¿La Fiesta en paz? Banca y fiesta, similitudes indignantes 

Por Leonardo Páez.

Con respecto a la sólida tradición de corrupción en nuestro país, un especialista afirmó: “En México la procuración de justicia no está en manos independientes… la previsión es que la impunidad continuará en todos los temas pendientes en México… donde no hay órganos de investigación independientes, donde el poder político controla las decisiones de los órganos de fiscalización y los de la judicatura… lo que se va a obtener es un esquema de impunidad… cuando los niveles de impunidad son tan groseros y la reserva moral de justicia de un país no ha sido capaz de poder remontar eso, entonces el modelo que sigue es un modelo que hay que mirar con atención”.

La irresponsable compra-venta de bancos en el país, por ejemplo, ha sido un jugoso negocio para algunos y un verdadero desastre para la sociedad y la economía mexicanas, a merced desde el salinato de los criterios, políticas e intereses de los dueños de esos bancos, tan poderosos y remotos como insensibles a un mínimo sentido de responsabilidad social en los países que exprimen. Ya puede llamarse Falfurrias o Guatipir o Tarará y contar con sucursales en todo el mundo, que su ética y su filosofía de servicio se reducen a un concepto tan estrecho como obsesivo: las utilidades, a costa de quien sea y de lo que sea, pues son protegidos de los gobiernos en turno.

La fórmula utilizada es harto sencilla: los principales aliados de estas corporaciones bancarias internacionales de amplia experiencia en la usura, cuentan con socios informales de enorme utilidad que ni siquiera pertenecen a sus consejos de administración, ya que se trata de las autoridades, leyes y organismos vigilantes en los respectivos países vendedores de bancos o de lo que se ofrezca.

Y cuidado y alguien atente contra los intereses de esas autorreguladas instituciones bancarias o les llame la atención por la abismal desproporción entre lo que ganan y los servicios que ofrecen, ya no se diga un remoto crédito sino un simple asiento donde gente de la tercera edad o una embarazada puedan esperar sin tener que sufrir más que la pérdida de tiempo. Porque eso sí, muy ricos, muy ricos, pero estos bancos ahorran hasta en personal, por lo que en una sucursal puede haber cinco o seis ventanillas que sólo funcionan dos o máximo tres. Las largas filas cotidianas son parte de la decoración de este remate impune de soberanías y dignidades, a ciencia y paciencia de todos, desde los usureros extranjeros y sus cómplices locales hasta los mansos usuarios y preocupados ciudadanos convertidos, por arte mediático, en banqueros por un día ante la inminente amenaza comunista.

La estructura taurina del país –casi un cuarto de siglo de un pasmado duopolio y tres años ya del deslucido monopolio– no se diferencia mucho del agandaye bancario neoliberal, globalizonzo y extranjerizante. Lo que más indigna a la afición pensante del país es la mezquina oferta de espectáculo por parte de los promotores de la fiesta y su escaso interés por hacerla remontar aplicando un poco de las estrategias que emplean en sus florecientes empresas. La metamorfosis que sufre su división taurina es tan notable como sospechosa de intereses extrataurinos en juego. Por inconfesables razones esa eficacia empresarial desaparece a la hora de promover, con inteligencia, sensibilidad, espíritu de servicio y tres pesos de inversión la fiesta brava, y sin preocuparse del país que los ha enriquecido, prefieren seguir importando Hermosos, Ponces, Morantes y Castellas, contratar jilgueritos incondicionales y echarle la culpa a los antitaurinos. Como los banqueros a los comunistas.

Publicado en La Jornada

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