De perros y otros animales 

Luis Miguel Dominguín y Pablo Picasso

Por Alonso Chávarri.

Después del lío de la Iniciativa Legislativa Popular de protección de los animales, que fue admitida a trámite por el Parlamento Riojano y, luego, un informe jurídico dijo que no debió ser admitida, creo que los ‘excesos’ de los llamados animalistas están creando más confusión que otra cosa; porque una cosa es tener cariño a los animales y tratarlos bien y otra, muy distinta, es darles la misma consideración que a los seres humanos.

Los que hemos pasado la infancia en un pueblo no podemos olvidar a aquellos amigos que comían poco, porque eran malos tiempos, e intentaban matar su hambre comiendo toda clase de animales: urracas, ratas de agua, conejos de campo, lagartos, etc., incluso perros y gatos; y jamás me escandalicé porque matasen a esos animales. Sí me escandalicé, a principios de los ochenta, cuando, en una carnicería de Logroño, aquella señora dijo: «Deme un kilo de ternera, pero de la buena, que es para mi perrito Cuqui»; me acordé de que, entre mis amigos de la escuela, casi nadie, entonces, había probado la ternera.

Es cierto que los tiempos cambian, pero creo que no se debe perder la perspectiva de lo que es un animal y lo que es un ser humano.

En una conversación con un animalista, le pregunté dónde estaba el límite del amor a los animales, porque es muy fácil tener cariño a un perro, pero ¿a un ratón?, ¿y a una cucaracha?, ¿y a un mosquito?, ¿y a un piojo?, ¿y a una bacteria que nos complica la salud? Así podemos seguir, porque todos son animales. El animalista contestó algo del sistema nervioso, que no me convenció.

He contado alguna vez que yo tengo dos perros; uno vive en casa, como uno más de la familia, y otro en un vallado en la huerta y lo saco al campo por las tardes. El que vive en casa es un perro egoísta, no soporta el frío ni la lluvia, come lo que quiere y es un perro infeliz, porque no sabe estar solo y siente celos de todo; el que vive en el vallado come sobras, pan duro mojado y esa especie de gránulos que huele a rayos, jamás tiene frío, es muy cariñoso y disfruta lo que no está escrito cuando le saco por las tardes; es un perro feliz. Y es que los baremos de las personas no pueden aplicarse a los animales, porque son eso: animales.

He leído que los animalistas habían solicitado una ley para que, quien tuviera un perro, hubiera de proporcionarle un recinto en metros cuadrados proporcional a su tamaño. A eso le llamo perder los papeles, porque, si no existe una ley que garantice a todas las personas unos metros cuadrados para vivir, ¡cómo se le va a garantizar a un perro.

No entro en la batalla de taurinos y antitaurinos, que es otra guerra, pero creo que es evidente que mientras las personas carezcan de derechos elementales, es, cuando menos, insultante, que se les quieran reconocer a los animales. Ni siquiera a mi perro Gordito. Que es más que un perro.

Fuente: La Rioja

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