Opinión: Déjenme en Sevilla

Por Juan Diego Madueño.

Que me sacaran el lunes de la Maestranza costó mucho. Me quedé un rato al lado de la Puerta del Príncipe fingiendo que revisaba la crónica que había enviado ya. Estar parado mientras se deshace el encantamiento de una corrida de toros es uno de mis momentos favoritos de las corridas de toros. A mí me gusta observar la reconstrucción de la vida real, con los tres tipos en el hotel y los seis toros muertos.

Las mulillas cargan, además, con un matiz: todo vuelve a empezar, aunque sea en el carnicero. Por el edificio siempre quedan ecos, una plaza vacía es un lugar lleno de fantasmas. Las pisadas del ruedo, los pelos pegados a las astillas. Cuando no queda nadie, la expectación disuelta es el confeti invisible enredado en los pies de la gente, que camina hacia los bares y la feria con el paso cansino de las nocheviejas fugaces.

Al desplante de Curro me asomo siempre desde atrás, como si lo rodeara todavía la multitud que lo quiere y lo odia. Es imposible imitarlo. Nadie se congela así de bien unos segundos. Las gitanas del romero suelen estar alrededor, buscándote las palmas de las manos para hacer la resta de los días. A mí sólo me han echado las cartas en el PP, una niña de barrio muy de derechas que sigue opositando.

Existe un bullicio paralizado, común al resto de plazas, instantes antes de empezar. Los minutos transcurren más despacio cuando los chiqueros están ocupados. Lo he comprobado varias veces, desde que tengo uso de razón he hecho todo lo posible por llegar tarde a los toros, pero no se puede. Inauguré el proceso muy joven, abriéndome la cabeza con un radiador: dio tiempo a que toda la familia me acompañara a Urgencias y llegáramos bien al paseíllo. Tenía los puntos frescos a cubierto bajo un sombrerillo azul de albañil, me hacía el dormido en los brazos de mi padre buscando entrar gratis. Al niño que era le colgaban los siete u ocho años por aquellas piernas de pulpo.

En los tendidos siempre cabe un chiquillo más. O un borracho con un gintonic derramándose sobre las cabezas del resto. Las mujeres se hacen las distraídas con las entradas en la mano. La piedra recalentada actúa igual que Tinder con el sexo: apelmaza en una bola de carne a varios desconocidos ante una ceremonia vieja, popular, que es mejor llevar discretamente.

Cuando Morante apareció dejaron de escucharse los coches. Contuvimos la respiración a la vez: por eso los oles sonaron como si despegaran una ventosa gigante. Encendí un marlboro prestado. Morante daba indicaciones a los areneros, que regaron el albero siguiendo sus órdenes. Enfangó la mitad del ruedo en una clara negligencia. Fue un fiasco agrícola en miniatura. ¿Qué hacíamos allí? Qué momento cristalino: participar de esa singularidad que el mundo es incapaz de explicarse me hizo sentir bien. Morante y el torito se elevaron entre las rayas de cal.

Publicado en El Español

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