Mariano Ramos, una pérdida cultural.

No es una cuestión de inútil nacionalismo trasnochado. No, es algo mucho más gozoso e interesante: reconocer primero y advertir, después, cómo el mestizaje taurino tiene su propia expresión, su propio e irrepetible valor. Su propia clase.

DE SOL Y SOMBRA

Mariano y Timbalero de Piedras Negras.

 

La tauromaquia como expresión profunda de un carácter nacional, dominada por la transculturación o el sincretismo –al menos en México, donde su práctica precede, por ejemplo, al culto guadalupano–, se encuentra ahora sometida a una discusión tan vieja como su raíz: sufrir la prohibición o sobrevivir en la mediocridad empresarial cuya zafiedad mercantil la ha convertido en un pobre espectáculo sanguinolento sin mérito ni valores reales.

En esas condiciones, sorpresivamente, murió hace poco más de cuatro años en un hospital (no podía haber sido en un ruedo) el torero mexicano más significativo e importante de los últimos treinta o cuarenta años, habida cuenta de la desaparición, hace ya años, de Manolo Martínez: Mariano Ramos cuyo valor intrínseco jamás fue advertido por quienes confunden la fiesta de los toros con la parte menos importante de la herencia hispánica y no tienen ojos para advertir…

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