Tendido 7: Sólo baratijas desechables e inservibles

JP Sánchez lidiando un toro de la ganadería de Begoña el pasado domingo en Guadalajara.

Por Xavier Toscano de Quevedo.

Nunca ha sido un tema complejo, es algo muy fácil de visualizar, y es que nuestro sorprendente y mágico Espectáculo Taurino —nacido hace más de nueve siglos— es la amalgama o asociación que se ve formada por un Toro Bravo —reiteraré siempre— con su auténtica edad, integridad e importancia, complementada con la aportación que logra un actor —serio, comprometido y honesto— que se nombra torero.  

Este maravilloso e inigualable vínculo es el que da vida al denominado ARTE del toreo, que es indiscutiblemente una de las más bellas y enigmáticas expresiones artísticas que puede crear el ser humano. Es un arte tan etéreo que es propio de un dios, que al lograr el total dominio sobre la bestia, embelleciendo con ello su acometividad, y controlando su temperamento agresivo, lo traduce a una expresión tan exquisita, que consigue llegar a los más profundos sentimientos de quienes abstraídos la contemplan.

Podríamos hacer una comparación de nuestra —delimitemos, que únicamente nos referimos a la auténtica— hermosa Fiesta Brava, con la visita a un museo o galería, donde contemplaríamos  “extasiados” magnánimas obras de arte, como serían las pinturas de Rembrandt, Van Gogh, Velázquez, Goya o las inigualables obras escultóricas de Miguel Ángel, y que al finalizar el recorrido nos dejaría no solamente entusiasmados y satisfechos, sino que más aún, con el firme deseo de volver a verlas una y mil veces más.

El Espectáculo Taurino —nunca me cansaré, solamente el verdadero— guarda también mucha similitud con un buen libro, que ha sido escrito por un inspirado y grandioso literato, o un infundido poeta, quienes manejando con sutileza y un amplio conocimiento nuestra lengua castellana, logran  concebir una bellísima manifestación literaria, que al ser elegantes y distinguidas, terminarán  convirtiéndose en paradigmas de la literatura universal.  

Sin embargo, viviendo lo contrario, continuamente coexisten los extremos distantes y opuestos —éstos con mayor frecuencia— y es así que vemos con desgano, como de igual forma se producen malas y desagradables “supuestas obras de arte” —probadas baratijas— que no únicamente lastiman la vista, produciendo contrariedad y sentimientos de hartazgo, que te obligan a abandonar el lugar donde se encuentran. Asimismo, sucede cuando un libro barato o intrascendente llega a nuestras manos, aburriéndonos y fastidiándonos desde el inicio de su lectura, por lo que terminaremos arrumbándolo en cualesquier lugar, por ser una baratija inservible.

Así, como es lo más común encontrar en todos los escenarios de la vida, a los mercaderes de “baratijas desechables e inservibles”, también en la fiesta brava actual —sí, en diminutivo— era imposible que no estuvieran presentes, vendiendo su producto mediocre, ficticio y vulgar por todas las plazas de nuestra nación. ¡Ya basta de tantos espejitos distorsionados! La realidad es que su baratija de fiesta únicamente ha logrado diseminar a los aficionados y adeptos al espectáculo, acentuándose más notoriamente en lo que va de este siglo XXI.

Ya pocos, sí, muy pocos son los auténticos aficionados que acuden a los tendidos. Pero su voz firme y fuerte se escuchó de nuevo este domingo en el Nuevo Progreso de Guadalajara en un reclamo lícito, acertado y objetivo, por los atropellos —animales indignamente presentados— que una vez más se cometieron en contra de sus derechos, “ellos sí pagan su boleto”,  y por supuesto denigrando nuestro Espectáculo. Es por ello que lo más importante será continuar levantando la voz para el restablecimiento de una vía de autenticidad y grandeza —corrompidamente perdida y equivocada en todos los años que han transcurridos de este abatido nuevo siglo— de nuestra Fiesta.

Pero, ¿podrá algún día conseguirse este anhelo?  Sí, y es axiomático; será cuando en nuestra ciudad, y en todas las plazas de nuestro México, salgan de nuevo incuestionables toros —con auténtica edad, integridad en todos sus aspectos y lo más fundamental, “bravura”— situación que les es muy compleja y difícil de entender a las actuales empresas, a los intrascendentes, fastidiosos y aburridos actores, y ¿“autoridades”? que NO alcanzan a discernir que el único protagonista y eje central del Espectáculo, es y siempre será: su Majestad El Toro Bravo.

Publicado en El Informador 

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