimiento. Tuvo en sus manos un lote de toros extraordinarios -de alto nivel fue toda la corrida-, bravos y encastados los dos, y de mayor calidad, si cabe, el segundo, con los que protagonizó momentos brillantes sin redondear una faena de clamor, pero expresó abiertamente su personalísima tauromaquia, basada en una técnica efectista y dominadora y un estilo emocionado y cálido. No es Padilla un artista, pero sí una figura que se da sin límites. Brindó su primero al público, enloquecidos el sol y la sombra con su hijo adoptivo, y el segundo, a la Casa de Misericordia, que le ofreció la primera oportunidad de triunfo en el año 1999.

Especialmente emotiva fue su vuelta al ruedo tras la muerte del cuarto; al final de la misma besó el ruedo y se guardó un puñado de arena en el pecho mientras las peñas coreaban una y otra vez su nombre, el torero se llevaba la mano al corazón y mostraba emocionado el pañuelo rojo a toda la plaza en señal de afecto.

También triunfaron Cayetano y Roca, que brindaron uno de sus toros a Padilla. Inconmensurable el joven peruano por su valor, aplomo y firmeza; sobre todo, en la faena de muleta al tercero después de una tremenda voltereta que sufrió cuando Roca citó por estatuarios al inicio del último tercio. Con el gesto dolorido, el torero atornilló las zapatillas en la arena y ofreció toda una lección de buen toreo cimentado en el arrojo, la disposición y un conocimiento exacto de los terrenos; otra lección de poderío ofreció ante el sexto, al que mató de un muy efectivo espadazo.

Tampoco se fue de vacío Cayetano, irregular e intermitente, y autor de una gran estocada al quinto de la tarde.

JANDILLA / PADILLA, CAYETANO, ROCA REY

Toros de Jandilla, bien presentados, cumplidores en el caballo, encastados y nobles; destacaron especialmente los lidiados en primer y cuarto lugares.

Juan José Padilla: estocada (dos orejas); -aviso- estocada baja (oreja).

Cayetano: pinchazo y estocada (ovación); gran estocada (oreja).

Roca Rey: pinchazo y estocada (oreja); estocada (dos orejas).

Plaza de Pamplona. Séptima corrida de la feria de San Fermín. 13 de julio. Lleno.

Publicado en El País

Feria de San Fermín: Orejas para Castella y López Simón de una deslucida corrida de Fuente Ymbro

Por Paco Aguado.

Pamplona, 10 jul (EFE).- En otra tarde de generosidad popular y populista en Pamplona, Sebastián Castella y López Simón pasearon sendas orejas en el sexto festejo de los Sanfermines, simplemente por una faena destajista e insustancial del francés y por la entereza del madrileño para recuperarse de una fea voltereta sin serias consecuencias.

En realidad, el festejo de hoy fue largo y plúmbeo, sin apenas alteraciones emotivas o emocionales mientras la terna iba cumpliendo sin mayor brillantez la lidia anodina y opaca de los tres primeros toros de una seria pero descastada corrida de Fuente Ymbro.

Castella, por ejemplo, estuvo tan pesado como intrascendente con el desclasado y afligido primero, Perera no acabó de fajarse con el segundo, que apuntó ciertas posibilidades por el pìtón izquierdo dentro de su mansita aspereza, mientras que López Simón trapicheó sin fe con el inválido tercero.

Y en esas estábamos cuando llegó la hora de la merienda y, al tiempo que las bebidas y los bocadillos salían de las bolsas, apareció en el ruedo un cuarto toro melocotón que, sin derrochar raza tampoco, al menos aguantó y se movió más tras la monótona muleta de Castella.

La faena fue una especie de acuerdo de no agresión entre ambos, pues el toro no planteó muchas dificultades mientras el torero no le exigió mayores esfuerzos, solo que resultó tan machaconamente larga que aún dio tiempo a que la gente terminara de merendar y, ya más animados, se quedara con las manos libres para pedir las orejas.

Así que el diestro galo aprovechó esa mayor atención del tendido para, al final del extenso destajo, calentar el hasta entonces plano ambiente con una serie de alardes y efectismos que llevaron a la concesión de la oreja, todavía más barata por la defectuosa colocación de la espada.

Ya con la tarde metida en derroches, Perera se quedó sin premio por tardar en matar al quinto, que no se le cuadraba para la estocada, y además hacerlo de fea manera con un auténtico sartenazo. En cambio, la suya a ese temperamental y más exigente toro de Fuente Ymbro fue la única estimable y de cierto mérito de la corrida.

No en vano, el extremeño, en ciertas fases y con altibajos en el acople, consiguió atemperar y alargar las embestidas sin ritmo pero con vibración de un cornalón ejemplar que acabó reservándose en cuanto se vio podido.

Ya para echar la casa por la ventana, las peñas, y los que se suponen más serios aficionados de la sombra, se empeñaron en pedir hasta las dos orejas del sexto para López Simón tras la impresión que les causó la fuerte y aparatosa voltereta que, en un descuido, le pegó a este el toraco castaño tras un ligero inicio de faena.

El hecho de que el joven madrileño se rehiciera y volviera ileso y decidido a la cara del toro despertó los cánticos de las peñas, como para celebrarlo. Solo que, con el de Fuente Ymbro huido descaradamente hacia chiqueros, ya no hubo realmente mayores motivos para el entusiasmo que la voluntad de agradar de López Simón, suficientemente premiada con esa única oreja que concedió la presidenta.

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FICHA DEL FESTEJO:

Seis toros de Fuente Ymbro, de pareja presencia y hechuras, con serias cabezas, aunque altos por delante y cortos de cuello la mayoría. Todos dieron un juego descastado y a menos, incluso rajándose, aunque alguno conservó una manejable movilidad, como el cuarto, o cierta emoción en sus ásperas embestidas, como el quinto.

Sebastián Castella, de grana y oro: pinchazo y estocada caída trasera (silencio); estocada caída (oreja tras aviso).

Miguel Ángel Perera, de azul pastel y oro: estocada baja (silencio); media estocada muy baja (ovación tras aviso).

López Simón, de azul pavo y oro: media estocada tendida trasera (silencio); estocada trasera atravesada (oreja con petición de la segunda).

Sexto festejo de abono de los Sanfermines, con lleno en los tendidos (unos 20.000 espectadores) en tarde de viento racheado.

Publicado en La Vanguardia

Feria de San Fermín: Pamplona es una verbena

Orejas de regalo para los tres novilleros en el inicio del ciclo sanferminero.

Por ANTONIO LORCA.

Cadaval y Toñete cortaron una oreja cada uno, y dos Francisco de Manuel, que salió a hombros. Pues ninguno de los tres novilleros mereció trofeo alguno.

Pero Pamplona, su público y su presidente, es una verbena, impropia del prestigio que goza, y sonrojante para cualquier aficionado generoso y exigente con la categoría y la historia de la plaza.

Los triunfadores fueron los novillos de Pincha, una desconocida ganadería de Tolosa, de procedencia Marqués de Domecq, Los Guateles y Luis Algarra; seis escogidos ejemplares muy cómodos de presentación y pitones, que hicieron un aceptable pelea en varas y, en líneas generales, desarrollaron movilidad y nobleza en el tercio final.

Pero los jóvenes toreros no estuvieron a la altura de la calidad de sus oponentes. Incansables los tres a la hora de dar capotazos y muletazos, pero ninguno dejó nada para el recuerdo.

Los tres hicieron quites y se esmeraron con los capotes, y solo De Manuel dibujó dos medias verónicas en novillos de sus compañeros. Toñete lo intentó por delantales, verónicas y chicuelinas y nada le salió a derechas; y vanos intentos, también, de Cadaval y del propio De Manuel. El que sí se lució con el capote en las manos fue el subalterno Sergio Aguilar en la lidia del sexto.

Sin explicación alguna, el más joven de los tres paseó las dos orejas del sexto novillo. Tiene buenas maneras y corte torero, demostró valor y firmeza ante un animal que embestía con escaso recorrido y la cara a media altura, pero su decisión, un arrimón final y una estocada no pueden justificar tan abultado premio.

No tuvo suerte con su primer novillo que huía a la salida de cada muletazo, y el torero no pudo más que mostrar su entrega. A sus dos oponentes los banderilleó con facilidad y con más oficio que acierto.

Cadaval y Toñete sumaron muchos pases entre ambos, pero ya se sabe que torear es otra cosa. El toreo hay que sentirlo, y cuando tal milagro sucede se transmite a la velocidad de la luz a los tendidos, que vibran y saltan de contento.

Pues allí no saltó nadie y no porque estuviera más pendiente de la merienda que de los toreros, que en esta plaza no se perdona el bocadillo ni la tarde de la novillada, sino porque la labor de ambos toreros fue muy discreta, insulsa, desordenada y destemplada, en un torrente de muletazos despegados, iniciados siempre al hilo del pitón y fuera cacho. Y así no hay quien se emocione.

Cadaval lo hizo bien, sobre todo ante su noble primero, pero no levantó ánimo alguno; es decir, que no toreó. Se libró de la voltereta ante el cuarto, cuando lo citó de rodillas en el centro del ruedo al inicio de la faena de muleta. El animal se le vino cruzado y lo esquivó de milagro. Menos clase demostró ese novillo y no pasó nada.

Y Toñete tuvo el mérito de rehacerse con más prontitud de la debida de una seria lesión el campo. Tiene oficio y ganas, pero sus formas toreras son insípidas, carentes de hondura y empaque. El segundo novillo de la tarde fue excelente para la muleta, pero Toñete no destacó porque lo que le sobra de entrega le falta de inspiración. No mejoró ante el cuarto, pero si no falla con el descabello, también hubiera enfilado la puerta grande.

No es aceptable esta Pamplona tan simplista y generosa. Como no es serio ocultar la realidad de estos chavales, cargados de afición, sin duda, pero a los que han engañado entre un público de verbena y un presidente que flaco favor hizo al prestigio de la plaza.

PINCHA/CADAVAL,TOÑETE, DE MANUEL

Novillos de Pincha, justos de presentación, muy cómodos de cabeza, cumplidores en los caballos, nobles y con recorrido en el tercio final.

Alfonso Cadaval: estocada atravesada (vuelta al ruedo); estocada tendida (oreja).

Toñete: pinchazo y estocada (oreja); estocada contraria, un descabello _aviso_ y cuatro descabellos (silencio).

Francisco de Manuel: pinchazo y casi entera contraria y tendida (ovación); estocada (dos orejas). Salió a hombros.

Plaza de Pamplona. Primer festejo de la feria de San Fermín. 5 de julio. Más de tres cuartos de entrada.

Publicado en El País

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En la plaza de Las Ventas, con Iván Fandiño en el recuerdo

Fortes brindó su primer toro a la memoria de Fandiño. PLAZA1.
Fortes brindó su primer toro a la memoria de Fandiño. PLAZA1.

Por Alejandro Martínez.

A las siete y cinco minutos de la tarde, justo al finalizar el paseíllo, en la plaza de toros de Las Ventas se hizo el silencio. Los toreros, desmonterados; el público, en pie. Un minuto de mutismo sepulcral y emociones contenidas para rendir tributo a Iván Fandiño, héroe y artista, muerto en las astas de un toro, justo hace un año, en el coso francés de Aire sur l’Adour. Un año ya sin Fandiño. Parece mentira.

Pero no fue el único homenaje de la tarde en honor y recuerdo del torero de Orduña. Dos de sus compañeros, Fortes y Álvaro Lorenzo, brindaron uno de sus respectivos toros al cielo. Y seguro que ambos, y también el tercer integrante de la terna, Joaquín Galdós, se vistieron de toreros con la idea de homenajear a su compañero con muleta y espada. No pudo ser. Y es que, al final, ese minuto de silencio inicial en recuerdo de Iván Fandiño fue, sin duda, lo más emotivo y destacable de la tarde.

Los culpables de tan pobre espectáculo fueron, sobre todo, los toros de Fermín Bohórquez. Había cierta expectación por ver lidiar a pie una corrida con este hierro, habitual en los festejos de rejoneo. Pero la expectación se tornó en total decepción conforme fueron saliendo, uno a uno, por chiqueros los seis astados enlotados. ¡Qué corrida más blanda y descastada, Dios mío! Un verdadero fraude para todos aquellos aficionados deseosos de regresar a casa repletos de emoción. Eso sí, pese al insufrible juego de los toros de Bohórquez, el mayor culpable de tan lamentable espectáculo fue el presidente Justo Polo. Sin inmutarse, e ignorando las sonoras y reiteradas protestas de los aficionados, el usía mantuvo en el ruedo varios inválidos y no los devolvió, como merecían, a los corrales.

Y así pasó; luego, los toreros no tuvieron la más mínima opción de lucimiento. Fortes, que quedó inédito, fue el más perjudicado por la afrenta presidencial. Sus dos toros fueron exactamente iguales: tan nobles como inválidos. Dos animales a los que apenas se picó y que, aún así, llegaron al último tercio absolutamente desfondados, como borrachos. Cansado de que sus oponentes perdieran las manos, y entre los gritos de enfado e indignación de los espectadores, el torero malagueño no tuvo más remedio que tirar por la calle de en medio y tomar la espada.

Dentro del desastre ganadero hubo dos ejemplares, tercero y quinto, que, a pesar de su innata sosería, al menos tuvieron algo de movilidad. En el país de los ciegos, el tuerto es el rey. Frente a ellos, ni Álvaro Lorenzo, ni Joaquín Galdós lograron decir nada. El primero, que nada pudo hacer ante el blando y descastado segundo, no se acopló en ningún momento al quinto, perdió pasos reiteradamente y no ligó dos muletazos seguidos.

Y peor fue lo de Galdós. El peruano no sólo se mostró acelerado y mecánico con su primer enemigo, sino que en un ejercicio de pasmoso ventajismo, se dedicó a citar siempre fuera de cacho y a retrasar la pierna contraria, descargando la suerte. Además, tras pinchar en tres ocasiones al sexto, desistió en su obligación de matar al toro con el estoque y recurrió al descabello.

¡Qué falta de ambición y torería!

BOHÓRQUEZ / FORTES, LORENZO, GALDÓS

Toros de Fermín Bohórquez, correctamente presentados (salvo el cuarto), nobles, flojos y descastados. Algunos, como primero y cuarto, inválidos.

Fortes: pinchazo y estocada corta (silencio); bajonazo (silencio).

Álvaro Lorenzo: estocada baja y trasera (silencio); pinchazo y estocada algo desprendida (silencio).

Joaquín Galdós: estocada ligeramente desprendida y atravesada (palmas y sale a saludar); tres pinchazos y seis descabellos (silencio).

Plaza de toros de Las Ventas. Domingo 17 de junio. Menos de un cuarto de entrada (8.874 espectadores, según la empresa). Se guardó un minuto de silencio en memoria de Iván Fandiño en el primer aniversario de su cornada mortal.

Publicado en El País

Feria de San Isidro: Talavante y López Simón, doble y distinta puerta grande / La plaza de Madrid ha perdido el norte

Un presidente de manga ancha exageró en las dos orejas del segundo toro.

Por Carlos Ilián.

Después del diluvio, doble puerta grande. Alejandro Talavante y Alberto López Simón lo consiguieron con distintos argumentos. Y es que a veces hay que tener arrestos y recursos para plantarse sobre el fango y jugarse el tipo como López Simón que le ha dado la vuelta a su errática carrera con un triunfo en Madrid de los que se cotizan.

El torero se encontró con un sobrero de Mayalde noble y templado aunque se quedaba cortito. Lo embarcó una y otra vez hasta que en un cambio de mano fue volteado y arrollado. Se repuso y consiguió los mejores momentos, especialmente sobre la mano derecha. Después de un pinchazo se la jugó en una estocada de la que salió otra vez empitonado. Con tantos elementos emotivos la oreja cayó por si sola.

Le faltaba otra para la puerta grande y tuvo la suerte de encontrarse con un cuvillo jabonero de mucho tranco y exigencia. Sobre un ruedo imposible se templó por ambos pitones y dejó un estoconazo mortal. Ya tenía la puerta grande.

La misma que Talavante había asegurado en su primer toro. Fue un muestrario de chispazos de la mejor tauromaquia talavantista. Especialmente en el desmayo sobre la derecha y la factura de los naturales, con algún cambio de mano, un lance que se ha convertido ahora en moda y en moda infalible. Con el público entregado aseguró con una estocada en todo lo alto. El palco se entregó como un espectador más y concedió dos orejas exageradas. Una era impecable. La segunda una propina.

En el quinto cumplió el trámite. Ya tenía la salida en hombros y el ruedo no estaba para arriesgar. Con ese buen cuvillo y en terreno seco Talavante se habría desmelenado.

Juan Bautista quiso pero no pudo aprovechar el diluvio en el cuarto toro. No pasó de un trasteo anodino con el primero, con más kilos que bravura y en ese otro se esmeró en un muleteo tan aseado como insulso.

Plaza de Madrid. Decimoctava corrida. Asistencia: 22.236 espectadores, casi lleno. Toros de NÚÑEZ DEL CUVILLO y un sobrero de MAYALDE (6), de gran movilidad y desigual juego, con notable para 2ºy 6º.

JUAN BAUTISTA (5), de azul marino y oro. Estocada corta (silencio). Pinchazo y estocada (saludos).

ALEJANDRO TALAVANTE (7), de carmelita y oro. Estocada (dos orejas). Dos pinchazos y estocada (ovación).

LÓPEZ SIMÓN (7), de azul y oro. Pinchazo y estocada (una oreja). Estocada (una oreja).

Publicado en Marca

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Talavante y López Simón, por la puerta grande: El primero triunfó con una perita en dulce y el segundo protagonizó una tarde épica.

Por Antonio Lorca.

Se acabaron las penas. La feria de San Isidro ya tiene la foto del triunfo: dos toreros por la puerta grande. ¡Viva la tauromaquia!

Y se confirma el peor pronóstico: la plaza de Madrid ha perdido el norte; inutilizada la exigencia, desaparecido el toro bravo y encastado y menospreciado el torero heroico, se imponen el público farandulero, el torete artista y el diestro de inspirada concepción.

Pero ahí queda para la historia la gesta de un Talavante embrujado y un López Simón vapuleado, en una tarde tormentosa y lluviosa, que no hizo más que aumentar la generosidad extrema de unos tendidos bondadosos.

Pero las cosas como son: Alejandro Talavante —que estuvo ausente con el capote toda la tarde— es dueño de unas muñecas prodigiosas, posee un altísimo sentido del temple, una muy notable inspiración artística y derrocha embrujo, creatividad, personalidad.

Su comienzo por bajo, al segundo de la tarde, la rodilla flexionada, arrastrando la muleta en cada encuentro, largo y templadísimo cada uno de ellos, y el toro embebido en el engaño, fue todo un monumento a la torería.

A continuación, un par de redondos y, por sorpresa, un cambio de manos sin solución de continuidad del que apareció un natural milagroso, a paso de palio, eterno, circular, sobrenatural… Y hubo dos tandas más con la zurda, una de ellas a pies juntos, de alta tensión. Mató de una estocada y el paseó las dos orejas.

El problema es que hubo un pequeño detalle que no debe pasar inadvertido: el toro era un animal justito de trapío, manso en el caballo y que desplegó en la muleta una bondad infinita, como un corderito, de docilidad perruna. No hubo sensación de riesgo en momento alguno y aún no se sabe por qué este público tan dadivoso no pidió el indulto.

En dos palabras, para que haya toreo debe haber un toro. Y la conjunción de un animal que imprima respeto y torero poderoso y artista es el germen de la emoción profunda que este viernes no ha existido. El quinto, otra pera almibarada, pero el toreo del extremeño fue de baja tensión.

López Simón llegó a su segundo compromiso en esta feria en horas bajas, y ha tenido las agallas de cambiar el curso de su carrera. A cambio se llevó dos volteretas impresionantes, pero ha recuperado la confianza.

Inseguro, precipitado y con las ideas poco claras se le vio al inicio de faena al noble sobrero del Conde de Mayalde. Un pase cambiado la plaza de Madrid ha perdido el norte; mitad de su labor fue la antesala de la mejor tanda de redondos de toda su actuación; y, a continuación, con la muleta en la izquierda, una voltereta inesperada y una tremenda paliza de la que salió conmocionado. Con el público a favor, pasional y un poco alocado el torero, aún trazó estimables redondos antes de volcarse materialmente en el morrillo del toro y conseguir una gran estocada de la que salió otra vez por los aires.

Otro torete bueno fue el sexto y López Simón vio entreabierta la puerta grande. Animoso y templado fue el inicio por bajo y aprovechó las excelentes condiciones del animal para protagonizar una irregular y deslavazada labor, quizá, con más cantidad que calidad, pero emotiva y entregada. Mató bien y paseó el pasaporte del éxito. Si al torero le sirve para encaminar el futuro, bienvenido sea, pero tampoco fue lo suyo de puerta grande.

Y Bautista interesa poco, esa es la verdad. Le sobra el oficio, pero su toreo es mudo. Cayeron las primeras gotas durante el último tercio del primer toro y la gente no le hizo ni caso. Una tromba de agua le acompañó en el cuarto, intentó captar la atención de los espectadores, pero el agua era abundante y la torería insípida.

Del Cuvillo / Bautista, Talavante, Simón.

Toros de Núñez del Cuvillo —el tercero, devuelto—, muy justos de presentación, desiguales en los caballos; el segundo, nobilísimo y dulzón; quinto y sexto, bondadosos. Sobrero del Conde de Mayalde, bien presentado, manso y noble.

Juan Bautista: casi entera (silencio); pinchazo y estocada caída (ovación).

Alejandro Talavante: estocada (dos orejas); media, pinchazo y estocada (ovación).

López Simón: gran estocada (oreja); estocada (oreja).

Plaza de Las Ventas. Décimo octavo festejo de la Feria de San Isidro. 25 de mayo. Lleno. (22.636 espectadores, según la empresa).

Publicado en El País

Feria de San Isidro: Las figuras se reparten tres orejas

Por FERNANDO FERNÁNDEZ ROMÁN.

Para torear así, tal cual se muestra en el documento gráfico, el torero tiene que tener la gallardía y el chispazo de inspiración propio de una gran figura del toreo, y el toro tiene que embestir de esa manera. Si ambas cosas no se circunstancian, la belleza del arte del toreo no se produce.

Reflejada la premisa, lo emblemático de la fecha en que se produce el hecho obliga a rendir emocionado culto al Torero por antonomasia, al que fuera indiscutible Sumo Sacerdote de la Tauromaquia de su tiempo, al ídolo inmolado en la plaza de toros de un pueblo toledano, va para un siglo. Noventa y ocho años, exactamente. Noventa y ocho tardes de toros en que los toreros de última generación que se visten de luces cada 16 de mayo, se descubren e inclinan la cabeza para musitar una oración en su recuerdo. Noventa y ocho veces ya que una multitud se pone en pie y guarda un respetuoso minuto de silencio en su memoria. Y es que ayer, hizo noventa y ocho años –se dice pronto—que a Joselito el Gallo le mató un toro en Talavera. Y nos seguimos acordando de él. ¡Cómo sería de grande su arte y de fecunda su obra!

Ayer se colocó el cartel de No Hay Billetes en la fachada de la Plaza de Las Ventas, porque actuaban tres toreros considerados figuras en esta época, dos consolidados, Manzanares y Talavante y uno, Ferrera, que viene trepando por los vagones del tren del toreo y va camino de alcanzar la locomotora. Decir tres figuras del toreo y público de Madrid, equivale a escenificar un escenario de permanente beligerancia. ¿Por qué razón? Razón, ninguna. En cuestiones taurinas, esto es Madrid. La villa y corte. El centro geográfico del país y, por supuesto, el santo y seña de la Tauromaquia; dicho lo cual, conviene recordar que Joselito el Gallo no actuó hace noventa y ocho años en Madrid porque la hostilidad de su público de toros se hacía ya insoportable. Hay que irse, Juan –le dijo a Belmonte–, vayámonos por un tiempo de la Plaza de Madrid y dejemos que vengan otros toreros…; pero se fue solo él, a encontrar su muerte talaverana junto al río Tajo, pegado a la ermita de la Virgen del Prado. Y ahora Madrid, año tras año, como si de una contrición perpetua se tratara, se quita el sombrero, se pone en pie y le dedica un minuto de silencio que a mi me parece más que de rendición admirativa, de remordimiento.

Con estos antecedentes, suponíamos que la corrida de máxima expectación acabaría como el rosario de la aurora. Figuras y Madrid, igual a petardo. Así sucede casi siempre. Pero, venturosamente, no sucedió tal cosa.

Sucedió que vimos al resurgido Antonio Ferrera, ahora colocado en modo homo levitating, vestido de raso y oro, torear a un toro de Cuvillo como si fuera una becerra de tentadero, incluso sin pensar en el premio a ganar, es decir, sin ánimo de lucro. Torear sin ánimo de lucro, aunque sea una metáfora, supone que el toro tampoco ha de poner apenas dificultades, como así era. No quiere esto decir que el peligro –de muerte, también, por supuesto- no acechara al torero. Quiere decir que el toro debe poner emoción a su embestida. Si esa emoción no aparece, el arte puede llegar a convertirse en artificio. Ni ese primer toro de la corrida ni el cuarto de la tarde, segundo del lote de Ferrera, generaron la emoción que lleva implícita la casta brava, por tanto, la emoción hubo de buscarla el torero por la vía de la estética, aunque también debiera estar lejos del amaneramiento. Antonio toreó a sus dos toros despacio, despacio, despacio porque los toros acometían andando, pesadamente. Toreó a placer. Para su placer, principalmente. Dos faenas de parecido corte, con algunos chispazos de cierta genialidad, en las que intercaló muletazos de bella composición. Al primer toro lo mató de una excelente estocada y al segundo de su lote, después de una faena de espejo larguísima, con algunos muletazos que podían servir de modelo para un cartel de Ruano Llopis, de un metisaca en los bajos. Oreja y aviso fue el balance de Ferrera, pero si llega a colocar a este cuarto toro un volapié tan magnífico y tan eficaz como el que recetó al primero, en esta corrida Antonio abre la Puerta Grande de Las Ventas.

Otro tanto le ocurrió a José María Manzanares, que se enfrentó al toro de mejores hechuras del lote enviado por Núñez del Cuvillo, jugado en segundo lugar y de 555 kilos de peso. Eso es entrar en razón. Fue éste un toro algo corretón de salida, al que picó superiormente Chocolate-hijo, pero un toro al que había que someter, porque su encastada embestida generaba calamocheos y rebrincamientos difíciles de aplacar. José María cuajó muletazos excelentes, de largo recorrido y templanza evidente, a pesar de que un sector del público le recriminaba constantemente, con ese ponte aquí y quédate allá, que es el tópico preferido o el catecismo de moda en estos tiempos. Lo cierto es que la labor de Manzanares en este toro fue francamente meritoria, pero caprichosamente devaluada por una corriente empecinada en el distorsionado del sentido común. El quinto fue un jabonero sucio de bella estampa, al que el diestro alicantino toreó de capa con ampuloso juego de brazos y bamboleo suave de la tela. Se arrancó el toro de largo al caballo de picar y Manzanares le volvió a ofrecer la capa para torear por delantales, suaves, sedosos, lentísimos; tan lentos que en uno de ellos por poco se lo lleva el toro por delante. Después, el de Cuvillo presentó problemas por el pitón izquierdo, pero tomó bien –sin perder temperamento— la muleta por el derecho, donde José María encontró los momentos más inspirados. Dos series por ese lado fueron sencillamente magníficas… a pesar de los pesare de por allá arriba del graderío. Otra vez montó la espada y ejecutó el volapié con perfecta sincronía de movimientos, metiendo el acero por el hoyo de las agujas. Solo por la estocada, la oreja que paseó el torero fue un premio de máxima justicia.

Al tercer espada del cartel AlejandroTalavante, le echamos de comer aparte, que diría un castizo. Su primer toro, tercero de la corrida fue un toro enrazado, corniveleto y respondón, al que Talavante toreó por bajo con unos muletazos de inspirado concepto –me atrevería a decir que se le ocurrieron sobre la marcha–, flexionando la pierna de salida de la suerte y obligando a humillar hasta lo inverosímil al toro de Núñez del Cuvillo. Incluso se permitió el lujo de mirar al tendido.

Comienzo tan explosivo auguraba una faena de altas dimensiones, pero el temperamento del toro no permitió excesivas florituras al torero. No obstante, el Tala cuajó muletazos magníficos, sobre todo en dos series con la mano derecha y una –excelsa—de naturales. Mató de estocada casi entera y la oreja cayó, sin discrepancia alguna que tuviera base concreta y sensata. Mejoró su actuación en el sexto, sin duda el toro de la corrida. Un cuvillo castaño que derribó con estrépito al caballo y al picador, Manuel Cid; acudió de nuevo con fijeza al área de castigo y apretó de firme bajo el peto. Arreó en banderillas, pero Juan José Trujillo le ganó la cara en dos pares meritorios, que le obligaron a saludar. La faena de Talavante a este toro olía a Puerta Grande. Más aún: a triunfo grande, de dos orejas. Y a fe que a punto estuvo de conseguirlo, porque toreó de muleta con arrebatada personalidad y desbordante torería. Las series en redondo con la derecha, perfectas; las de naturales, inmaculadas. Faena de gran intensidad que no firmó su espada como merecía. Dos pinchazos y estocada. La ovación, supo a poco.

Tres orejas, tres se repartieron las figuras ayer en Las Ventas del Espíritu Santo. Los tres, tienen nuevas comparecencias contratadas. Los tres deben agradecer a Núñezdel Cuvillo la corrida que envió a Madrid: toros de razonable peso, algunos bien corpulentos, pero todos ellos armados con dos puñales puntiagudos. Corrida, pues, seria y buena en líneas generales, con los matices descritos.

Corrida en la que un año más, salió revalorizado José Gómez Ortega, Gallito, o Joselito el Gallo, como ustedes quieran. En cualquier caso, el Rey de los Toreros, antes, ahora y siempre. Un Rey que ha dejado en prenda su corona: la montera que tuve el honor, el placer y la fortuna de tener entre mis manos durante varios minutos, hace tan solo tres días. Todavía me tiemblan de emoción.

Publicado en República

Foto: NTR Toros.

Feria de San Isidro: Amar la trama

Por Juan José Cercadillo.

Amar la trama más que el desenlace, Jorge Drexler ‘dixit‘.

Amo esa definición para cualquier cosa. Para el trabajo, para la vida, para el amor, para el odio, para la familia o la pareja. Amar la trama, disfrutar el momento, sentir que lo importante no es cómo quieres estar dentro de un tiempo sino cómo estás ahora. Es más fácil cuando disfrutas, cuando eres feliz en lo que haces, cuando no estás forzando situaciones a la búsqueda de mejor posición o sensaciones. Fácil de decir, difícil de hacer… La vida misma. Mucho riesgo olvidarse del final, de la estrategia o el objetivo y entregarse a disfrutar, pase lo que Dios quiera que venga. Pero creo en firme que es la actitud buena para disfrutar de todo, y en especial de los toros, y muy en especial en Las Ventas.

Y este miércoles la trama ha sido de ensueño. Ver a toreros cuajados, sensibles, con arte y con compromiso remontar las envidias de los mediocres, solventar las deficiencias de sus toros, entregar generosos sus interiores hilvanando historias que disfrutar a cada pase, a cada cite, a cada desplante o remate es disfrutar del todo de la trama, sin importar el desenlace de las estocadas perfectas, de las orejas cortadas.

Disfrutamos este miércoles hasta la médula la trama de Antonio Ferrera, la fama de Manzanares, la calma de Talavante, el fluir de una corrida que pudo marcar historia si no caen los toros al piso y se callan los que sobran… Y si no pincha Alejandro, también es cierto. Pero, como siempre en la vida, hay quien no disfruta de nada. Da igual que vean los pases lentos y planos del Manzanares más torero, los naturales profundos, sentidos y verdaderos de un Ferrera en plenitud o la fibra, el temple y la belleza de los pases del figurón del futuro Talavante. Da igual, algunos no quieren verlo y vuelven para sus casas como si no hubiera pasado nada delante de sus narices, al final de sus tendidos y muy muy dentro de su alma.

Y se han cortado tres orejas, una por cada coleta, que decían los antiguos. Y da igual que Ferrera no pudiera rematar el cuarto, que Manzanares no reventara del todo rompiéndose con el buen quinto y sobre todo que Talavante no enterrara esa espada en el impresionante sexto que le hubiera dado una nueva puerta grande de la que contar a tus hijos.

Grandioso Alejandro de tobillos a la nuca, de cintura, de cadera, de muñecas y atributos. Entregado, sensible y templado, me ha encantado la trama de sus faenas. Bien compuestas y llevadas, bien planteadas y serias. Con historia, con su trama y con verdad de la buena.

Amar la trama del toreo, olvidar un poco el desenlace. Más allá… volver a vivir la trama y evitar el desenlace. Disfrutar de cada pase y recordarlo por siempre… Y me da igual la puerta grande.

Plaza de toros de Las Ventas, miércoles 16 de mayo de 2018.

9ª de feria. Lleno de no hay billetes en tarde primaveral y agradable. Toros de Núñez del Cuvillo de entre 533 y 585 kilos muy bien presentados y en tipo, serios y con gran tono en general, flojos algunos, lo que impidió, junto con los pinchazos de Talavante, una tarde de verdadera gloria.

Antonio Ferrera, de nazareno y oro. Oreja y silencio.

Manzanares, de azul marino y oro. Silencio y oreja.

Alejandro Talavante, de blanco y oro. Oreja y gran ovación. Pudo abrir la puerta grande de no pinchar en el sexto tras dos grandiosas faenas.

Se guardó un minuto de silencio al final del paseíllo por el aniversario de la muerte de Joselito el Gallo en Talavera.

Publicado en El Confidencial

Foto: NTR TOROS.