Para Simón Casas, tras leer la entrevista que Anna Grau le ha dedicado en ‘El Español’


Por Fernando Sánchez Drago.

Cada aficionado ve en el ruedo lo que quiere ver: arte, espectáculo, circo, deporte, liza, caza, alarde, ritual, entretenimiento, agnición, catarsis, danza de la muerte… Yo veo religión: un sacramento. O sea: la epifanía de algo visible que provoca en quien lo ve (y más aún en quien lo genera) un estado de gracia procedente de lo invisible.

El torero es un místico que al torear levita, el espectador es un devoto y la faena es un trance. A su conjuro se detiene el tiempo y los usuarios se suben a un vehículo que los conducirá a un lugar lejano: el del arrobo o estado de conciencia alterada y situada fuera del mundo sensible en el que se sumerge el aficionado cada vez que el torero cita, para, templa, manda, liga, carga la suerte, barre el aire, ahorma la embestida y le da esplendor.

Ése es, de todos los momentos y emociones que la vida me ha ofrecido, el que yo prefiero, el más estimulante, el más revelador y embriagador, el más excelso, el que más felicidad me ha dado, el que más me dolerá perder cuando la muerte se me lleve.

Publicado en El Mundo 

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