Con los pititos jugando a torear en Sevilla, Escolar echa en Madrid toros de aquí te espero

Bolivar y un gran Escolar. Foto Plaza 1.

Por José Ramón Márquez.

Hoy, primer domingo del otoño, del particular otoño de don Bernard Domb, corrida número 60 de la temporada madrileña, tocaba el tercer y último “desafío ganadero”, de esa iniciativa que al menos nos ha servido para poder ver en Las Ventas dieciocho toros de los que se merecen con suficiencia el nombre de toro. 

Sinceramente uno hubiese preferido seis corridas de seis toros de cada una de las ganaderías que se han enfrentado en estos desafíos y, de buen grado, podríamos habernos resignado a no ver en 2017 ni a Juan Pedro, ni a Parladé, ni al Cuvi, ni a los lisarnasios febles y bobos (El Puerto de San Lorenzo, La Ventana del Puerto, Valdefresno)

Seis corridas que nos podíamos haber ahorrado a cambio de otras tantas de Saltillo, Hoyo de la Gitana, Palha, Juan Luis Fraile, José Escolar y Ana Romero. A ver si el año que viene Monsieur Domb se gasta los cuartos en estas últimas y hace los desafíos con las que se citaron más arriba, que eso sí que sería la remofa. Y quien dice de toros, pues lo mismo de los toreros. Los de la Crítica Seria de Madrid pierden las posaderas por largarse a Sevilla donde torea ese permanente amagar y no dar que se llama Alejandro Talavante y pasan a mil por hora de quedarse a ver al toro corretear por Las Ventas, cuando lo lógico hubiese sido que los de la Crítica Seria animasen a Talavante para que hubiese estado hoy en Madrid a reivindicar su lo que sea frente a animales serios y de respeto… 

Y quien dice Talavante dice Padilla, Roca Rey, Cayetano, Ginés Marín y Julián del gran poder, por decir los seis que encabezan el escalafón ése que publican en Mundotoro. Ahí están los nombres de los seis matadores que deberían haberse anunciado con los toros en vez de este recuelo de seis hombres cazados a lazo, de carreras harto complicadas que nos han puesto en los carteles, por si acaso suena esa flauta a la que tanto cuesta sonar.

Por lo que sea, que de las cosas empresariales uno lo ignora todo, este tercer desafío tuvo el honor de ser incluido dentro de la Feria de Otoño, con lo cual se consiguió una entrada de más fuste que la de un domingo en el que no exista el trágala de la obligatoria adquisición de la entrada. Bueno, al menos esto ha servido para que mucho feriante vea lo que es el toro, que con que uno o dos se hayan ido a sus casas con la mosca detrás de la oreja sobre lo poco que se parece esto de hoy a lo que usualmente se denomina toro, ya se ha hecho una importante labor.

Los toros del desafío eran los de José Escolar y los de Ana Romero, los victorinos de Escolar y los santacolomas de Ana Romero. Para matar a esos seis dijes se trajeron a Iván Vicente, Luis Bolívar y a Alberto Aguilar como podían haber traído a otros tres. Ponga cada cual los que considere oportunos.

Escolar ha echado el toro más rotundo de los vistos en los tres desafíos. Matajacos II, número 26, es el toro más completo de los dieciocho toros de los tres domingos de septiembre. Le faltó una tercera vara a la que no quiso acudir tan de largo como le habían puesto, habiendo acudido a las dos precedentes con buen aire y alegría, y eso es lo que hace que no sea un toro de bandera, pero el conjunto de su lidia, desde su salida sacando astillas de los tres burladeros, su forma de cumplir en varas donde fue muy bien picado por Félix Majada, su prontitud en banderillas con la brega acertadísima de Raúl Adrada y sus condiciones durante el último tercio hacen de él el triunfador indiscutible de los desafíos ganaderos. 

La lidia y muerte de Matajacos II le correspondió a Luis Bolívar, trece años de matador de toros, que hay que ver cómo se pasa el tiempo. Le dio fiesta al toro citándole desde el tercio y el animal se lanzó a la carrera a por el trapo que Bolívar le ofrecía, el hombre se afligió y no aguantó la hermosa embestida del animal ni en el primero, ni en el segundo, ni en el tercero… los tres movidos y luego por naturales le sacó dos de los buenos, de los óptimos, de los que justifican a un torero, pero desde ahí ya todo fue un amagar y no dar, no continuar por el mejor pitón del toro, cambiarse la mano a la derecha para coger aire y pasarse al toro de lejos, las cucamonas de todos los días que tanto nos hartan. 

Es verdad que el toro tenía una seriedad que no era de este mundo contemporáneo del toro del siglo XXI, que estar ahí abajo frente al de Escolar no es algo que esté al alcance de muchos, incluidos los seis que se citaron más arriba, pero venirte a Las Ventas con cinco corridas en el año pasado y aún menos en éste, que te salga ese toro y no comértelo vivo no es una noticia halagüeña para Bolívar, que tendría que haber mandado al tendido un mensaje más neto. 

La plaza rugió con esos efímeros naturales en los que el torero hace el toreo: se queda colocado, da el medio pecho, deja la muleta adelantada para mandar sobre la embestida de Matajacos II, y luego opta por abandonar ese camino, el único que la encastada y exigente embestida del toro hubiese aceptado, y echarse en brazos del neotoreo 2.0 en el que cede la posición y trata de aprovecharse de la embestida, sin que las cosas le rueden acorde a sus intereses, porque el abismo entre lo que el animal demandaba y lo que el matador estaba dispuesto a darle era prácticamente insalvable, tal y como se fue viendo a lo largo del trasteo de Bolívar, el desinterés con que fue siendo atendida su labor y la manera en que el encastado animal se fue apercibiendo del truco que había tras el trapo encarnado. 

En este toro hubo quien quiso ver una gran estocada, donde hubo sólo una efectiva colocación del estoque que tumbó al toro de manera rápida y una deficiente ejecución, quedándose el torero en la cara del toro y saliendo acosado por el animal al sentirse herido.

El otro toro de la tarde fue de Ana Romero

Toro Hornacero, número 3, cárdeno claro. Este toro servía de explicación, para quien no lo sepa, de lo qué es el trapío. Un toro que proclamaba sobre los 494 kilos que mostraba la tablilla, su seriedad, su cuajo, y sus perfectas hechuras acordes a su casta. El animal no daba ni media facilidad, ya desde que Iván Vicente se fue a ver cómo le paraba con el capote, y acudió a las dos convocatorias del penco a distancia cumpliendo pero sin ansia, algo mejor la segunda que la primera. 

En el segundo tercio su lidia le correspondió a Raúl Mateos y ahí se vio perfectamente la clase de la embestida del toro y su viaje largo y fijo lo mismo hacia el capote de brega que al cite de los banderilleros. 

Iván Vicente se fue a brindar el toro a Curro Vázquez, a agradecerle que le hubiese puesto en esta corrida, y luego se fue al toro con el firme propósito de no darle fiesta en la distancia y de tratar de ahogarle y agobiarle lo que fuese preciso. 

El toro era de una gran seriedad, vamos que no era de los de “estar muy a gusto” con él, y eso se notaba de manera palmaria en la actitud harto recelosa del madrileño respecto del de Alcalá de los Gazules. Tras echar el canónico rato haciendo ver lo malo que era el toro y sin plantear otros argumentos que los citados decidió irse a por el estoque y mandar a Hornacero al Valle de Josafat, o al lugar donde vayan a parar las almas de los miles de toros con mala suerte que no encontraron enfrente al hombre que les entendiese.

El resto de la tarde estuvo presidida por el permanente tomar el olivo del peonaje, pero como eso los públicos modernos no lo censuran sino que lo toman como cosa atlética y deportiva, pues le pegaron una ovación a Fernando Sánchez que desahogadamente la recogió desde el callejón donde se había guarecido. 

El que peor parte se llevó en lo del olivo fue Gustavo Adolfo García, de la cuadrilla de Bolívar, que cuando ya se creía a salvo volando sobre la barrera recibió un fuerte topetazo del toro que le había hecho hilo, y le lanzó contra los atestados burladeros de gañote del callejón, que hoy volvieron a registrar otro llenazo histórico.

En la parte de los aleluyas hay que hablar de lo bien que estuvieron Ismael Alcón y Félix Majada, de la cuadrilla de Bolívar y del porrazo, clásica caída de latiguillo, que se llevó Francisco Javier Sánchez, de la cuadrilla de Alberto Aguilar. El hecho de que tras la caída se percibiese a las claras las pocas ganas que el piquero tenía de que se le arrancase el toro y la constatación de que una vez que lo tuvo a merced en el peto le perforase la espalda con el vigor de quien busca un yacimiento de gas natural, no hace sino corroborar el ánimo vengativo, poco dado al fair-play, del varilarguero.

¡Ah! Y Alberto Aguilar, que anduvo por allí el hombre y que por lo que sea no era hoy su día.

Publicado en Salmonetes ya no nos quedan

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