Opinión: El ‘afeitado’, un traumatismo cruel

Ante la aumentada tensión que existe entre la afición sobre el tema del afeitado en la Plaza México, una tensión que por cierto va en aumento, ya que las autoridades siguen sin autorizar ni practicar exámenes post mortem a las reses para que le den a los aficionados certeza sobre la edad e integridad de las astas de todos los toros que ahí se lidian, hemos querido publicar esta columna de opinión que habla acerca de este delicado tema que está afectado gravemente la seriedad del espectáculo taurino en el capital mexicana.

Por Joaquín Vidal.

Los carteles de las corridas de toros aseguran rotundos que “los ganaderos garantizan que las astas no han sido despuntadas ni sometidas a manipulación fraudulenta”. La frase es una retórica más entre las muchas que anidan en la fiesta: no hay tal garantía. Los aficionados sospechan que gran parte de las reses saltan a la arena afeitadas, mediante un proceso fraudulento, cruel y burdo que no sólo mutila sus defensas naturales sino que lo derrumba psicológicamente, hasta anular la fiereza natural que es característica del toro de lidia.

Sorprende que la autoridades no hayan eliminado esta práctica delictiva, a pesar de que lleva, muchos años de vigencia y que, con frecuencia, además, no se produce con secretas complicidades, discreción y silencio, sino con ruido, complicado movimiento de animales de enorme tamaño, concurrencia de sujetos y empleo de aparatosos artilugios.

El toro que va a sufrir la operación de afeitado es metido en lo que llaman mueco, o cajón de curas; en cualquier caso, hay que inmovilizarlo, lo cual ya es, de suyo, extremadamente dificultoso. Por una ventana del mueco aparecerá el asta, que un individuo corta con serrucho; puede ser un trozo de seis o siete centímetros.

Sólo quitarle el veneno”, dicen, rara vez, determinados taurinos, cuando pretenden que el retoque sea escaso. Se refieren, naturalmente, a la parte dura del pitón, o almendrilla, o diamante. Pero lo normal, para que el afeitado tenga los efectos que, se persiguen, es que el serrucho ataque más abajo, hacia la pala, y seccione la parte del cuerno sensible, provista de vasos y nervios, por donde discurre la médula. El traumatismo produce en el toro intenso dolor, que acusa berreando desesperadamente y pateando. El sufrimiento es, sin duda, muchísimo mayor que el que pueda producirle la lidia, porque no tiene ninguna posibilidad de defensa.

Cortado el tuétano, el asta sangra y el afeitador contiene la hemorragia taponando el orificio con una astilla, que clava a golpe de mazo. Después dará nueva forma al pitón mediante escofina, que de nuevo lacera zonas de extrema sensibilidad. Unos toques de grasa ennegrecerán la punta, con la pretensión de que parezca su color natural y disimule las raspaduras.

Derrumbamiento psicológico

Cuando se suelta al toro, ya es otro animal. Carece de tacto, se resiste a cornear con unos muñones que le arden, pierde el apetito, no duerme. La herida se le infecta y entra en estado febril. Pero, principalmente, sufre un derrumbamiento psicológico. Sabe que ha perdido el símbolo de su poderío. Cuando salga de la oscuridad del toril y aparezca en la arena, será un animal enfermo y derrotado.

Aún tiene peligro el toro en estas condiciones, y es habitual la referencia a Islero, el Miura que mató a Manolete, del que se dice que también estaba afeitado. Pero se trata de un peligro menor respecto al toro envalentonado que combate en toda su integridad física, amenazando con los puñales de su cornamenta limpia.

Los estamentos taurinos profesionales reaccionan violentamente cuando la cuestión del afeitado entra a debate: “¡Se afeita mucho menos de lo que dicen!”, suelen protestar. Pero ellos saben y la afición da por seguro que se afeita más de lo que se multa.

La realidad es que son muchos, a juzgar por la cantidad de toros romos que se ven. Suelen argumentar los taurinos que el toro, en el campo, desbasta sus pitones contra superficies duras, para calmar la comezón del hormiguillo. Hay verdad en algunos casos, pero que intenten generalizarlos es de una ingenuidad enternecedora.

Entre aficionados, la creencia es que a la autoridad le basta voluntad verdadera de erradicar el afeitado. Normalmente los ganaderos son contrarios a que les despunten las reses, y algunos, de una integridad irreprochable, antes las mandarían al matadero que tolerar el fraude. Pero ninguno se atreve a denunciarlo, quizá porque teme represalias.

Ni siquiera la propia Unión de Criadores de Toros de Lidia ha sancionado disciplinariamente a los agremiados infractores que lo permiten.

La denuncia de Bienvenida

De cualquier forma, la conmoción que ha producido la reciente divulgación de las multas por afeitado es teatro de títeres comparado con el gran circo que ocasionó la denuncia de Antonio Bienvenida el año 1952.

En diciembre de aquel año, sus declaraciones a Carlos de Larra, Curro Meloja, en la inolvidable emisión Tauromaquia, de Radio Madrid, helaban la sangre de los taurinos y calentaban la de los aficionados: “Sí, don Carlos”, afirmaba el maestro, ‘los toros hasta ahora han salido afeitados, y de aquí en adelante sólo los torearé en puntas”.

Allí empezó el escándalo.

Varías figuras del toreo optaron por cortarse la coleta, en tanto las que seguían con ella en el cogote entraban en estado de paroxismo y vetaban al denunciante. Luis de Armiñán se sumó a la campaña de saneamiento de la fiesta. ABC amplió el pleito a la cuestión de los sobres, y la que se armó.

En septiembre de 1953 la Dirección General de Prensa hacía pública una nota “en defensa de la honestidad de la profesión periodística”, para poner un parche a los trapos sucios de ciertos revisteros taurinos de la época. Por su parte, por primera vez en la historia de la tauromaquia los toreros hacían en público la colada de sus pringosas castañetas. Nacional acusaba a Bienvenida de regalar un coche a un crítico; Julio Aparicio, acostumbrado a que los cronistas ditirámbicos le llamaran fenómeno, contemplaba con estupor cómo un periódico le descendía a torerete.

También entonces los taurinos argumentaban lo del toro que se rasca el cuerno. Cuando se anunció la primera novillada en Las Ventas después de la valiente denuncia de Bienvenida, la plaza se llenó para ver qué salía, y lo que salió fueron reses con unas cornamentas impresionantes. Y a este tenor los restantes días de pan y toros. De repente, el ganado bravo ya no se rascaba; probablemente había oído Radio Madrid. Un fenómeno parecido ocurrió en 1982, cuando el Ministerio del Interior inhabilitó a tres ganaderos: a partir de la sanción, a los toros les crecieron los pitones.

Cuando la inhabilitación fue recurrida y quedó sin efecto, los toros volvieron a rascarse los cuernos. La historia se repetía. En 1954 los toros volvieron a ser romos y, por curiosa coincidencia, reaparecían los toreros retirados, cesaba el veto a Bienvenida. La reconciliación se produjo, simbólicamente, en la corrida de la Prensa que torearon el maestro y Aparicio. Después no hubo nada, hasta los años sesenta, que protagonizó El Cordobés. Entonces ya no se afeitaba: se podaba.

* Este artículo apareció en la edición impresa del País un Domingo, 11 de diciembre de 1983.

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