DAVID SILVETI O LOS MISTERIOS DEL HEROÍSMO

Por Leonardo Páez.

“Es tan alcahuete el cerebro humano que incluso la devoción se nos puede convertir en otra forma de ego”, le dije, hace años, a David Silveti en Guadalajara, durante un bien intencionado congreso nacional de peñas taurinas Más que su respuesta, recuerdo una terrible mirada endurecida y luego mi remate apurado: “No tiene caso absolutizar lo que es relativo”

Hablamos de la vocación, de la fe, de la bravura sin adjetivos, de la pérdida del gusto en la sociedad y en los toros, de la menguada imaginación de los empresarios y de la inexcusable negligencia de las autoridades para preservar la tradición taurina de México

Luego, ante los congresistas, elegante y elocuente David dictó una sabrosa conferencia sobre tauromaquia, mencionó su admiración por el escritor suicida Jorge Cuesta y reiteró lo que ya había dicho en otras ocasiones, que el toro “ideal” para el toreo moderno debía tener tres años de edad y no cuatro, lo que, salvo confirmadoras excepciones, se cumple puntualmente en los principales cosos del país

Lo más interesante del fenómeno taurino que constituyó David Silveti Barry (Ciudad de México, 3 de octubre de 1955-Salamanca, Guanajuato, 12 de noviembre de 2003), es que el torero, no obstante enfrentar en México, como el resto de sus compañeros, un toro disminuido en edad y bravura, logró, con base en su personalidad, expresión, histrionismo hierático y buena técnica, emocionar profundamente a los públicos, sobre todo al de la Plaza México, tan ayuno de emociones, y más en sus dos últimas tardes en ese coso, el 12 de enero y el 2 de febrero últimos

Una selva torera de abuelos, padres y hermanos influía —¿o determinaba?— el espíritu de David Silveti

Era nieto del legendario Tigre de Guanajuato, Juan Silveti Mañón (1891-1956), figura internacional del toreo, de estilo arrebatado sostenido en una buena técnica, que en la segunda década del siglo pasado encabezó hasta en seis ocasiones el escalafón de matadores con el máximo de corridas toreadas en el país, y que en plena guerra cristera no dudó en realizar sus faenas con muletas que mostraban la leyenda ¡Viva Calles!

Era hijo de Juan Silveti Reynoso (1929), El Tigrillo, quien a diferencia de su padre poseyó un estilo refinado y cerebral, de un clasicismo tan sólido que en 10 actuaciones en la madrileña, localista y exigente plaza de Las Ventas, cortó siete orejas, saliendo a hombros por la puerta grande en dos ocasiones, y que en México, más que no ser valorado debidamente, el toro menos emotivo de acá hacía lucir poco su rotunda tauromaquia

Y era hermano de Alejandro Silveti Barry (1956), 14 meses menor que David y un caso de tardía vocación torera, ya que luego de recibirse de arquitecto, casado y con dos hijos, toma la alternativa a los 32 años de edad, para iniciar entonces una carrera como torero de arrojo, más que de exquisiteces, que alcanzó meritorios triunfos en ruedos españoles, mexicanos y de Sudamérica

David, por su parte, no dudó en interrumpir sus estudios de economía para dedicarse de lleno al toreo, con la clara decisión de llegar a ser una figura y, delante del toro, darle al mundo un mensaje de interioridad y un testimonio de fe, en sí mismo, en Dios y en el arte de la lidia

A diferencia de su abuelo, que además se mandó hacer un capote de paseo con el calendario azteca bordado en oro, David tenía un capote de paseo con la imagen de la Virgen de Guadalupe, su patrona y “apoderada”, como decía y publicitó en varias ocasiones, y a cuya basílica acudía con frecuencia a pedir fortaleza para soportar, más que el miedo, la impotente frustración de tener unas rodillas cada vez más vulnerables

Doreen Barry, la esposa de Juan y madre de David y Alejandro, es una dama de origen irlandés, fino trato, sólida cultura e increíble capacidad para amar y adaptarse a una vida que nunca imaginó, transmitiendo a sus hijos unos genes que, aunados a los de belicosos chichimecas e iberos aguerridos, dieron como resultado dos toreros mexicanos con un rasgo común: su increíble fuerza de carácter

Cuando David Silveti decidió quitarse la vida el miércoles 12 de noviembre en el rancho de sus padres, en Salamanca, Guanajuato, había cumplido 48 años de edad, y transcurrido 29 desde que se presentó como novillero, y el próximo 20 de noviembre llegaría a 26 años de haber tomado la alternativa, que recibió en Irapuato en 1977

Otra coincidencia trágica en la vida taurina del mayor de los Silveti, apodado El Rey David —monarca con seducción y mando, pero sin espada—, es que sus tres padrinos ya habían muerto: el de alternativa, Curro Rivera; el de confirmación en la Plaza México, Manolo Martínez, y el de confirmación en Las Ventas, Christian Montcouquiol Nimeño II, quien postrado en una silla de ruedas, a raíz de la voltereta que le dio un miura, decidió quitarse la vida al saber que no volvería a torear Fue otro fatídico día de noviembre, el 25 de 1991

Luxaciones, fracturas, golpes y cornadas pusieron a prueba la obsesiva vocación torera y marcaron la ardua evolución tauromáquica de David, no por falta de dominio técnico, sino por lo endeble de sus rodillas, reoperadas hasta el cansancio en hospitales de México y Estados Unidos, con infernales convalecencias, atroces rehabilitaciones, abultadas facturas e incontables medicamentos alopáticos que a la postre mermaron su salud física, mental, emocional y espiritual

Valiente con conocimiento de causa y vertical por convicción, dueño de un repertorio tan reducido como intenso, David Silveti poseyó, como su padre, un privilegiado toreo de capa, concretamente una verónica ensimismada, erguida y quieta, con un melodioso juego de brazos que templando acariciaba las embestidas, un remate a pies juntos, preciso e inspirado, y una gaonera ceñida que prefiguraba el inmovilismo cadencioso y dramático de la faena En medio de su sufrimiento, gozaba y hacía gozar

La muleta davideana era capaz de convertir las plazas, importantes o modestas, en suntuosas catedrales donde la solemnidad de su liturgia, azarosa e íntima, aturdía el ánimo de los asistentes y reiteraba la gran diferencia entre su expresión torera y la de los demás Muletazos por alto, algún trincherazo, breves y arrebatadoras tandas con la diestra y con la izquierda, el pase de pecho y el cambiado por la espalda, bastaban para hacer de los tendidos un manicomio hasta que sobrevenía el achuchón o la cogida, de la que a veces se levantaba para, con la taleguilla hecha trizas, seguir creando escenas de una belleza casi insoportable

Se trataba de un toreo paralelo, enhilado al pitón del mismo lado de la suerte, con la muleta retrasada, avanzando o retrocediendo en la distancia del cite, pero sin cruzarse al pitón contrario ni despojarse del todo del encimismo, con muletazos categóricos a pesar de su corta dimensión

A la evidente falta de flexibilidad en las piernas, David añadía, con su natural inteligencia torera, un sutil pero eficaz sentido de la actuación, una lograda destreza para “vender” las suertes al inicio de cada serie, involucrando al público en su trágico quehacer y creando unas expectativas que aumentaban la temperatura emocional en el tendido, al que sabía mirar, sonreírle, lamentarse con él o llorar exhausto por su propia incredulidad ante lo realizado

Consciente, a diferencia de otros, del tremendo compromiso de su estirpe torera y magnífico actor en el escenario del ruedo, el nieto de El Meco supo ser un vendedor refinado y aristócrata que elegante tocaba de puerta en puerta el corazón de cuantos hizo sentir, quienes no tuvieron empacho en abrírsela de par en par

Con la espada, las cosas eran muy distintas Si David hubiera sabido matar a los toros, habría ganado 10 veces lo que ganó y, de ser un gran torero de época, alcanzado el rango de mandón Por ello, antes que un maestro o un torero muy importante, Silveti fue el diestro mexicano más interesante de su generación y de muchas otras

No sólo le faltaba la convicción profunda de querer matar a los toros, sino que carecía de técnica, de un tranquillo o maña para dejar el acero en sitio decoroso y tumbar a las reses, así como de piernas para pasarse en el momento del embroque

Que se solía poner muy cerca, que no cuadraba, que se precipitaba o que no estiraba el brazo, el hecho es que, con la espada, El Rey David sistemáticamente malograba sus hazañas, y sus memorables conquistas estéticas eran premiadas, las más de las veces, con apoteósicas vueltas al ruedo El deficiente estoqueador ensombrecía entonces al portentoso muleteador, que, contrariado, confesaba su vergüenza por tan grave deficiencia

Necrofilias aparte y encumbramientos emergentes de lado, David Silveti enfrentó hasta donde pudo a los demonios de su alma, y luego, en uso de la comprometida libertad que lo acompañó a lo largo de su vida y de su trayectoria torera, una vez más, la biología prevaleció sobre la ideología, por encima de afectos, vocación, devociones y de su amoroso y extenuante paso por la vida

Si el dolor y el peligro lo nutrían y desgastaban a la vez, el diagnóstico médico en marzo, quizá precipitado, de que no podría volver a torear, agudizó lo que una ciencia simplificadora denomina trastorno bipolar, especie de etiqueta de moda para definir las causas indefinibles de un estado de ánimo opuesto y cambiante, en el que desorden molecular no mata misterio

Ésta no aceptación de su situación incrementó en David su sufrimiento y disparó, antes que una bala, un insoportable malestar existencial que ni la piedad ni las tardes delirantes ni el amor de cuantos lo amaban, bastaron para mantener su paz interior

Haber reducido su sentido de vida al hecho circunstancial de ejercerse como torero antes que como un ser para evolucionar en esta vida, rebasó toda espiritualidad; su afán desmedido de realización violentó su psique, y su enloquecida entrega a los toros le impidió, a la postre, entregarse a sus limitaciones, acompañándolas

Dos cosas resultan casi tan tristes como la desaparición física de David Silveti Barry: que sólo la muerte de un diestro famoso atraiga el interés de los medios por lo que de la fiesta brava va quedando y que un torero de tantas cualidades y tan gran valor le haya podido más a los toros que a la vida

Con Pessoa habría que despedir a tan singular hombre: “¿Valió la pena? Sólo si el alma no fue pequeña” La de David seguirá siendo referencia obligada de lo que implica saberse, sentirse y ser torero.

Publicado en Proceso

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2 Comentarios »

  1. Eduardo Sánchez Madrid 27 de noviembre de 2018.

    Excelente si no excepcional, este estupendo artículo que más que eso es un descriptivo e ilustrativo repaso vivencial de una de las figuras contemporáneas de nuestra fiesta. Cada párrafo se disfruta y cada planteamiento es una enseñanza sobre la personalidad de los toreros. Felicidades.

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  2. Hermoso y sentido artículo de Leonardo Páez, en memoria de David Silveti, qué a quienes tuvimos el privilegio de verlo torear nos hizo vibrar con su magisterio taurino, llegando en ocasiones, hasta las lágrimas como fue el caso de una corrida donde alternó con Mariano Ramos(+) y Jorge Gutiérrez, en la plaza México, que antes de que se lo llevaran todo maltrecho a la enfermería, sé estaba dejando morir por el toro, antes de claudicar por el estado de sus indefensas y frágiles rodillas.

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