¿La fiesta en paz? Rafael Sandoval, torero de resonancias // Sebastián Ritter y la ceguera de un sistema suicida

Sebastián Ritter.

Por Leonardo Páez.

El jueves 6 de junio falleció en Cuernavaca el matador de toros Rafael Sandoval, originario de Tlalnepantla, estado de México. Tenía 62 años de decirle sí a la vida y más de 30 de haber burlado a la muerte cuando un cáncer quiso llevárselo. Fue tan promisoria su carrera novilleril, que es el último mexicano que ha recibido la alternativa en la plaza de Las Ventas, de Madrid, el 12 de octubre de 1981.

Como ha ocurrido en nuestro país en demasiadas ocasiones, por inexcusables motivos este mexicano jamás pudo confirmar en la Plaza México su lujosa alternativa madrileña, por lo que su elegante tauromaquia, poseedora de esa privilegiada naturalidad que ahora andan redescubriendo críticos y villamilenials, no pudo ser saboreada por el público capitalino, excepto como novillero, a diferencia de quienes pudimos asistir a las plazas de Tlalnepantla o Atizapán a constatar la profunda maduración que, entre enfermedades y ninguneos, había alcanzado su espíritu torero.

Desde que Rafael resucita en la Plaza Norte, de Tlalnepantla, gracias al taurinismo sensible de Pepe San Martín, un domingo de julio de 1987, con un encierro de doña Celia Barbabosa, la tarde en que se rindió merecido homenaje al acucioso investigador taurino Guillermo E. Padilla, hasta que Sandoval, sin ruido ni amarguras, mejor decidió dedicarse a hacer empresa, tanto en Tlalnepantla como en Cuernavaca, pocos aquilataron el arte que atesoraba este fino torero, gracias a los lamentables criterios empresariales que continúan debilitando, antes que los antitaurinos, a la fiesta.

Resonancia es prolongación de sensaciones en los sentidos, no sólo en el oído; perdurable coincidencia de emociones entre el creador y el que sabe mirar su creación. Para siempre en mi memoria las modélicas verónicas y refinados muletazos de Rafael Sandoval una tarde en Atizapán, alternando con Zotoluco y El Glison ante reses de San Judas Tadeo. Clase, elegancia, hondura y elocuente naturalidad de quien posee la conciencia de saberse diferente y especial. Pero todo eso los metidos a promotores de la fiesta no lo quisieron ver. Ni entonces ni ahora.

Sebastián Ritter, magnífico torero colombiano cuya exitosa carrera novilleril en España lo llevó a tomar la alternativa en la plaza de Las Ventas el 4 de octubre de 2013, cayó herido el pasado lunes en la corrida 28 de San Isidro al hacer inoportuno quite tras desplegar su inalterable valor sereno ante su complicado primero de El Ventorrillo. Pero en casi seis años su corazón, cabeza, cojones, convicción y carisma delante de los toros no han sido suficientes para que, otra vez, un empresariado voluntarioso y a merced de la tauromafia decida darle el apoyo que tantas cualidades merecen.

Muy contadas corridas de las que ni de broma enfrentan los que figuran, han permitido a Ritter dar reiteradas muestras de afición y entrega sin límites, pero entre empresas proteccionistas y una crítica patriotera, el cerrado medio taurino español no lo toma en cuenta, por no hablar de la indiferencia de su celoso paisano César Rincón, que prefiere llevar la fiesta en paz y andar de comentarista por televisión que servir de oportuno enlace con los buenos toreros jóvenes de su país.

La mala suerte no viene sola y el segundo toro de Ritter, el mejor del deslucido encierro fue aprovechado por Eugenio de Mora, que le cortó una oreja. Había que ver la mirada suplicante del torero cuando era llevado a la enfermería para que se le permitiera seguir en el ruedo y poder torear a su segundo…

Publicado en La Jornada

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