Las horas oscuras de Manolete


La oscuridad llega a todos los seres vivos cuando aparece la Parca con su guadaña a truncar nuestra vida. 

Por Pepe Toscano.

Manolete no fallece de un guadañazo, aunque en forma de guadaña son las encornaduras de los toros. El de Islero, fue el pitón derecho cuando el torero cordobés, como era costumbre en él, se volcó entregado en la estocada, rubricando así una magistral faena librada en el ruedo de Linares.

Posiblemente, el fallecimiento fue causa de un shock anafiláctico producido por una hipovolemia al no coincidir su grupo sanguíneo de los llamados raros, comprobados años después por el doctor cordobés Rafael Ruiz González (A B, RH negativo) . Con anterioridad a lo que determinó su fallecimiento, el torero recibió dos transfusiones brazo a brazo, que las ofrecieron Pablo González Parrao, torero, y Antonio Torres, cabo primero de la Policía Armada, que seguramente tendrían el grupo universal que el organismo admitió sin rechazo, mientras que con posteridad, al administrale la traída de Madrid por el doctor Jiménez Guinea, entra en estado preagónico que determina su muerte según los síntomas antes del exitus.

EMPIEZA EL CALVARIO

Jesucristo antes de ser crucificado hubo de soportar el peso de la cruz y los gritos de aquellos que en la calle de la Amargura blasfemaban, otros ayudaban a llevar el pesado madero. Estoicamente, el Nazareno rogaba al Todopoderoso: «Perdónalos, Señor, no saben lo que hacen».

Los toreros, cuando en medio del ruedo están solos, en determinados cosos se producen silencios sepulcrales esperando lo que el torero quiere hacer para complacer a los auténticos aficionados. Mientras, en otras plazas, está el tendido que se asemeja a «un loro multicolor de plural pico» – Martínez Remis -. El diestro de vergüenza y pundonor sufre ante los parones del astado que le mira del corbatín a la taleguilla, sin saber si antes le roza la femoral. Aguanta tarde tras tarde con estoicismo, hasta que el aficionado se cansa de su arte y torería. «No me voy, me echan», dijo el Guerra harto de los públicos de tanto poderío. Manolete, a su apoderado y amigos les comentó alguna vez: «Estoy cansado, el público me exige más de lo que yo les puedo dar. Me entrego. Cuando termine esta temporada -1947- me retiraré. Me encuentro con poca fuerza». 
Su apoderado, José Flores González Camará, y el sobrino del torero, Rafael Soria Molina Lagartijo, fueron testigos directos.

El cansancio y la inapetencia mostrada con frecuencia por el torero, así como los síntomas (flojedad, delgadez, piel fina y disminución muscular), vino a determinar la enfermedad de Addison producida por sus glándulas suprarrenales en una anatomía endeble y muy castigada por el esfuerzo y presión a la que el torero se sometía ante los públicos exigentes. Este padecimiento, según doctores consultados, nada tuvo que ver con su fallecimiento. En la sociedad que aún estaba por pulir por aquellas calendas, en su mayoría, decian que Manolete padecía la tisis, el bacilo de Koch, tuberculosis.

Manolete, en su estancia en Hispanoamérica cumpliendo contratos taurinos, se desplazó a EE UU, donde fue tratado y según los resultados bioquímicos y el estado del paciente, le administraron corticoides, que algunos a su regreso a España pensaron en drogas. Esta enfermedad, el propio torero, su apoderado e íntimos, nunca desvelaron el mal. Por ello, achacando la preparación de su posible boda con Antoñita Bronchalo, Lupe Sino, en mente tenía retirarse tras la corrida de Linares. 

Este enlace matrimonial, según personas afines y parentesco, no se iba a llevar a término. Era parco en hablar y se reía poco. «No, que va. 

Era un muchacho que se reía cuando estaba a gusto con sus amigos íntimos. Hablaba poco por la variopinta sociedad que rodea a los toreros. Sí, era así» – Camará -. El apoderado decía con frecuencia que el torero lo quería como a un padre, pues Manolete era huérfano desde los seis años.

LA DISLALIA

La dislalia es un trastorno del lenguaje, manifestado en la dificultad de articular algunas palabras. A Manolete no le gustaba hablar mucho debido a tener frenillo en la «r», por ello, cuando estaba con personas no afines a su entorno, dialogaba poco.

El torero en 1947 no se desplazó a América para hacer campaña. Cubrió seis paseíllos desde el 1 de enero al 9 de febrero en tierras de allende los mares.Cuando regresó, reapareció en Barcelona el 22 de junio, sumando en total 21 actuaciones en España, contando con la corrida de Linares. La primavera de ese año se la pasó en Córdoba y Salamanca acudiendo a ganaderías para no perder contacto con las reses de lidia y auspiciar en los tentaderos a su sobrino Rafaelito Lagartijo. En sus ciudad, las tardes-noches, se las pasaba con sus íntimos,acudiendo al bar Dunia, ubicado en el centro de la ciudad, lugar de encuentro con sus amigos en animadas tertulias sin sobrepasarse, respetando al maestro que tenía que seguir toreando, aunque los tertulianos ya sabían que Manolete se retiraría al finalizar la temporada.

Cuando en este año de 2017 se cumplen cien de su nacimiento, setenta de su fallecimiento y setenta y ocho de la alternativa, en Córdoba, su tierra y en el mundo taurino nacional e internacional, se estan celebrando actos que redundarán en la gloria y memoria que dejó a la posteridad el pasar por la vida y en su profesión de torero cumbre, así como el sello de humanidad, bondad, personalidad y torería que al cabo de un siglo se recuerda en vivo presente como mito inmortal.

Fuente: Diario de Cordoba

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