TOROS Y FILOSOFÍA HOY: DOS FORMAS DE JUGARSE LA CABEZA (9. En el principio era Michel Leiris; 10. Una particular Trinidad)

Michel Leiris, delante a la derecha. Detrás, Sartre, Camus, S. de Beauvoir, Picasso…

Por Jean Juan Palette-Cazajus.

9. EN EL PRINCIPIO ERA MICHEL LEIRIS

Tres años después de la publicación de El sacrificio del toro, en 1986 aparecía un libro del antropólogo barcelonés Manuel Delgado Ruiz, titulado De la muerte de un dios y subtitulado La fiesta de los toros en el universo simbólico de la cultura popular. De alguna forma, la obra venía a culminar el momento sociocultural y el tipo de pensamiento que hemos venido glosando. De la muerte de un dios también recorre los itinerarios del simbolismo taurino, pero los diversifica y los socializa de forma más próxima al cuerpo de las comunidades estudiadas. La originalidad del libro, aparte de su muy rico aparato de citas textuales, es su continuo recurso al caudal de las coplas y los cantares populares como vehículo semántico de sus hipótesis. Coplas y cantares desempeñan aquí un papel parecido al relato mítico en la obra de Lévi Strauss. Es decir que más allá del inmediato frescor de las letras, exponen, no la opinión consciente de los actores, sino el significado inconsciente de las estructuras mentales legadas por la cultura. Si Delgado Ruiz pone sus pasos en la vereda recorrida por Pitt-Rivers pocos años antes, particularmente mediante la atención prestada a la mutación y el intercambio de los roles sexuales escenificados en la corrida de toros, es urgente recalcar la deuda absoluta de ambos con Espejo de Tauromaquia, publicado en 1938 por el escritor y etnógrafo Michel Leiris (1901-1990) y ya citado al principio del presente trabajo.

Para quien fuera discípulo de los surrealistas, la corrida de toros era una tragedia donde hacía irrupción lo Sagrado. De lo sagrado nacía también el erotismo a través de la contraposición de los dos principios sexuales. El masculino actuaba como «sacrificador», el femenino como «víctima». Relación sacrificial en la base de toda relación erótica, pensaba Leiris, ahondando en la vía abierta años antes por Georges Bataille (1897-1962), que consideraba el acto sexual y erótico como «destructivo». No se entenderá bien la importancia otorgada por Delgado Ruiz a la necesidad de socialización de la sexualidad sin esta referencia a una sexualidad juvenil y destructora encarnada por el toro. La idea de que el torero encarna el principio femenino hasta el momento en que, mediante el estoque fálico, el sacrificio del toro le devuelve la preeminencia masculina está perfectamente expuesta en Espejo de Tauromaquia mucho antes de reaparecer en Pitt-Rivers. Pero los herederos de Leiris sólo han sido capaces de asumir una mínima parte de la extraordinaria riqueza conceptual de su libro. Leiris se apoyó en su momento en las consideraciones del etnólogo Robert Hertz, para desarrollar una original reflexión sobre el dualismo cosmológico y axiológico ligado a los conceptos de lado derecho y lado izquierdo: «El diestro, el de la belleza inmortal, soberana, plástica. Luego el elemento siniestro, situado del lado de la desgracia, del accidente, del pecado». A partir de allí insiste en esa dimensión especular generada por el «coito sacrificial» de la corrida, en la que, en un vertiginoso juego de espejos, los antagonismos duales dibujan el paisaje de nuestras ambigüedades fundamentales. Allí aparece la noción fundamental del «hiato», de la fisura inherente a toda existencia humana y que la corrida pone en juego como no lo hace ningún otro espectáculo. Muerto el torero, desaparecería con él la fisura; muerto el toro desaparece el espejo. El sentimiento del hiato, de la fisura es inseparable del acto de torear. Por la fisura, llega a comprender Leiris, asoma algo parecido a lo sagrado. «El hombre es aquello que le falta» resumía Bataille.

10. UNA PARTICULAR TRINIDAD

Pero Delgado Ruiz negocia con la teoría «sacrificial». El etnólogo catalán privilegia el simbolismo y la manifestación discursiva de las estructuras inconscientes de la vida social, puestas de relieve tanto por la diversidad de las prácticas taurinas locales como por la riqueza y la fertilidad del acervo lírico popular. Más que por una consideración rutinaria sobre los roles sexuales tradicionales, Delgado Ruiz se interesa por la nupcialidad. Huelga decir que el recuerdo de Álvarez de Miranda es omnipresente. Sobre esta base Delgado Ruiz desarrolla una interesante parábola del papel del toro y de su muerte en tanto que ilustración de la progresiva renuncia cristiana al carácter instintivo y socialmente peligroso de la sexualidad masculina indómita. El único momento en que el joven varón español podía dar rienda suelta a su reprimida sexualidad, y ello con la aquiescencia de la sociedad, era durante la noche de bodas, con una novia preferentemente virgen. Pero a partir de aquella noche, se produce una turbadora y progresiva inversión de los papeles. La sexualidad varonil empieza a ser domesticada y reconducida hacia la moderación y la finalidad reproductiva de la familia y de la sociedad. La novia se convierte en madre, con el tiempo cada vez menos tentadora y deseable, pero definitivamente poseedora, al fin y al cabo, del pene paterno, dueña y administradora, pues, del potencial genésico del núcleo familiar. En cambio, el varón domesticado por el matrimonio y la sexualidad socializada, de alguna forma queda equiparado al principio de dependencia y pasividad femenina. De nuevo reaparece aquí la ambigüedad de los roles sexuales.

Para Delgado Ruiz, la muerte del toro refleja el encauzamiento y la domesticación de la sexualidad masculina juvenil, socializada en beneficio de todos. Ahora bien, no existe mejor arquetipo del hombre en la flor de la edad y obligado a sacrificar su potencia sexual en beneficio de la comunidad que la vida y muerte de Cristo. El etnólogo muestra cómo las tradiciones populares españolas, las coplas y los cantares multiplican los ejemplos de fusión y confusión entre las dos figuras míticas, la del toro y la de Cristo. Ya lo hiciera Unamuno con su Cristo español, en 1909. La fusión es sin duda tan armónica como antagónica y convendrá aquí recordar el genio de Marcel Mauss: «El dios sacrificado es el dios y el enemigo del dios”. Esta transformación permite a Delgado Ruiz potenciar el fundamental papel, en tal epifanía, de la Virgen María, mujer joven a la vez que madre del hombre joven sacrificado a la Comunidad. Nadie puede ignorar la abrumadora presencia en fiestas locales y de toros de la figura tutelar de la Virgen Madre en sus incontables advocaciones españolas. La tesis sorprendente de Delgado Ruiz es que tras la consunción, en el sacrificio, del Toro-Cristo, la que sobrevive y se impone es la religión de las mujeres, la de la diosa madre. El binomio Toro-Cristo se convierte en trinidad coronada por la diosa-madre.

A las fiestas taurinas, Delgado Ruiz las llama «taurolatrías». La palabra ya la había usado Pitt-Rivers en 1990, para encabezar otro interesante trabajo titulado Taurolatrías: “La Santa Verónica” y “El Toro de la Vega”. Pero lo importante es que por «taurolatrías», el etnólogo catalán se refiere exclusivamente a las manifestaciones tradicionales, callejeras y populares de las prácticas taurinas. Descarta drásticamente el espectáculo clásico, el más visible y concurrido, la corrida formal. Para él la corrida de toros no es más que un epifenómeno histórico de procedencia borbónica, artificial, encorsetado por las reglas, las normas y los preceptos, producto de una nefasta concepción paternal y dirigista, la del estado moderno y …masculino. «Hoy el combate contra las taurolatrías cobra esa misma dirección: la de la destrucción de la vieja religión de la madre y el hijo, de la casa, de la comunidad reconocible y la imposición, también entre las clases populares, las más reacias a ello, de un único modelo de orden y poder, que no es otro que el patriarcal, naturalmente adecuado […] a las grandes sociedades jerarquizadas y estratificadas, sometidas al control estatal». Taurolatría y cristolatría son una misma cosa. Y ambas se funden en una mariolatría que no es más que la versión cristiana del eterno culto mediterráneo a la diosa-madre. Y de allí a «Lo femenino radical como sedición» dice el autor, porque «el reino de la madre está en los antípodas del reino del Estado…»

Toda la argumentación de Delgado Ruiz presupone la persistencia, en 1986, de un «pueblo» etnológicamente puro, naturalmente llevado a seguir expresándose mediante los valores tumultuarios del viejo paganismo transhistórico todavía vivo y capaz de expresarse mediante el soporte de los «mitemas» cristianos. La brillante exposición, argumentada, ejemplificada, que ha venido realizando Manuel Delgado Ruiz parece resumirse de pronto en la postulación de una utopía político-social apoyada en valores premodernos. En este sentido Pitt-Rivers y Delgado Ruiz llevaban camino de encontrarse. El pueblo que describen se parece mucho más al fantasma idealizado del labrador de las comedias de Lope de Vega que a su realidad sociológica moderna. La descripción que José María de Cossío hacía de las capeas rurales y del pueblo beodo que las protagonizaba la podría firmar un radical antitaurino. El libro de Delgado Ruiz aparece en cambio como una paradoja reactiva y «demófila». Hoy los actuales actores de encierros, toros en la calle, correbous y otros toros al carrer se han dividido entre una «élite» de corredores taurófilos y militantes, una mayoría de jóvenes aculturados a lo más tóxico y masificado de las culturas posmodernas y una minoría bárbara empeñada en darle la razón a Cossío.

Dentro de su innegable originalidad, el libro de Delgado Ruiz intriga, desconcierta, exaspera. Sus conclusiones extrañan, pierden a veces el hilo de la coherencia epistemológica. Creo que algunos datos sobre la trayectoria posterior del autor ayudarán a poner las cosas en su sitio. Delgado Ruiz es hoy profesor de antropología religiosa de la Universidad de Barcelona y veterano militante de EUiA (Esquerra Unida i Alternativa). Son particularmente conocidos sus numerosos trabajos sobre el uso y la ideología del espacio urbano. “De la muerte de un dios”, en 1986, fue su primer escrito de importancia. No ha vuelto a tocar ni mencionar el tema taurino en su vida ni se espera que lo haga. Como tal el libro señala la exasperación y la agonía de la “coartada simbolista”. Tal ocaso es el de las maniobras dilatorias. A partir de ahora nadie ya podrá rehuir el posicionamiento ético frente a la corrida de toros.

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