Román: “El toreo debe ser justo, lo que no me gusta del sistema es eso”

Román, matador de toros, actuará dos tardes en San Isidro.Román, matador de toros, actuará dos tardes en San Isidro. Foto Moeh Atitar.

Tiene 24 años, es matador de toros, habla francés, le gustaría “crear una protectora de animales” y torea dos tardes en San Isidro, empezando este viernes.

Román: “¿Mujeriegos los toreros? Algunos no se comen ni un rosco”

Por Juan Diego Madueño.

En la puerta del Retiro una gitana se fija en Román. Una pareja lo ha reconocido y se hacen una foto los tres. Los coches suenan apagados. La mujer sostiene una rama de romero y aprieta una riñonera llena de dinero, del sujetador rebosan los billetes. La puerta de Alcalá se deja caer en el gris del nublado, tan mate la mañana. “¿Es famoso?”, pregunta. “Un matador de toros”, le responden. Morena, con una sonrisa de huida y esquina, se lanza hacia él. Román, con esa actitud de despeinado, se deja llevar. Le escudriña las manos mientras larga de memoria.

-Son 20 euros por cada mano.

-No jodas. Tengo 10, responde el joven abriendo la cartera.

-Y yo cambio de eso, señala ella los brotes verdes.

-No, no. Le doy los 10.

-No lo hagas, que te da mala suerte -alarga la segunda e, canta la frase, voz grave-. Me gusta mucho tu trabajo, pero te va a dar mala suerte, repite.

A dos días de torear en Madrid. Román ríe.

La maldición cruje cariñosa. La rubia ya señala al siguiente. Él mira a su alrededor divertidísimo. Todo sigue igual. “¿Cómo que mala suerte? Que le den”, se burla.

Román tiene 24 años, habla francés, es de Valencia y torea este viernes en San Isidro la primera de sus dos tardes. Pertenece a la nueva generación de matadores, justo en el punto entre la solemnidad y lo informal, la tradición y las Nike.

-¿Por qué dejaste el ballet? 

-¿Cómo sabes lo del ballet?

Me lo han contado.

-Bueno, me di cuenta de que no era lo mío. Fui de pequeño. Me sentí demasiado afeminado. No sé por qué me apunté. Tendría siete años. Tenía una vena un poco así chica… me gustaba juntarme con chicas. Había ballet al lado de mi colegio y me apunté. “Voy a hacer ballet”, dije. Duré dos clases.

También skate y surf. ¿Es hiperactividad? 

“Me gusta hacer de todo. Lo he practicado todo pero en realidad no soy bueno en nada”. “Soy muy activo”, dice. Se le ve en los ojos. 

Algo hierve, la búsqueda no cesa. Cuando hablan se le amontonan las palabras como en un dique a punto de explotar. “Una vez en la radio me preguntaron que qué había hecho para que no me dieran una oreja. Y yo, de broma, dije que como no me hubiese tirado a la mujer del presidente no sabía. Se lió”. Con el yoga trató de trabajar la concentración, focalizar esa dispersión. “Me gusta mucho. Iba por la mañana y por las tardes. Una modalidad a 40 grados, se coge flexibilidad. Para estar hora y media praticándolo hay que estar muy concentrado. Tiene cierta semejanza con el toreo”.

Y cayó en los toros. “De niño decía que quería ser torero o bombero. Me gustaba el riesgo”. En su familia, madre francesa y padre español, propietario de un restaurante, “alguna vez he ayudado a fregar allí”, no había mecha suficiente. Fue un tío quien lo llevó a la plaza. “Con 12 años me apunté a la escuela taurina y me resultó distinto a todo lo anterior. Nos juntábamos con gente mayor, había libertad y disciplina. Esa época fue la más bonita”.

JUGARSE LA VIDA

“¿Cuándo viene el fotógrafo?”, pregunta en medio de runners y turistas. La camisa vaquera le queda ancha. Los Levis también un poco. Las gafas de sol redondas se las ha quitado hace un rato. No hay clichés. El lugar común está despoblado. En la época del bienestar, de las carreras universitarias, del trabajo en Londres o las cenas, de la inmediatez, la start up de Instagram, la felicidad ahora, hay jóvenes que todavía quieren ser toreros. ‘Sé torero’. Jugarse la vida con un plato de comida en casa y una familia esperando. Ahora esperan los padres, no los hijos. ‘Más cornás dan los apuntes’ es el nuevo “más cornás da el hambre”. Las historias de El Cordobés o Palomo Linares, que llenaban el estómago de pitones y miedo, van sonando ya a leyenda.

“Hombre”, concede Román, “no es una profesión muy común. Tengo muchos amigos que no tienen nada que ver con el mundo del toro o lo desconocen. Trato de llevar una vida normal aunque hay que hacer ciertos sacrificios”. O renuncias. “Estudié en el liceo francés hasta bachillerato, que lo hice en un instituto, el científico, y en segundo me hicieron repetir. Estaba a punto de debutar en Valencia, viajaba mucho a Cádiz, me fue bien. Para no estar ni en una cosa ni en otra, me decanté por los toros. Espero no tener que arrepentirme nunca”.

Otros lo han podido compaginar.

-Ya lo sé. Son cosas distintas. Tiene mérito hacerlo. Les admiro. Yo tomé la alternativa con 21 años. Cada uno tiene su forma de verlo.

A los veinteañeros que se juegan la vida este sintagma es un estribillo, lo que les ha sonado siempre. “No era consciente de ello. ‘El torero se juega la vida’, sí, te lo dicen. Hasta la tragedia de Víctor Barrio. Eso cambió la percepción: desde entonces salgo a la plaza pensando en que puedo no volver, no volver a ver a mis padres o mi novia”. “Precisamente me acuerdo casi todos los días”, insiste. “Me chocó muchísimo. Me cuesta asimilarlo”.

¿Entonces?

“Me hace feliz jugarme la vida. Disfruto con esa incertidumbre”. La imagen del miedo revuelve, asoma. “Existe el miedo a no controlar nada, verte incapaz, y a la responsabilidad. En Madrid pesa más lo segundo. Pensando en ello me sudan las manos. Es miedo a que quieres que salgan las cosas”.

“Me gustaría crear una protectora de animales”

Román tiene dos perros. Se ha llegado a un punto en el que esto es noticia: un torero con perros, paren algo, La Edición aunque sea. “Mi vida no tendría sentido sin los animales”, dice. “Una de las cosas que me encantaría crear es una protectora. Adopté a mi perra, me da pena que los abandonen. Tendría una granja escuela en casa”. Incluso desde los propios aficionados se ha demonizado el hecho de tener mascota. “Es de locos. Dudo que haya gente que trate mejor a los perros que yo”.

En la vorágine de prejuicios y compartimentos estancos hay ciertas cosas olvidadas, como la pena. Los toreros tienen pena de qué. “Tengo que decir que sí. Cuando descabellas varias veces sientes un poquillo… Pobrecillo”, lanza rápidamente. “O cuando se parten las pezuñas o se les cae un pitón. Al ocurrir algún tipo de accidente dices ‘sí, está sufriendo’. Lo ves sufrir. Pero eso no tiene nada que ver con ir al caballo o la lidia en general. El toro va y vuelve. Quiere otra vez pelea. Es bravo y en ese momento, por ejemplo, no sufre”. 

Otro mito. Tampoco se liga tanto. “Bueno, el torero tiene más facilidad igual que el actor. Pero no hay tantos mujeriegos. Hay de todo. Algunos no se comen ni un rosco”, aclara.

Como a tantos matadores, a Román le ha caído una palabra, una descripción tipo, comodín. Su forma de ser y de estar en el ruedo lo han puesto fácil a los fabricantes de lo plano. La suya es desparpajo. “Desparpajo, frescura. Estoy un poco harto. Quiero que se hable de mí como buen torero. Estoy evolucionando, trabajando para que así sea”, asegura. Torear en Madrid no le asusta. “Me gusta Madrid, casi más que Valencia. En Valencia no he podido ser yo todavía. Madrid determina la temporada, es exigente y se vuelcan. Pero hay días en los que no sabes qué estás haciendo mal y te descolocan. Te empiezan a pitar y no sabes qué hacer”, habla mirando hacia arriba.

Tiene la inocencia del optimismo, la inercia, como si fuese verdad que con actitud todo es posible, la fórmula mágica. “Todo sale. Aunque pienses que no, el toro pasa. Se puede intentar todo”. 

¿Te arrepientes de algo en la plaza? 

“No había banderilleado nunca hasta el festival de Adrián. Pegué un petardo monumental. Me sentí… hubo un momento en el que iba a saludar pero me estaban pitando. No sabía si pedir perdón o qué. En ese momento sí sentí vergüenza”.

Sentado en el suelo habla de los intereses, de que “el toreo debe ser justo, lo que no me gusta del sistema es eso”. Sobre la hierba juguetea con un palo, intentando tapar el agujero de sus pantalones. “El futuro de la tauromaquia lo veo a veces muy negro. Como que no quiero verlo pero dices… No le veo más de 40 o 50 años. Nos hemos dado cuenta un poco tarde de eso. Nos hemos acomodado”, se pone serio. “Es que no se puede permitir que una ciudad como Barcelona no tenga toros”, salta. 

¿Crees en Dios? 

“No, aunque rezo. Rezo porque sí”. 

Ni se le ocurre abandonar. “Debe haber un problema muy gordo para hacerlo pero no porque me lo diga la mujer de mis sueños”.

Publicado en El Español

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