La segunda muerte de Emilio Oliva

Por Juan Carlos Rodríguez.

Creo que fue de Enrique Ponce de quién leí una vez que “ser torero es una actitud, una forma de entender la vida y de enfrentarse a la muerte”. Una definición engalanada -y más exacta- de esa otra que proclama que “el toreo es una forma de vida” tan en boca ahora de los aficionados y de los propios matadores. Y lo es porque como escribió Octavio Paz en una de sus críticas taurinas: “En el toreo el peligro alcanza la dignidad de la forma y ésta la veracidad de la muerte. El torero se encierra en una forma que se abre hacia el riesgo de morir. Es lo que en español llamamos temple: arrojo y afinación musical, dureza y flexibilidad”. Si el toreo es una actitud y una forma de vida lo sabemos aquí, en Chiclana, tierra y cuna torera, porque nos lo ha enseñado Emilio Oliva Fornell. Si el toreo es peligro y un modo de enfrentarse a la muerte con verdad y temple lo hemos aprendido, todavía mejor, de Emilio Oliva Fornell.

“En la vida, como en los toros, de frente y por derecho”, decía. Y así era él: la vida de Emilio Oliva Fornell fue un ejemplo máximo de torería: humilde, cabal, valiente, honesto, suyo, muy suyo, pero siempre estaba ahí tendiendo un capote. Era torero dentro y fuera de la plaza, pero no de los de garbeo y media estocá, sino de los que pisaban fuerte, miraban a los ojos y tendían la mano. De él decían que fue un torero de valor, aunque Domingo Ortega afirmara una vez que no, que era mucho más: “Con un torero como Emilio Oliva, hago yo diez toreros de valor”. Las crónicas le describen como un diestro de pundonor que no andaba falto de arte. Y así era. Porque sin arte, sin esa torería que une la estética con el arrojo, no se salía en los grises años sesenta por la puerta grande en plazas de renombre como Madrid y Sevilla.

Valor, pundonor, torería con la que regresó también tantas veces por la puerta grande de El Pájaro, cuando volvía de las corridas y las cogidas, desde que su primer apoderado, Manuel Ballesteros “El Mónico”, bautizara al incipiente novillero como Chamaco de Chiclana. Era 1958. Era otro tiempo, el de un pueblo en blanco y negro que vivía de espalda a la playa y al futuro, atado a la viña y a la salina, a la huerta. La misma huerta en la que trabajó de niño, antes de encontrar en el Matadero un empleo y una afición extraordinaria por el mundo del toro. Y la fe y la ilusión de aquel chamaco, de aquel jovenzuelo, de aquel chiclanero por ser un día figura de la lidia que engrandeció Paquiro fue, de repente, la fe y la ilusión de todo un pueblo. En una afortunada expresión de Pedro Leal, director del Museo Municipal Francisco Montes “Paquiro”, fue “la luz de todo un pueblo que no era más que grisura”.

Así que Emilio Oliva fue Chiclana, y Chiclana fue plenamente Emilio Oliva. “Una relación de amor y pasión siempre correspondida. El pueblo le quiere, el matador le adora”, que explica su sobrina, Rocío Oliva, en ese documental, “Puro Oliva”, con el que celebró el 50 aniversario de su alternativa en 2012. Más de medio siglo duró la simbiosis del torero con su ciudad, de su ciudad con el torero. Aquellos camiones, aquellos remolques que desde Chiclana llegaron a la plaza de El Puerto cargando aficionados y sueños, transportando todavía más fe y más ilusión porque uno de ellos -pobre, humilde y tenaz-, ya en los carteles como Emilio Oliva, iba a ser torero, figura y maestro. Puerta Grande. Vuelta al Pájaro y fiesta en la Alameda. Y a seguir soñando. Y a Madrid, al año siguiente, en 1963, el día del Pilar, a confirmar la alternativa. Y aquella cornada, aquella muerte anunciada, aquella boda “in articulo mortis” con Antonia Baro. Y aquella resurrección.

La memoria se construye con imágenes. Vivencias imborrables que quedan fijadas en lo más hondo del corazón y no solo resguardada en el cerebro. Lo mismo ocurre con la conciencia colectiva, de la ciudad, de Chiclana. Y hay dos que la ciudad recuerda. Una es el estremecimiento -y los llenos- en el Cine Moderno para ver aquellos NO-DO, aquellos noticiarios documentales con la cogida de “Desteñido“, el funesto toro de la ganadería de El Jaral de la Mira; con la boda en el Sanatorio de Matadores, Emilio Oliva sobre la cama, Antonia Baro agarrada a su mano. Otra es la fiesta, la alegría, las fotos de una ciudad en la calle celebrando el regreso del torero, dándole la bienvenida más allá de la muerte.

Y también habrá una tercera desde la segunda muerte de Emilio Oliva. La del torero a hombros dando su último paseíllo en el féretro entre San Telmo y su esquina de la calle La Vega con la familia -la saga torera-, los amigos, los aficionados, los alumnos de la Escuela Taurina Francisco Montes “Paquiro”, los que sabían que si grande fue en el ruedo -del que se retiró en 1972- más lo era todavía fuera: respetado, querido, honesto, sincero, cercano. Emilio, el maestro, no solo engrandeció la historia del toreo, también la de sus conciudadanos, la de esta ciudad. Era, es y será uno de los nuestros. Aunque él solo diría: “No pasa nada, titi”.

Publicado en Diario Cadiz

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