Las Ventas: Nadie hablará de los descendientes de “Barrenero”

Por Fernando Fernández Román.

La corrida se anunció ungida por el ungüento de la efeméride: el centenario del debut como ganadero en Madrid del señor marqués de Albaserrada, aquél aristócrata que se metió –como tantos otros, de los siglos anteriores—a criar reses bravas. No precisamente por su afición a lo rural y a las faenas de campo en su modalidad agrícola-ganadera, sino más bien por el incienso social que sahumaba su vanidad en aquella época pre y pos romántica de la España que cabalgó entre los siglos XIX y XX. La historia de la Tauromaquia da cuenta de que el marqués en cuestión llegó con sus toros a la Plaza que trasdosaría la muy madrileña Fuente del Berro, para tomar antigüedad en el escenario taurino más importante del mundo.

En realidad, la dicha efeméride tendrá lugar el próximo 29 de mayo, que es cuando, hará cien años justos, salieron al ruedo de la carretera de Aragón los buenos mozos de pieles grises que llevaban grabado en la solana del anca la “A” coronada de su dueño, producto del cruce que su hermano, el conde de Santa Coloma, le había encalomado en el reparto de bienes familiares; en teoría, lo menos “comercial” del momento, por la dominancia encastada de Saltillo sobre la nobleza ibarreña que prevalecía en el ganado de su fraternal colega. Entonces, como ahora, los toreros importantes, las figuras de la época, exigían los toros menos exigentes para abordar su lidia. Nada nuevo bajo el sol.

Un sol de justicia, por cierto, lucía ayer en Madrid, asomado a una ventana abierta a la bonanza climática que la locura de la primavera nos ha dejado en este mes de abril. Tarde de toros, pues, magnífica. Excelente entrada, más de tres cuartos de aforo, y ganas de que las palmas de hoja de palmera del Domingo de Ramos se trocasen en palmas a compas que brotan por entre las manos de los espectadores, para premiar a toros y toreros. Los toros, de Victorino Martín, puro Albaserrada; los toreros, tres valientes de contrastada capacidad para solventar los inconvenientes o aprovechar las bondades que del comportamiento de aquellos se deriven.

Se abre el portón de chiqueros de Las Ventas y aparece en el ruedo el primer toro de la temporada en Madrid. Es un victorino cárdeno de pelo, guapo de cara, musculado de cuerpo y generosamente armado. Y en ese momento, uno se acuerda de uno de sus antepasados, quizá el más célebre, que también debió presentar similares perfiles morfológicos, pero que pasó a la historia de la vieja Plaza –y del Madrid taurino– por el berrinche que proporcionó a su hipotético –por frustrado– matador, el mexicano Rodolfo Gaona. El toro se llamaba Barrenero, y refieren algunas crónicas que fue bravo y noble; pero me extraña. Haciendo cábalas, sopesando distintas crónicas y contrastando la idiosincrasia del público de toros madrileño, quiero pensar que el tal Barrenero debió ser un pájaro de cuidado, porque no cabe en cabeza humana que un toro bravo y noble se le fuera vivo a un torero de una pieza, en plena sazón de su magisterio, como el llamado Petronio del Toreo. ¿Bravo?, probablemente. ¿Fiero?, con toda seguridad. Pero noble, lo que se dice noble, de ninguna manera. En resumidas cuentas, resuelvo que debió ser un “toro de público”, como tantos otros que manejan algunos grupos de espectadores, para maltratar al humano a fuer de magnificar al animal. El caso es que, fuera como quiera, a Gaona se lo echaron al corral, aunque acabara siendo arrastrado por las mulillas, en ¡dos! clamorosas vueltas al ruedo, mientras al torerazo manito le sacaron billete para que regresara a su país.

Ayer, los descendientes de Barrenero no debieron dar la talla, porque los victorinos no llegaron a heredar su excepcional caudal de virtudes… o de inconvenientes Ese primer toro fue un espabilao de tomo y lomo, pero el banderillero Jesús Romero supo cuartear con salero, ganarle la cara y clavar por arriba. Justa la ovación que le obligó a saludar montera en mano. Antes, el toro había cumplido sin estridencias en el peto del caballo de picar y después pareció tomar con fijeza la muleta de Fernando Robleño en los pases por bajo que prologaron la faena. Falsa presunción. Muy pronto comenzó a buscar torero por todas partes, al punto de que cada arrancada del toro despertaba un olor a “hule” en la Plaza. El estocanazo valeroso, pero atravesado, acabó con la vida de tan avieso animal y todos respiramos, sobre todo, el torero. El cuarto, fue un camión con cuernos, pero, oh, sorpresa, fue un bendito siguiendo la muleta de Robleño, lo cual permitió que el muchacho se relajara ante aquella mole y se sintiera torero caro, por la marchosería y la arrogancia con que adobó las series de muletazos sobre ambas manos. Hubo naturales que pedían fogonazos de flash de los teléfonos móviles o pinceles de los artistas clásicos. Se gustó Fernando, sí; especialmente en dos series de pases de aflamencado trazo, de uno en uno con la zocata, que no mejoraría toreando de salón, no les digo más. Lo mató de una estocada caída, por eso el premio se redujo a unas palmas, que si no…

Octavio Chacón ya se ve “torero d Madrid”. Lo sabe y le encanta, ¡no le va a encantar! Sobre todo, cuando comprueba que por el mero hecho de torear de capa reculando, sin dejarse enganchar la tela del capote, puede poner Las Ventas boca abajo. Como lo leen. Ocurrió en el segundo toro, un precioso ejemplar bajito de cruz, engatillado de cuerna y vareado de carnes, que algunos protestaron. Vio Chacón que el toro metía la cara en la bamba del capote con el hocico humillado y en vez de decidirse a quedarse quieto y avanzar hacia las afueras toreando a la verónica, se puso en plan peón de brega y la “cátedra” se mesaba los cabellos. Me recordó a un suceso entre Joselito, el nuestro, el actual y su peón Martín Recio, en la Maestranza de Sevilla. Ese pim-pim-pim-pim-pim, andando para atrás volvió tarumba a la parroquia taurina hispalense y la música arrancó a tocar. Después Joselito –que se tenía que poner delante con la muleta en la izquierda andando para adelante– le brindó el toro y la gente ovacionó el gesto, porque creía que el matador premiaba la “gesta” que había realizado el subordinado; pero no era eso, precisamente. Pregunten a José… y al subalterno.

Después, se pudo ver la buena clase del victorino en los tres quites que le hicieron, dos Chacón y uno Pepe Moral, todos ellos de series breves, a la verónica, templada y lenta. Después, en la muleta, el toro se venía encima por el izquierdo y más adormilado y recto por el derecho, así que Octavio le dio fiesta por ese lado, hasta que se atascó con los aceros y escuchó un aviso. Se cortó con la espada y pasó a la enfermería, donde le operaron de urgencia de un profundo corte en la mano izquierda. Por este motivo se corrió turno y lidió en sexto lugar el toro reseñado como quinto. Fue este un magnífico ejemplar, bajito de agujas, rematado de carnes y serio de aspecto, que proporcionó los momentos más emotivos de la corrida, en un tercio de varas que entusiasmó a la facción más torista de la Plaza. En puridad, fue un gran espectáculo, porque el toro acudió por tres veces al caballo, las dos últimas desde las proximidades de los medios, y empujó con el rabo empinado, llegando, incluso a derribar espectacularmente, pero fue excesivamente castigado y profusamente sangrado; así que a pesar de la buena lidia de Trujillo se fue apagando progresivamente en la faena de muleta, hasta blandear en un par de ocasiones, lo cual fue aprovechado por los indoctos para protestar airadamente. Hay que elegir, hermanos: o un espectáculo en varas en el que se mida el castigo o un toro masacrado que acabe entregando la cuchara antes de lo previsto. Este sí que fue un gran toro. Un toro de Puerta Grande, porque embistió al ralentí, con el hocico por el suelo y el viaje templado, de total entrega. Pepe Moral lo quiso torear a placer, pero apenas le dejaron. Lograba pases de gran belleza, empapando en la tela roja la dulzona embestida del animal y sin embargo le llovían denuestos desde el graderío. Lo pilla Pepe en otra Plaza de primera categoría y revienta aquello. Aquí, en Madrid, lo reventaron a él, antes de que el picador lo hiciera desde el caballo de picar. Para colmo de males, pegó un petardo con las espadas y escuchó un aviso. Antes, se la vio con el menos toro de la corrida, el más lavado de cara, enseñando sus pitoncitos por encima del testuz, a modo de ADN de su procedencia; pero fue una prenda. El más complicado del lote de victorinos, junto con el primero. Éste, desde luego, fue un listillo, con su cara de chivatón y sus regates a la salida de los pases, buscado el bulto. Pepe no se dio coba y se lo quitó de en medio de un pinchazo feo y una estocada hábil, pero le llovieron algunos pitos.

El centenario de Albaserrada en Madrid no fue una fiesta, desde luego. La desigualdad de presencia –más de 100 kilos de diferencia entre dos toros es una burrada–, denota lo disparejo de su elección. Por lo demás, se vieron algunas cosas de indudable atractivo en toros y toreros, pero dentro de cien años nadie hablará de los descendientes de Barrenero, porque ninguno dio la talla, ni para mal ni para bien. Dentro de cien años, vaya usted a saber donde andará doña tauromaquia. Ya en el año 35, y en el libro de Chaves Nogales, su protagonista Juan Belmonte hacía cábalas acerca de si la izquierda política (los socialistas, decía) acabarían o no con la fiesta de los toros. Ochenta y cuatro años después, parece que estamos en ello. Desde luego, dentro de cien años, todos calvos.

Publicado en República.com

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