Morante de la Puebla: Nacer torero

Por Álvaro Acevedo.

Con la despedida de José Antonio Morante Camacho (La Puebla del Río, 2 de octubre de 1979) se marcha también el aficionado itinerante, ése que cruzaba carreteras o espacios aéreos no al reclamo de las ferias, sino de un nombre concreto. Podemos comparar a unos y otros toreros por su valor, por su inteligencia, por su personalidad o por su capacidad artística, pero también podemos medirlos por kilómetros. Y Morante, en eso, también era único.

Precisamente hoy martes 15 de agosto, en el que llaman día más taurino del año, una sensación de vacío y desasosiego recorre el cuerpo de no pocos aficionados. De repente se ha ido el mesías de una religión, el morantismo, que congregaba a una legión de fieles en torno al arte de torear. Como en toda fe había un punto de fanatismo, de devoción incondicional hacia el personaje, pero a los morantistas les unía una pasión absoluta por el palo más artístico y clásico de la tauromaquia. Muchos habían sido seguidores de Rafael de Paula y/o de Curro Romero, y ahora habían encontrado en Morante a su nueva referencia, a un artista sublime que, sin embargo, aglutinaba otras virtudes aparentemente vedadas a los toreros de su corte.

Porque Morante es clásico y a la vez pinturero; artista y a la vez valiente; profundo y a la vez angélico. Además, su estudio de las tauromaquias antiguas desde Gallito y Belmonte, pasando por Chicuelo o Domingo Ortega, y su capacidad para adaptarlas al toreo contemporáneo, le llevó a recuperar suertes añejas que parecían transportarnos a otras épocas. Morante era mucho más que un torero de arte: era el último genio que había dado la tauromaquia. Todas sus grandes faenas eran únicas, irrepetibles, obligaban a una atención total desde el tendido, pues en cualquier momento sorprendía con algo inesperado. Pero nada era al azar. Todo tenía una razón lógica, pues la inspiración no está reñida con el conocimiento del toro y de los terrenos.

Durante los primeros años digamos que el torero no estuvo a la altura del artista, pero en su segunda etapa Morante de la Puebla evolucionó hasta convertirse en un lidiador magistral, muchas veces a pesar de la incomprensión de un público acostumbrado a faenas estereotipadas; de una afición desconocedora de ese otro toreo más defensivo, al paso o sobre las piernas, tanto o más meritorio que el toreo ligado y con los pies quietos, cuya emoción hace ocultar muchas veces las carencias artísticas de su ejecutor.

Bofetada sin manos

Pero no solo evolucionó su capacidad lidiadora sino también su manera de expresar el toreo. Siempre fue un torero clásico dotado de una capacidad artística innata, pero a partir de su reaparición en 2005 la dimensión de su tauromaquia alcanzó cotas hasta ese momento desconocidas. Morante había cortado la temporada de 2004 en el mes de abril, tras una encerrona con seis toros en Madrid con la que pretendía triunfar y darle así a la empresa de Sevilla una bofetada sin manos, después del enésimo ninguneo que el torero había sufrido a la hora de la contratación en la plaza de su tierra.

Pero aquello salió mal, no hubo triunfo y el de La Puebla huyó. Fue entonces cuando salió a la luz una extraña enfermedad psíquica, de carácter endógeno, que José Antonio padecía desde hacía un tiempo. En esas condiciones se había enfrentado al toro, a las exigencias de los públicos y al peso de la responsabilidad, pero en aquel momento de máxima tensión, derrotado por el fracaso y muy afectado al verse, otra vez, fuera de los carteles de la Feria de Abril, no pudo más. «Iba andando por la calle y veía cómo se me salía un brazo, estaba loco perdío», llegó a decirle Morante a este periodista. Lloraba y lloraba, no sabía por qué, y el psicoanálisis no le dio ningún resultado. Empezó entonces a acudir a psiquiatras, viajó a una clínica de Miami, se sometió a tratamientos durísimos de electrochoque, visitó médicos y más médicos hasta que poco a poco fueron ajustándole la medicación y controlándole una dolencia que le tuvo un año fuera de los ruedos: el trastorno de despersonalización.

Pero Morante fue fuerte, superó aquella terrible patología y volvió a torear. «Me apoyé en el toro, y en su hombro le hablé de lo que me pasaba», contaba Morante. «Se torea como se es», dijo Juan Belmonte, pero también se torea como se está. Y en el sentimiento de Morante frente al toro salió a relucir todo aquel drama. Como decíamos, la dimensión del toreo de Morante alcanzó a partir de entonces una profundidad estremecedora. Era como si aquel sufrimiento aflorara en el ruedo, su toreo era doloroso, como un desgarro del alma, y las grandes faenas de Morante empezaron a tener una estética nueva, es verdad que muy bonita en el toreo accesorio, pero dramáticamente honda en el toreo fundamental. Eran como una alegoría de la vida y la muerte, de la felicidad y las penas. Además, su inspiración se desató, aquella tara mental reforzó otras partes del cerebro, las relacionadas con la capacidad creativa, y la magia de su toreo embaucó, ya sin reservas, a toda la afición. Sí: era verdad que los genios tenían que estar locos… Nadie como él ha toreado a la verónica ni tan bien, ni tantas veces. Es como si el capote hubiera nacido en sus manos, como si fuese la prolongación de su cuerpo. Incluso de su alma. Y en una época de flagrante crisis capotera, aquel cante grande en la suerte más difícil y bella del toreo, era como un milagro cierto, como una catarsis renovada tarde a tarde.

Sus sublimes recibos a la verónica son incontables, pero por la relevancia de las citas, aquella de los lances al toro de Juan Pedro Domecq en Madrid, o la de la media a pies juntos en la Maestranza a un toro de Núñez del Cuvillo, pasarán a la historia de la tauromaquia.

La pureza del cite

Morante, además, era un virtuoso de la chicuelina, suerte en la que, más que torear, bailaba por sevillanas. Y con la muleta se unían en él todas las maravillas del toreo más auténtico: la pureza del cite, ofreciendo el medio pecho, sin ventajas ni trucos; la templanza del trazo, a veces ralentizando la embestida hasta límites irreales; su descomunal embroque con el toro, justo en ese momento donde afloraba aquella estética única, que aglutinaba en un solo hombre todo la belleza y el misterio del toreo; la profundidad que da el ajuste con el toro, al que se pasaba más cerca que ninguno con un valor sereno, sin alardes, muy de verdad; la gracia del toreo a pies juntos y en los pases de adorno, con aquel ángel casi divino con el que improvisaba para asombro de los públicos; ese arte mayúsculo en el pase de trinchera, en el ayudado o en el natural que valía por sí solo el precio de una entrada y miles de kilómetros en su búsqueda. Y aquella manera de estar en la plaza, sabiéndose único e irrepetible, con ese don solo posible en los toreros de leyenda.

Hoy, en un momento de crisis artística galopante la tauromaquia pierde a su mayor referente a pesar de que su temporada discurría, merced a una más que cuestionable administración, muy por debajo de lo esperado.

Aburrido y desengañado, Morante ha decidido retirarse, pero sus más devotos seguidores, e incluso también sus más severos críticos cuentan los días para el anuncio de su inevitable regreso. Porque nadie puede escapar a su destino.

Y Morante nació torero.

Publicado en La Razón

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