El verano familiar de José Tomás en Aguascalientes

Por Juan Diego Madueño.

Hace casi un año que no se ve a José Tomás torear: en Valladolid, el pasado 9 de septiembre, fue la última oportunidad que tuvo el aficionado de acercarse a él en una plaza de toros. También de verlo junto al resto de figuras del toreo, cinco días antes, en el festival homenaje a Víctor Barrio.

Apenas rozó una mirada con El Juli cuando ambos coincidieron asomados a las tablas. Desde las localidades de barrera, contaban quienes vieron ahí ese festejo, se mascaba la tensión.

Los dos matadores habían coincidido antes en San Sebastián, una de las ciudades elegidas por el maestro de Galapagar para aquel verano, empezando en México, y pasando por Jerez, Alicante y Huelva, donde tuvo momentos excelentes y otros que no lo fueron, con faenas cuajadas al final. En la convulsión que precipitó esta temporada que ya termina su nombre estuvo manoseado, pasando por algunos empresarios que se envolvían en el rumor, agarrados a las nueve letras. Se especuló con Algeciras, también se habló de Córdoba para celebrar el centenario de Manolete y sobre todo de Madrid. La rumores en algún momento tomaron cuerpo. El 8 de marzo se pincharon. Simón Casas llegó a decir que la Corrida de la Cultura la había diseñado “pensando en él”.

En la cabeza de José Tomás era todo un poco diferente: no iba a torear ninguna corrida este año. Ni siquiera ha pasado el verano en España, según ha podido saber este diario. Junto a su familia, su mujer Isabel y su hijo, voló a Aguascalientes. Allí, el pasado 20 de agosto, celebró su cumpleaños. En plena ebullición de la temporada, con Enrique Ponce saliendo a hombros, Juli tirando del carro y Perera engrasado, con medio escalafón recorriendo el país para sacar un contrato más, los novilleros yendo a Las Ventas, los antitaurinos acosando Mallorca, José Tomás soplaba cuarenta y dos velas en su casa hidrocálida, con la tranquilidad del que ya ha estado al otro lado.

Como si el hormigueo de aquel día de primavera, siete años antes en la misma ciudad, tendido en el suelo, mirándose el boquete en el muslo, lo hubiera reconciliado con algo. Un toro le partió la vena femoral y la arteria ilíaca, resucitó un par de veces en una enfermería perra y necesitó la transfusión de ocho litros de sangre. Los hidrocálidos cambiaron la almohadilla por la aguja para donarla, haciendo colas desde la misma puerta del hule.

Él reconoce que se siente mexicano y de Aguascalientes. Su carrera empezó en México, cuando fue a buscar fortuna antes de romper en España, y terminó también, dividiéndose en dos. Cuando reapareció en Valencia, era diferente. Algo había cambiado. Desde entonces los mentideros taurinos, las barras de los bares en Sevilla, los corrillos en la puerta de arrastre en Madrid, han tratado con cierta condescendencia, casi ironía, el asunto sobre el estado de su pierna y la medicación que supuestamente estaría tomando. Cuando se habla de José Tomás al taurino siempre se le escapa una sonrisilla. Sobrevuela el sarcasmo con los que toman distancia de su figura, siempre en dirección contraria a los planteamientos generalizados, a la concepción clásica de figura del toreo. Sin embargo está físicamente perfecto, y aunque no entrena, sí habla de toros, pero no está muy al tanto del transcurso del año taurino.

Esta temporada ha liberado a la cuadrilla, a los que sólo ve cuando mata toros a puerta cerrada. José Tomás lleva un régimen especial en estos entrenamientos. Se lo toma como si fuera una corrida de toros más, pagando los correspondientes sueldos a banderilleros y picadores, vistiéndose todos de luces. Mantiene un celo especial para que nada de lo que ocurre en esas situaciones transcienda, aunque al final algún fleco se escurra y el aficionado pueda verlo torear asomado a la pantalla de algún móvil. Procura, además, torear en privado tres veces más de las que está anunciado públicamente. Es decir, si se anuncia en cinco tardes, mata treinta toros. Refugiado en Estepona el resto del año, la vuelta a España coincidiría con el inicio del curso escolar, esta semana.

Diego Urdiales estaba el primer día en Valladolid. José Tomás marca el teléfono para saber de él. En 2016 anunció una temporada un poco más larga de lo habitual, cumplió siete paseíllos, para “ayudar a la fiesta, ahora que está tan acosada”, en palabras de su apoderado, el músico y periodista Salvador Boix.

Por ahora, no piensa en volver a torear.

Los problemas siguen estando ahí, los empresarios hambrientos, el maloliente sistema, el acoso antitaurino, la malversación del mensaje por parte de los políticos. Los dos elegidos están fuera, en casa. Morante aburrido, y a José Tomás, el último resucitado, el hombre de piedra, la salvación para los abonos, el cartel de no hay billetes, las cuentas en verde, el resquicio hacia el exterior, la leyenda, no le llama vestirse de luces. “Ya me llamará”.

Publicado en El Español.

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